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El Peje mejor que López Obrador


2021-01-23

Emiliano Monge, El País

El 28 de abril de 2020, uno de los radiotelescopios que vigilan los cielos de la Columbia Británica captó un destello que puso en alerta a los astrofísicos del Experimento Canadiense de Mapeo de la Intensidad del Hidrógeno.

Sorprendidos y emocionados, pues normalmente un destello como el que acababan de capturar es percibido por cinco antenas o menos, no por las noventa y tres que entonces habían hecho saltar todas sus alarmas, los científicos canadienses enviaron al resto del planeta un telegrama astronómico urgente.

Fue así como los astrónomos del Instituto Tecnológico de California, cuyos radiotelescopios no apuntan solo hacia una zona del cielo, pues monitorean el firmamento entero a un mismo tiempo, se apresuraron a buscar, entre sus propios datos, confirmando así que aquel destello que los astrofísicos canadienses recién habían encontrado era, en efecto, una ráfaga rápida de radio.

Lo increíble del asunto es que, hasta antes de ese instante que apenas he referido —el cual convirtió a los telescopios canadienses “en un árbol navideño”, en palabras de sus encargados—, nunca se había atrapado una ráfaga rápida de radio de una intensidad así de poderosa, como tampoco se había captado alguna que proviniera de nuestra galaxia. Y acá quizá convenga aclarar, para quien aún no lo sepa ni lo haya buscado, que una ráfaga rápida de radio es un blip de milisegundos.

Ahora bien, además de esto, es decir, además de la certeza de que una ráfaga rápida de radio es un punto luminoso que, de tanto en tanto, aparece en un radar durante unos cuantos milisegundos, lo que los científicos pueden asegurar sobre estas rarezas cósmicas es realmente poco. Tan poco que las teorías sobre su origen son tantas y tan variadas que hay científicos que las relacionan con la evaporación de hoyos negros, quienes las atan a la ruptura de las cuerdas del universo e, incluso, quienes aseveran que son causadas por los sistemas de propulsión de naves alienígenas.

Efectivamente, escribí naves alienígenas. Y lo hice a pesar de que yo también me sorprendí apenas leí esas palabras en un artículo científico, el cual fue publicado en una revista respetada, a la que llegué a través de un amigo astrofísico de la UNAM cuya seriedad, incluso hoy, me sigue pareciendo incuestionable —aún a pesar de que no sepa cuántas canchas de futbol se necesitan para darle la vuelta al planeta—. Lo que estaba buscaba en dicha lectura, sin embargo, era algo totalmente distinto: alguna pista sobre ese universo paralelo en el que el tiempo corre hacia atrás y cuya existencia fue sugerida por la NASA el pasado 18 de mayo.

La pregunta, entonces, es ¿por qué estaba buscando información sobre ese universo paralelo en el que el tiempo avanza en sentido opuesto al nuestro? Porque quería imaginar cómo podría ser la vida de los ciudadanos de un planeta que, tras ver los desastres que sus gobernantes van llevando —o dejando de llevar— a cabo, se ven obligados a votar por esos mismos gobernantes, cuyas mentiras, para colmo, habrían sido constatadas incluso antes de que sus promesas hubieran sido hechas. Pongamos un ejemplo: las instituciones del gobierno de un país no habrían juzgado a un general corrupto, a pesar de que después —que sería antes—, habrían —o habrán— de prometer el fin de la impunidad—, más o menos unos tres o cuatro años antes —o después—, justo cuando su Gobierno esté tomando, apenas, las riendas de la nación.

Ahora bien: ¿por qué llegué a este asunto del universo paralelo en el que el tiempo corre al revés y los ciudadanos son algo así como rehenes perpetuos de la torpeza, las mentiras y la corrupción de sus políticos? Porque estaba, en realidad, investigando otra cosa, un asunto totalmente diferente: mi interés cambió de carril apenas llegué a esa nota de la NASA, pero lo que realmente estaba buscando era información sobre este otro asunto, que no es menor en ningún sentido: la posibilidad de entrar en contacto con seres o personas que habitan universos paralelos. ¿Por qué? Porque quería saber si era posible averiguar sobre eso que usualmente se conoce como desviaciones paradójicas, es decir, ligeros cambios que, sin embargo, harían, de los universos paralelos, sitios completamente opuestos.

