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Dignidad, la gran virtud desconocida


2020-01-09

Por: Mónica Muñoz 

Enseñemos a quienes dependen de nosotros a darse cuenta de su inmenso valor.

Es innegable que el ser humano, por el simple hecho de serlo, tiene un valor inmenso, su vida con nada se paga y, aunque no sea el mejor ni se comporte ejemplarmente, merece vivir y nadie puede quitarle ese derecho. A este valor se le llama “dignidad humana”, la cual es reconocida por la mayor parte del mundo. Además, nadie puede atentar contra ella, pues está protegida por las leyes y constituciones de cada país.

O al menos eso es lo que se entendía hasta hace pocos años, pues actualmente se ha perdido el sentido del valor de la vida. En esta época, es más fácil ver gente escandalizada por el abuso cometido contra los animales que contra las personas, ahora, los mismos que propugnan para que se legalice el aborto marchan para que se castigue a quienes maltratan a los perros.

Nada tengo contra los animales, el humano, precisamente por su condición de ser racional, tiene la obligación de proteger y cuidar a los seres irracionales y no abusar de ellos, por eso es incalificable que alguien pensante someta a torturas a un animal indefenso. Pero ese no es el tema.

En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a la cual se han adherido muchos países, se afirma que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos, dotados como están de razón y conciencia, deben comportase fraternalmente los unos y los otros”. Se entiende, pues, que ningún hombre o mujer está por encima de nadie, ya que todos somos igualmente valiosos y dignos.

Ahora bien, es necesario acentuar esta definición, para hablar de casos más cercanos, por eso, de acuerdo a su etimología, la dignidad se puede definir como “la excelencia que merece respeto o estima”. Es decir, toda persona humana, por el hecho de serlo, merece respeto y estima, sin importar su condición socio económica, cultura, sexo, edad, raza, credo religioso, etc. No vale más un blanco que un moreno ni un sabio que un ignorante. Cada persona tiene sus propias cualidades, lo que la hacen diferente a los demás, pero eso no cambia su valor, pues la persona no tiene precio, por eso la esclavitud es un grave pecado que atenta contra la humanidad entera.

Nadie puede, entonces, hacer creer a otro que es inferior. Y, por supuesto, nadie debería permitirlo y mucho menos aceptarlo. Tal es el caso de los soberbios que sienten que no los merece el suelo que pisan, que suponen que su punto de vista es el único válido o que su opinión solamente cuenta, sin importar la de los demás.

Y más aún, a pesar de que todos somos iguales, existen muchas personas que desconocen su valor y atentan contra su propia dignidad. ¿De qué manera? Permitiendo que otros las sobajen o humillen, restando importancia a su esfuerzo, convenciéndose a sí mismas de que son nada y que merecen el maltrato al que son sometidas. Cito, como ejemplo, quienes permiten ofensas en su trabajo, escuela, hogar o en la calle. Viendo un video de un programa español, me sentí ofendida cuando, sorpresivamente, el conductor bajaba el vestido de su compañera frente al auditorio presente en el estudio y los miles de telespectadores que presenciaron la humillación de una mujer que nada pudo hacer para defenderse. Y peor aún, repitieron la escena en una pantalla gigante que estaba a sus espaldas, por lo que ella, apenada, se levantó inmediatamente para tratar de cubrir con su cuerpo la vergonzosa escena en la que había quedado semidesnuda, gracias al atrevimiento de un tipo irrespetuoso y lascivo que se pasó de listo.

Pero no tenemos que irnos tan lejos, en nuestro país, en nuestro estado, en nuestra ciudad, o quizá en nuestro hogar, ¿realmente las personas están conscientes de su dignidad? Creo que si fuera de ese modo, acabaríamos con muchos problemas, disminuirían las peleas, mejoraría el aspecto de nuestras calles, las relaciones amistosas se fortalecerían, los matrimonios se amarían más, los hijos se ayudarían en todo, los enemigos se verían con respeto y procurarían arreglar sus diferencia, en fin, si realmente nos diéramos cuenta de nuestra dignidad, nos esforzaríamos para obtener lo mejor, y no me refiero al dinero, sino a lo que tienen que ver con nuestra manera de vivir.

Pregúntenle a sus hijos, es más, pregúntate a ti mismo, ¿qué crees que mereces de la vida? La respuesta te puede sorprender, porque son incontables las personas que tienen un concepto muy pobre de sí mismas, pero créeme cuando te digo que mereces TODO, simplemente por ser persona, y más aún, por ser hijo de Dios. No te conformes con poco, trabaja, esfuérzate, estudia, pero también comparte con los demás lo que eres y lo que tienes porque fuimos hechos para trascender, por eso cuídate, no te dejes llevar por los vicios, quiérete mucho, date a respetar y respétate a ti mismo, y sobre todo, enseña a tus hijos a tratarse de la misma manera. El Evangelio dice “ama a tu prójimo como a ti mismo”, por eso, sé consciente de tu valor, nadie tiene derecho a hacerte daño, no lo permitas y tampoco permitas que se lo hagan a los demás.

Aprendamos a vivir nuestra dignidad y enseñemos a quienes dependen de nosotros a darse cuenta de su inmenso valor.


 



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