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Emergencia climática y política exterior


2020-01-13

TERESA RIBERA | Política Exterior

La emergencia climática está creando el marco de referencia político, financiero y global para la Unión Europea en las próximas décadas.

A la hora de valorar lo acontecido en las últimas semanas en la agenda internacional del clima es preciso adoptar una perspectiva amplia. La Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático celebrada en Madrid (COP25) en diciembre de 2019 no ha estado a la altura de las expectativas sociales ni responde a las acuciantes alertas de la ciencia, aunque haya conseguido tres cosas importantes: mantener la firmeza de la vía multilateral para abordar el desafío climático; consolidar la necesidad de construir las respuestas sobre la base de la evidencia científica, y poner el foco en la necesidad de actualizar al alza, de manera anticipada, las contribuciones nacionales. En paralelo, Europa ha dado pasos de gigante para cumplir su compromiso.

La cita de Madrid tenía una agenda eminentemente técnica y de transición que, sin embargo, se ha visto sacudida por dos factores: la espectacular evolución social en torno a las expectativas climáticas y el boicot de algunos países a la robustez y credibilidad de las reglas de contabilidad en las herramientas del mercado de emisiones, que debía evolucionar desde las premisas del Protocolo de Kioto hacia el nuevo enfoque del Acuerdo de París. El resultado, a pesar de los avances y de la loable firmeza en torno a los principios de integridad ambiental y solvencia de los sistemas de contabilidad, ha generado un cierto desencanto que habrá que superar con trabajo constante.

En Europa se ha producido un punto de inflexión. El Consejo Europeo del 13 de diciembre acordó alcanzar la neutralidad climática del continente en 2050. La víspera, la Comisión Europea había aprobado, en la primera reunión del nuevo colegio de comisarios, su paquete de medidas para el Pacto Verde Europeo, que marcará la nueva estrategia de desarrollo económico. Y apenas unas semanas antes, Werner Hoyer, presidente del Banco Europeo de Inversiones, reafirmaba la vocación de convertir la institución en el primer banco climático del mundo, comprometiéndose a movilizar en esta década un billón de euros para financiar la transición energética y ecológica. A ello se suma Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, anunciando la inclusión de pruebas de estrés climático en los análisis de riesgos a los bancos. Es decir, en poco tiempo se ha precipitado un nuevo marco de referencia político, financiero y social, mediante el cual Europa hace de este desafío una prioridad. En otras palabras: la emergencia climática como vertebradora en buena medida de la agenda política de la Unión en la próxima década, algo que no tiene vuelta atrás.

Se trata de un paso fundamental en un contexto complejo donde los datos resultan extraordinariamente alarmantes. La Unión Europea representa, según el informe de las Naciones Unidas “Emissions Gap Report 2019”, apenas el 7,9% de las emisiones totales mundiales. China es responsable del 25%, Estados Unidos del 12,5% e India del 7,1%, por citar solo a los principales emisores. Estos datos ponen de manifiesto que el liderazgo de Europa es una condición necesaria pero ni mucho menos suficiente para reconducir la crisis climática. La UE ha mantenido una posición comprometida a lo largo de las tres últimas décadas y de hecho ha desacoplado su crecimiento económico de la generación de gases de efecto invernadero. Sin embargo, el 92% de las emisiones mundiales se originan fuera del territorio de la Unión.

Por ello, la pregunta que debemos hacernos es cómo utilizar la capacidad y el potencial de la UE –económico-financiero, comercial, científico, tecnológico…– para conseguir más pronto que tarde que otros actores eleven su ambición climática. Europa está en buena posición para conseguirlo: sigue siendo una potencia económica y comercial de primer nivel, además de una referencia en tecnologías verdes, comprometida con la cooperación y la defensa del multilateralismo.

