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Primarias de 2020: bestiario


2019-06-19

JORGE TAMAMES | Política Exterior

La batalla por suceder a Donald Trump se presenta ardua. A año y medio de las elecciones presidenciales, hay 22 candidatos esperando hacerse con la nominación del Partido Demócrata. En Política Exterior ya describimos a los doce principales; ahora nos proponemos, en el espíritu de la igualdad de oportunidades, hacer lo mismo con diez candidatos más excéntricos. Los misfits, los outsiders, los renegados de las encuestas. Como descubrimos en 2016, no es impensable que un candidato esperpéntico, partiendo de una posición marginal, termine haciéndose con la presidencia de Estados Unidos. En la siguiente lista, por tanto, tal vez se encuentre el siguiente líder o lideresa del mundo libre.

Seth Moulton

Congresista por Massachussets, licenciado en Harvard y veterano de la guerra de Irak, Moulton es un candidato tan poco reseñable que destaca justamente por eso. Es el arquetipo de conservador que el Partido Demócrata considera útil para atraer a votantes “independientes”, supuestamente moderados. (En la práctica esta idea no funciona demasiado bien, como mostraron las derrotas de John Kerry y Hillary Clinton.) A principios de 2019, se opuso a la nominación de Nancy Pelosi como presidenta del Congreso –por considerarla izquierdista, una decisión que le ubica claramente en el ala derecha de su partido.

Moulton centra su campaña en la regulación de armas de fuego: un tema candente con el que es fácil obtener apoyo de votantes y grandes donantes. Su posicionamiento al respecto va en la ya clásica línea de otros demócratas veteranos: empuñar rifles de asalto es loable en países que dan dolores de cabeza al Pentágono, ¡pero no en EU! De ser electo, se convertiría en el presidente más joven de la historia del país. En las encuestas no llega al 1%.

Cory Booker

Senador por Nueva Jersey y ex alcalde de Newark, donde legó pocas políticas públicas pero muchas anécdotas memorables. Como cuando rescató a un pitbull; o cuando sacó a una mujer de un edificio en llamas; o cuando aseguró conocer a un camello llamado T-Bone, que le explicó lo dura que es la vida en la calle. Esta última historia es la más graciosa, porque parece completamente falsa. No es la primera vez que Booker recurre a lo que en Internet llamaríamos un invent.

Como Moulton, Booker representa un vicio típico del centro-izquierda. Hablamos de la búsqueda afanosa de consenso y la incomodidad ante la idea de que existan conflictos políticos enquistados, cuya resolución exige tomar partido. Su campaña se basa, según sus propias palabras, en la unidad y el amor. Tal vez por eso Booker se haya negado a llamar “racista” a Trump. También parece irritante su adicción a la grandilocuencia: el año pasado, “filtró” un documento que ya era público al grito de “yo soy Espartaco“. Pero lo que más frustra a las bases demócratas tal vez sea su cercanía a los lobbies farmacéuticos y financieros, de quien recibe gran parte de su financiación electoral. Esto supondría un problema de cara a la nominación, pero no tanto como rondar el 3% en las encuestas.

John Hickenlooper

Hickenlooper hizo carrera en Colorado, donde ha sido gobernador y alcalde de Denver. Durante la última década, este Estado ha generado interés por dos tendencias no necesariamente relacionadas: es uno de los pocos feudos republicanos que se ha vuelto nítidamente demócrata, y también es pionero en la legalización de la marihuana. La campaña de Hickenlooper, no obstante, parece centrada en otra cuestión: el fracking, que considera excesivamente regulado. Su obsesión con este método de extracción petrolífera ha proporcionado momentos estelares en la historia del Senado: en 2013, acudió para afirmar que él y varios directivos se sentaron en una mesa a beber, “de manera casi ritual”, el fluido químico que se emplea en el proceso de fracking con el fin de demostrar su salubridad. El otro gran tema de su campaña es el capitalismo: Hickenlooper ha declarado que se presenta a las elecciones para salvarlo.

Tulsi Gabbard

Uno de los perfiles más polifacéticos –por no decir oportunistas– del Partido Demócrata. La congresista por Hawaii se dio a conocer en 2016, cuando apoyó la campaña de Bernie Sanders. Esta posición, unida a sus críticas a la política exterior estadounidense, le han ganado una base pequeña de seguidores en la izquierda.

En realidad, el historial de Gabbard es bastante ambiguo. Como veterana de Irak, criticó repetidamente a Obama por no ser lo suficientemente beligerante contra el islamismo radical. Su apoyo ocasional a Vladímir Putin, Bashar el Asad, el gobierno israelí y el partido nacionalista hindú BJP también parecen obedecer a una fijación con la amenaza geopolítica del Islam. Además, forma parte de una dinastía política hawaiana con un historial fundamentalista y homófobo que ella misma suscribió en el pasado.

Richard Ojeda

Otro veterano sui generis en el ala izquierda del Partido Demócrata. Ojeda saltó a la fama en 2018, desde Virginia Occidental, donde comenzó una campaña de apoyo a las huelgas educativas en su Estado y en contra de Trump (a quien votó en 2016). Sus vídeos de campaña, en los que combina temas bélicos con halterofilia, así como su pose de tipo duro que dice las cosas claras, podrían verse como un intento de resignificar la identidad redneck de manera favorable a la izquierda.

Ojeda se presentó fugazmente a las presidenciales, renunciando para ello a su escaño en el senado estatal de Virginia Occidental. Acto seguido, concluyó que aquello era un lío y dio marcha atrás. El gesto le ha costado un cargo público en una región tradicionalmente republicana: un ejemplo de cómo la obsesión por las campañas presidenciales termina por lastrar la fuerza local de los demócratas.

