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Zona de Niños


2018-02-24

Sercambel

En un sitio que no alcanzo a precisar, se dio un acontecimiento muy peculiar que no por carecer de registro es menos verdadero:

Corría uno de tantos desventurados años, al mismo tiempo que un grupo de niños hacían lo propio por las escaleras, basamentos, pasillos subterráneos y plazas de la zona arqueológica que visitaban aquel domingo de agosto. Sus distraídos padres observaban los vestigios en piedra como si fueran fotos de algún álbum olvidado en un baúl inexistente y escuchaban, lejano e intermitente, a un guía cansado de decir lo mismo por años.

El cielo mostraba algunas nubes grises sobre el horizonte norte y un azul profundo hacia el sur. El aire corría de norte a sur y llovería por la tarde como sucede en los veranos del altiplano.

Marina, Lucero, Rubén y Omar correteaban evocando aquellos tiempos cuando el esplendor de la ciudad hacía pensar a propios y extraños que sería eterna. Cuando sólo los mitos intuían que más allá de las saladas aguas oceánicas otros seres miraban con ojos saqueadores y homicidas en dirección a esas tierras bendecidas por deidades cuyos mesías sucumbieron en el anonimato y fueron secuestrados por la historia.

Las risas, los miedos inventados y las emociones brincaban entres los corazones infantiles mientras las piedras empezaban a murmurar una verdad que sólo es escuchada con la sensibilidad de los niños.

Omar subió una escalinata y vio como Lucero asomaba la cabeza por el respiradero de uno de los pasillos subterráneos. Marina, hecha un ovillo detrás de una columna plagada de ojos de obsidiana, se escondía de Rubén.

Sus padres, mientras tanto, exploraban un mundo diverso, sin juegos, sin pasión y sin risas. Repleto de una historia que nadie quiere contar porque encierra el secreto, la clave mágica que ha sumido a esa parte del mundo en los escombros de lo que nunca fue, o nunca terminó de ser.

Los pequeños remontaron por el subsuelo tiempos y espacios. Repentinamente, empezaron a escuchar gritos y a oler humo, reaccionaron primero emocionados, como contagiados de aquellas clases de historia tan vívidas que llenaban el aula durante las narraciones del profesor Pablito; pero después, se asustaron. Omar miró por un orificio del antiquísimo muro y vio mujeres y hombres corriendo, gritando aterrorizados y jalando o cargando niños. Resintió fugazmente rostros llenos de lágrimas, de dolor y de olvido. Vio también a un hombre a caballo disparar a un objetivo que su vista no alcanzó a distinguir pero que ciertamente terminó con la historia de alguien o algo. Les dijo a los demás lo que miraba, quisieron regresar por donde habían llegado pero un estallido los hizo agazaparse. Pasaron lo que pudieron ser minutos u horas. Cuando las detonaciones, los gritos y los llantos dejaron de escucharse, Rubén y Omar salieron de su escondite para explorar el exterior. A unos cuantos metros, en la orilla de un canal de aguas cristalinas teñidas de rojo, vieron una canoa abandonada varada sobre un montículo de tierra húmeda. Decidieron que esa pequeña embarcación sería un medio para escabullirse de la batalla. Con un grito que apenas se escuchó, Omar llamó a las niñas y les dijo que subieran a la canoa. Temblorosos, con los ojos irritados y sus corazones palpitantes se acomodaron como pudieron en la inestable y mínima embarcación. Rubén encontró un maltrecho remo tirado a la orilla del canal, abordó de un brinco y empezó a remar con dificultad.

Veían tras ellos humo y fuego, escuchaban aún gritos y los estruendos de las armas de fuego. Cuando se acercaban a lo que parecía ser un lago, escucharon que una mujer gritaba. Marina vio entre humo como una anciana con un niño en brazos les hacía señas tratando de llamar su atención desde una terraza de piedra adornada con flores multicolor. No entendía lo que les decía, pero pensó que les estaba pidiendo que se acercaran. Titubeó unos instantes y le pidió a Rubén que remara hacia aquella ansiosa mujer.

En la otra orilla unos hombres a caballo, vistiendo armaduras y empuñando arcabuces les gritaron también y con tono autoritario les dijeron que remaran hacia la orilla pues en el agua corrían grave peligro. Los niños pensaron en acercarse a ellos pues les hablaban en su idioma; las niñas, sin embargo, preferían ir a ayudar a la anciana, quien parecía desesperada y necesitada de auxilio. Decidieron ignorar ambos llamados y continuaron remando confusos y asustados.

