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La doctrina social de la Iglesia y la práctica empresarial


2019-12-27

Por: Lorenzo Servitje Sendra

La empresa de hoy

Hoy, en nuestros países, se observan empresas de la mayor diversidad. Desde las empresas de la economía informal, -un mundo que apenas se está explorando- hasta las grandes compañías de accionistas anónimos y administradores profesionales, empresas, muchas de ellas internacionales, con numerosos trabajadores y amplios recursos técnicos y de capital, pasando por toda una gama intermedia de empresas de diversos tipos, tamaños y grados de desarrollo. ¿Pero qué es una empresa?. Ordinariamente se ha denominado como empresa a esa entidad productiva en la que el capital y el trabajo se combinan para producir utilidades.

Esta es una verdad pero incompleta: la empresa es algo más. La empresa es una invención humana, es un instrumento diseñado por el hombre para satisfacer mejor sus necesidades satisfaciendo las de los demás.

La empresa puede definirse como una asociación libre de personas, destinada a la producción de bienes y servicios vendibles, a la que unos aportan su capital y otros su trabajo, ya sea de dirección o de ejecución, con el propósito de obtener cada uno una retribución por su aporte.

Dicho de otra manera, la empresa es un instrumento de servicio que tiene fundamentalmente tanto finalidades económicas como finalidades sociales.

Las económicas pueden dividirse en una finalidad económica externa que es servir a los hombres de fuera, la sociedad, proporcionándoles bienes y servicios; y una finalidad económica interna, que es servir a los hombres de dentro, sus inversionistas, directivos y trabajadores, mediante la obtención de un valor agregado que debe distribuirse en forma de beneficios a los primeros y de salarios, sueldos y prestaciones u otras remuneraciones a los segundos.

Pero la empresa tiene también finalidades sociales. Una finalidad externa que consiste en contribuir al pleno desarrollo de la sociedad en la que se encuentra y una finalidad interna que es contribuir al pleno desarrollo de sus integrantes. Como hemos visto, en una empresa se conjugan tres tipos de aportaciones: la del capital, la de la dirección y la del trabajo. En muchos casos, como en una empresa de tipo agrario o artesanal y en las pequeñas empresas comerciales, las tres funciones suelen estar reunidas prácticamente en una sola persona. En otros casos la función de aportación de capital suele ir unida a la función directiva y la de ejecución estar separada de ella. Esto ocurre con frecuencia en la pequeña y mediana empresa cuando la dirección esté en manos del propietario.

Condicionamiento de la empresa

La empresa en el desempeño de su actividad está sujeta a rigurosas exigencias económicas. Debe suministrar a la sociedad, al público, bienes y servicios con calidad, a precios competitivos, oportunamente y con un buen servicio; debe contratar la fuerza de trabajo que se requiere, capacitarla, dirigirla, motivarla continuamente; debe desarrollar a sus proveedores y colaborar estrechamente con ellos y definitivamente dotar a la empresa del liderazgo indispensable para que pueda cumplir su indeclinable responsabilidad de crear riqueza en un estado permanente de riesgo y poder remunerar así a quienes le han confiado su capital o su trabajo.

Los valores cristianos en la empresa

Esta es la vida de la empresa a la que tenemos que llevar los valores cristianos: una empresa que exige realismo, eficacia, racionalidad, previsión, productividad, disciplina, cálculo, rentabilidad, pragmatismo, ambición, competitividad, interés, empuje, asunción de riesgos, habilidad negociadora, dominio técnico y ejercicio de autoridad. Una empresa en la que fácilmente el capital tiene primacía sobre el trabajo y lo material sobre lo espiritual.

Por otra parte como cristianos dentro de la empresa, nuestra fe nos exige desinterés, tolerancia, compasión, generosidad, esperanza, abnegación, humildad, adhesión a la justicia y a la verdad, ayuda y amor al prójimo, respeto a los demás, sacrificio y entrega personal. Nos exige dar primacía al trabajo sobre el capital y lo espiritual sobre lo material.

Las responsabilidades sociales

Estas exigencias morales conforman profundamente las responsabilidades sociales de la empresa. La primera de ellas es cumplir cabalmente con sus finalidades económicas. Es, como se decía antes, cumplir con su "deber de estado". Y también observar las leyes y disposiciones de la autoridad que desde luego gravan sus ingresos y muchas veces limitan o entorpecen su acción; cuidar que su publicidad sea veraz y constructiva; lograr la colaboración de todos quienes trabajan en ella, tratarlos dignamente y con justicia, pugnar por que tengan la oportunidad de desarrollarse como personas e integrarlos a la obra común; afrontar la competencia de otras empresas lealmente sin pretender perjudicarlas o arruinarlas y desde luego respetar el medio ambiente y contribuir de algún modo al bien de la comunidad.

