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Se vacunaron y se quedarán con la mascarilla puesta, quizá para siempre


2021-05-21

Por Sarah Maslin Nir | The New York Times

Cada vez que Joe Glickman sale a comprar víveres, se pone una mascarilla N95 en el rostro y un cubrebocas de tela encima. Luego, se pone un par de gafas protectoras.

Ha seguido este protocolo de seguridad durante los últimos 14 meses y no lo modificó después de contagiarse de coronavirus en noviembre. Tampoco cambió cuando, a principios de este mes, completó sus dosis de la vacuna. Y, aunque el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, dijo el jueves que las personas con el esquema de vacunas completo no tienen que usar cubrebocas, Glickman afirmó que planeaba mantener el uso de mascarillas.

De hecho, planea salir a comprar sus víveres con doble cubrebocas y gafas durante al menos los próximos cinco años.

A pesar de que la combinación de recomendaciones de salud pública en constante evolución y la fatiga de la pandemia han hecho que más estadounidenses dejen los cubrebocas que han usado durante más de un año, Glickman está entre los que dicen que planean mantener su rostro cubierto en público de manera indefinida.

Para personas como Glickman, una mezcla de ansiedad, información confusa sobre las nuevas variantes del virus y la aparición de una facción obcecada y numerosa de quienes se resisten a la vacuna significa que la vida sin cubrebocas se suspende… quizá para siempre.

“No tengo ningún problema con ser una de esas pocas personas”, aseguró Glickman, fotógrafo profesional y músico de Albany, Nueva York. “Pero no creo que vaya a ser el único”.

Ya sean de tela deslumbrante o de polipropileno, los cubrebocas han surgido como un distópico tema contencioso durante la pandemia. Un mapa de los estados de Estados Unidos que aplicaron la obligatoriedad del uso del cubrebocas se corresponde estrechamente con la preferencia de voto de los habitantes de esos estados en las elecciones presidenciales.

El año pasado, los manifestantes organizaron concentraciones contra los requisitos oficiales del uso de cubrebocas, hicieron hogueras para quemarlos en señal de protesta y desencadenaron enfrentamientos con gritos salvajes cuando se les confrontó por no usarlos dentro de los supermercados.

No obstante, a medida que más estadounidenses se vacunan y las restricciones relacionadas con el virus disminuyen, los cubrebocas están en el centro de un segundo asalto en la pelea cultural del país. Esta vez, las personas que deciden seguir cubriendo sus rostros se han convertido en blanco de la ira pública.

En entrevistas, las personas vacunadas que siguen usando cubrebocas declararon que se sienten cada vez más presionadas, en especial en días más recientes; amigos y familiares los han instado a relajarse, e incluso han sugerido que están paranoicos. En un viaje reciente al supermercado, Glickman dijo que un hombre que entró sin cubrebocas se le quedó mirando fijamente.

“Estoy confundido”, publicó en Twitter la semana pasada el presentador de noticias retirado Dan Rather, mientras aumentaban las reacciones en la plataforma contra los que siguen usando cubrebocas. “¿Por qué debería importarle a la gente si alguien quiere usarlo en el exterior?”.

Tras las últimas disposiciones de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por su sigla en inglés), al menos 20 estados revocaron la obligatoriedad del uso de cubrebocas o emitieron órdenes que eximían a las personas vacunadas de usarlos. Esta semana, el gobernador Andrew Cuomo anunció que, a partir del miércoles, el estado de Nueva York también seguiría los lineamientos de los CDC. Un puñado de otros estados señalaron que aún estaban revisando sus normas.

No obstante, para algunas personas, ninguna libertad recién adquirida les convencerá de revelar sus rostros todavía. Después de un año, dicen que se han acostumbrado a los cubrebocas y se alegran de la seguridad adicional que proporcionan.

Un día después del anuncio de los CDC, George Jones, de 82 años, un cartero jubilado, se paró bajo el sol afuera de las casas General Grant donde vive en Harlem, en la ciudad de Nueva York, y dijo que se quedaría con su cubrebocas quirúrgico azul (a pesar de ser incómodo e inconveniente) por lo menos durante otro año.

“No tengo prisa; ¿por qué habría de tenerla?”, dijo Jones, quien tuvo su segunda dosis de la vacuna hace aproximadamente un mes y medio. Hasta que la ciudad de Nueva York alcance un nivel mayor de vacunación (solo el 40 por ciento está vacunado por completo) cree que es demasiado arriesgado quitárselo. “Estar vivo es más importante. Eso es lo que cuenta. Soy un hombre mayor: me gustaría seguir vivo todo el tiempo posible”.