Debe, por tanto, activar todas las palancas porque esta década es crucial para reconducir la trayectoria de las emisiones hacia un escenario compatible con el Acuerdo de París. Como mínimo, de acuerdo con el mencionado informe de la ONU, habría que reducir desde las 55,3 gigatoneladas de CO2 equivalente (GtCO2eq) emitidas en 2018 a 41 GtCO2eq en 2030, a fin de que sea compatible con un incremento de la temperatura por debajo de los 2 grados centígrados (a 25 MtCO2eq para 1,5 grados). Es decir, los objetivos de París precisan retirar como mínimo una de cada cuatro toneladas de emisiones en la próxima década. Eso solo es posible si otros grandes emisores, además de Europa, incrementan de manera notable sus objetivos de mitigación y se comprometen a ello ya en 2020.

Lograr una transformación tan relevante exigirá ganar coherencia en el conjunto de las agendas implicadas y, en este contexto, la combinación de papeles llamados a desempeñar por los vicepresidentes de la Comisión Europea Josep Borrell y Frans Timmermans es esencial. China será el referente que permita pivotar en un sentido u otro, y las citas ambientales de 2020 –cumbre del clima en Glasgow (Reino Unido) y de biodiversidad en Kunming (China)– permiten poner en marcha una estrategia inteligente y colaborativa que integre bajo el concepto de Transición Ecológica Global el éxito de ambas. El hecho de que en otoño, bajo presidencia alemana de la UE, esté programada la cumbre UE-China debe ser utilizado como una oportunidad para consolidar un punto de inflexión imprescindible en las trayectorias de desarrollo. Europa está en condiciones de favorecer un papel constructivo de China en el marco multilateral. La salida de Barack Obama y, por tanto, la ruptura del binomio EU-China obliga a Europa ejercer una responsabilidad especial, más allá de la relación bilateral. China es ya el principal financiador de desarrollo en el mundo, tanto dentro como fuera de sus fronteras, por lo que el modo en el que se posicione en la escena internacional y el modelo de desarrollo que propugne son los factores más relevantes de cara al éxito o fracaso del Acuerdo de París y sus objetivos de seguridad climática.

Un nuevo modelo energético

El clima es un sistema de soporte de la vida sobre la Tierra. De él dependen de forma directa elementos básicos para la supervivencia humana, como la producción de alimentos y la disponibilidad de agua. Por ello, más allá de unos determinados umbrales la crisis climática nos adentrará en un territorio de consecuencias muy desestabilizadoras para nuestras sociedades, en especial las más vulnerables. Desde el punto de vista de la seguridad, hace años que es considerado un multiplicador de otros problemas existentes o latentes. Las regiones donde los impactos se prevén más intensos son el sur de Europa y el norte de África, el Sahel y el cuerno de África, el subcontinente indio, América Central y el Caribe, una parte importante de la China continental y de su litoral en el océano Pacífico, el norte de México y California, entre otras. La combinación desertificación-pobreza-seguridad alimentaria genera un terrible caldo de cultivo que permite identificar zonas potencialmente peligrosas desde el punto de vista de la seguridad y las migraciones.

Es sabido que la respuesta a la crisis climática pasa por la descarbonización acelerada del sistema energético, responsable a nivel global de dos de cada tres toneladas de emisiones de gases de efecto invernadero. En consecuencia, en las próximas décadas la transición hacia un nuevo modelo de la energía alejado de los combustibles fósiles es ineludible si el mundo quiere evitar escenarios climáticos gravemente disruptivos. Por fortuna, contamos con tecnologías renovables que han irrumpido de forma competitiva en el ámbito de la generación eléctrica, gracias al descenso de sus precios relativos y a la mejora de su eficiencia. En el sector de la movilidad se percibe un cambio semejante en un futuro inmediato, de la mano de las tecnologías no emisoras, en especial el vehículo eléctrico.

