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El desafío de Biden: dar un discurso para la ‘Guerra Civil Fría’


2021-01-24

Matt Bai, The Washington Post

Hace cuatro años el presidente Donald Trump se paró en los escalones del Capitolio y pintó un retrato aciago de un Estados Unidos decayendo de su anterior prosperidad e influencia, con sus ciudades reducidas a una “carnicería”.

Esta semana Joe Biden tomará el podio ante un país que se parece mucho más a la visión distópica de Trump que la de ese entonces: uno paralizado por un virus y por la división, que no está en guerra pero tampoco en paz.

El momento de Biden combina aspectos de crisis que han enfrentado otros presidentes de Estados Unidos. Su discurso inaugural debería hacer lo mismo.

Idealmente los discursos inaugurales deberían exponer una historia que enmarca el momento nacional dentro de un contexto más amplio. Dos de los discursos más conocidos de este tipo (tal vez los mejores de su género) fueron dichos en el punto álgido de dos tipos de guerra vastamente diferentes.

En 1864, en su breve segundo discurso inaugural, Abraham Lincoln sintetizó los eventos que llevaron a la Guerra de Secesión. “Todos lo temían. Todos intentaron evitarlo”, dijo con un tono de tristeza, y no de incitación.

Al tocar el tema del inevitable fin de la guerra, Lincoln condenó la práctica de la esclavitud pero también dejó en claro que estaba enfocado en la unificación, no en la venganza. Su promesa, puesta de manifiesto en su última y reverberante línea, fue: “Vendar las heridas de la nación” y lograr “una paz justa y duradera”.

Casi 100 años después, John F. Kennedy (JFK) asumió la presidencia cuando la Guerra Fría con la Unión Soviética entraba a una fase nueva y atemorizante. Aunque la línea más famosa del discurso de Kennedy (“No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregunta qué puedes hacer tú por tu país”) llamaba a los estadounidenses a servir, el mensaje de Kennedy a nuestros aliados y a Rusia tuvo un impacto mayor.

Para poner en palabras conmovedoras algo tan seco como la política de “contención”, Kennedy proclamó que Estados Unidos “pagaría cualquier precio, cargaría con cualquier carga y enfrentaría cualquier sufrimiento” en defensa de los pueblos libres y las economías libres. La bandera que plantó ese día se habría de quedar izada hasta el colapso del comunismo, 30 años después.

Por suerte, ninguno de esos momentos son análogos al que Biden tiene enfrente ahora. Sin contar a los grupos de extremistas trastornados, Estados Unidos no está para nada cerca de otra guerra civil. Biden no enfrenta la insurrección de ningún estado, no hay campos de batalla terroríficos. No hay un tema único que divida a este país, como lo fue la esclavitud.

Y Estados Unidos tampoco está involucrado en el mismo tipo de Guerra Fría que todo lo consume, con la amenaza diaria de la aniquilación. Las guerras comerciales y los ciberataques son cosas serias, pero la nación no se despierta pensando en ellas.

Sin embargo, el momento que Biden está heredando hace eco de ambos conflictos. Biden tiene en sus manos lo que podría describirse como una Guerra Civil Fría.

Como Lincoln, Biden encara una desunión inminente. Esta vez la secesión no es institucional, sino una secesión de la mente.

Un gran pluralidad de estadounidenses se concentran (pero no están confinados) en las áreas rurales del país, y viven cada vez más en su propia realidad, alimentándose con sus propios “hechos alternativos” y siguiendo a sus propios e irresponsables líderes. Están distanciados no solo de la estructura de gobierno de la nación, sino también de su cultura urbana y de los medios de comunicación establecidos.

Como Kennedy, Biden asumirá el poder en un país técnicamente en paz, pero peligrosamente cercano a la catástrofe.

Solo se han disparado unos pocos tiros a través de la división cultural de la nación, el más reciente y dramático ha sido en el propio Capitolio. El reto de Biden, al igual que el de Kennedy, es contener una ideología tóxica y mantener el conflicto frío.

Si yo fuera Biden, mi meta sería incorporar elementos de ambas tomas de posesión en un esfuerzo de lograr otro momento de peso histórico.

Insto a Biden, como hizo durante su campaña, a emular el tono de Lincoln hacia sus adversarios. La primera —y fundamental— parte de su discurso debe hacerse eco del modo en que Lincoln lo puso: “malicia hacia nadie” y “caridad para todos”.

Incluso en los mismos escalones donde reinó el caos y la violencia el 6 de enero, Biden debería dejar en claro que tiene la intención de gobernar con un enfoque en sanar las brechas de la era Trump, en lugar de declarar la victoria y afirmar la superioridad moral de su partido.

Pero también debería incluir una advertencia al estilo Kennedy, algo igual de importante en una capital democrática que ahora se siente como una ciudadela armada. Parafraseando a JFK, Biden debería hacerle saber a todos los extremistas de Facebook y a los que andan disfrazados como en una feria, que Estados Unidos asumirá cualquier costo necesario para preservar sus leyes y sus valores “sin importar si nos desean el bien o el mal”.

Biden debe trazar una línea clara para cualquiera que esté siquiera considerando el extremismo violento: no se escatimará en gastos, no se dejará ningún arma enfundada en la defensa de la democracia y la sociedad civil.

Los estadounidenses comunes y corrientes, que viven una Guerra Civil Fría, deben saber esto sobre nuestro presidente: que se acercará a los secesionistas culturales, pero no tolerará ni una pizca de rebelión real.

Ya hemos tenido suficiente carnicería.



JMRS


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