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Un golpe aplastante a la dañada imagen democrática de Estados Unidos


2021-01-10

Roger Cohen, The New York Times

La escena de una turba que intentaba interrumpir la transición pacífica del poder en Washington también representaba una amenaza para todas las democracias.

La coreografía fue inusual: el presidente de Francia, Emmanuel Macron, de pie con la bandera estadounidense a sus espaldas, declaraba en inglés: “Creemos en la fuerza de nuestras democracias. Creemos en la fuerza de la democracia estadounidense”.

Y así la presidencia de Donald Trump llega a su fin con un gobernante francés que se ve obligado a declarar su fe en la resiliencia de la democracia estadounidense, un acontecimiento extraordinario. El argumento más amplio de Macron era bastante claro: la turba de leales a Trump en Washington que intentaba interrumpir la transición pacífica del poder en Estados Unidos también suponía una amenaza para todas las democracias.

La reputación de Estados Unidos puede estar empañada, pero su identificación con la defensa global de la democracia sigue siendo excepcional. Así, al ver a una horda furiosa, incitada por el propio Trump, tomar el Capitolio, profanando sus salas sagradas con evidente desprecio mientras los legisladores se reunían para certificar la victoria del presidente electo Joe Biden, la fragilidad de la libertad se hizo palpable en París y en todo el mundo.

“Una idea universal —la de ‘una persona, un voto’— se ve socavada”, dijo Macron en un discurso que comenzó en francés y terminó en inglés. El “templo de la democracia estadounidense” fue objeto de un ataque.

Las instituciones de la democracia prevalecieron en las primeras horas de la mañana siguiente, pero las imágenes del gobierno de la turba en Washington tocaron una fibra especial en las fracturadas sociedades occidentales, las mismas que enfrentaron el surgimiento de un modelo autoritario iliberal en Hungría y Polonia y el ascenso de fuerzas políticas de derecha en Italia y Alemania. También se han enfrentado a la brutalidad de líderes como el presidente de Rusia, Vladimir Putin, quien declaró “obsoleto” el liberalismo, o Xi Jinping, el máximo dirigente de China, quien ofreció al mundo el modelo de Estado vigilante de su país mientras aplastaba las protestas democráticas en Hong Kong.

“Estas imágenes fueron estremecedoras para las sociedades europeas”, dijo el politólogo Jacques Rupnik. “Aun cuando Estados Unidos ya no era el faro en lo alto de una colina, seguía siendo el pilar que sostenía la democracia europea y la extendía hacia el este después de la Guerra Fría”, agregó.

La canciller alemana, Angela Merkel, dijo que estaba “enfadada y triste”. Culpó inequívocamente a Trump por el asalto al Capitolio en el que una mujer perdió la vida.

“Las dudas sobre el resultado de las elecciones se avivaron y crearon la atmósfera que hizo posible los eventos de anoche”, declaró la canciller.

Los alemanes, para quienes Estados Unidos fue el salvador, protector y modelo democrático liberal de la posguerra, han observado con especial consternación los intentos de Trump de subvertir el proceso democrático y el Estado de derecho.

Su ansiedad se ha acentuado en los últimos años porque el desgaste de la democracia debido a la polarización, la violencia, la desintegración social y las dificultades económicas no se ha limitado a Estados Unidos. La pandemia de coronavirus ha agudizado la ansiedad y la desconfianza en el gobierno. En este contexto, la muchedumbre que entró en estampida en el Capitolio pareció reflejar las fuerzas perturbadoras al acecho en muchas partes del mundo occidental.

Si pudo ocurrir en el corazón de la democracia, podría pasar en cualquier parte.

El año pasado, mientras en varias ciudades estadounidenses se libraban batallas por la justicia racial, el semanario alemán Der Spiegel publicó una imagen de Trump en el Despacho Oval con un fósforo encendido en la mano y lo llamó Der Feuerteufel, literalmente, “el diablo del fuego”.

