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La soledad de Japón tras la cumbre entre Trump y Kim Jong-Un


2018-06-13

MÓNICA G. PRIETO | El Mundo


En un suntuoso despacho de Tokio es posible imaginar a un primer ministro descompuesto frente a las imágenes que, desde Singapur, muestran a un satisfecho Donald Trump y a un sonriente Kim Jong-un intercambiando halagos y apretones de manos.

Shinzo Abe, el halcón de la extrema derecha regional, ve consumarse el aislamiento derivado de su apuesta por Washington como aliado con una cumbre destinada a garantizar la seguridad de Estados Unidos, pero no necesariamente la de su principal socio asiático, Japón, al alcance del arsenal de corto y medio alcance norcoreano. Tampoco fue una prioridad el paradero de los secuestrados japoneses, pese a lo mucho que rogó Abe a Trump para que lo incluyese en la agenda del encuentro.

"Abe está en una posición muy difícil", estima el diplomático y analista Mintaro Oba por correo electrónico. "Se ha centrado en mantenerse fiel a la línea dura de EU con Corea del Norte, y ahora que esa postura ha cambiado, trata desesperadamente de que Japón sea relevante. Su mejor opción es mantener un contacto cercano con Estados Unidos y tratar de ser parte de cualquier acuerdo con Corea del Norte, tal vez ayudando con incentivos económicos", prosigue.

La nueva realidad geopolítica mundial, en la que Trump demuestra su capacidad de dejar en la estacada a sus aliados, hace reconsiderar su posición al imperio nipón. El primer ministro admitía su fracaso en la rueda de prensa ofrecida el día 7 en la Casa Blanca, tras visitar a Trump. "He llegado a la conclusión de que el tema de los secuestros sólo puede ser resuelto mediante un encuentro personal con Kim Jong-un", aseguró entonces, en referencia al problema más espinoso que separa a Tokio y Pyongyang: el secuestro de 17 ciudadanos nipones en los años 70 y 80, de los cuales cinco regresaron tras un acuerdo alcanzado por las administraciones nipona y norcoreana en 2002. Pyongyang aduce que, del resto, ocho murieron y asegura ignorar el paradero de los demás.

Pese a todo, Abe anunció en Washington su disposición a normalizar sus relaciones con su némesis en un encuentro personal. "Si Corea del norte se encarrila, Japón está listo para resolver los problemas de nuestro desafortunado pasado según los términos de la Declaración de Pyongyang de 2002, a normalizar las relaciones diplomáticas y proporcionar cooperación económica".

Era la única salida digna de un hombre que pasaba de la euforia al desencanto. A finales de mayo, cuando Trump canceló la histórica cumbre de Singapur con una misiva, los líderes mundiales lamentaron su decisión casi al unísono. Todos, menos uno: Shinzo Abe, el dirigente que más veces ha hablado con Donald Trump desde que asumió el mando -una treintena- y el único que le visitó antes incluso de que habitase la Casa Blanca, lo celebró con su gabinete.

La felicidad le duró apenas unas horas antes de enfrentarse a la decepción del súbito regreso del encuentro a la agenda, con concesiones de Washington dolorosas para Tokio. La política de "máxima presión", de la que Abe es un firme defensor, fue relegada a un segundo plano, y el desmantelamiento "completo, verificable e irreversible" se convirtió en un proceso por fases que nada tenía de inmediato. Eso fue lo que envolvió su viaje a Washington en "un aire de desesperación", como describía el investigador del Centro de Estudios del Este Asiático de la Universidad de Standford, Daniel Sneider.

"La peor pesadilla para Japón es que Kim declare su intención de abandonar su programa de misiles intercontinentales y que Trump califique la oferta de 'estupenda', sin realizar otras demandas", estimaba Matake Kamiya, profesor de Relaciones Internacionales de la Academia Nacional de Defensa nipona. La seguridad de Japón sólo podría ser garantizada si se desmantelan los misiles de corto y medio alcance o el arsenal biológico y bacteriológico norcoreano, algo más que improbable. De cara a su opinión pública -donde le acechan los escándalos- "Abe necesita demostrar que hace lo que está en mano para defender la integridad de Japón", explicaba el analista Tobias Harris, de la Fundación Sasakawa para la Paz.

