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Esta vez sí podría ser diferente: Biden realmente podría unir a Estados Unidos


2021-01-24

Editorial, The Washington Post

Si las palabras por sí solas pudieran unir a una nación, en Estados Unidos eso habría sucedido después de que el expresidente Donald Trump proclamara en su discurso inaugural, hace cuatro años: “La Biblia nos dice lo bueno y agradable que es cuando el pueblo de Dios vive junto, en unidad. Cuando Estados Unidos está unido, Estados Unidos es totalmente imparable". Por ello, después del discurso inaugural del presidente Joe Biden, en el que repitió la palabra “unidad” ocho veces y describió al país como capaz de lograr grandes objetivos cuando actúa como uno solo, la gente tiene derecho a preguntarse: ¿Podría ser diferente esta vez?

Le respondemos a los escépticos con un rotundo: “sí”. Hay muchas razones para esperar que el mensaje de Biden, transmitido con evidente pasión y no poca elocuencia, pueda tener un efecto real. Una razón es que, a diferencia de Trump, no lo contaminó con rencor por las “matanzas” y los trabajos “robados”, ni enfrentó a un público “recto” contra el stablishment explotador. En cambio, instó a la “humildad” y pidió a “aquellos que no nos apoyaron” que “me escuchen”. Además, Biden se acercó al podio inaugural sabiendo cuán peligrosamente Trump profundizó las divisiones, especialmente el 6 de enero. Su descripción de la democracia como “frágil” se basó en esta experiencia, que muchos en su audiencia vivieron de primera mano. La presencia de destacados republicanos —el exvicepresidente Mike Pence, el senador Mitch McConnell (Kentucky), el representante Kevin McCarthy (California) y el senador Roy Blunt (Misuri)— en los invitados fue una señal prometedora, más resonante seguramente que el mensaje mezquino que envió Trump al no presentarse.

Además, está el tema de la biografía. Biden llega a la presidencia no como un forastero con demasiada confianza, sino como alguien que aprendió el significado de la administración de un cuerpo político complejo a lo largo de décadas en el Senado y ocho años en la vicepresidencia. Ha cometido muchos errores, pero nunca el de sugerir que “él solo" podría solucionar los problemas de Estados Unidos. Más bien, tiene un historial de cooperación bipartidista, y lo ha defendido incluso contra rivales por la candidatura demócrata. Convirtió a uno de esos críticos, la vicepresidenta Harris, en una aliada histórica: la primera mujer y la primera persona negra en ocupar el segundo cargo más alto de la nación.

Biden no instó a la unidad a expensas de los principios, o al servicio de alguna agenda política suave. Su referencia al derecho a disentir y estar en desacuerdo como "quizás la mayor fortaleza de esta nación", de ninguna manera negó que él también lucharía por lo que él y quienes votaron por él creen, incluidas acciones largamente pospuestas para detener el cambio climático y desarraigar el racismo sistémico. Llamó a la supremacía blanca por su nombre y se comprometió a "derrotarla". Mientras que hace cuatro años Trump lanzó una mentira extraña exagerando el número de asistentes a su ceremonia, Biden exigió adhesión a la verdad.

Una última razón para tener esperanza: las acciones hablan más que las palabras. Hace cuatro años, Trump se trasladó del Capitolio a la Casa Blanca para firmar una orden ejecutiva que restringía Obamacare y, una semana después, firmó su prohibición para recibir refugiados sirios y viajeros de ciertos países de mayoría musulmana. Biden planeó pasar su primer día deshaciendo esas y otras órdenes, mientras dirigía a su administración a extender la protección financiera ante la crisis pandémica a inquilinos y estudiantes con préstamos.

Tanto en tono como en sustancia, este presidente pasó su primer día recordando las tradiciones serias y responsables del cargo. Eso se sintió reconfortante, refrescante, nuevo.



JMRS


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