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La manera de salir de la pandemia de la COVID-19 es juntos


2022-03-28

John Nkengasong, The New York Times

El mes pasado, en mi calidad de director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África, pedí que se aplazaran temporalmente las donaciones de vacunas contra la COVID-19 a África hasta los trimestres tercero y cuarto del año. Ahora mismo, la necesidad más acuciante de África es administrar las vacunas que tenemos a las personas que quieren vacunarse.

Cada país es único en lo que respecta a sus necesidades para combatir la COVID-19, pero las dificultades logísticas y los problemas de la renuencia ante las vacunas —similares a los que se ven en otros lugares de todo el mundo— superan por ahora el de su escasez en el continente. No queremos vacunas que haya que desperdiciar. Ahora que el suministro no es el principal problema, tenemos que concentrarnos en una mejor distribución.

África tiene un plan sólido para lidiar con la COVID-19, y las muy esperadas donaciones de vacunas son vitales para ese objetivo. Que ahora mismo el mayor desafío sea la demanda y distribución de la vacuna, en vez del suministro, no significa que no existan maneras importantes en que la comunidad global nos ayude en nuestros esfuerzos para proteger a los africanos. Pero necesitamos que el mundo entienda mejor las necesidades sanitarias del continente.

Muchos países del mundo desarrollado están levantando rápidamente restricciones, como la obligatoriedad de la mascarilla y los pasaportes de vacunación. En muchos países parece predominar la idea optimista de que 2022 será el año en que acabará la fase de emergencia de la pandemia. Pero los dirigentes deben seguir siendo cautos y humildes. Aún queda mucho trabajo que hacer para que todos puedan compartir ese optimismo. El impulso hacia la normalidad debería acompañarse de unos esfuerzos concertados para alcanzar unas altas tasas de vacunación universales.

Solo el 15 por ciento de la población de África está completamente vacunada. Debido a esto, la trayectoria de la pandemia en el continente sigue siendo impredecible e incierta. Con unas tasas de vacunación bajas, corremos el riesgo de vernos azotados por nuevas variantes que puedan afectar gravemente a la efectividad de la vacuna a nivel global y limitar una vez más la vida de las personas.

Los países africanos han sido extraordinariamente resistentes en su lucha contra la pandemia hasta la fecha, y también estamos trabajando en una estrategia para acabar con la emergencia por COVID-19 en 2022. El 5 de febrero, el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, quien encabeza la respuesta contra la COVID-19 de la Unión Africana, presentó un informe completo en la Cumbre de la UA de jefes de Estado y gobierno.

Como parte de ese plan, que recibió el apoyo unánime, los gobiernos deben comprometerse a alcanzar unas tasas de vacunación superiores al 70 por ciento en sus países para finales de 2022. Solo unos 14 Estados miembro de los 55 de la UA han vacunado hasta ahora a más del 40 por ciento de la población de sus países que cumple los requisitos para ello.

Para que las campañas de vacunación funcionen, la donación de vacunas debe ser estrechamente coordinada con Covax o con las iniciativas del Equipo de Adquisición de Vacunas para África, y asegurar así que los países africanos no se vean desbordados. Si hay demasiadas vacunas sin una infraestructura o coordinación para distribuirlas, podrían caducar. Como es muy probable que se necesiten nuevas vacunaciones o dosis de refuerzo, los países africanos tienen que poder acelerar y fortalecer su capacidad de producción de la vacuna, y asociarse con fabricantes de vacunas.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de África anunciaron recientemente la puesta en marcha de una Asociación para la Fabricación de Vacunas de África, que proporciona un marco para que el continente pueda fabricar localmente el 60 por ciento de sus vacunas para 2040. También existe la urgente necesidad de remodelar el mercado de compra de vacunas para asegurar que las producidas en África sean compradas y distribuidas en todo el continente y que también se puedan exportar a otros lugares.

A medida que sigan llegando vacunas, los dirigentes de los países africanos tendrán que proceder a distribuirlas: a conseguir vacunar a la gente. Esto requerirá que los países descentralicen los centros de vacunación, ya sea mediante unidades de vacunación móviles para campañas masivas, implicar a las organizaciones religiosas para que animen a las congregaciones y comunidades a vacunarse, permitir que los centros de vacunación estén operativos los fines de semana para vacunar a las personas que a diario están demasiado ocupadas y animar a los jóvenes a vacunarse; según algunas estimaciones, alrededor del 60 por ciento de la población del continente es menor de 25 años. En algunos países africanos, como Uganda, las campañas de vacunación masiva en lugares como bares han resultado efectivas para mejorar la aceptación de la vacuna.

Los países también deberían aprovechar la infraestructura sanitaria global existente ya utilizada con eficacia frente al VIH/sida, y que incluye formas de gestionar las cadenas de suministro de fármacos y de vigilancia del virus. También se debe poner atención específica en asegurar que las personas con VIH/sida sean vacunadas, ya que las personas con inmunodeficiencia podrían tener más dificultades para combatir el virus, lo que puede aumentar el riesgo de que surjan nuevas variantes.

Otro objetivo es ampliar la rápida disponibilidad de pruebas de antígenos domésticos, de modo que al menos 200 millones de personas puedan acceder a ellas antes de acabar este año. África también necesita un acceso equitativo a los medicamentos para tratar la COVID-19, para que las personas que den positivo puedan tomarlos en la fase inicial, cuando son más eficaces. Los países africanos pueden modelar esta estrategia a semejanza de las utilizadas con éxito para la prueba y el tratamiento rápidos del VIH. Para gestionar el tratamiento de la COVID-19, necesitamos asociaciones con las compañías farmacéuticas que fabrican estos medicamentos para asegurar la asequibilidad de su fabricación y venta en los países africanos.

La vigilancia y monitorización de las variantes sigue siendo fundamental, como lo es promover medidas como el uso de mascarillas cuando el número de casos es alto. El continente debe seguir reforzando sus sistemas de vigilancia rutinarios para hacer un seguimiento de la evolución del coronavirus y su impacto en las comunidades y actuar con rapidez. Así es como los científicos de Sudáfrica y Botsuana pudieron advertir enseguida al mundo sobre la ómicron. También es cada vez más importante realizar pruebas de anticuerpos a la población y vigilar los casos para saber qué proporción de personas poseen cierta inmunidad debida a la vacuna y otros contagios previos y el efecto de unas nuevas variantes a causa de ello.

Por último, en muchos hogares de África, la pandemia ha generado una especie de tormenta perfecta para la salud mental, el estrés, la incertidumbre económica y el aislamiento social. Estas circunstancias han dado lugar al maltrato doméstico de familiares o parejas, así como un aumento del consumo de alcohol y sustancias. Para África es urgente abordar las consecuencias de los confinamientos, mediante esfuerzos como el establecimiento de servicios de terapia locales.

La comunidad global debe actuar de forma colectiva y decidida para controlar la pandemia de COVID-19 en África. De lo contrario, el creciente optimismo que siente la gente en todo el mundo al ir volviendo a la normalidad podría verse comprometido por el surgimiento de nuevas variantes en otros lugares con una vacunación limitada. Esta pandemia ha demostrado que nuestra interconexión y vulnerabilidad son mucho mayores de lo que muchos pensaban, y que permitir que persistan las desigualdades en la salud es un riesgo demasiado alto. Ahora debemos salir de esta pandemia todos juntos, en aras de nuestra humanidad común.



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