La empresa en la sociedad civil

La empresa si bien es una célula económica es también una célula social. Está inmersa en la sociedad en la que se encuentra y a la que sirve. No sólo está vinculada con quienes entran en contacto con ella de una manera más o menos directa como son sus inversionistas, trabajadores, clientes, proveedores y competidores, sino también con esa extraordinaria variedad de grupos y comunidades como son la familia, el barrio, la escuela, la Iglesia, la profesión, el sindicato, el partido político, la entidad cultural, deportiva, de esparcimiento o de beneficencia, las instituciones colectivas superiores o el Estado mismo.

Se ha dicho que detrás de los conceptos de capital y trabajo hay hombres concretos que son los inversionistas y que son los trabajadores, que esperan ser tratados como personas y retribuidos justamente en proporción a sus aportes. Del mismo modo se puede decir que detrás del público consumidor también hay seres humanos concretos que esperan recibir un valor real por el precio que pagan, que también quieren ser tratados como personas y servidos razonablemente.

No puede olvidarse que la empresa ha sido creada por los hombres, para los hombres y que por lo tanto no puede desentenderse de todas las dimensiones del ser humano. No puede vulnerar sus valores fundamentales sino promoverlos lo más posible. La empresa, cuya misión es colaborar al bienestar de la sociedad, está obligada a contribuir también a su bienser.

La doctrina social de la Iglesia

La Iglesia ofrece en su doctrina social un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de justicia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres.

Los criterios y directrices, pero sobre todo los grandes principios de la Doctrina Social Cristiana, tienen una gran relevancia para la economía en general y para la empresa en particular. Se cuentan entre los últimos la dignidad de la persona humana, la solidaridad, la subsidiaridad, el valor y significado del trabajo, el destino universal de los bienes y ya en el ámbito de criterios y directrices, la participación de los trabajadores de la empresa.

El principio del destino universal de los bienes y el concomitante derecho a la propiedad privada establece que quien es propietario de bienes y desde luego de los medios de producción es más bien un administrador de ellos. Esta rigurosa exigencia en materia del derecho de propiedad plantea a la empresa la obligación de cuidar celosamente los recursos que se le proporcionan y en relación con los trabajadores el pugnar porque de algún modo tengan acceso a la propiedad, ya sea de la misma empresa o de otro tipo de inversiones. Y es evidente que este concepto de propiedad condiciona el ejercicio de la autoridad.

La participación del personal en la empresa

En el ámbito de juicio y directrices para la acción de la Doctrina Social de la Iglesia, una de sus tesis más importantes es la de la necesidad de integrar en la empresa a quienes en ella trabajan de modo que participen activamente en la misma. Las exhortaciones pontificias en esta materia han sido numerosas.

Se han desarrollado muchos medios para integrar a quienes trabajan en la empresa a fin de que participen lo más posible en ésta. Es muy alentador comprobar cómo estas directrices de la Doctrina Social Cristiana han sido validadas cada vez más por las modernas técnicas de administración.

Este sentido humano, -decía Pío XII- hay que lograr que "penetre como la gota de aceite en el engranaje, en todos los miembros, todos los órganos de la empresa, los dirigentes, los colaboradores, los empleados, los trabajadores de todos los grados".

La libertad de emprender

Una de las grandes metas del pensamiento social cristiano ha sido contribuir al diseño de una economía verdaderamente al servicio del hombre. Esto implica integrar, en el conjunto de la sociedad, las fuerzas que le dan equilibrio, firmeza y capacidad de resistencia contra las fuerzas destructivas externas e internas.

El interés propio del empresario

Una de estas fuerzas, que emana de la libertad y que muchas veces ha sido severamente impugnada, es el interés propio. De este interés propio, sobre todo si es un interés bien entendido, surgen la creatividad, la innovación, la diligencia, el ahorro, la tenacidad y la asunción de riesgos, cualidades todas ellas que se propician cuando hay libertad de emprender.

La libertad, valor fundamental del hombre, debe estar vinculada a un interés inmediato si se quiere demostrar que vale como fuerza aseguradora de una sociedad democrática y libre. Se tiene libertad para alcanzar algo, para lograr el fin por el que se opta y debe haber retribución, si el fin elegido era bueno y se alcanzó, y debe haber sanción si el fin elegido no se alcanzó o era malo.

La libertad de emprender hace posible el papel empresario. El desarrollo y crecimiento económicos dependen principalmente de la aportación de las empresas. No nos cansaremos de afirmar que el progreso y desarrollo de un país depende vitalmente de la existencia de un empresariado creativo y dinámico.

A esta lista de principios, criterios y directrices de la Doctrina Social de la Iglesia hay que añadir desde luego el bien común, la justicia, la autoridad, y el amor fraterno, mandato supremo de la fe cristiana.

Viniendo a la práctica

A continuación enumero algunas medidas prácticas para la empresa, fruto de una larga experiencia empresarial, muchas de ellas validadas por las más modernas técnicas de dirección y gerencia.

1. Difundir y lograr que se acepte el concepto de que la empresa no es simplemente un negocio, sino una obra de creación real de riqueza, de mayor alcance y trascendencia y para beneficio no sólo de unos cuantos sino para beneficio de muchos.

