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Ucrania y Rusia


2018-12-10

Política Exterior

¿Cómo debe Europa abordar el conflicto no resuelto de Ucrania?

La Rusia de Vladímir Putin sigue subiendo las apuestas en Ucrania. Su último órdago ha sido capturar tres barcos de la armada ucraniana y bloquear el estrecho de Kerch, que separa el mar Negro y el mar de Azov, compartidos por Kiev y Moscú, impidiendo el acceso al puerto ucraniano de Mariupol. Putin reactiva así una guerra no declarada –o congelada– que desde 2014 ya se ha cobrado más de 10,000 vidas. Preguntamos a los expertos cómo debe Europa abordar el conflicto no resuelto entre Rusia y Ucrania.

* Pilar Bonet | Corresponsal especial de El País en el espacio postsoviético.

La pregunta está cargada de subpreguntas no explícitas. ¿Qué se entiende por “el conflicto no resuelto en Ucrania”? ¿El conflicto o los conflictos? Y si hablamos de “el conflicto”, ¿qué contenido se pone? ¿Consideramos que todos los conflictos –Donbás, Crimea, Azov– son parte de uno solo? La abstracción del enunciado provoca respuestas igualmente abstractas, del tipo: 1. “de forma diplomática, mediante conversaciones, una implicación más profunda de los países de la UE, con el sentido de responsabilidad por el continente”. O bien, 2. “mediante sanciones, presiones”. Pero incluso esta última respuesta es ambigua, porque el enunciado ha evitado definir los/el conflicto y no dice “entre quién” ni “cuál” es el conflicto, así que en esta respuesta ni siquiera se puede decir a quién se sanciona. La pregunta obliga al que responde a formular en detalle aquello que ha evitado mencionar quien pregunta.

Yo veo estos tres conflictos/subconflictos (Crimea, Donbás y Azov) como parte de un todo, como una ruptura de la estabilidad que, con sus más y sus menos, sucedió a la desintegración de la URSS, y también como el resultado de dos procesos divergentes (en Ucrania afirmación proeuropea y en Rusia afirmación proimperial y nostalgia de la URSS y la doctrina Breznev sobre el espacio postsoviético), que hubieran podido armonizarse y converger en posiciones más compatibles antes de la anexión de Crimea, pero dificilmente ahora.

Estamos en plenas turbulencias y hasta que no se salga de esta zona no se podrá abordar el asunto de una forma más tranquila entre Rusia y Ucrania. De momento, Rusia se niega a hablar y hay diferentes opiniones sobre el efecto de las sanciones y de los problemas económicos del país. Ucrania está intentando involucrar a Occidente en defender lo que ella misma no pudo o no quiso defender. La solución está condicionada por el hecho de que Rusia tiene armas nucleares y por la incógnita de si llegaría a utilizarlas en caso de que Ucrania, ayudada por Occidente, intentara recuperar militarmente Crimea y Donbás. Esta perspectiva es demasiado arriesgada, así que no queda más remedio que estructurar un proceso de diálogo complejo, en parte público y en parte confidencial, que tenga en cuenta todos los subconflictos del conflicto, que no es solo entre Rusia y Ucrania, sino interno ucraniano y también entre Rusia y Occidente y dentro de la misma Rusia. Sería conveniente tener alguna entidad mediadora o grupo de personas respetables que pudieran asumir esta función de mediación entre las partes.

 
* Ruth Ferrero Turrión | Profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense y en la Carlos III de Madrid

Uno de los principales problemas que tiene la Unión Europea en relación a este conflicto es la ausencia de una política exterior coherente con Rusia. La diversidad de intereses entre los Estados miembros, el debate abierto sobre la necesidad o no de contar con un ejército europeo capaz de tomar decisiones propias y las presiones de sectores atlantistas por un mayor endurecimiento de la posición en relación con Moscú hacen que la confusión y el desconcierto reinen en las cancillerías europeas. Esta confusión se manifiesta en inmovilismo y ausencia de respuestas que vayan más allá de las llamadas al diálogo y la negociación y a la imposición de sanciones económicas contra Rusia.

Quizá el conflicto en Ucrania haya mostrado de la manera más cruda la debilidad de la UE en política exterior, tal y como se vio con la creación del cuarteto de Normandía. Esto hace que cuente con escasas vías de aproximación al conflicto. De todas ellas, la llamada a la desescalada por parte de ambos contendientes, explicitada por el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Heiko Maas, es la propuesta más innovadora desde el estallido del conflicto. Ya no solo se pide a Putin que frene sus ansias expansionistas, sino que se apela también a la moderación de las autoridades ucranianas. Probablemente tenga más sentido esta llamada a la calma que la opción dura –reivindicada, entre otros, por el presidente ucraniano, Petró Poroshenko– de desplegar a la OTAN para frenar el expansionismo ruso. Una decisión que no solo recrudecería el conflicto, sino que reforzaría el discurso de la amenaza occidental de Putin, otorgándole un apoyo ciudadano todavía superior al que ya tiene en Rusia.