La transformación del sistema energético hacia la eficiencia y las renovables va a reconfigurar las líneas que han definido las relaciones internacionales de la energía, tal como pone de manifiesto el informe de la Comisión Global de la Geopolítica de la Transformación Energética, impulsado por la Agencia Internacional de las Energías Renovables (Irena), publicado en 2019 bajo el título “A New World. The Geopolitics of the Energy Transformation”. Uno de sus mensajes señala que “el acelerado desarrollo de las energías renovables ha puesto en marcha una transformación global de la energía de profundas consecuencias geopolíticas. Del mismo modo que las energías fósiles han enmarcado el mapa geopolítico a lo largo de los dos últimos siglos, la transformación de la energía alterará la distribución global del poder, las relaciones entre Estados, el riesgo de conflictos, así como las fuerzas motrices sociales, económicas y medioambientales que se encuentran tras la inestabilidad geopolítica”.

Y es que una de las características principales de los recursos renovables –sol, viento, agua, biomasa, etcétera– es que se encuentran distribuidos a lo largo y ancho del mundo. Si bien es verdad que su conversión en energía útil precisa las tecnologías apropiadas, también es cierto que el acceso a las mismas es asequible para la mayoría de países, sin necesidad de incurrir en cuantiosas importaciones de petróleo y gas, como ocurre en la actualidad. En consecuencia, el poder asociado a la disponibilidad de esas materias primas fósiles se va a ir transformando a lo largo de los próximos años y décadas. A modo de ejemplo, los análisis de la Comisión Europea estiman que el escenario hacia la neutralidad climática de la UE supondrá un ahorro acumulado de importaciones de petróleo y gas de alrededor de tres billones de euros entre 2030 y 2050.

La proyección exterior de España

Las políticas de cambio climático y transición energética, con particular atención a las medidas de acompañamiento social, han pasado a ser eje prioritario de la acción del gobierno en España, tanto en la versión de políticas domésticas como en la integración de las políticas exterior, comercial y de desarrollo.

En el horizonte de la nueva legislatura, es fundamental fortalecer nuestro compromiso con un multilateralismo inclusivo, un fortalecimiento de la dimensión climática y ambiental en nuestras políticas exteriores, y un incremento del protagonismo e implicación españolas en las estrategias geopolíticas de Europa.

La Europa comunitaria tiene la musculatura económica, comercial y diplomática necesaria para ser un actor de primer nivel en la respuesta a la emergencia climática, algo a lo que no pueden aspirar los Estados miembros de forma individual ni por tamaño económico ni por demografía. Por tanto, el primer objetivo es contribuir a liderar esa transformación junto con otros países miembros. Para ello, además de avanzar de manera práctica en la transición energética, es importante seguir impulsando el debate de las ideas, las estrategias y las políticas a nivel europeo. En otras palabras, no solo hemos de progresar en la descarbonización de la economía española, en el despliegue de las renovables, en innovación tecnológica y en la creación de empleos industriales, sino que debemos asumir un papel activo en el debate y las propuestas sobre el papel de Europa ante el resto de la comunidad internacional.

Una segunda reflexión es el papel de España como puente entre Europa y una América Latina con 620 millones de personas. Los problemas de deforestación de la Amazonía, el estrés hídrico recurrente en amplias zonas andinas de Bolivia y Perú, la sequía extrema que asola desde hace 10 años una amplia zona de Chile, los frecuentes e intensos ciclones que azotan el Caribe y América Central, los problemas de acceso al agua en los sistemas agrícolas del norte de México, o la elevada dependencia de las economías nacionales de varios países de la región de la explotación y venta de combustibles fósiles, son ejemplos de las presiones e impactos que la crisis climática causa en esa región. España está en condiciones de ofrecer una colaboración honesta y constructiva no solo en el ámbito de la descarbonización a largo plazo de sus economías, sino en la puesta en marcha de estrategias sistemáticas de diversificación, inversión en resiliencia y adaptación a los efectos del cambio climático. España cuenta para ello con capacidad de interlocución y solvencia científica, tecnológica, de ayuda al desarrollo y empresarial.