2. Insistir siempre en que la empresa es sobre todo un instrumento de servicio. Sirve a los hombres de fuera, proporcionándoles bienes y servicios, lo que la sociedad espera de ella. Pero también existe para servir a los hombres de dentro, es decir, para que los que trabajan en la empresa puedan ganarse la vida; y a los que han invertido en ella, para que reciban un rendimiento razonable por su inversión. "La empresa es para el hombre y no el hombre para la empresa".

3. Difundir y lograr que se acepte el concepto de que la empresa es una obra común en la que están involucrados todos sus integrantes, que la pueden sentir como propia y ser un proyecto de vida y realización personal. "La empresa somos todos".

4. Pugnar porque en la empresa haya una genuina convicción de la importancia del cliente y del consumidor, a quienes se debe respetar y tratar de dejar siempre satisfechos. "El cliente es el verdadero jefe de la empresa".

5. Tener una preocupación generalizada y casi obsesiva por la calidad en su más amplio sentido. Considerarla algo en lo que no puede transigirse. "El producto que se hace y el servicio que se proporciona deben amarse".

6. Tener una preocupación permanente por la productividad. La empresa es responsable de los bienes y esfuerzos que se le encomiendan y por lo tanto, debe proscribir rigurosamente toda ineficiencia, desperdicio o despilfarro.

7. Lograr que haya un ejercicio recto y eficaz de la autoridad y para ello seleccionar escrupulosamente a sus jefes de todos los niveles, formarlos, dirigirlos y motivarlos para que cumplan su papel de líderes con responsabilidad y espíritu de servicio. Todo grupo humano para su propio beneficio debe tener jefes y el jefe sólo se legitima por el servicio y el bien que procura a sus seguidores.

8. El personal de la empresa es el factor más valioso de ella. "La empresa será tan buena y productiva como lo sean sus colaboradores". La selección adecuada para que la gente haga mejor su trabajo, la capacitación y la educación permanente son tareas indispensables.

9. La responsabilidad moral de la empresa implica no sólo el cumplimiento de las leyes y las obligaciones contraídas sino también honradez, trato justo a
todos los que con ella se relacionan, austeridad, espíritu de trabajo, respeto y promoción de los valores fundamentales de todo ser humano.

10. Tener una visión de largo plazo, flexibilidad y rapidez para responder positivamente a los incesantes cambios de la economía y de la sociedad moderna.

11. Llevar a cabo un esfuerzo sostenido de comunicación dentro y fuera de la empresa, para que más y más gente entienda la naturaleza de la misma y el funcionamiento de ella y de la economía.

12. Involucrar lo más posible a los colaboradores de la empresa mediante su participación en las decisiones, en los beneficios y en el capital de ella, y con procesos continuos de capacitación, comunicación, consulta y oportunidades para aplicar su visión y su iniciativa.

13. Desterrar de la empresa la "relación adversaria". Por lo contrario, pugnar por que en ella exista un ambiente fraternal y comunitario, en el que se promuevan la justicia, el respeto, la confianza y el afecto en todas las relaciones. Lograr que quienes trabajan en la empresa, además de ganarse la vida sean reconocidos plenamente como personas, tengan la oportunidad de emplear su capacidad y avanzar así su cabal plenitud, aspiración fundamental del pensamiento social cristiano. "La empresa debe ser altamente productiva y plenamente humana".

Conclusión

Para concluir, hemos de señalar que una de las grandes metas de la Doctrina Social Cristiana es la forma de la empresa. El sociólogo Johannes Messner ha dicho que "la cuestión social ha de resolverse en la empresa si es que ha de resolverse de alguna manera". Y Peter Drucker por su parte ha afirmado que "la solución de los problemas de la empresa, conformará el sistema bajo el que tendremos que vivir".

Es evidente que para esta indispensable reforma social, la empresa debe transformarse y fortalecerse. Y quienes creemos en la Doctrina Social de la Iglesia y apreciamos su gran valor, debemos ser los más decididos promotores de esta transformación y fortalecimiento. Y tenemos que hacerlo a partir de nuestra propia empresa. Hacerla un núcleo de auténtica eficacia productiva. Hacerla, por medio de una inteligente participación de sus integrantes, un reducto de libertad, de creatividad, y de iniciativa; una segunda escuela en la que sus hombres no sólo se capaciten sino que se formen y desarrollen; una segunda familia en la que sus hombres encuentren confianza, amistad, y afecto.

Una empresa en la que sus hombres, al fin reconciliados, se unan al logro de objetivos comunes.

Una empresa fraternal, una empresa con alma.

Así podremos ofrecer a la sociedad un modelo real y vivo de una institución que puede servir para la transformación de otras instituciones y de la sociedad misma. Así podremos contribuir al advenimiento de una economía a la dimensión del hombre, una economía que esté verdaderamente a su servicio.


 



regina


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