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¿Qué nos pueden enseñar los helechos acerca de sobrevivir tiempos turbulentos?


2019-03-20


Por Ligaya Mishan | The new York Times

Mucho antes de que hubiera flores, el mundo era verde. Las primeras plantas aparecieron hace unos 500 millones de años, primitivos musgos, hornabeques y hepáticas, de estatura baja y arraigados al suelo. Entonces, hace 360 millones de años, los helechos se elevaron, con recién evolucionados sistemas vasculares que les ayudaron a transportar agua a sus extremidades y ganar altura. Prevalecieron cuando los dinosaurios perecieron, a través y después de la extinción, de manera obstinada y prácticamente sin modificaciones. Según los registros fósiles, un helecho de hace 180 millones de años era casi idéntico a sus descendientes actuales.

Por lo tanto, los helechos fueron una parte de la existencia humana desde nuestro principio, y aún en Occidente, no fue sino hasta la época victoriana que nos volvimos locos por estas reliquias prehistóricas. La pteridomanía, el nombre oficial de la fiebre victoriana por los helechos, fue impulsada en parte por la invención en 1829 de la caja de Ward —o terrario que es una caja de cristal construida para transportar y proteger a plantas delicadas— y por la extensión de caminos y vías férreas a lugares remotos y particularmente húmedos del Reino Unido donde prosperaron los helechos. La locura fue democrática porque cautivó a todas las clases sociales: los granjeros buscaron especímenes mientras que los aristócratas importaron especies poco comunes de lugares muy lejanos, desde Borneo hasta Brasil.

Podrías decir que, una vez que se desató, nuestra locura por ellos nunca pasó. Durante la década de los sesenta en Estados Unidos, las plantas se convirtieron en la decoración que definió a los llamados fern bars (bares de solteros), que se inspiraron en una idealización de las salas de estar de las abuelas (junto a macetas con helechos, frecuentemente tenían mesas hogareñas de madera con lámparas estilo Tiffany), lo que creaba un espacio donde las mujeres solteras podían sentirse a salvo mientras bebían cocteles azucarados. Para la década de los ochenta, los helechos (o, con mayor frecuencia, la versión en plástico) colgaban de soportes de macramé en hogares de todo Estados Unidos, una metáfora tropical en una década que celebró el exceso.

No obstante, la nuestra es una era más ansiosa. Los floristas cada vez más recurren a los helechos, en esta etapa no como un símbolo de estatus o como plantas exóticas consentidas, sino como enviados de las profundidades del tiempo que han resistido todo, lo que nos recuerda que esto también pasará. “Por naturaleza son una contradicción”, dijo Lucy Hunter de Flower Hunter, una casa de diseño floral y de paisajismo en Gales del Norte en el Reino Unido. “Duros pero delicados”.

Para los arreglos, Flower Hunter prefiere el helecho japonés, con su filigrana plateada y nervaduras oscuras como el vino que son como venas que se extienden; las cálidas frondas cobrizas del helecho otoñal; y el helecho pelo de Venus, notoriamente quisquilloso y más aire que planta, sus hojuelas que flotan como hilo fino. En los jardines, es atraída por las largas plumas del helecho avestruz, que recuerda a las plumas del ave que le da su nombre, y la “perfección proporcional” de las frondas conforme se despliegan en la primavera, y de nuevo logran su estado más de ornato en el invierno, justo antes de colapsar. “Cuán efímeras y antiguas son”, dijo. “Te hace sentirte humilde, realmente”.

Con sus florituras y reiteraciones, los helechos desafían la geometría estándar y se acercan más a la escultura que a cualquier otra planta. En Fiddle Ferns (1983) de Robert Mapplethorpe, las espirales tensas de los brotes de helechos jóvenes se leen como la encarnación de la energía acumulada en espiral. Para el diseñador floral Doan Ly de A.P. Bio en Nueva York, el atractivo es austero pero sensual, del helecho nido de ave con sus rizos cerosos a la extraña simetría del helecho espada, cada pequeño folíolo como una espada desenvainada.

