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Los premios Emmy generan una nueva estrella


2018-09-18

 

En una lluvia de estrellas no hay lluvia ni hay estrellas. Se trata de un único cometa que, al atravesar ráfagas de viento solar, se desintegra en miles de partículas luminosas. Eso es lo que ha ocurrido en los premios Emmy de los últimos años con Juego de tronos.

Por sus veintidós nominaciones, parecía que la superproducción de David Benioff y D. B. Weiss iba a monopolizar de nuevo unos galardones cuyas opciones no encabezaba HBO por primera vez en los últimos dieciocho años, sino que —con 112 frente a 108— lo hacía Netflix. Pero a la supernova le ha nacido otra megaestrella. Y, para sorpresa de todos, no en forma de drama, sino de comedia.

Porque aunque Juego de tronos haya ganado en nueve categorías (mejor serie dramática, mejor actor de reparto y mejores efectos visuales, además de otros premios técnicos), batiendo con 47 premios el récord anterior de 38, La maravillosa señora Maisel se ha hecho con cinco galardones principales: mejor serie cómica, mejor actriz protagonista (la fabulosa Rachel Brosnahan), mejor actriz de reparto (Alex Borstein) y mejor guion y mejor dirección (ambos para Amy Sherman-Palladino).

Cuando el gran combate parecía que se daba entre HBO y Netflix, el año pasado Hulu irrumpió con El cuento de la criada, y este año lo ha hecho Amazon con esta entrañable, ambiciosa y rítmica serie que narra, en el marco de la alta burguesía judía del Nueva York de 1958, cómo tras ser abandonada por su marido Miriam Maisel asume progresivamente que su vocación y su destino es el de presentar en público sus monólogos cómicos y profundamente autobiográficos.

Como en las dos otras series de Amazon Prime Video que también exploran mundos artísticos, Mozart en la selva —la música— y Amo a Dick —el arte contemporáneo—, en La maravillosa señora Maisel la comedia conduce a momentos de auténtica magia en la pantalla. Una magia que ayer se trasladó al escenario del Teatro Microsoft de Los Ángeles cuando Sherman-Palladino se convirtió en la primera mujer de la historia que gana un Emmy por su escritura y otro por su dirección.

En las nominaciones de Juego de tronos eran tan elocuentes las presentes (en la creación) como las ausentes (en la interpretación). No fueron nominados sus protagonistas, porque no se puede decir que sean excelentes. La escena de cama entre Kit Harrington (Jon Snow) y Emilia Clarke (Daenerys), entre las nalgas perfectas de él y el ardor de la mismísima Madre de los Dragones, es una de las peores de la historia audiovisual. Entre ambos tienen exactamente dos expresiones, dos registros.

Los secundarios, en cambio, se han impuesto en la nominaciones de una manera abrumadora y Peter Dinklage se ha llevado a casa su tercer Emmy como actor de reparto. Y ahí está clave: ¿quiénes son realmente los personajes protagonistas de este gran relato coral? Como en las otras grandes series fantásticas de la historia, Galáctica y Perdidos, la épica es colectiva. Son ficciones horizontales, en red, que brillan con luz propia en un panorama narrativo que por lo general se resiste a abandonar la jerarquía clásica, la tiranía de los rostros que son ejes de rotación. En ninguna otra serie los individuos, víctimas de una incesante carnicería, han tenido tan poca importancia: lo que importa en Juego de tronos es que la historia sea espectacular, inolvidable, como una lluvia de estrellas de las perseidas para los turistas astronómicos.

El premio del año pasado a Elisabeth Moss por su estratosférica interpretación de June en El cuento de la criada, en cambio, nos recuerda que en esa ficción distópica con aliento utópico sí hay un centro. Un centro humano y femenino. Aunque solo haya ganado tres de los veinte premios a los que optaba, la segunda temporada de la adaptación de la novela de Margaret Atwood, aunque más imperfecta que la primera, ha sido sin duda más intensa y ha dejado claro que el mundo donde se inserta la República de Gilead se puede expandir para convertirse en el sucesor de Poniente.

