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La vacuna: el único camino de regreso a la vida anterior


2020-06-01

Manuel Ansede, Artur Galocha, El País

El único camino de regreso a la vida anterior —la vacuna contra el nuevo coronavirus— estará listo en tiempo “récord, récord, récord”, según ha proclamado el presidente estadounidense, Donald Trump. “A finales de año, si podemos. Quizá antes”, anunció hace dos semanas el mandatario en el lanzamiento de la Operación Velocidad Warp, un despliegue científico sin precedentes que toma el nombre de la imaginaria velocidad superior a la de luz que alcanzan las naves espaciales en la serie televisiva Star Trek. Para muchos expertos, no solo el nombre es ciencia ficción. Este es el tortuoso camino hacia la vacuna contra la covid-19.

“Si Trump dice que va a tener una vacuna a final de año, lo que está buscando es una fórmula para decir: 'Me presento en noviembre a las elecciones y dentro de un mes tendré la solución'. Aunque no la tendrá”, opina Rafael Vilasanjuán, un analista del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) que forma parte de la junta directiva de Gavi, una alianza de gobiernos, empresas e instituciones que ha ayudado a vacunar de otras enfermedades a 760 millones de niños. Las elecciones presidenciales de EE UU son el 3 de noviembre. Una vacuna que elimine la peste de la covid-19 es la mejor promesa electoral imaginable.

La historia, sin embargo, no invita al optimismo. Solo hay 26 enfermedades con vacuna, según los datos de la Organización Mundial de la Salud. Llevar una vacuna del laboratorio a la calle ha requerido, hasta ahora, un promedio de más de 10 años. Y eso cuando se consigue. Margaret Heckler, responsable de salud pública del presidente estadounidense Ronald Reagan, anunció en 1984 que la vacuna del sida estaría lista en dos años. Han pasado más de 35 y todavía no existe.

Cualquier comparación con el pasado, no obstante, es engañosa. “Las enfermedades infecciosas iban por carreteras secundarias y ahora estamos en la Fórmula 1. Nunca como ahora la ciencia había funcionado de manera tan rápida”, señala Vilasanjuán. En los cinco meses transcurridos desde que se identificó el nuevo coronavirus en la ciudad china de Wuhan se han desarrollado 125 candidatos a vacuna y 10 de ellos ya se están probando en humanos en EE UU, China, Alemania y Reino Unido.

Los riesgos de las prisas

“Olvidémonos: en diciembre no habrá una vacuna. No la habrá. Hay gente que a lo mejor se lo cree, pero, para todo el mundo, no la habrá. Y en el hipotético caso de que tuviésemos una vacuna, no sería la vacuna”, advierte Vilasanjuán. El analista, exsecretario general de Médicos Sin Fronteras Internacional, vaticina que las primeras vacunas —con una eficacia muy lejos del 100%— podrían llegar alrededor de enero de 2021. “Y de ahí a que llegue el pinchazo mágico a nuestro brazo quedará tiempo, porque hay que producirla y distribuirla. Esto no es fabricar lejía o ginebra. Yo creo que el escenario para este virus puede estar en torno a los dos años tranquilamente”, calcula.

La farmacéutica francesa Sanofi, una de las cuatro empresas que monopolizan la producción de vacunas en el mundo, calcula que fabricar una dosis requiere habitualmente entre seis meses y tres años, en un complejo proceso que a menudo implica cultivar los virus en células humanas en plantas industriales de alta seguridad. El 70% del tiempo se emplea en hacer los controles de calidad obligatorios para garantizar que nadie recibirá una vacuna defectuosa o contaminada.

A la viróloga Isabel Sola le preocupa que las prisas acaben frenando la vacuna en lugar de acelerarla. La científica, del Centro Nacional de Biotecnología (CSIC), en Madrid, recuerda el catastrófico caso del virus respiratorio sincitial, la causa más frecuente de infecciones pulmonares en los bebés. En 1966, dos niños murieron en EE UU tras participar en el ensayo de una prometedora vacuna experimental que resultó empeorar la enfermedad en vez de prevenirla. La tragedia abortó los experimentos. Más de medio siglo después, no hay ninguna vacuna aprobada contra el virus respiratorio sincitial, que mata a 60,000 niños cada año.