Incluso cuando un helecho es relegado a un papel ostensiblemente secundario, su silueta domina: para Cara Fitch de Trille Floral en Sídney, Australia, los contornos logarítmicos de las frondas a menudo definen los bordes del arreglo completo. Sus patrones son tan singulares, que son inmediatamente reconocibles incluso cuando se transforman en objetos de arte, como en el caso de los helechos de papel creados por Stephanie Redlinger de Florasmith en San Francisco, de alguna manera esqueléticos y voluptuosos al mismo tiempo, o el helecho nativo de repetición totémica que aparece en un diseño textil de Sarah Nicholas Williams.

En ocasiones, los helechos son simplemente inverosímiles visualmente —bellamente ridículos—. Ly fantasea con decorar una despedida de soltera con helechos sombrilla, cada miembro cargando uno como una sombrilla de encaje. Vic Brotherson de Scarlet & Violet en Londres yuxtapone rosas con arcos vírgenes de frondas, como una ceja levantada. Para la florista neoyorquina Emily Thompson, los helechos cabezas de violín que se encuentran en la naturaleza en un tallo de 1,5 metros de altura evoca un monóculo. En algunas ocasiones, ella añadirá un helecho gigante australiano al arreglo “para darle una sensación de Jack y las habichuelas mágicas” o combinar helechos más pequeños con flores igualmente diminutas, como crecerían juntas en un bosque, lo que lleva todo a la escala de un hada.

Para los chefs, los helechos representan más un desafío, porque solo unos cuantos son comestibles y deben ser manejados con cuidado (en ciertas especies, pequeñas concentraciones de ptaquilósido, un carcinógeno, han sido detectadas; afortunadamente, es soluble con agua y, de acuerdo con expertos, desaparece en su mayoría después de una buena escaldada). Sheldon Simeon de Lineage y Tin Roof en Maui, Hawái, toma hapu’u, un helecho arbóreo hawaiano peludo que se eleva a más de 7 metros de altura, y lo empapa en agua por un día, luego lo hierve, lo raspa y lo hierve nuevamente antes de convertirlo en un estofado. “Es más difícil de obtener, necesitar un lugar donde llueva constantemente”, dijo. Son más comunes los brotes silvestres de pohole que las familias locales conocen y atienden, recortan las plantas en las semanas previas a un luau para persuadir a los brotes frescos. Estos se pueden estofar al estilo chino en las sobras de cerdo graso con aceite de ajonjolí y mezclarse con ‘opae (camarones de agua dulce) secos, un guiño a la conexión entre los helechos y los ríos que los abastecen.

Los helechos, que cuando se hierven a fuego lento pueden acercarse al pajote en textura, nunca pueden ser la pieza central de un menú. Sin embargo, en un arreglo, pueden ser el toque pequeño y primordial que recalibra todo. Como preparación para su próximo restaurante enfocado en la fermentación, Deuki Hong de Sunday Bird y Sunday at the Museum en San Francisco ha experimentado con helechos grandes del género Pteridium, los cuales conoce desde niño como el condimento coreano y banchan (guarnición) gosari namul. Señala que conserva su sabor a hierba y consistencia crujiente incluso después de hacerlo en escabeche; la resistencia es parte de sus características. En efecto, los helechos grandes fueron parte de las primeras comidas humanas en los registros científicos, encontrados entre los restos de carne de íbice y trigo escaña en el estómago perfectamente preservado de un esqueleto de 5300 años de antigüedad de la Era del Cobre, desenterrado de debajo del hielo en los Alpes de Ötztal en 1991.

Contemplar un helecho es darse cuenta de la presencia de “inmensos intervalos de tiempo”, como el neurólogo (y teridólogo, un académico de los helechos) Oliver Sacks escribió en Oaxaca Journal (2002), su crónica de búsqueda de helechos en México. Las flores pueden tener colores, fragancia y una evidente sensualidad de su lado, otros ingredientes pueden tomar el lugar de honor en la mesa. Pero los helechos son los ancianos de nuestro mundo, plantas resistentes primordiales que nuestra historia en comparación con la suya es apenas el rizo de la punta de una fronda.



Jamileth


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