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La fanfarronería de Trump le falló a Venezuela


2021-01-25

Por David Smilde | The Washington Post

Pocas de las políticas del gobierno del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, fueron tan arrogantes y mal concebidas como su supuesto esfuerzo para derrocar a Nicolás Maduro de Venezuela. Y pocas fallaron tan rotundamente.

Dos años después de que el gobierno de Trump reconociera al presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como presidente interino, impusiera sanciones petroleras, emitiera amenazas de acción militar, socavara los intentos de mediación, acusara a Maduro y otros altos funcionarios por cargos de drogas, impusiera más sanciones que restringieron el acceso de la población al combustible, y debilitara los esfuerzos para negociar elecciones libres y justas, Maduro es más fuerte que nunca y el movimiento opositor democrático está hecho pedazos.

¿Por qué falló esta estrategia de máxima presión?

La amenaza de acción militar y las acusaciones de narcotráfico sirvieron para unificar a los funcionarios de Maduro y las fuerzas armadas contra enemigos extranjeros o un futuro en prisión. Las sanciones económicas afectaron más al pueblo venezolano que a las autoridades del gobierno; la escasez de gasolina redujo aún más su capacidad de resistencia. Haber tumbado la mesa de negociaciones debilitó a los representantes de Guaidó justo cuando tenían al equipo negociador de Maduro contra las cuerdas. Y haber impulsado un boicot a las elecciones legislativas de diciembre, por injustas que fueran, llevó a la coalición de Guaidó a perder su voz, su plataforma, su capacidad de movilización y el poco espacio político que tenía, tal y como habían advertido la mayoría de los analistas.

Detrás de la disposición de la coalición opositora de abstenerse de la política estaba el espejismo de un gobierno perpetuo en el exilio bien financiado, debido a que el reconocimiento internacional de Guaidó como presidente le dio potencialmente el control de activos considerables en Estados Unidos y en el extranjero, incluyendo CITGO, las cuentas del Banco Central de Venezuela en Estados Unidos y el oro en el Banco de Inglaterra.

En diciembre, la asamblea liderada por Guaidó presentó un acuerdo estableciendo la continuidad administrativa de esa Asamblea Nacional en base a fundamentos constitucionales imprecisos. Una parte importante del bando opositor se negó a apoyar la iniciativa. Y aunque el gobierno de Trump y el Reino Unido lo reconocieron, tanto el Grupo de Lima —conformado por 12 países del hemisferio que abogan por la democracia en Venezuela— como la Unión Europea emitieron declaraciones en las que sugirieron que trabajarían con la oposición democrática y la sociedad civil de Venezuela, pero no se refirieron a Guaidó como presidente interino.

El gobierno del nuevo presidente de Estados Unidos, Joe Biden, debería del mismo modo ampliar la gama de actores democráticos que involucre en Venezuela. Maduro preside una dictadura abusiva, y Estados Unidos y otros países deben presionar por el retorno a la democracia que la gran mayoría de venezolanos desea. Pero esto no significa un apoyo incondicional a una facción de la oposición. El problema central a largo plazo de la oposición democrática de Venezuela ha sido precisamente el conflicto interno y las divisiones, y Guaidó ya no representa el factor unificador de hace dos años. Las encuestas dejan claro que si bien Maduro tiene menos de 15% de apoyo, Guaidó apenas supera 25%. La mayoría de los venezolanos están descontentos con la política y afirman no apoyar a nadie.

El colapso de la clase política durante el último año ha provocado el surgimiento de otras formas de oposición en el país, menos ligadas a las instituciones políticas pero con profundas raíces en la sociedad venezolana y que han sido impulsadas por la crisis humanitaria. Las organizaciones de la sociedad civil se han unido más que en cualquier otro momento de los últimos 20 años y están comprometidas con una solución política y pacífica. Además, también se han estado movilizando asociaciones empresariales, organizaciones de trabajadores, y grupos religiosos del país. Desde hace tiempo ha habido oposiciones alternativas —algunas de ellas posiblemente cooptadas por el gobierno de Maduro— pero a ellas se unen cada vez más políticos que tienen claro que la oposición democrática necesita cambiar de estrategia.

El gobierno de Biden también deberá involucrar al gobierno de Maduro. Debe cambiar de estrategia y dejar claro que el objetivo es el retorno a las instituciones democráticas, no la instalación de aliados de Estados Unidos o la destrucción del chavismo. Si bien las sanciones secundarias que afectan el suministro de combustible deberían revocarse de inmediato, se debe negociar la flexibilización de las sanciones más amplias a cambio de aperturas democráticas.

Quizás el cambio más importante sería que el gobierno de Biden regresara a la diplomacia multilateral, coordinando la presión y el compromiso con otros países del hemisferio y la Unión Europea. Alejarse de la acción unilateral y la fanfarronería retórica podría hacer que Venezuela sea menos una ficha en la rivalidad geopolítica y más un espacio donde se pueda desarrollar una coordinación pragmática. Los objetivos estratégicos de Rusia, China y Cuba deben reconocerse pero no sobrevalorarse. Ellos también están interesados en una Venezuela estable y reconocida internacionalmente.

El objetivo no debe ser que poderes externos determinen el destino de Venezuela, sino que faciliten una solución en lugar de impedirla. La oposición venezolana será mucho más propensa a negociar si está obligada a olvidarse de la quimera de la intervención estadounidense. De la misma manera, Maduro estará más interesado en buscar un acuerdo si los aliados internacionales de los que depende lo alientan firmemente a hacerlo.

Por supuesto, la reacción inmediata de algunos estrategas demócratas será sugerir que un cambio de rumbo con respecto a Venezuela sería un suicidio político en Florida, teniendo en mente las elecciones de medio mandato de 2022 y las presidenciales de 2024. Sin embargo, tanto los republicanos como los demócratas harían bien en tratar a los latinos estadounidenses como la población social, cultural, políticamente diversa que son, que puede conectar con una política exterior positiva e inteligente. Al final, los inmigrantes latinos quieren ver bienestar en sus países de origen, y premiarán tanto una estrategia clara como señales de progreso.



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