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El secreto oculto a los amorales 


2022-04-13

Ron Rolheriser

Según la Biblia, existe un secreto que está escondido a los amorales, conocido sólo por los virtuosos. El Libro de la Sabiduría nos dice que, cuando no somos virtuosos, “no conocemos los ocultos consejos de Dios, ni comprendemos la recompensa de la santidad, ni discernimos el premio del alma inocente”.

¡Qué cierto! Qué difícil es saber, comprender existencialmente, creer de hecho, que la virtud es su propia recompensa y la suma felicidad. Envidiamos a los amorales y nos apiadamos de la virtud. Nikos Kazantzakis señaló una vez que la virtud se sienta en la rama más elevada de un árbol, mira todo lo que se ha perdido y llora.

¿Qué hay que decir sobre esto? ¿Quién en definitiva se pierde la vida?

Hace una generación, Piet Fransen escribió un libro clásico sobre la gracia (La nueva vida de la gracia) que fue durante años un libro de texto estándar en los seminarios y centros de teología. Empieza su tratado sobre la gracia de esta manera: Se imagina a un hombre enteramente descuidado en todas las cosas morales y espirituales. Su único interés es su propio placer. Vive para el placer, haciendo caso omiso de todos los mandamientos. Tiene múltiples aventuras sexuales, nunca se niega un placer que se le pone a tiro y vive así durante toda su vida hasta que, justo antes de su muerte, se da cuenta de su irresponsabilidad, se arrepiente de sus caminos, hace una buena confesión y muere en los brazos de Dios y de la iglesia.

Entonces, Fransen hace este comentario: Si, aun durante un minuto, sentiste algo de envidia (“Ese afortunado individuo hizo lo que quiso en toda su vida, y luego muere y, aun con todo, logra ir al cielo”) en realidad nunca has entendido la gracia. Más bien eres como el hermano mayor del hijo pródigo, enojado con Dios por acoger de nuevo a un hijo descarriado que lo había abandonado para llevar una vida de placer mientras tú, el hijo o la hija fiel, has permanecido en casa y has renunciado, como procede, a muchos placeres por ser fiel.

Cuando somos el hermano o la hermana mayor del hijo pródigo y estamos cargados de deberes, la virtud rara vez se percibe como su propia recompensa, ni siquiera como una recompensa de cualquier clase. Generalmente nadie cree el oculto consejo de Dios: que la recompensa mayor es otorgada por la santidad e inocencia del alma. Más bien la mayoría de nosotros estamos algún tanto enojados y amargados en nuestra fidelidad, envidiosos de nuestros hermanos y hermanas ajenos a la virtud.

¿Por qué? Si la virtud es su propia recompensa y la mayor recompensa de todas, ¿por qué nosotros, como el hermano mayor del hijo pródigo, envidiamos tan frecuentemente la agitación y el placer que, según nos imaginamos, llena las vidas de los que han abandonado la virtud por los placeres de este mundo?

Las razones son complejas. Primeramente, está la misma naturaleza humana. Nosotros no somos simplemente seres espirituales, llenos de fe, sino también mamíferos, criaturas de carne y sangre, con poderosos instintos innatos. Se da dentro de nosotros una parte fuerte e inflexible que quiere probar cada placer, al margen de la moralidad. Eso existe en nuestro cableado. Parte de nosotros encuentra casi imposible no envidiar a los que se dan al placer y, al parecer, lo consiguen.

Además, es precisamente esta parte de nosotros la que no entiende la gracia ni la felicidad. Cuando el hermano mayor del hijo pródigo expresa su frustración a su padre, una frustración que hace poco por ocultar su secreta envidia, la respuesta de su padre revela el oculto consejo de Dios. El padre pródigo dice a su hijo mayor que ellos deben estar felices de que su hermano haya vuelto a casa porque estaba muerto. Lo que podría parecer a nuestros instintos humanos como una aventura envidiable, un tiempo feliz y sin preocupaciones lejos de la moralidad, de hecho no es en absoluto algo gozoso, vivificante ni feliz, sino un tiempo de estar muerto para casi todo lo que constituye la verdadera felicidad.

Superficialmente, puede parecer que el hijo pródigo consiguió lo que quería, una aventura, una libre temporada de placer, que deseamos secretamente haber requerido para hacerla nosotros mismos. Sin embargo, como describe gráficamente la imagen de comer con cerdos mientras añora desesperadamente la comida que hay en la casa de su padre, el extraviado hijo estaba lejos, lejos de ser feliz, sin hacer al caso los placeres que su vida pródiga le proporcionara. El pecado, como la virtud, es también su propia recompensa.

Cuando envidiamos al amoral, es señal de que aún no hemos entendido la gracia ni la felicidad. Si morimos en esta ignorancia, sin duda estaremos un poco desconcertados cuando lleguemos al cielo y nos encontremos allí con un infame pecador. Después de ser fieles nosotros, podríamos preguntar airadamente: “¿Cómo entró aquí este, dada la manera como vivió su vida?” Por el contrario, si hemos entendido la gracia y lo que contribuye a la verdadera felicidad, sentiremos en cambio gratitud y satisfacción al ver a ese infame pecador, y diremos: “¡Dios mío, me alegro de que lo consiguiera! Me tenía preocupado”.

El pecado es su propio castigo, y la virtud es su propia recompensa. Al final del día, nada se siente mejor que la virtud, y nada se siente peor que el pecado. A pesar de todo, eso no hace fácil la paz con nuestros instintos naturales; es una verdad que sólo puede ser aprendida viviéndola.



aranza


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