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Samantha Power, que defendió el uso de la fuerza militar estaría encargada de distribuir ayuda humanitaria


2021-04-15

Por Lara Jakes | The New York Times

WASHINGTON — Cerca del final del documental de 2014 Watchers of the Sky, que relata los orígenes de la definición legal de genocidio, Samantha Power se emociona. En ese momento, Power era la embajadora del presidente Barack Obama ante las Naciones Unidas y, según dijo, tenía “gran visibilidad sobre gran parte del dolor” en el mundo.

Desde esa posición, prevenir atrocidades masivas en el extranjero requería “pensar en lo que podemos hacer al respecto, agotar las herramientas a tu disposición”, dijo Power en la película. “Y siempre pienso en el privilegio de, ya sabes, llegar a intentarlo… solo de intentarlo”.

Pocos dudan del celo de Power —dada su carrera como corresponsal de guerra, activista de los derechos humanos, experta académica y asesora de política exterior—, aunque ello haya supuesto abogar por la fuerza militar para detener las matanzas generalizadas.

Ahora, como candidata del presidente Joe Biden para dirigir la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, por su sigla en inglés), se prepara para reincorporarse al gobierno como administradora del poder blando, y resistirse a emplear las armas como el medio de disuasión y castigo que ha impulsado en el pasado.

Se espera que un comité del Senado vote el jueves su nombramiento para dirigir uno de los mayores organismos que distribuyen ayuda humanitaria del mundo.

Si es confirmada, Biden también la incluirá en el Consejo de Seguridad Nacional, donde durante el gobierno de Obama presionó a favor de la intervención militar para proteger a los civiles de los ataques patrocinados por el estado en Libia en 2011 y en Siria en 2013. (Sin embargo, también se opuso a la invasión de Irak en 2003).

El hecho de que vuelva a ocupar un lugar en la mesa en el Consejo —y casi seguro que volverá a debatir si se compromete a las fuerzas estadounidenses en conflictos duraderos— ha preocupado a algunos funcionarios, analistas y expertos de grupos de estudio que exigen moderación militar al gobierno Biden. Biden parece inclinarse en esa dirección: ha adoptado las sanciones económicas como herramienta de poder duro y se espera que anuncie la retirada total de las tropas estadounidenses de Afganistán para el 11 de septiembre, poniendo fin a la guerra más larga de Estados Unidos.

“Si habla de humanitarismo, de hambruna, de guerras… realmente, aparte de las causas naturales, la guerra es la causa número uno de hambruna en todo el mundo”, dijo a Power el senador Rand Paul, republicano por Kentucky, el mes pasado durante su audiencia de confirmación en el Senado. “¿Está dispuesta a admitir que las intervenciones en Libia y Siria que usted defendió fueron un error?”.

Power no lo hizo. “Cuando surgen estas situaciones, es casi una cuestión de males menores; las opciones son muy difíciles”, dijo.

Por su propia naturaleza, la agencia de ayuda estadounidense tiene una visión del mundo a largo plazo en comparación con la inmediatez de la acción militar. Además de los aproximadamente 6000 millones de dólares en ayuda humanitaria que entregará este año a los países asolados por las catástrofes, la agencia busca prevenir los conflictos en su origen, al reforzar en gran medida las economías, contrarrestar la corrupción estatal y fomentar la democracia y los derechos humanos.

Esta misión es fundamental en la política exterior de Biden, y quizás no hay lugar más importante en donde eso quede en evidencia que en su competencia global con China.

El mes pasado, el secretario de Estado Antony Blinken aseguró a los aliados que no se verían abocados a elegir entre “nosotros o ellos” con China, ya que las dos superpotencias compiten por la superioridad económica, diplomática y militar.

En cambio, Estados Unidos está destacando lo que los funcionarios llaman la ideología maligna y los intereses propios de China, mientras expande una campaña de influencia en África, Europa y América del Sur con préstamos financieros, fondos de infraestructura, vacunas contra el coronavirus y tecnología avanzada.

El gobierno de Donald Trump también aprovechó los abusos de derechos humanos de China —en particular contra los uigures étnicos en la región occidental del país, Sinkiang— para persuadir a los aliados a volverse contra Pekín. En el último día del gobierno de Trump en el cargo, Mike Pompeo, el secretario de Estado, declaró que la opresión de China contra los uigures constituía un acto de genocidio, y criticó la represión violenta de los disidentes en Hong Kong y el acoso militar a Taiwán por parte de Pekín.

Los funcionarios dijeron que la muy debatida Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda de China era un campo de batalla de primer orden para que la USAID desafiara a Pekín.

El representante Tom Malinowski, demócrata por Nueva Jersey y exsecretario de Estado adjunto para la Democracia y los Derechos Humanos de Obama, describió la “percepción de que China exporta corrupción” con sus préstamos y proyectos de desarrollo.

Por ejemplo, un estudio realizado en febrero por el Instituto Republicano Internacional, un grupo privado sin ánimo de lucro que recibe financiación del gobierno y promueve la democracia, concluyó que la decisión de Panamá en 2017 de romper los lazos diplomáticos con Taiwán “parece haber sido impulsada por sobornos” de China. También señaló que Nepal revocó regularmente el estatus legal de los refugiados tibetanos después de empezar a depender económicamente de Pekín.

