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La dimensión religiosa de la guerra en Ucrania 


2022-02-28

 

ZENIT / Roma, - La invasión de Rusia en territorio de Ucrania iniciada la madrugada del jueves 24 de febrero, pocas horas después de que el Papa hizo un ulterior llamamiento a la paz y convocó una jornada de ayuno para pedir por la misma, tiene también una dimensión religiosa de no poco valor. En este sentido, aunque no se trata de una “guerra de religión”, el factor religioso tiene un peso muy relevante.

Ucrania es un país de 41.5 millones de habitantes que, en su mayoría, se definen a sí mismos como cristianos ortodoxos. Sin embargo, ese cristianismo ortodoxo se dividió en dos ramas hasta el desmembramiento de la Unión Soviética en 1991: 1) la “iglesia ortodoxa de Ucrania”, que dependía del Patriarcado de Moscú desde el siglo XVII, y 2) la “iglesia autocéfala ucraniana”, surgida en 1917 en el contexto de la revolución soviética.

Cuando el 24 de agosto de 1991 el Parlamento Ucraniano declaró su independencia de la URRS, pasó poco tiempo en que también se diese una “independencia” eclesiástica del Patriarcado de Moscú. Fue así como poco después nació la tercera iglesia ortodoxa del país: la “iglesia ortodoxa nacional”.

 Hay también una significativa comunidad católica con dos ritos: bizantino y latino. La más importante numéricamente hablando es la primera, con un Arzobispo Mayor a la cabeza, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk: se trata de la “Iglesia Greco-Católica”, con 4,6 millones de fieles. La comunidad católica-latina está formada, sobre todo, por migrantes, y es numéricamente más pequeña.

Durante la mayor parte del siglo pasado convivieron en Ucrania la “iglesia autocéfala ucraniana”, la “iglesia ortodoxa ucraniana”, dependiente del patriarca de Moscú, y la “iglesia greco-católica”. Durante todo ese tiempo la más numerosa fue la “iglesia ortodoxa ucraniana”, que dependía de Moscú, y también la que conflictuó más con la “iglesia greco-católica”, a la que despectivamente llamaba “uniata”, por estar en comunión con el Papa y, según ellos, realizar proselitismo en territorio del Patriarcado de Moscú.

Pero ese hecho cambió cuando en 1992 una parte de la “iglesia ortodoxa ucraniana” se independizó de la “iglesia ortodoxa rusa” (Patriarcado de Moscú) y estableció su propio Patriarcado en Kiev, pasando a convertirse en la “iglesia ortodoxa nacional”. En 1995 se elegiría al primer patriarca de lo que se consideraría ahora como verdadera “iglesia ortodoxa ucraniana”. Dos años más tarde, en 1997, el patriarca de Moscú excomulgaría y reduciría al estado laical a todo el clero (obispos incluidos) de este nuevo Patriarcado de Kiev. En este contexto, un Patriarca de relevancia internacional y primero entre iguales, el de Constantinopla, se mantuvo favorable a esta independencia.

Esto quedaría de manifiesto unos años más tarde pues en 2018 tanto la nueva “iglesia ortodoxa ucraniana” como la “iglesia autocéfala ucraniana” pidieron de manera conjunta y formal al Patriarca de Constantinopla el reconocimiento de canónico de autocefalía (una especie de independencia eclesiástica oficialmente reconocida y no meramente auto-declarada).

Tras la publicación de un estudio en septiembre de 2018 (“The ecumenical Throne and the Church of Ikraine – The Documents Speak”), el patriarca de Constatinopla evidencia que el Patriarcado de Moscú se anexionó de forma inaceptable a la “iglesia ucraniana” en 1686 y hace un llamamiento a los líderes de la “iglesia ortodoxa ucraniana” (“iglesia ortodoxa nacional”), de la “iglesia autocéfala ucraniana” y a lo que quedaba de la “iglesia ortodoxa ucraniana” inicial, dependiente del Patriarcado de Moscú”, para un sínodo extraordinario de unificación. Esta última no aceptaría. El 12 de octubre de 2018 se declara procedente el “tomo de autocefalía” para la nueva y unificada “Iglesia Ortodoxa de Ucrania” y su reconocimiento como Patriarcado. Tres días más tarde, el Patriarcado de Moscú rompía la centenaria comunión con el Patriarcado de Constantinopla.

