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Lección de la pandemia: necesitamos respirar aire más limpio en interiores


2022-03-03

Alejandro Macías | The Washington Post

Los humanos cambiamos de ser nómadas a crear ciudades con interacción cercana entre miles de personas en un período que, en la historia de nuestra evolución, es apenas un parpadeo.

Aunque tenemos un sistema inmune con una capacidad sorprendente para aprender a enfrentarse a patógenos para los que nuestra especie no está familiarizada, el choque inicial aún cobra muchas víctimas. Construir la inmunidad suele ser un proceso en el que mayoritariamente pierden la salud o la vida los individuos debilitados o genéticamente predispuestos.

La situación se complica por nuestra estrecha relación con los animales y sus ambientes, y también porque las ciudades han empezado a ampliarse, lo cual hace que el contacto con animales silvestres sea más frecuente. Esto hace que encontrarse con nuevos retos, en forma de patógenos desconocidos, no sea raro y por eso aparecen año con año enfermedades nuevas o “emergentes”.

Sin embargo, las epidemias y pandemias nos han ido dejando aprendizajes a lo largo de la historia. El más significativo de la pandemia de COVID-19 es la necesidad de implementación de una cultura de respirar un aire más limpio en interiores.

Para evitar la transmisión de las enfermedades hemos instaurado en nuestra historia, a veces por intuición y otras con plena intención, el uso de agua limpia, el drenaje, la higiene corporal, el distanciamiento y las vacunas. Eso ha permitido que nuestras sociedades hayan crecido sus grupos de cientos a miles de personas y, en siglos recientes, a millones.

Una vez que la humanidad se organizó en ciudades, primero las epidemias y después las pandemias han sido recurrentes. Estas solían cobrar la vida de proporciones descomunales de gente. Por ejemplo, en el siglo XIV, la peste negra cobró la vida de entre un tercio y la mitad de la población de Europa. Situaciones similares se han vivido con las epidemias de viruela, sarampión, tifoidea y cólera en el mundo.

En América Latina ya hemos tenido estos aprendizajes. Hace apenas un par de décadas, la epidemia de cólera nos dejó una mayor cultura de beber agua limpia y alimentos en mejor estado. Gracias también a eso enfermedades que azolaban el continente, como la tifoidea, se han reducido a niveles cercanos a la eliminación.

Hoy, ante esta epidemia, ya se acepta que el principal mecanismo de transmisión del COVID-19 no es el contacto directo o las salpicaduras de saliva a corta distancia, sino los aerosoles que se producen cuando hablamos, tosemos, estornudamos e incluso cuando respiramos. Estos aerosoles viajan a larga distancia en espacios cerrados y pueden incluso pasar e infectar de un piso a otro en edificios mal ventilados.

Tendemos a reunirnos en espacios que son, en realidad, cajas cerradas. Normalmente es con el afán de mantener la temperatura controlada y reducir el gasto energético de la calefacción o el aire acondicionado, por lo que los cambios que necesitaremos de la arquitectura y la ingeniería para esta nueva higiene no serán sencillos. Pero es hora de empezar a pensarlos e implementarlos.

La necesidad de respirar aire limpio, abriendo ventanas y modificando la ventilación de los espacios cerrados no es una idea nueva y habremos de revisitar planteamientos hechos ya en años previos a la pandemia: históricamente se ha señalado la necesidad de espacios más amplios y con buena ventilación.

El término “síndrome del edificio enfermo” es añejo y se usa cuando los ocupantes de un inmueble tienen una mala salud vinculada con el tiempo que pasan en él. Aunque no suele identificarse una causa específica, sí sabemos que tiene que ver con la calidad del aire que respiran los inquilinos.

En los hospitales hemos logrado, en la actualidad, tener áreas especiales y equipos de protección personal que protegen contra los aerosoles potencialmente infectantes. Pero como nunca podemos saber con precisión quién porta algún agente patógeno, estas precauciones habrán de hacerse universales pues no podemos mantener el esquema actual, en el que unos respiran aire limpio y otros no.

Estos meses nos han mostrado que los gobiernos y la sociedad deben invertir más en el sector salud para tener un mejor sistema primario de atención médica, más y mejores unidades de terapia intensiva, y suministro suficiente de oxígeno y reserva de ventiladores mecánicos. Y que los Estados deben preocuparse por producir sus propias vacunas.

Nos han mostrado también que no sirven de nada para combatir al COVID-19 los tapetes esterilizantes, el limpiar los productos al llegar del supermercado o los túneles sanitizantes. Pero, sobre todo, que debemos respirar un aire más limpio cuando nos reunimos en interiores. Si no aprendemos estas lecciones la siguiente pandemia, que habrá de llegar tarde o temprano, nos causará de nuevo la innecesaria carga de enfermedad y muerte que nos ha propinado la actual.



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