En Broadway, un grupo de jóvenes pasó junto a él, sin cubrebocas a la vista. Jones dijo que lo entendía: “Los jóvenes se creen inmunes, y espero que lo sean”.

Los datos de salud pública muestran que es probable que el uso de cubrebocas y el distanciamiento social hayan tenido efectos positivos de gran alcance, más allá de frenar la propagación de la COVID-19. Mientras que más de 34,000 adultos murieron a causa de la influenza en la temporada 2018-19, este año las muertes van camino a quedarse en cientos, según los datos de los CDC. Los usuarios de cubrebocas afirman que al parecer sus síntomas de alergia estacional disminuyeron.

Leni Cohen, de 51 años, una maestra de jardín de niños jubilada de la ciudad de Nueva York que tiene un sistema inmunológico debilitado, dijo que planeaba seguir usando cubrebocas cuando ayudara como maestra sustituta, pero lo que más le gustaría es que sus alumnos siguieran usándolo.

“Aunque los alumnos del jardín de niños son adorables, comparten sus secreciones con gran facilidad”, escribió Cohen en un correo electrónico en el que enumeraba las enfermedades, como resfriados, faringitis estreptocócica, neumonía, gripe y parvovirus, que le han contagiado sus alumnos a lo largo de los años.

“¡Este año es muy diferente!”, continuó. “Los niños no se chupan el pelo ni se meten los objetos del salón de clases o los pulgares a la boca. Tienen la boca y la nariz cubiertas, así que estoy (prácticamente) protegida de su tos y estornudos. Considero que hay que seguir con los cubrebocas. Nunca me he sentido tan segura en un aula llena de niños de 5 y 6 años”.

Barry J. Neely, de 41 años, compositor de Los Ángeles, enfermó de coronavirus en marzo de 2020 y luchó contra los síntomas durante meses. También ha luchado con el sentimiento de culpa de haber contagiado sin querer a las personas con las que estuvo en contacto antes de su diagnóstico, que llegó en un momento en el que el gobierno desaconsejaba el uso del cubrebocas.

Ahora planea llevar uno siempre que se sienta mal, a perpetuidad.

“No es difícil usar cubrebocas”, dijo Neely. “No lo es en absoluto”. Añadió que se inspira en varios países de Asia oriental, donde usar cubrebocas cuando uno se siente mal no solo es socialmente aceptable, sino que se toma como un acto de consideración.

“Si hace un año pude propagar un virus, y luego aprendí que usar cubrebocas es importante para evitar la propagación de este virus, ¿qué tiene de malo usarlo si tengo un resfriado común?”, dijo.

Para algunos de los llamados “perma-maskers” (usuarios permanentes de cubrebocas), la decisión se debe a un trauma: enfermaron de coronavirus o han visto morir a sus seres queridos, y dicen que quitarse el cubrebocas los hace sentirse terriblemente vulnerables.

Tras contraer el coronavirus, Glickman se enfermó de neumonía. Todavía tiene problemas gastrointestinales y síntomas neurológicos como mareos extremos y problemas de visión. “Flotadores” nadan en su campo de visión, y en una ocasión, dijo, todo se volvió amarillo.

El trauma poscoronavirus parece ser común: una encuesta realizada por los médicos del hospital Agostino Gemelli de Italia a casi 400 pacientes de covid mostró que tras una enfermedad grave el 30 por ciento desarrolló un trastorno de estrés postraumático.

“Hay un elemento de precaución causado por el impacto emocional y psicológico con lo que pasé”, dijo Glickman sobre su enmascaramiento. “No creo que sea necesariamente injustificado. Creo que está en algún punto intermedio”.

Cohen, la maestra, también dijo que reconocía los posibles inconvenientes: “Al principio, pensé: ‘¡Esto es genial, nunca más me voy a enfermar!’”, dijo, sobre su plan de usar un cubrebocas para enseñar en el jardín de infancia en adelante. “Luego me di cuenta de que cuando intento enseñar las vocales no pueden verme la boca”.

Algunos dicen que se han sorprendido al descubrir que han llegado a disfrutar de estar ocultos tras una mascarilla, sin expresión y anónimas.

“Como mujeres, sentimos que, cuando salimos en público, tenemos que ponernos un poco de maquillaje, delineador de ojos, colorete”, dijo Keela Samis, de 57 años, una abogada de San Petersburgo, Florida, quien está vacunada y no piensa dejar de usar una mascarilla. “Con el cubrebocas no tengo que hacerlo. Me ha simplificado la vida”.

Samis añadió: “Aunque sea la única persona del planeta Tierra que siga llevando la mascarilla, si eso es lo que me hace sentir cómoda, llevaré la mascarilla”.



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