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La madre naturaleza está molesta. ¿Podemos culparla?


2021-08-04

Michele Norris, The Washington Post

La madre naturaleza está harta de su prole. Si no te has dado cuenta es porque no has estado prestando atención.

La Tierra nos proporciona nutrición y sustento. Nos mima y nos protege. ¿Y qué hemos hecho a cambio? La tratamos de la misma manera que con demasiada frecuencia tratamos a nuestras propias madres. Ignoramos sus consejos. Ponemos nuestras necesidades por encima de las de ella. Imaginamos que puede resolver mágicamente cualquier problema, quizás porque siempre damos por sentado el esfuerzo de nuestras madres reales, que nos recompusieron cuando flaqueamos y que muchas veces estiraron como pudieron medio kilo de pastel de carne para alimentar a una familia de seis.

Y ahora, como podemos ver con claridad, hemos subestimado su ira.

Incendios. Inundaciones. Deslaves. Ríos y embalses que se secan. Un calor récord. Líneas costeras en aumento. Derretimiento de los glaciares. La Tierra está en peligro y muchos finalmente se están dando cuenta de que ya no pueden pensar en la Tierra como esta diosa con los brazos abiertos que nos dispensa bendiciones y recompensas, en especial si no tomamos medidas para frenar las actividades y hábitos que han disparado las emisiones de dióxido de carbono.

La lucha definitoria de nuestro tiempo y nuestro futuro será la tensión entre la madre naturaleza y la naturaleza humana. Por lo tanto, muchos de nosotros debemos pensar de manera diferente acerca de quién y con qué estamos lidiando.

Eso parece haber comenzado, finalmente. En una temporada de eventos climáticos extremos, catastróficos, mortales y demasiado habituales, hay indicios de que incluso las personas que dudaban en aceptar la ciencia detrás del cambio climático se están dando cuenta de la amenaza. El Centro de Investigaciones Pew descubrió que más de 60% de los estadounidenses percibe el calentamiento global como una gran amenaza —la proporción más alta desde 2009— y 65% quiere que el gobierno haga más esfuerzos para reducir los efectos del cambio climático. Seis de cada diez votantes del expresidente estadounidense Donald Trump apoyan regular, o incluso posiblemente gravar, la contaminación que causa el cambio climático.

Este es un cambio importante, pero no es para nada una corrección de rumbo suficiente como para revertir el daño que ya hemos hecho. El gobierno no puede hacer esto solo. Las personas tendrán que realizar cambios fundamentales.

Comencemos con nuestras ideas acerca de quién está realmente a cargo de nuestro destino. La idea de adoptar un símbolo materno para representar a la Tierra quizás haya sido un esfuerzo temprano para moderar nuestro comportamiento individual. ¿Acaso no queremos todos evitar decepcionar a nuestras madres? El símbolo de la madre naturaleza en el mundo occidental tiene sus raíces en la mitología griega e inca. Es una pena que con el tiempo haya perdido algo de su poder.

En la cultura andina, la diosa conocida como Pachamama era tanto cariñosa como exigente. Protegía a sus súbditos pero, según la leyenda, también insistía en que cuidaran la casa que ella les proporcionaba. En esencia, exigía respeto. Los europeos occidentales y luego los estadounidenses adoptaron una figura más pasiva representada por una hada benevolente rodeada de felices criaturas del bosque que retozaban alrededor de sus delicados pies.

Si se le pidiera a artistas que imaginaran a la madre naturaleza en esta temporada de agua y calor desenfrenado, lo más probable es que dibujaran a un personaje con la palma de la mano en su frente o las manos en las caderas. Veo a una mujer menospreciada, una madre a la que no le importa que todo el vecindario esté escuchando sus gritos porque sus cargas mezquinas y egocéntricas dejaron el refrigerador abierto, ignoraron las reglas de reciclaje y se atrevieron a jugar con fósforos en medio de una sequía. Pero por anticuadas que sean nuestras nociones, y teniendo en cuenta la sensibilidad en torno a las normas de género, la ironía es que las mujeres en general y las madres en particular están en una posición única para liderar la batalla en el campo para enfrentar la creciente crisis climática.

Nadie está librando a los hombres de la responsabilidad, pero si revisamos las listas que marcan las 10 o 12 cosas que como individuos podemos hacer de inmediato para reducir nuestras emisiones de carbono y conservar los recursos, la mayoría son acciones a menudo influenciadas o controladas por mujeres: comer menos carne, comprar electrodomésticos más eficientes, limitar el desperdicio de alimentos, manejar automóviles eléctricos o híbridos, eliminar el consumo de agua embotellada, reducir los niveles del termostato (durante el invierno), probar el compostaje y usar bombillas de larga duración. Lo que la gente compra y hace representa la primera línea de defensa, y en muchos casos esas decisiones son tomadas por mujeres o están fuertemente influenciadas por ellas, afirma Diane MacEachern, autora de Big Green Purse: Using Your Spending Power to Create a Cleaner, Greener World. “Las mujeres tienen un increíble poder adquisitivo porque son las que gastan más de 80% de cada dólar de consumidor en el mercado”.

Así que además de tomar las medidas a las que nos hemos resistido, retiremos nuestra singular caricatura de la madre naturaleza y dejemos que tire su corona de flores silvestres y eucaliptos. Esas imágenes parecen sacadas de un cuento de hadas. Cualquiera que haya pasado un día acampando, escalando, desyerbando, haciendo senderismo, trabajando en jardinería o remando se burlaría de esa idea de túnicas holgadas y cintas de satén al aire libre.

En esa batalla entre la madre naturaleza y la naturaleza humana, las decisiones que tomen las mujeres, niñas y madres de verdad, podrían, en última instancia, salvar nuestro planeta en peligro. Y eso es algo que estoy seguro ella aplaudiría.



Jamileth


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