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Ser punto o ser coma, el dilema de los demócratas liberales en el siglo XXI


2019-12-07

Andrea Rizzi, El País

En una interesante entrevista concedida a este diario y otras seis cabeceras europeas, Donald Tusk aborda sin ambigüedades la cuestión de la relación de los partidos conservadores moderados con la ultraderecha. El recién nombrado nuevo presidente del Partido Popular Europeo aboga por mantener una firme distancia, en la línea defendida por Angela Merkel y en las antípodas del PP de Pablo Casado, que no ha titubeado ni un instante en buscar el apoyo de Vox. Esta cuestión es uno de los múltiples planos en los que los demócratas liberales europeos deben decidir dónde se sitúan en el arco que en sus extremos tiene la confrontación y el apaciguamiento.

Pueden esbozarse tres niveles. El global (cómo tratar con potencias autoritarias —o potencias liberales lideradas por mandatarios con actitud de confrontación…—), el europeo (cómo gestionar la relación con Gobiernos de la UE con impulsos iliberales), los nacionales (cómo abordar el auge de partidos radicales). Cada nivel tiene sus propias características —y dentro de ellos cada adversario tiene sus rasgos— pero todos ellos implican en primer lugar una reflexión de principios, que es aquella en la que hace hincapié Tusk. Pero también, en segundo lugar, otra estratégica: sobre si hay mejores opciones de reducir al adversario a través de la relación, el trato, la cooptación; o si con la confrontación.

La historia ofrece mil ejemplos en toda la paleta cromática, desde el vergonzoso apaciguamiento de las democracias occidentales ante Hitler en los años treinta hasta, en un orden muy diferente de cosas, la apuesta por el engagement mesurado de Barack Obama con regímenes como el cubano o el iraní, con la idea de propiciar a través de la relación apertura internas que producirían a medio o largo plazo cambios positivos. Trump, claramente, opta por la confrontación.

La UE debe decidir dónde situarse en esa paleta cromática en muchos casos: ante la propensión a las vías de facto de Putin (¿mantener actitud dura o propiciar un deshielo como piensa Macron?); ante la actitud poco amigable de Trump (¿hasta dónde reaccionar a los golpes arancelarios o a las sanciones que limitan actividad económica europea por decisiones políticas de EE UU? ¿hasta dónde propulsar un nuevo protagonismo del euro o reciprocar las sanciones indirectas en sectores que duelan a EE UU?), o ante violaciones de derechos humanos por doquier (¿hasta dónde hablar y denunciar, que es virtuoso pero anula la capacidad de diálogo?).

Los demócratas liberales europeos también deben decidir cómo actuar con los demócratas soi- disants iliberales de la quinta de Orbán. Llevar a los tribunales europeos ciertas iniciativas es lógico y fácil. Pero, ¿hasta dónde, por ejemplo, cortar el grifo de los fondos estructurales? ¿Es castigo merecido por actitud insolidaria de los Gobiernos o daño inmerecido para ciudadanos que no tienen la culpa?

Y, por último, en casi todas las naciones, otro dilema: ¿cómo tratar a los ultras? ¿Hay que ser una coma, que deja fluir el discurso, y a través del mismo lograr que los extremos se encaucen? ¿O ser un punto, firme, que aparte, a riesgo de que la frase siguiente crezca y crezca fuera de control y asilvestrada? Cada uno tendrá su respuesta, pero probablemente será equivocada si solo contempla una de las dos claves: solo los principios o solo la estrategia. Quizá haya que tener en cuenta las dos.



JMRS


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