El 15 de diciembre de 2018 se celebró el sínodo extraordinario de unificación en Kiev y se eligió al nuevo metropolita y Patriarca en la persona de Epifanio. A inicios de enero de 2019 queda firmado en la catedral de San Jorge, sede del patriarca de Constantinopla, el tomo de autocefalía.

Durante 2019 reconocen a este nuevo Patriarcado de Kiev (resultado de una unificación) la Iglesia Ortodoxa de Grecia y la Iglesia Ortodoxa de Alejandría. En 2020 lo hará la Iglesia Ortodoxa de Chipre.

El nuevo Patriarcado de Kiev supuso una división en el seno del mundo ortodoxo desde unos años antes. Esto se evidencio en el fracaso del “Concilio Panecuménico” de 2016 en Creta, primer Concilio convocado tras más de mil años sin tener uno y que mostró a unas iglesias al lado de Constantinopla y a otras al lado de Moscú.

Desde entonces a la fecha el conflicto al interior del mundo ortodoxo sólo se agravó: un episodio de esa crisis fue la dura encíclica del Patriarca Ortodoxo Griego de Alejandría contra el Patriarca Ortodoxo de Moscú por razón de la injerencia de este segundo en el territorio eclesiástico del primero. O, en otras palabras: por el proselitismo que los ortodoxos rusos están haciendo en África, territorio eclesiástico de los ortodoxos griegos.

Pero, ¿cómo están las relaciones del mundo ortodoxo con la iglesia católica en Ucrania y con Moscú en particular? Como se ha referido, en Ucrania hay una significativa presencia católica por medio de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana. Se trata de una de las 24 iglesias católicas orientales en comunión con el Papa. Es también la iglesia oriental más numerosa. Esta iglesia católica de rito oriental regresó a la comunión con el Papa en 1596 y desde entonces ha permanecido en esa comunión. Ese hecho le mereció un aislamiento,  discriminación y persecución por parte de la iglesia ortodoxa rusa, dominante en Ucrania durante cuatro siglos. Fueron también los ortodoxos rusos los que le dieron el mote despectivo de “uniatas”.

Aunque ya desde san Juan Pablo II se inició un proceso de acercamientos y encuentros con los diferentes patriarcas ortodoxos en general (camino seguido después tanto por Benedicto XVI como por Francisco) fue hasta 2016 que el Papa Francisco tuvo un encuentro en Cuba con el patriarca ortodoxo de Moscú. Uno de los obstáculos para ese encuentro había sido precisamente las quejas del Patriarcado de Moscú, que por entonces dominaba Ucrania, sobre un presunto proselitismo de la Iglesia Greco-Católica en Ucrania, territorio que consideraban “suyo”.

Resultado del encuentro de 2016 en Cuba fue la firma de una declaración conjunta. Aquella declaración tenía una disimulada referencia a la crítica ortodoxa contra los greco-católicos. En el número 24 decía:

“(…) no se puede aceptar el uso de medios desleales para inducir a los fieles a pasar de una Iglesia a otra, negando su libertad religiosa y sus propias tradiciones. Estamos llamados a poner en práctica el mandamiento del apóstol Pablo: «Considerando una cuestión de honor no anunciar el Evangelio más que allí donde no se haya pronunciado aún el nombre de Cristo, para no construir sobre cimiento ajeno» (Rm 15, 20)”.