 
* Mira Milosevich | Investigadora Principal para Rusia y Eurasia en el Real Instituto Elcano

Tratándose de Europa, actor que no tiene independencia estratégica alguna, la respuesta sería: como buenamente pueda. Después de la anexión rusa de Crimea en marzo de 2014, Europa ha demostrado que carece de instrumentos para defender el Derecho Internacional, los valores democráticos y los derechos humanos, así como la integridad territorial de un Estado europeo no miembro de la Unión.

Mientras la UE rechaza cualquier posibilidad de enfrentarse militarmente a Rusia, Putin ha demostrado que, para el Kremlin, cualquier solución diplomática está necesariamente vinculada a la fuerza militar. Dada está relación asimétrica, Europa solo puede presionar a Rusia mediante las sanciones y seguir apoyando la transición a la democracia en Ucrania. Las sanciones económicas no van a cambiar la política exterior de Rusia, pero sí pueden limitar su agresividad contra los países vecinos. La condición imprescindible para ello es la unidad y el consenso entre los europeos.

La opción que proponen algunos analistas –seguir incrementando la presencia naval de la OTAN en el mar Negro (lo que ya se comenzó a hacer en 2016)– parece una respuesta lógica, pero de poco alcance práctico: Ucrania no es miembro de la OTAN y no hay unanimidad entre los países miembros sobre si la Alianza debería arrostrar el riesgo de una guerra con Rusia por defender a Ucrania.

 
* Francisco Pascual de la Parte | Cónsul general. Consulado de España en Múnich.

En primer lugar, promoviendo el despliegue de una fuerza de interposición de Naciones Unidas que incluyese a militares rusos (para que la aceptara Rusia) y operase en el frente del Donbás y en la frontera ruso-ucraniana (para que la aceptase Ucrania), así como la supervisión del libre tránsito por el estrecho de Kerch por una misión de observadores de la OSCE y la reactivación de los grupos de trabajo en los ámbitos militar, económico, humanitario y administrativo del conflicto.

En segundo lugar, instando a las autoridades ucranianas a promulgar la ley sobre la autonomía de Lugansk y Donetsk, prevista en los Acuerdos de Minsk de 2015. Su aplicación sería de forma escalonada, según avanzase el regreso de los refugiados del Donbás (para obtener un censo electoral fiable) y la retirada de los combatientes extranjeros por las partes en conflicto. El proceso sería supervisado por la OSCE y estaría acompañado de la eliminación gradual de las restricciones occidentales a Rusia y de su readmisión en el G8.

Y en tercer lugar, impulsando la celebración de una conferencia sobre la nueva Estructura de Seguridad y Cooperación en Europa, una especie de “Helsinki II”, que actualizase la OSCE y la dotase de los medios y el personal especializado necesarios para abordar los nuevos retos y la actual realidad en Europa, diferente a la que existía cuando se adoptó el Acta de Helsinki de 1975.

 
* Alberto Pérez Vadillo | Experto en seguridad europea y relaciones con Rusia.

La devolución de Crimea a Ucrania es harto improbable. En este sentido, Bruselas necesita replantearse el objetivo de las sanciones que restringen las relaciones económicas con Crimea. Si se busca señalar que la violación del Derecho Internacional tiene consecuencias, entonces se debe estar dispuesto a mantener esas sanciones hasta que se restituya la legalidad. Si se persiguen fines más prácticos, como, por ejemplo, un procedimiento actualizado y justo para la implementación del acuerdo de 2003 sobre el mar de Azov y el estrecho de Kerch, entonces las sanciones deben reformularse en ese sentido.

En lo que concierne al Donbás, las sanciones vinculadas al cumplimiento de los acuerdos de Minsk, que también podrían ligarse a cualquier acuerdo futuro si fuese necesario, deterioran la economía rusa, especialmente a largo plazo. Por ello, actúan como instrumento de presión sobre Moscú. Respecto a Kiev, un apoyo a la economía ucraniana incondicional, no excesivamente exigente en materia de corrupción, ayudará a los sucesivos gobiernos a presentar logros ante el electorado. Esto debería reducir la falta de voluntad para tomar medidas impopulares respecto a una mayor autonomía del Donbás. También limitaría la tentación de explotar el sentimiento patriótico mediante acciones potencialmente desestabilizadoras, como la declaración de la ley marcial en relación al incidente en el estrecho de Kerch el 25 de noviembre. En este sentido, resulta bienvenida la reciente aprobación por la Comisión Europea del desembolso del cuarto programa de Asistencia Macro-Financiera a Ucrania, históricamente el principal beneficiario de este tipo de ayuda europea.