Pongamos un ejemplo: en un país como el nuestro, llega al poder, tras intentarlo durante décadas, un candidato que promete que hará todo distinto y cuya hoja de ruta, parecería, responde a las políticas que tradicionalmente se asocian a la izquierda. La diferencia con nuestro país, con este país en este planeta en el que vivimos, pues, sería tan solo que allá ni los militares habrían llegado al poder, de facto, años antes, ni el Gobierno del país vecino sería ocupado por un populista de derechas. Y lo que querría preguntar sería: ¿ese presidente, que es el nuestro —más o menos—, cumplió con sus promesas? ¿O allá también le entregó la estrategia de seguridad a los militares? ¿O allá también utilizó, como pretexto para militarizar sus fronteras y reprimir a los migrantes, a ese populista de derechas?

Si esta pregunta me fuera respondida afirmativamente, preguntaría, entonces, ¿qué pasó cuándo ese cortafuegos, cuando el fascista de junto dejó el poder? ¿Cambiaron las políticas que se habían justificado en su nombre y en el de sus amenazas? ¿Todo siguió igual? Pero bueno, el asunto, en realidad, es cómo llegué a este otro tema. Y acá la respuesta es que lo hice mientras buscaba información sobre una noticia que encontré leyendo la prensa extranjera: “la realidad virtual reúne a los vivos con los muertos”. Y es que resulta que una madre coreana, años después de que su hija muriera, se reencontró con ella durante una hora. Dicho encuentro, para colmo, fue emitido por la cadena de radiotelevisión MBC.

Pero esto no era lo que estaba buscando, en realidad. A esto llegué buscando información sobre una empresa de Corea del Sur que, por la módica cantidad de 40 mil dólares, clona a tu mascota. Bueno, por 40,000 dólares, para ser exactos, clonan a tu perro. Porque, por increíble que parezca, clonar un gato sale más caro: 55,000 dólares. Y peor aún si decides llevar a cabo la clonación en Japón, donde el perro vale 50,000 y el gato 70,000. Al parecer, los japoneses, los grandes usureros de la clonación, también encuentran más difícil replicar a los felinos que a los cánidos.

Pero ¿por qué buscaba información sobre estas clonaciones? Porque el mejor perro que he tenido, Capulín, con quien intercambié sombra durante años, con quien fundé un idioma que era solamente nuestro, falleció hace poco más de medio año y no he conseguido superarlo. O no, en realidad, buscaba información sobre este asunto porque, ahora que se acercan las elecciones intermedias del gobierno de AMLO, me pregunté —lo cuento aún a riesgo de parecer loco— si no nos habrían clonado al presidente.

Me explico: de algún modo, parecería que aquel político al que la Cámara de Diputados desaforó hace quince años, no es el mismo que este que hoy conduce los destinos de la nación; de algún modo, aquel de quien sus defenestradores se burlaban llamándolo Peje no es el mismo al que ahora, esos mismos defenestradores, como sus más fieles seguidores, llaman AMLO.

Y aunque tengo claro que no, que obviamente nadie, ni japoneses ni coreanos lo clonaron, también tengo claro que estaríamos mejor con el Peje que con AMLO, con ese candidato que entendía que las necesidades del país estaban por encima de las de su proyecto, que la economía no era solo ahorro y que la justicia no era un artículo a la venta.

Pero basta ya de digresiones y extravíos. Lo que quería acá era contar lo de las ráfagas rápidas de radio, las cuales, por fin sabemos, son señales generadas por soles imantados a las que les basta un milisegundo para dejar una huella inagotable.

Como a los políticos, que también son solo un punto luminoso que aparece, de tanto en tanto, en un radar, pero cuya huella puede ser igualmente inagotable.

Por eso nos conviene a todos pensar seriamente y a fondo el sentido de la elección futura.

Por eso y porque no tenemos cómo ni a quién preguntar, en esos universos paralelos.

Ni siquiera en aquel en el que el tiempo avanza para atrás y ya hemos votado.



JMRS


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