Bill de Blasio

Cuando fue electo como alcalde de Nueva York, de Blasio prometía revolucionar la ciudad con una ambiciosa agenda progresista. Ocho años después, aquello ha quedado en agua de borrajas: pese a algunos avances, apenas revirtió la desigualdad urbana que prometió combatir. Una de las señales de identidad de su mandato fue su tendencia a llegar tarde y mal a todas partes.

También es conocido por su torpeza. En 2014, por ejemplo, dejó caer a una de esas marmotas que supuestamente anuncian el fin del invierno. Como de Blasio mide casi dos metros, el pobre animal murió a la semana del descalabro. Cuando apoyó a Hillary Clinton en 2016, lo hizo con unas bromas que fueron interpretadas como racistas. Esta combinación de torpeza e ineptitud le ha seguido hasta las primarias, por lo que solo queda desear que le vaya lo suficiente bien como para continuar haciéndonos sonreír a su costa.

Mike Gravel

El último de los candidatos pintorescos del ala izquierda. Gravel, senador por Alaska entre 1969 y 1981, intentó hacerse con la nominación demócrata allá por 2008. Aquella campaña nos dejó dos anuncios legendarios: “Rock”, en el que el candidato mira fijamente a una cámara durante un minuto para, a continuación, lanzar una piedra en medio de un estanque público; y “Fire”, que muestra una fogata ardiendo durante siete trepidantes y crepitantes minutos. El tema principal de su campaña, tanto ayer como hoy, es que la política exterior de EU es ruinosa y criminal.

En esta ocasión, Gravel (89 años) ha recurrido a otra técnica de comunicación heterodoxa: contratar a dos adolescentes emprendedores y tirando a socialistas para que gestionen su cuenta de Twitter y la usen para soltar zascas a diestro y siniestro –especialmente a los demócratas más pacatos. También han remasterizado el anuncio estrella de 2008:

Andrew Yang

Hijo de emigrantes taiwaneses, abogado e inversor en Silicon Valley. Yang se ha ganado a parte de la antigua base millenial de Trump dando la vuelta a los mensajes del presidente, como en su día hizo Marx con Hegel. Vende gorras con el logo MATHA (Make Americans Think Harder) en vez de MAGA (Make America Great Again) y habla de poner a la “humanidad” en vez de a “América” “primero”. Se pasa el día en las redes sociales, donde comparte vídeos de operaciones quirúrgicas realizadas a una uva. Su medida principal es lo que llama el “dividendo de la libertad”: una renta básica universal de 1,000 dólares al mes que, al parecer, nos salvará del “apocalipsis robot” que se avecina debido a la automatización. Esta medida, combinada con un notable arsenal de memes, parece seducir a gran parte de los gamers reaccionarios que en su día apoyaron a la alt-right. Yang también pretende hacer campaña mediante hologramas.

No queda claro si su candidatura demuestra que los votantes de Trump son redimibles o que nuestro futuro será (aún) más absurdo y nihilista de lo que imaginamos.

Marianne Williamson

Nos guardábamos lo mejor para el final. Williamson se autodefine como una “perra de Dios”, pero no en el sentido inquisitorial de la palabra. Ha entrado al ring para redimir a la humanidad. Es una reconocida gurú espiritual en Hollywood, autora de libros de autoayuda promocionados por Oprah Winfrey (que en su día también coqueteó con una campaña presidencial). Predeciblemente, su discurso abunda en tópicos sobre el poder del amor. De la ocupación israelí de Palestina, por ejemplo, opina que “el trabajo de los verdaderos creadores de paz debe ser a nivel del corazón”. En EU, sin embargo, su campaña pretende extirpar la “podredumbre moral y espiritual” en que el país está sumido, aunque también admite que debemos “bailar como un acto de rebelión contra la oscuridad del mundo”.

No es la primera vez que Williamson intenta reciclarse como política. En 2014, compitió por un escaño californiano del Congreso y recabó apoyos de Alanis Morissette y Katy Perry. En aquella ocasión ganó un 13% del voto: trece veces más de lo que le dan las encuestas actuales.

Joe Biden

Biden no es un candidato menor, obviamente, sino quien más probabilidades tiene hoy de obtener la nominación demócrata y enfrentarse a Trump. Pero no sería de recibo, en un artículo dedicado a recopilar extravagancias sobre candidatos demócratas, pasar por alto las que acumula el ex vicepresidente de Obama. La más notable es su esfuerzo por enajenar a todos y cada uno de los colectivos que constituyen la base electoral del Partido Demócrata. De los jóvenes opina que se han vuelto quejicas y vagos. Sobre los afroamericanos ha vertido un sinfín de ocurrencias perezosas y prejuicios. También siente una tirón irresistible por sobar a sus compañeras de trabajo a cuento de nada, invadiendo su espacio personal sin miramientos. Aunque empieza a apoyar parte de la Green New Deal, hasta hace poco apostaba por una solución “a mitad de camino” entre esta posición y la de los republicanos, que insisten en que el cambio climático no existe.

La versión oficial es que nada de esto es alarmante. Parte del encanto de Biden, parece ser, reside en la solvencia con que interpreta a un anciano manazas y bocazas. Otra posibilidad, quizá más plausible, es que estas actitudes reflejen sus posiciones políticas: las de un demócrata conservador incluso para los estándares de su generación y el Estado al que tradicionalmente ha representado (Delaware, epicentro de la desregulación financiera en EU). El cálculo, una vez más, es que si compitiese contra Trump, lograría vencerle atrayendo a votantes centristas. Tal vez por eso Biden sea el candidato más inquietante de 2020: porque tiene posibilidades de ganar las primarias y perder las elecciones presidenciales, siguiendo la hoja de ruta que marcó Hillary en 2016.



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