Sola dirige junto a su colega Luis Enjuanes el desarrollo de una vacuna experimental contra el nuevo coronavirus. Su estrategia es modificar el material genético del virus para obtener una versión inofensiva. La mayor preocupación de la viróloga es que algunas vacunas experimentales no solo no protejan, sino que provoquen una mayor susceptibilidad al virus. Es una paradoja que ya se vio en el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), provocado por otro coronavirus hermano del actual que apareció en China en 2002 y mató a casi 800 personas. “Se vio una respuesta inflamatoria en los animales vacunados que no se veía en los no vacunados. Y no sabemos muy bien cuál es el mecanismo”, advierte Sola.

“Estamos en una situación de urgencia y hay que acelerar el proceso, pero no podemos saltarnos etapas sin conocer los riesgos”, alerta la viróloga. La científica también recuerda el caso de la primera vacuna aprobada contra el rotavirus, la principal causa de ingreso hospitalario por diarrea en los niños. Las autoridades estadounidenses autorizaron la vacuna en 1998, pero el fabricante —la farmacéutica Wyeth, hoy integrada en Pfizer— la retiró del mercado un año después, tras inyectársela a un millón de niños y detectar 100 casos de invaginación intestinal, una obstrucción del aparato digestivo potencialmente muy grave. Los ensayos clínicos previos, realizados con 10,000 niños, no habían descubierto este posible efecto adverso. La siguiente vacuna se tuvo que probar con 60,000 niños.

El biólogo David Pulido Gómez trabaja en la Universidad de Oxford (Reino Unido) en una de las vacunas experimentales contra la covid-19 más adelantadas. El Gobierno de EE UU, dentro de la Operación Velocidad Warp, ha puesto 1,200 millones de dólares sobre la mesa para acelerar este proyecto, en el que también participa la farmacéutica británica AstraZeneca, madre de fármacos como el omeprazol, contra la acidez de estómago. La Administración Trump quiere 300 millones de dosis de la vacuna en enero. AstraZeneca afirma que tiene capacidad para producir al menos 1,000 millones de dosis entre septiembre y comienzos de 2021, aunque reconoce que “la vacuna puede no funcionar”, según subrayó en un comunicado el 21 de mayo.

“Si se quiere tener pronto la vacuna, hay que asumir riesgos y manufacturar la vacuna sin saber totalmente su eficacia. Si no se asumen, no va a estar lista”, resume Pulido. La vacuna más rápida realizada en el siglo XXI, la del ébola, requirió cinco años. Lo normal es asegurarse de que una vacuna experimental es eficaz antes de fabricarla en cantidades industriales, pero con la covid-19 no habrá esperas. La Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias —la CEPI, fundada por los gobiernos de Noruega e India, la Fundación Bill & Melinda Gates, el Wellcome Trust y el Foro Económico Mundial— ya se ha comprometido a financiar la fabricación de diferentes vacunas experimentales antes de saber si funcionan. Probablemente habrá que tirar a la basura centenares de millones de vacunas inútiles, pero se ganará tiempo.

Los inasumibles plazos habituales

Las vacunas experimentales tienen que pasar por varios ensayos en humanos para confirmar su seguridad y su eficacia antes de su aprobación. Este es el tiempo habitual requerido en cada etapa, según un estudio de 700 ensayos de vacunas elaborado por el Centro Tufts de Estudios del Desarrollo de Medicamentos, en Boston (EE UU).

Acortar los tiempos

“El primer problema es científico: los ingredientes de la vacuna. Luego es un problema médico: hay que demostrar que es eficaz. Y luego es casi un problema de ingeniería: ¿cómo manufacturamos un producto en grandes cantidades de manera segura?”, reflexiona el médico español Pablo Tebas, que dirige en la Universidad de Pensilvania los primeros ensayos en humanos de la vacuna de ADN de la biotecnológica estadounidense Inovio.