Junto con La maravillosa señora Maisel y Juego de tronos, el resto de series ganadoras de los Emmy 2018 han sido El asesinato de Gianni Versace: American Crime Story (siete premios, entre ellos los de mejor miniserie, mejor actor protagonista y mejor dirección al omnipresente y a veces genial Ryan Murphy), The Crown (mejor actriz protagonista a la superlativa Claire Foy, mejor dirección y dos premios técnicos), The Americans (mejor actor protagonista, a Matthew Rhys, y mejor guion, a Joel Fields y Joe Weisberg), Black Mirror (mejor película de television por el capítulo “USS Callister”, más otros dos galardones de artes creativas) y Wild Wild Country (mejor serie documental, una categoría que tampoco ha entrado todavía en los Primetime Emmy Awards, pero que debería hacerlo).

A excepción de Juego de tronos, ¿qué tienen todas ellas en común? Que remiten directa o indirectamente al imaginario de la segunda mitad del siglo XX. De hecho, se pueden estudiar las diferentes décadas de esos cincuenta años a través de ellas: The Crown nos ha mostrado en sus dos temporadas hasta la fecha la historia británica y mundial desde 1947 hasta 1963; La maravillosa señora Maisel se ambienta en los cincuenta; The Americans —una ficción de alta calidad que acaba de concluir tras seis temporadas contándonos cómo era la vida de los agentes soviéticos infiltrados en el sueño americano—, yWild Wild Country —que reconstruye la gran comuna de meditación dinámica y excesos varios que lideró Osho en lo más profundo de los Estados Unidos— nos muestran las contradicciones geopolíticas de los años ochenta;  la segunda temporada de American Crime Story narra los años noventa desde una mansión ensangrentada de Miami Beach.

“USS Callister”, por último, aunque esté situada en un futuro próximo y aciago,  recrea un videojuego de inmersión con estética pulp inspirado en una serie ficticia, “Space Fleet”, que recuerda a la etapa inicial de Star Trek. El protagonista, Robert Daly, es un fanático de la serie que afirma tenerla entera en vídeo, en DVD y en Blu-ray, y añade: “Ahora está en Netflix”. Como Black Mirror, The Crown y Wild Wild Country: tres producciones originales. Atención al dato: la Historia se resiste, pero Netflix avanza como un tanque sin frenos. Ha empatado en premios con HBO (23), aunque todavía se les resistan los que realmente cuentan.

Un artículo sobre los Emmy no puede acabar sin algún párrafo dedicado a las injusticias. Me parece ridículo que This Is Us —un drama entrañable y lacrimógeno de nivel medio—, Stranger Things —una serie adolescente diseñada para activar la conversación y la nostalgia— y Westworld —una serie de ciencia ficción interesantísima pero fallida— vuelvan a estar nominadas como mejores dramas. La industria destaca, respectivamente, el gran fenómeno sociológico de la televisión generalista, el gran fenómeno fanático de Netflix y la promesa que jamás se cumplirá.

Sí merecían en cambio nominaciones y premios principales tres buenas series ignoradas por los Emmy: The Good Fight, The Deuce y Better Call Saul. Se ha consumado un agresivo relevo generacional. El matrimonio King, David Simon y Vince Gilligan, los autores respectivos de esas tres series y de mitos como The Good Wife, The Wire o Breaking Bad, han sido eclipsados por nuevas caras, por sangre fresca.

Los Emmy y el sistema que representan necesitan generar nuevas estrellas, porque el show debe continuar a toda costa y a cualquier coste. Pero los premios no son la única luz que guía nuestra prescripción, porque no olvidamos que muchas de las estrellas que vemos brillar en el cielo nocturno son estrellas muertas. Ni que el sol, aunque desaparezca cada día, también es una estrella.

 



Jamileth


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