Buscando un encuentro

La reunión personal entre Abe y Kim, tan improbable hace unos meses como lo era la reunión de Singapur, no resulta fácil de lograr. Fuentes gubernamentales confirmaban la pasada semana que Tokio está estudiando solicitarla en el contexto del foro internacional de seguridad que se celebrará el jueves y viernes en Ulaanbaatar (Mongolia). El mismo objetivo ha llevado a Singapur al secretario nacional de Seguridad nipón, Shotaro Yachi, y a Kenji Kanasugi, responsable de la Oficina de Asuntos de Asia y Oceanía, y tampoco se descarta que Abe busque la oportunidad de hablar directamente con Kim Jong-un en el foro económico de Vladivostok, previsto para septiembre: Vladimir Putin extendió una invitación a su homólogo norcoreano mediante su ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, cuando visitó al dictador en Pyongyang hace pocos días.

La desesperación de Tokio por conseguir un encuentro -a finales de marzo, ya trascendió que Abe había solicitado mediante múltiples vías reunirse con Kim- se ha topado hasta el momento por cierta indiferencia de Pyongyang, o al menos por la ausencia de respuesta. Japón, miembro de las conversaciones a seis bandas que intentaron desactivar el programa nuclear norcoreano entre 2003-2009, es un agente regional imprescindible pero no prioritario, por lo que fuentes diplomáticas descartaban en marzo que se celebrase una cumbre antes del verano.

"No parece que Corea del Norte tenga ningún interés en comprometerse con Japón en este momento. Creo que está intentando hacer que Tokio pague el precio de haber puesto el énfasis en la máxima presión y el aislamiento. Dicho esto, Corea del Norte ha dialogado en el pasado con Japón siempre que le ha interesado, y si la postura nipona se suaviza de forma visible, eso puede llevar a Corea del Norte ha mostrarse mucho más amable con Japón", aclara Mintaro Oba.

Interés económico

El interés económico que puede derivarse del acercamiento podría ser otro factor que lleve a Pyongyang a aceptar la reunión. "Japón está dispuesto a pagar a cambio de progresos. Si se define una solución para los secuestrados, que podría consistir en la devolución de sus restos mortales, eso podría traducirse en ayudas económicas. Para Japón, los secuestrados son una de las prioridades más dolorosas. Pero antes de hablar de ayudas, Corea del Norte debe dejar de ser un motivo de obstrucción a la seguridad japonesa", explica por su parte Stephen Nagy, profesor de Estudios Internacionales de la Universidad Cristiana Internacional de Tokio.

En conversación telefónica, Nagy sostiene que el cambio que se ha producido en Washington ha ayudado a Japón a ponerse del lado del diálogo. "Hay que estudiar cómo la Administración Trump ha cambiado su tono respecto a la desnuclearización. Ha pasado de un acuerdo rápido que consista en llevarse las armas nucleares a EU a hablar de la desnuclearización como un proceso progresivo a largo plazo, que debe incluir misiles balísticos de corto y medio alcance, submarinos, y armas químicas y biológicas. Es un cambio radical, y hay que fijarse en eso más que en los tweets. La Administración japonesa ve cosas positivas en ese cambio".

Aunque se alinee con la nueva estrategia de Washington, cada vez parece más claro que Estados Unidos ya no es un aliado fiable. "Japón sigue siendo muy escéptica sobre las posibilidades de un acuerdo auténtico con Corea del Norte", señalaba Mireya Solís, codirectora del Centro de Estudios Políticos de Asia Oriental del Instituto Brookings. "A Tokio le preocupa que Trump ya no quiera hablar de máxima presión, pero también ha subido la temperatura en el frente comercial a causa de los aranceles, porque la administración Trump estudia imponer aranceles sobre el sector del automóvil. Ya se han impuesto tarifas sobre el acero y aluminio, pero no es comparable con los intereses económicos que se verían involucrados si la administración de EU avanza en esta nueva dirección".



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