La agencia de ayuda estadounidense no puede por sí sola igualar los fondos que China ha sembrado en los países en desarrollo. Pero Malinowski dijo que su apoyo a los periodistas, asesores jurídicos y grupos legítimos de la oposición podría “exponer y combatir” a los líderes extranjeros destructivos que se han beneficiado del apoyo financiero y del manual sobre cómo permanecer en el poder de Pekín.

“Hay un tema que se ha elevado a la cima en este gobierno y en el que sé que ella está muy centrada, y es la lucha contra la corrupción”, dijo Malinowski sobre Power. “Y la USAID tiene un papel muy importante que desempeñar ahí, potencialmente”.

En su audiencia de confirmación en marzo, Power dijo a los senadores que se sintió impulsada a seguir una carrera en política exterior después de la masacre de manifestantes en la plaza de Tiananmen en Pekín en 1989. Describió el “enfoque coercitivo y depredador de China” en sus relaciones con los países en desarrollo y “que es tan transaccional” que, en última instancia, se convierten en dependientes de Pekín a través de lo que ella llamó “diplomacia de la trampa de la deuda”.

“Creo que no marcha tan bien, y eso crea una apertura para Estados Unidos”, dijo Power al senador Todd Young, republicano por Indiana.

Los comentarios, en su mayoría benignos, de demócratas y republicanos durante la audiencia pusieron de manifiesto que la lucha contra China se ha convertido en un tema raro, aunque consistente, que encuentra apoyo bipartidista en el Congreso. “Creo que es absolutamente esencial que nuestros dólares para el desarrollo se utilicen para promover nuestras prioridades geoestratégicas”, dijo Young.

La agencia de ayuda y el Departamento de Estado han presupuestado unos 2000 millones de dólares en programas para fomentar la democracia, los derechos humanos y la gobernanza abierta en el extranjero en el año fiscal 2021, un tercio de la financiación de la ayuda humanitaria.

Es un área que se espera que Power amplíe. El primer proyecto de presupuesto del gobierno Biden, publicado el viernes, afirmaba que destinaría un “aumento significativo de recursos”, no especificado, a promover los derechos humanos y la democracia, al tiempo que frustraría la corrupción y el autoritarismo.

El plan de gastos también apoyará otra de las prioridades de Power: atacar la corrupción, la violencia y la pobreza en Centroamérica como medio para frenar el flujo de miles de migrantes que se dirigen a la frontera suroeste cada año. El gobierno Biden apuesta por una estrategia de 4000 millones de dólares hasta 2025 —incluyendo un tramo inicial de 861 millones de dólares propuesto este año— para ayudar a estabilizar la región.

En El Salvador, por ejemplo, los homicidios se redujeron en un 61 por ciento después de la aplicación de un plan de USAID para reducir la violencia de 2015 a 2017, dijo Power a los senadores, y los programas de la agencia en Honduras han dado resultados similares. Los programas no solo apoyaron a los fiscales locales, sino que también reunieron a funcionarios del gobierno, empresas y líderes de la iglesia y la comunidad para desviar a los jóvenes de las pandillas a través de la capacitación laboral, la tutoría y las actividades artísticas.

Fue recibida con cierto escepticismo.

El senador Rob Portman, republicano por Ohio, señaló que el número de niños procedentes de Centroamérica en la frontera había aumentado constantemente desde enero, a pesar de que Estados Unidos gastó 3600 millones de dólares en los últimos cinco años en esfuerzos similares.

“Los resultados no son impresionantes”, dijo Portman. “Es una cuestión económica, principalmente”, y “la gente seguirá buscando venir a Estados Unidos”.

Explicar las decisiones de política exterior al pueblo estadounidense, y hacerlas relevantes para sus vidas, es un tema que impulsa el Departamento de Estado de Biden. Power puede recurrir a sus propias experiencias como inmigrante irlandesa y como narradora para argumentar la necesidad de aliviar la crisis fronteriza atacando sus causas fundamentales.

“Eso también forma parte del trabajo: tienes que ser un vendedor, tienes que salir a la calle y explicar a la gente ‘estas son las razones por las que necesitamos más recursos para hacer este trabajo, y aquí es donde USAID puede ser un socio increíblemente importante’”, dijo John Prendergast, un veterano activista de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción y amigo cercano de Power.

“Hay tanto que se puede hacer entre el bombardeo y la nada”, dijo Prendergast, parafraseando a Luis Moreno Ocampo, exfiscal de la Corte Penal Internacional que apareció en el mismo documental sobre el genocidio que Power. “Y todo el trabajo y la vida de Samantha han estado entre esos dos extremos”.

Gayle Smith, que dirigió la agencia de ayuda para Obama y que ahora es la enviada del Departamento de Estado para la vacuna contra el coronavirus, lo expresó más claramente.

“No es que USAID vaya a invadir a alguien”, dijo.



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