El mensaje era claro: el presidente estadounidense estaba jugando con fuego. Esto solo podía evocar el recuerdo entre los alemanes del incendio del Reichstag en 1933, que les permitió a Hitler y a los nazis destruir la frágil democracia de Weimar que los llevó al poder.

Los recuerdos dolorosos no se han limitado a Alemania. En gran parte de Europa —un continente donde el régimen totalitario no es un fantasma lejano, sino algo que la gente que sigue con vida experimentó— los ataques de Trump a un poder judicial independiente, a una prensa libre y a la sacralidad del voto se consideraron durante mucho tiempo un mal augurio.

La misma Merkel nació en la Alemania Oriental comunista. Ella ha visto como la euforia posterior a 1989 sobre la certeza de un mundo democrático libre se ha evaporado, desinflada por el ascenso de gobiernos autoritarios. Trump, al atacar los cimientos de ese mundo como la OTAN o la Unión Europea, a menudo parecía querer llevar al mundo en la misma dirección iliberal.

Trump fue derrotado. Las instituciones estadounidenses resistieron el caos. El Congreso certificó la victoria de Biden una vez que se restableció el orden.

El vicepresidente Mike Pence, a quien Trump había tratado de enlistar en su esfuerzo por revertir el resultado de las elecciones de noviembre, confirmó a Biden como el ganador. Trump emitió una declaración en la que dijo, por primera vez, que habrá “una transición ordenada el 20 de enero”. Dos victorias en las contiendas por el Senado en Georgia aseguraron que los demócratas controlarán la Cámara Alta, una dura reprimenda final para Trump que abre el camino para que el nuevo presidente siga su agenda.

Entonces, ¿todo está bien después de todo? No por completo. La idea y los valores estadounidenses —la democracia, el Estado de derecho, la defensa de los derechos humanos— fueron objeto de un ataque sostenido durante la presidencia de Trump. Rupnik sugirió que sería “muy difícil” para Biden proyectar la imagen de un Estados Unidos como “el conciliador de una comunidad de democracias”, una idea que el gobierno entrante ha transmitido para indicar el retorno a los principios fundacionales de Estados Unidos.

Durante algún tiempo, el resto del mundo mirará a Estados Unidos con escepticismo cuando intente promover los valores democráticos. Las imágenes del Capitolio invadido estarán ahí, para quienes quieran utilizarlas, para señalar que lo mejor sería que Estados Unidos evitara dar lecciones en el ejercicio de la libertad. Los dictadores duros y blandos tienen una nueva y potente munición.

“Democracia fracturada”, decía el titular del cintillo del diario francés Le Figaro, encima de una fotografía del Capitolio sitiado. Un editorial insinuaba que Trump podría haber dejado el cargo con “un balance general impugnado pero no despreciable”. En cambio, “al superar su narcisismo cualquier decoro, maltrató a las instituciones, pisoteó la democracia, dividió a su propio bando y terminó su presidencia en una zanja”.

Hubo indicios de que el magnetismo de Trump ya está disminuyendo. El primer ministro checo, Andrej Babis, partidario de Trump, cambió rápidamente su foto de perfil de Twitter de una que lo mostraba con una gorra de béisbol roja estilo MAGA con las palabras ‘Silné ńĆesko’ (República Checa fuerte), a una que lo muestra con un cubrebocas con la bandera checa.

La turbulencia de Washington acabó por ser un ejemplo de que Estados Unidos es más grande que un hombre, un argumento que Macron parecía estar decidido a esgrimir. Aludió al apoyo conjunto de Estados Unidos y Francia para mantener la libertad y la democracia desde el siglo XVIII. Mencionó el elogio de Alexis de Tocqueville a la democracia estadounidense. Habló de la defensa estadounidense de la libertad francesa durante las dos guerras mundiales.

El mensaje de Macron parecía claro. El Estados Unidos de “Nosotros el pueblo”, el Estados Unidos que sostenía que era evidente en su creación que “todos los hombres son creados iguales”, todavía era necesario, y con urgencia, para “nuestra lucha común con el fin de garantizar que nuestras democracias emerjan aún más fuertes de este momento por el que todos atravesamos”.



JMRS


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