 
* Rubén Ruiz Ramas |Profesor en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la UNED

La prioridad de la UE es definir sus prioridades estratégicas no solo en Ucrania, sino de manera holística, acerca de la vecindad común con Rusia y en sus relaciones con esta gran potencia. Y establecidas esas prioridades, acompañarlas de acciones que contribuyan a su implementación, que sean asumibles y se pueda ser firme en su defensa. Mientras esto no ocurra, la política exterior de la UE generará incertidumbre y será ineficaz para sus intereses y, de paso, para los de Ucrania. Ya expliqué en Agenda Pública por qué este enfoque errático jugó contra los intereses de Bruselas y Kiev en el contexto de la crisis abierta en 2013. Desde entonces, no ha habido grandes avances. El gobierno ucraniano sigue actuando como si estuviera activa una hoja de ruta hacia la integración en la UE y en la OTAN (Pavlo Klimkin, ministro de Asuntos Exteriores afirmó ayer que sus socios atlánticos le habían dado el siguiente mensaje “Ucrania será miembro de la OTAN”). La UE se mantiene en la autocomplacencia de las sanciones a Rusia, cuyos efectos se sentirán más a medio y largo plazo. A corto, las sanciones no impiden el intervencionismo en el Donbás ni las acciones para consolidar la autoridad rusa en Crimea. Tampoco cuando incurren en nuevas violaciones del Derecho Internacional.

No hay motivos para ser optimistas ni en el desarrollo de una estrategia coherente hacia la Europa oriental ni en las relaciones UE-Rusia. En el seno de la Unión, el debate languidece mermado por su creciente polarización. De un extremo, los cruzados de la nueva guerra fría tachan como appeasement cualquier alternativa a una cruzada para la que reclaman más y más recursos. De otro extremo, más peligroso aun, los planes para la UE del euroescepticismo ultraderechista son, si cabe, más putinistas que Putin.

 
* Andrew Wilson | Investigador principal del European Council on Foreign Relations

El conflicto alrededor de Ucrania puede a menudo olvidarse, pero está lejos de congelarse. Durante el otoño de 2018 se está intensificando dramáticamente con la militarización rusa del mar de Azov, al noreste de Crimea, y el conflicto cada vez más abierto entre barcos rusos y ucranianos bajo banderas rusas y ucranianas. Ucrania ha respondido declarando la ley marcial durante 30 días. La renovada crisis aumenta los desafíos para los partidarios de Ucrania. ¿Hasta dónde deben ir ahora, después de la ayuda ya dada? También hace que sea más difícil para los países alejados de Ucrania, y con muchas prioridades domésticas, como España, permanecer completamente al margen. ¿Puede haber una respuesta colectiva?

Los motivos de Ucrania para declarar la ley marcial parecen ser tres. En primer lugar, para indicar a Rusia que está mejor preparado para un ataque a mayor escala que en 2014. En segundo lugar, para captar la atención de Occidente y tratar de saltar directamente de las expresiones habituales de “preocupación” a una acción más seria. En tercer lugar, para llamar de nuevo la atención sobre Crimea. Los Acuerdos de Minsk son todos sobre la guerra en el este de Ucrania. Pero no hay una vía diplomática sobre Crimea, a pesar de que Occidente se niega a reconocer su anexión y los rusos se han apoderado de barcos ucranianos en aguas de Crimea y, por tanto, en aguas ucranianas y no rusas.

La canciller Angela Merkel no ha ayudado diciendo que “no hay una solución militar” a la crisis actual. Esto es un oxímoron: la guerra siempre implica soluciones militares. Occidente no está en primera línea y no debería estar allí, pero ya está suministrando entrenamiento, equipamiento técnico y armas pequeñas. Rusia está tratando de destruir las capacidades militares de Ucrania para escalar. Más armas defensivas agregarían estabilidad a la disuasión, no la reducirían.

Una misión de la OSCE ya está monitoreando la guerra en el terreno. También debería tener la capacidad para hacerlo en el mar de Azov. Rusia afirma que ve una amenaza a su puente sobre el estrecho de Kerch que conecta con Crimea. Si realmente es eso, una misión ampliada de la OSCE ayudaría. Finalmente, el modelo de Minsk no es sagrado. Ayudaría a ampliar la membresía y el modelo, y mantener un diálogo paralelo de los Amigos de la Crimea Ucraniana.


 



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