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Democracia en llamas


2019-10-19

Diana Calderón, El País

En Barcelona, en Hong Kong, en Ecuador y en Colombia, en París. Y en Chile mientras escribía esta columna. Todos protestan. Lugares disímiles, realidades más que diversas, pero muchos aspectos comunes que tienen que ver con el bolsillo de los ciudadanos, la identidad y la ira y la incapacidad para contenerlas desde los diversos gobiernos.

En el París de los chalecos amarillos, cientos de miles le hicieron ver a Emmanuel Macron, después de 200 detenidos y 80 heridos, que el alza de impuestos y el aumento de los combustibles no iba a aceptarse. Le había ocurrido a François Holland con los gorros rojos de su época, también indignados con el impuesto a los camiones. La razón: dinero, el aumento en los costos de lo que se consume a diario y afecta las finanzas del ciudadano. La protesta fue violenta. Duró 11 días. Se vio el arco del triunfo en llamas, los mismos carros volcados y el miedo. Los manifestantes, de todas las vertientes. Resultado: Macron inicia un proceso de consultas por todo el país. Un gran diálogo nacional.

En Hong Kong, jóvenes y estudiantes, opositores, docentes, abogados con la cara cubierta y la cabeza protegida por sombrillas le reclaman a Carrie Lam contra un proyecto de extradición en el que quedarían bajo una justicia china que incluye torturas. La razón: identidad. Piden más democracia y mantener su autonomía de China, sus derechos, su legislación, su economía y su libertad de expresión a pesar de ser una región administrativa especial desde que dejó de ser colonia británica en 1997. La protesta se inició en marzo con la participación del librero Causeway Bay, detenido. Luego vino la marcha silenciosa de mil abogados, y hace poco una marcha de un millón. Empezaron los choques y los bloqueos y las autoridades llamaron terroristas o violento grupo de separatistas a los manifestantes enmascarados. Resultado: se teme ahora una intervención militar tipo Tiananmen o lo deseable, concertación.

En Ecuador, el Gobierno de Lenin Moreno retira el subsidio a la gasolina como parte de las medidas que debía tomar para reactivar la economía, según receta del Fondo Monetario Internacional y debido al enorme endeudamiento heredado de su antecesor, Rafael Correa. A la protesta de transportistas e indígenas que se tomaron las calles se le sumaron colectivos sindicales y de oposición, incluso cultivadores de hoja de coca que se alimentan de subsidios en las fronteras con Colombia. La razón: el bolsillo, el costo de vida, salarios que podrían verse afectados, días de vacaciones recortados y otros más de fondo político. Eran los mismos que en otras protestas tumbaron los gobiernos de Lucio Gutiérrez y Abdalá Bucaram. Lenín Moreno trasladó el gobierno a Guayaquil y luego regresó, decretó el estado de excepción. El olor a llantas quemadas, una ciudad destruida, inusitadas imágenes llenas de ira contra iglesias e instituciones sin distingo. Resultado: entró la ONU, proceso de negociación y a concertar la gradualidad de las medidas.

En Barcelona, las cosas tienen otra cara. Pero también hechos comunes, sobre todo en la forma como se transforma la protesta. La razón: la condena de los independentistas catalanes, incluyendo a uno de los líderes de la Generalitat, Oriol Junteras, por sedición, en el proceso de referéndum de 2017. Esta zona de España tiene su propio gobierno. El movimiento separatista ha reaccionado a la decisión judicial con bloqueos que incluyen la necesidad de cancelar más de un centenar de vuelos, e incluso el clásico Barcelona-Real Madrid, incendios en edificaciones de estudiantes. Desde Madrid Pedro Sánchez pide tranquilidad y dice que actuará con contundencia. Otros le piden tomar el control de Cataluña. Resultado: Incierto.

Colombia. No hay mes sin protesta. Casi todas estudiantiles. La razón: algunas por presupuesto para la Universidad Pública, otras contra la corrupción, más recientemente por una reforma laboral en ciernes. Por unas cosas y por todas. Y no han sido pacíficas. Como en otras naciones del mundo, ha ocurrido lo mismo: las protestas se degradan, a puntos en que lo único visible es la rabia, la ira de los marchantes de cualquier nacionalidad, y entonces los gobiernos amenazan con reglamentar la protesta, los cuerpos antidisturbios se exceden y los procesos de concertación y diálogo aparecen como las únicas alternativas para recuperar la normalidad.

Discovery acaba de estrenar una serie que se llama ¿Por qué odiamos?, tratando de encontrar las raíces del odio, de la ira. El antropólogo Bryan Hare se mete en ese mundo profundo y viejo de las raíces del odio en la humanidad, de las huellas de la violencia, para entendernos, encontrar salidas desde la comprensión y lo hace con un tema tan de nuestros días, el bullying, en el primer capítulo.

Mientras tanto, los analistas y profesores como David Runcinan, cuyo más reciente libro recomienda Eduardo Posada Carbó, plantea serias reflexiones sobre el mundo que vivimos y cómo pareciera que estamos ante el derrumbe de las democracias muy a pesar de las protestas y las movilizaciones que son la prueba más contundente de la buena salud de las mismas.

Es una buena noticia que las mentes brillantes estén abordando desde la academia y los libros y las series con la claridad sobre las amenazas tecnológicas, de la inteligencia artificial, las redes y sus fakes, con la capacidad crítica desinteresada frente a los elegidos populistas y autócratas de Venezuela y Estados Unidos y tantas otras partes, para volver ojalá, a reinventar los espacios de discusión con los ciudadanos. Necesitamos encontrar maneras de darles herramientas para elegir gobernantes idóneos, pero también para formarlos en maneras de imponerse sin violencia para defender sus derechos.

Qué debemos hacer ante un acto de violencia. Cómo no caer en la propaganda que alimenta el odio, cómo sembrar la capacidad de argumentar y respetar la diferencia. Cómo nos defendemos de los que nos abusan sin abusar de los demás. Cómo tumbamos a los gobiernos sin llevarnos por delante la vida de los otros. La responsabilidad del fin de las democracias, si ese fin es una realidad, es de todos, gobernantes y ciudadanos por igual. Por ahora lo que se ve es una democracia en llamas.



JMRS


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