El canal por el que navegaban desembocaba en una laguna sobre la cual cientos de canoas con indios armados con lanzas, espadas de obsidiana, arcos y flechas atacaban a un par de embarcaciones de guerra que respondían a los rudimentarios ataques con balas de culebrinas y mosquetes.

Los niños buscaban con la mirada algún refugio, lo encontraron en un islote, donde algunas aves posadas sobre cactus y arbustos parecían ser sus únicas ocupantes. Ahí desembarcaron. Escondidos detrás de unos matorrales espinosos siguieron atestiguando aquella batalla cuasi onírica. Sabían que se trataba de un enfrentamiento a muerte, pero desde aquel islote la percibían lejana, algo dentro de ellos les decía con certeza que no saldrían lastimados de ella, al menos no en ese preciso momento histórico en el que de algún modo se encontraban.

El atardecer trajo consigo una tregua, parecía que los dos oponentes habían decidido al mismo tiempo retirarse para recargar armas y energías. Los niños decidieron volver a la embarcación y aprovechar la repentina calma para regresar al sitio por el cual habían llegado. Se embarcaron y en silencio surcaron el lago tratando de reconocer el canal que los había conducido hasta donde estaban. Marina reconoció la terraza florida desde donde la anciana gritaba, las flores ahí seguían, pero la vieja con el niño, no. Pocos minutos después llegaron al sitio donde se habían embarcado, un olor desconocido los hizo toser y taparse la nariz. Saltaron a la orilla y caminaron rumbo al basamento piramidal donde se habían escondido inicialmente.

El olor extraño que los niños percibían era el de la mezcla de pólvora y sangre, la antigua ciudad había recuperado su color, sus edificios y sus plazas, pero estaba destruida. Dos pasos o quizás tres, mostraron a los pequeños un cuerpo y luego otro, el horizonte les mostraría varios cientos o miles más; todos cubiertos de sangre y con más agonía que muerte. Por allá un caballo sin jinete relinchó mientras dos hombres con taparrabos lo miraban asustados.

No entendían lo que veían, subieron a una plataforma y de ahí miraron más humo, más cuerpos, dos pirámides enormes con sus escaleras cubiertas de sangre y más allá dos volcanes nevados testificando el genocidio.

Marina y Lucero no soportaron la visión y gritaron que querían volver con sus padres, pero, tal parecía que el destino deseaba que testificaran aquella cruenta batalla peleada con móviles diversos, con mentes distintas e intenciones disímbolas. Dos batallas pues, en un mismo campo.

De pronto, un hombre a caballo apareció frente a ellos, con voz solemne y falaz algo les dijo de una cruz, pero antes de terminar de hablar se transformó en humo. Los cuatro niños se quedaron mudos e inmóviles, no acertaban siquiera a mirarse unos a otros. Su vista se perdió en aquella ciudad devastada. Por aquí y por allá veían a los sobrevivientes deambulando como dormidos. Las mujeres gritaban y los hombres lloraban. Algunos guerreros con una mirada sin luz trataban de alcanzar una explicación que no llegaría jamás. En la cima de una pirámide un hombre con atuendo de plumas se arrojó al vacío gritando una sentencia “inescuchable”.

- Debemos regresar! Gritó de pronto Omar.

Sin decir palabra, los cuatro niños se dirigieron nuevamente al pasaje subterráneo pero el acceso estaba bloqueado por enormes rocas. Desconcertados, se tomaron de las manos y con los ojos llenos de lágrimas se miraron unos a otros. Lloraron y clamaron por sus lejanos padres. Un estruendo los hizo voltear y lograron ver como toda la ciudad se hundía entre humo y polvo.

Allá, a lo lejos, en dirección al norte aparecieron las figuras de los turistas y los vendedores de artesanías; y más allá, vieron agitarse una mano familiar. Se les iluminó el rostro y corrieron hacia ella. Desesperados contaron su aventura y sus padres la atendieron de la misma forma que al angustiante guía.

Esta historia, como tantas otras surgidas en esta tierra llena de distracciones y olvidos, forma parte de las ficciones que sólo los estudiosos enganchan con algunos sucesos del presente, deben creer que eso a alguien le importa; pero lo cierto, es que su anecdotario finalmente hace pensar a las mayorías que aquello que no fue en su año simple y sencillamente no fue en su daño.

Para Marina, Lucero, Rubén y Omar; se trató de un juego más, forjado en su afortunada imaginería infantil y, tal vez, detonado por alguna grabación de su inconsciente colectivo y el murmullo de las piedras...



JMRS


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