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López Obrador tiene una causa clara, pero nada de contenido


2021-08-30

Carlos Loret de Mola A. | The Washington Post

Ninguno de los presidentes que han gobernado recientemente México, antes de la llegada de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en 2018, se ocupó de inspirar entre la ciudadanía una “causa”, un sentimiento común que la aglutinara y la animara a empujar en una dirección para apoyar al capitán del navío.

Hay casi consenso de que Ernesto Zedillo (1994-2000) hizo un gobierno bueno, aunque desde luego con tropiezos. Recibió al país al borde de la una crisis económica a la que logró darle vuelta con una gestión dedicada y un estilo adusto, académico y áspero, pero efectivo. Nada de esto generó ninguna inspiración.

Vino después Vicente Fox (2000-2006). Lo único cercano a una causa fue el objetivo central de su campaña presidencial: “Sacar al PRI de Los Pinos”. Después de 70 años de gobierno único del Partido Revolucionario Institucional en México, Fox lo logró. Pero se quedó sin causa el día que ganó las elecciones: el objetivo central estaba cumplido y no fue capaz de renovar esa inspiración ni darle otro cauce.

A pesar de llevar un gobierno sin graves sobresaltos y tener una evaluación aprobatoria al final de su mandato, Fox estuvo a punto de perder su sucesión. Tras una impugnada elección contra AMLO, llegó Felipe Calderón (2006-2012) y su lucha contra el narcotráfico nunca fue adoptada por los mexicanos como una causa. Enrique Peña Nieto (2012-2018) logró en menos de año y medio lo que muchos antecesores habían anhelado: el Pacto por México, una docena de reformas de ley que apuntaban a un cambio estructural para el país. Los mexicanos nunca sintieron como propia esa victoria ni se apasionaron por la esperanza de ese cambio estructural. Cuando el régimen se inundó de corrupción, la desconexión con él fue total.

En el último cuarto de siglo, cuatro presidentes consecutivos gobernaron sin inspirar a la gente. Para sus administraciones era como si no importara la causa sino el contenido: número de reformas aprobadas, porcentajes de crecimiento económico, tasa de homicidios, objetivos criminales capturados, cifras, estudios, planes, evaluaciones. Una obsesión por la medición y los números que nunca constituyeron una gran lucha, una gesta histórica en la que “el pueblo” —término que le gusta usar a AMLO— tuviera algún papel que jugar: este ya había hecho lo suyo, elegir a las autoridades, y le tocaba esperar los resultados de ello. Para esos gobiernos no había que intentar inspirar o convertir en sujetos políticos a la población, sino buscar dar resultados.

Esta fijación por el contenido —que en el fondo es también desdén por los gobernados— y la obsesión por el sustento técnico de las decisiones de gobierno, fue suplantada por exactamente lo contrario a partir de 2018: en la presidencia de AMLO lo único que hay es causa, pero nada de contenido.

Por eso la importancia de las palabras para AMLO: es el principal combustible para mantener la causa, para que no se apague el fuego de la inspiración y la gente se sienta parte de ella. En este sexenio, las palabras lo son todo: el principal acto de gobierno es una conferencia presidencial de dos horas cada mañana. El repertorio de frases pegajosas, dichos populares, calumnias, apodos, insultos, nombres rimbombantes y citas históricas tienen como misión permear una permanente sensación de lucha contra el mal (cualquiera que disienta con él), que busca que fracase el bien (el líder y cualquiera que lo obedezca).

Lograr esa inspiración, que haya la sensación compartida de una causa, es un activo envidiable para cualquier gobernante porque le ofrece un enorme capital político, un margen de maniobra para tomar las decisiones difíciles para transformar e impulsar un país.

El problema es que eso no es suficiente y el presidente, en su ánimo de romper con todo lo que huela a pasado, toma decisiones que carecen de la mínima base técnica. Por eso los programas sociales no benefician a los más pobres, el nuevo sistema de salud deja sin servicios a 15 millones de personas, la construcción del aeropuerto de Santa Lucía sale casi igual de cara que haber terminado el aeropuerto en Texcoco —que AMLO canceló por caro— y más casos donde no existe una lógica más allá de la suya.

Esa capacidad de contagiar e inspirar, a tres años de pobrísimos resultados de gobierno, le sigue dando oxígeno al presidente. Y debe constituir una enseñanza para la oposición de cara a la sucesión presidencial de 2024, con la que el propio AMLO juguetea cotidianamente.

En México la oposición no fue capaz de encontrar una causa por sí misma, pero el presidente ya se las regaló: el “No” a AMLO. Es decir, frenar sus amenazas de destruir la incipiente democracia mexicana y enmendar la ineptitud en la gestión pública que hasta ahora ha dejado más pobres, menos gente con acceso a la salud, un récord de homicidios y el cuarto lugar mundial en muertes por COVID-19. La reciente elección federal, y algunas votaciones en el Congreso donde la oposición se ha unido, son brochazos todavía débiles de esto.

Se verá pronto la sagacidad del presidente para mantener viva su causa, o la capacidad de la oposición para consolidar la suya. En este duelo, un primer tema en la agenda es la consulta por la revocación de mandato en 2022, una idea impulsada por AMLO desde su campaña en 2018, y anhelada por él como una validación a su gestión y una recuperación de capital político. El planteamiento, a reserva de que se defina oficialmente la pregunta a realizarse, suena bastante polarizador: se queda o se va AMLO. Las encuestas más recientes no dan un resultado abrumador para ningún lado. Y aunque la oposición está aún dividida sobre si aceptarle el reto o desdeñarlo, en el puro planteamiento pueden encontrar la causa que necesitan.



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