Una tercera reflexión tiene que ver con el Mediterráneo. Es sabido que se trata de una zona caliente de la emergencia climática, por lo que España tiene un gran interés en que Europa dedique una atención preferente a esta agenda. Dada su prevalente pobreza y elevada densidad demográfica, el norte de África y Oriente Próximo son dos de las regiones más vulnerables a las presiones e impactos del cambio climático, en especial como consecuencia de los problemas de estrés hídrico que sufrirán. Viene bien recordar que entre los factores subyacentes que contribuyeron a la desestabilización de Siria se encontraba una de las mayores sequías del último siglo, que obligó a migrar a las ciudades a más de un millón y medio de campesinos, actuando efectivamente como multiplicador de problemas políticos, sociales, económicos y de seguridad ya existentes en el país.

El flanco sur de la Europa comunitaria es una zona de elevada vulnerabilidad y volatilidad y, además, en su zona más meridional, conecta con la realidad del Sahel y del cuerno de África, ambas zonas con graves problemas de seguridad –e incluso supervivencia– de personas y comunidades, por lo que sus flujos de emigración hacia el norte europeo no es previsible que disminuyan, más bien al contrario. Por tanto, desde el gobierno de España tenemos especial interés en que la política exterior europea dedique una atención preferente a la estabilización y desarrollo del norte de África y Oriente Próximo.

2020: año decisivo

Nos hemos adentrado en la era de la emergencia climática. La Unión Europea ha hecho de la respuesta a esa situación el eje vertebrador de su proyecto político. Es un paso decisivo y confiamos en su efecto de arrastre del resto de la comunidad internacional. La COP26 en Glasgow está llamada a ser la más importante desde la de París en 2015. Cinco años después de aquel encuentro, a los líderes globales les corresponde elevar sus compromisos de mitigación a la luz de los mensajes de la ciencia y de sus propias capacidades y responsabilidades. La celebración en octubre 2020 de la CBD15 en China ha de ser vista como una ocasión única para integrar bajo el concepto unificador de Transición Ecológica (hacia una civilización ecológica mundial) el éxito de ambas agendas (CBD15 y COP26), enviando un poderoso mensaje de esperanza a la humanidad.

La transformación de la energía como respuesta a la crisis climática es un proceso que acaba de comenzar. De manera inevitable el mundo ha de ir moviéndose hacia un nuevo sistema energético alejado de los combustibles fósiles y orientado hacia la eficiencia y las renovables. Esa transformación va a reconfigurar paso a paso las relaciones entre países productores e importadores, alterando a lo largo de los próximos años y décadas el tablero de las relaciones internacionales energéticas que desde hace dos siglos ha pivotado en torno a la posesión de combustibles fósiles, en especial el petróleo durante el siglo XX y los inicios del XXI. Es una transformación con numerosas implicaciones en las esferas geopolíticas, económicas, tecnológicas, sociales y que actuará en buena medida como catalizador del avance de la Agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU.

España ha manifestado su voluntad de ser parte activa y constructiva en esa transformación. Nuestra prioridad es hacer que la UE asuma y despliegue el liderazgo global en esta agenda, tanto transformando su propio sistema energético, como proyectando su poder blando hacia el exterior, al objeto de que otros emisores eleven a corto plazo la ambición climática en el horizonte a 2030 y 2050.

En esa dirección, es importante que centros de investigación, laboratorios de ideas y publicaciones especializadas alineen sus prioridades estratégicas al objeto de contribuir a esa conversación y a su puesta en acción. Por ello, felicito a la revista Política Exterior por su decisión de incorporar de manera permanente análisis sobre las implicaciones geopolíticas, económicas, de seguridad, tecnológicas, de colaboración al desarrollo, ODS, etcétera, de la transformación energética y climática y en un sentido más amplio, de la transición ecológica global. El alineamiento y la complicidad de los agentes de la sociedad civil es una fortaleza que proporciona robustez y credibilidad a la proyección exterior de nuestro país.



Jamileth


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