Y en los números 25 a 27 se habla más abiertamente sobre el “uniatismo”, el enfrentamiento que ya en 2016 había en Ucrania y, finalmente, se alude a la nueva realidad eclesiástica surgida de la independencia del Patriarcado de Moscú:

“Esperamos que nuestro encuentro contribuya también a la reconciliación allí donde hay tensiones entre los greco-católicos y los ortodoxos. Hoy en día está claro que el pasado método del «uniatismo», entendido como la unidad de una comunidad con otra separándola de su Iglesia, no es un modo que consiente restaurar la unidad. Sin embargo, las comunidades eclesiásticas surgidas en estas circunstancias históricas tienen derecho a existir y a hacer todo lo necesario para satisfacer las exigencias espirituales de sus fieles, buscando al mismo tiempo la convivencia pacífica con sus vecinos. Los ortodoxos y los greco-católicos necesitan reconciliarse y buscar formas de convivencia mutuamente aceptables».

Lamentamos el enfrentamiento en Ucrania que ha causado ya muchas víctimas, sufrimientos innumerables a sus pacíficos ciudadanos y que ha llevado a la sociedad a una profunda crisis económica y humanitaria. Invitamos a todas las partes en conflicto a tener prudencia, a la solidaridad social y a trabajar para construir la paz. Instamos a nuestras Iglesias en Ucrania a trabajar para lograr la armonía social, a abstenerse de participar en la confrontación y a no apoyar un ulterior aumento del conflicto.

Esperamos que la división entre los fieles ortodoxos en Ucrania se supere en el respeto de las normas canónicas existentes; que todos los cristianos ortodoxos de Ucrania vivan en paz y armonía, y que las comunidades católicas del país contribuyan a ello, con el fin de mostrar cada vez más nuestra fraternidad cristiana.

 Por entonces, el líder de los católicos en Ucrania, Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk, Arzobispo Mayor de los Greco-Católicos, expresó abiertamente sus críticas y reservas al encuentro y a la declaración. 

Como se puede notar, ya en todo lo anterior se evidencian alusiones explícitas y abiertas a la intervención rusa en Ucrania y al conflicto ya no sólo al interior dentro del mundo ortodoxo sino también entre el Patriarcado de Moscú y la Iglesia Greco-Católica en Ucrania.

 Por otra parte, más allá del Patriarcado de Moscú (ordinariamente reticente a encuentros públicos o contactos con el Papa en particular y con la Iglesia católica en general), con quien sí ha habido una historia de cercanía católico-ortodoxa, es con el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Sucedió primero entre Bartolomé y el Papa Benedicto XVI, primero, y después entre Francisco y Bartolomé. Esta relación quedó elevada al rango de amistad personal entre los dos líderes religiosos. Bartolomé de Constantinopla, de hecho, fue el primer Patriarca en la historia en asistir a la misa de inicio de ministerio petrino de un Papa (2013 con Francisco).

Dado que la relación entre el Patriarca de Constantinopla, amigo personal del actual Papa, es actualmente pésima con el Patriarca de Moscú, resulta comprensible que esto afecte la relación del Patriarca Kirill de Moscú con el Papa Francisco, Patriarca de Roma.

¿Y todo esto qué tiene que ver con la guerra en Ucrania? Secundariamente mucho: de hacia dónde se inclina la balanza dependen muchas cosas: si Rusia gana la guerra y vuelve a controlar el país, el relativamente nuevo Patriarcado de Kiev y la iglesia Greco Católica en Ucrania tendrán muchas limitaciones. El Patriarcado de Kiev podría desaparecer -cosa posible- si se le incautan los bienes y se pasan de nuevo a propiedad de lo que queda de la “iglesia ortodoxa de Ucrania”, dependiente aún de Moscú.

Si Ucrania supera esta crisis, el Patriarcado de Kiev afianzaría su independencia y el control sobre los bienes que actualmente administra. Por otra parte, la iglesia Greco Católica podría mantener su actual estatus que es mejor que el que tenía bajo el dominio ruso sobre Ucrania de decenios pasados.


 



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