La OMS, la alianza Gavi, la CEPI y otras organizaciones internacionales lanzaron el 26 de abril “un proyecto de colaboración sin precedentes”, bautizado Acelerador ACT, para propulsar el desarrollo de vacunas y tratamientos contra la covid-19 “en tiempo récord”. El director general de la OMS, el biólogo etíope Tedros Adhanom, afirmó en marzo que “todavía faltan al menos entre 12 y 18 meses para tener una vacuna”. Ese sigue siendo el cálculo más repetido.

Parches hasta la vacuna definitiva

La viróloga francesa Marie-Paule Kieny dirigió la investigación de vacunas en la OMS durante una década. Cuando estalló el brote de ébola en África occidental en 2014, ella tomó las riendas de la búsqueda de la vacuna. “En 12 meses podríamos tener un candidato a vacuna contra la covid-19 que muestre indicios de eficacia y que podría ser autorizado mediante un procedimiento de emergencia. Es probable que en 2021 haya vacunaciones de algunos grupos específicos, como los trabajadores sanitarios”, opina Kieny, hoy miembro de la junta directiva de la Iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas (DNDi, por sus siglas en inglés), una organización con sede en Suiza. Pero el camino hacia el pinchazo mágico, alerta la viróloga, está lleno de trampas: “¿Cuál será la efectividad de las vacunas? ¿Cuánto durará la protección? ¿Servirá para reducir la transmisión del virus si, como es probable, la vacuna no evita la infección [aunque sí los efectos más graves, como la neumonía]?”.

Los expertos consultados coinciden en que habrá una primera generación de vacunas de eficacia limitada, quizá las basadas en ARN o ADN, que servirán de parche hasta que se consiga la vacuna definitiva. La vacuna de la gripe de este año, por ejemplo, tiene una eficacia de solo el 45%. La fundación del multimillonario Bill Gates, el mayor financiador de vacunas en el mundo, calcula que un pinchazo contra la covid-19 con una eficacia del 70% sería suficiente para detener la pandemia. Con un 60% podría valer, pero habría brotes localizados. Menos del 60% no frenaría al coronavirus.

La ventaja de las vacunas de ARN o ADN es que se pueden desarrollar muy rápido, pero su eficacia está por ver. Todavía no hay ninguna autorizada para ninguna enfermedad. “Estamos muy en marcha para tener una vacuna a finales de este año en EE UU y espero que en la primera parte de 2021 en otros países”, sostiene el farmacéutico español Juan Andrés, director técnico de Moderna, la empresa estadounidense con la vacuna de ARN más adelantada.

“Es posible que se necesite una segunda dosis”, reconoce David Pulido sobre la vacuna en la que trabaja en Oxford, elaborada a partir de un adenovirus del resfriado. La segunda dosis duplicaría el desafío. Si ya es un reto producir 7,000 millones de vacunas en unos pocos meses, habría que hacer 14,000 millones.

Pulido apunta otro obstáculo que puede aparecer cuando las vacunas experimentales lleguen a la fase 3, a los ensayos con miles de personas diseñados para comprobar que el medicamento, efectivamente, previene la enfermedad. “Para poder demostrar la eficacia de una vacuna necesitamos que el virus se transmita en la comunidad. Necesitamos ver que las personas que han sido vacunadas están protegidas frente al virus. Pero, gracias al confinamiento, cada vez hay menos infecciones. Esto son muy buenas noticias pero, si no hay transmisión, en vez de saber en uno o dos meses si la vacuna es eficaz, nos puede llevar seis meses o más”, calcula el biólogo de Oxford.

Angela Shen es una capitana retirada que ha servido más de 20 años en el Servicio de Salud Pública de EE UU, participando en la aprobación de cinco vacunas. Y es muy escéptica con los tiempos de la Operación Velocidad Warp. “Es posible que tengamos antes de 2022 una cantidad limitada de dosis para grupos prioritarios, como los trabajadores sanitarios”, opina Shen, hoy investigadora del Hospital Infantil de Filadelfia. “Pero hay muchos pasos necesarios para asegurarse de que una vacuna es segura y funciona. Suponiendo que todo va bien, yo creo que sería más realista que en 2022 tengamos dosis suficientes para una determinada población o para un subgrupo, lo que ya sería algo sin precedentes”, vaticina.



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