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Presidente Biden: acabe con esta pesadilla, soy un rehén en Irán


2022-06-30

Por Siamak Namazi  | The New York Times

Arriesgarme a hacer un llamamiento público estando encarcelado en la tristemente famosa prisión iraní de Evin dice mucho de lo profunda que es mi desesperación. He sufrido en silencio casi 2500 días, que deberían haber sido de los mejores y más productivos de mi vida, pero se perdieron tras estos barrotes. Pero me veo ahora obligado a romper mi silencio porque creo que la estrategia del gobierno de Joe Biden para rescatar a los estadounidenses en apuros ha sido un estrepitoso fracaso hasta ahora, y, a menos que el presidente intervenga de inmediato, es probable que languidezcamos en este abismo en el futuro cercano.

Fui encarcelado en octubre de 2015 y sentenciado a 10 años de prisión tras un juicio a puerta cerrada. El juez dictaminó que actividades como intervenir en conferencias universitarias, estar asociado a centros de pensamiento de Washington e incluso tener un vínculo con el Foro Económico Mundial equivalían a un intento de derrocar el régimen en colaboración con un gobierno extranjero hostil, léase Estados Unidos. Una investigación de las Naciones Unidas calificó mi detención de “arbitraria”. El gobierno de Estados Unidos e innumerables organizaciones defensoras de los derechos humanos han proclamado mi inocencia, se han referido a mí como rehén y han exigido mi liberación inmediata.

Pero la triste realidad es que Irán solo liberará a sus prisioneros si se le ofrecen los suficientes incentivos. Los críticos rechazan esta solución sin aportar alternativas viables. Sin embargo, parece que cualquier presidente que considere la autorización de un acuerdo para nuestra liberación tiene en cuenta los inevitables costos políticos de hacerlo. Teherán, indiferente a este cálculo político, al parecer exige más por nuestra puesta en libertad de lo que la Casa Blanca puede digerir.

Esta dinámica catastrófica me ha ayudado a ganar el nada envidiable título del estadounidense-iraní que más tiempo lleva siendo rehén de los iraníes de la historia. Mi padre, Baquer —funcionario de UNICEF jubilado—, no queda muy lejos, y el conservacionista Morad Tahbaz y el empresario Emad Shargi también siguen detenidos.

Hace poco más de un año, los cuatro teníamos razones para ser optimistas y pensamos que este flagelo terminaría pronto. Había extendidas esperanzas de que las negociaciones para que Irán y Estados Unidos volvieran al acuerdo nuclear culminarían con éxito, y el gobierno de Biden ha dicho que sería difícil concebir un acuerdo nuclear sin un acuerdo sobre los rehenes.

Esa era la estrategia correcta. Pero renunciar a una oportunidad de liberarnos porque las conversaciones nucleares se han estancado no lo es.

El verano pasado, Teherán afirmó que había trabajado en perfilar un acuerdo con Washington para ponernos en libertad. Supuestamente, el acuerdo conllevaba liberarnos en un intercambio de prisioneros, completado con el descongelamiento de los activos iraníes en Corea del Sur. Los iraníes han expresado reiteradamente su voluntad de llevar a cabo este “intercambio humanitario” de inmediato, y acusan a la Casa Blanca de titubear.

Sin duda, la versión de Irán está sesgada; Washington dice que nunca se cerró ese acuerdo. Pero, por lo que puedo conjeturar tras estos barrotes, el gobierno de Biden está ignorando el sufrimiento de los detenidos estadounidenses y haciendo que nuestra libertad dependa de cómo acaben las impredecibles negociaciones nucleares.

El acuerdo para rescatar a los ciudadanos en peligro debería ser lo primero, por una cuestión de principios. Esa táctica tendría sentido porque inyecta una muy necesaria dosis de buena voluntad en las negociaciones nucleares. Solo puedo llegar a la conclusión de que, con más voluntad política y coraje de la Casa Blanca, podríamos haber estado en casa hace un año.

En cambio, nosotros y nuestras familias acabamos prácticamente desquiciados cada vez que los diplomáticos del mundo predecían erróneamente que se estaba a punto de alcanzar un acuerdo sobre el asunto nuclear. Para un prisionero no hay mayor agonía que la de atormentarlo con la posibilidad de una libertad inminente que nunca se materializa. No hay mayor dolor que rendirse a la esperanza para que luego esta se te escape de las manos.

Entonces, ¿qué ocurre si las negociaciones nucleares —ahora con respiración asistida— se vienen abajo sin que Estados Unidos consiga liberarnos?

El gobierno podría creer ingenuamente que, si se diera esa circunstancia, podría conseguir que Irán aceptara un paquete de incentivos distinto para ponernos en libertad. Pero se trata de un riesgo muy alto. Como ha visto el presidente Biden —conmigo, en concreto—, la libertad retrasada se convierte fácilmente en libertad negada, en estos casos.

No fui incluido en el acuerdo sobre rehenes del gobierno de Barack Obama con Irán. En enero de 2016, otros prisioneros estadounidenses volvieron sanos y salvos a Estados Unidos. A mí me dejaron pudriéndome en un centro de detención de alta seguridad.

A menudo encerrado en una habitación vacía del tamaño de un armario, he dormido en el suelo y me han pasado la comida por debajo de la puerta, como si fuera un perro. He soportado indignidades inenarrables durante los 27 meses que he pasado en ese rincón del infierno antes de ser trasladado al pabellón general.

John Kerry, entonces secretario de Estado, supuso que tendría otra oportunidad de conseguir mi puesta en libertad. Nuestra esperanza se tornó horror, sin embargo, cuando lo que hicieron los iraníes fue meter a mi padre, de 79 años, en una celda de aislamiento.

Aunque sufríamos a solo unos metros de distancia, nos negaron el contacto durante un año. Solo sabía que el estrés de esas condiciones inhumanas provocó su hospitalización en varias ocasiones. Hicieron falta dos años y más de una operación de corazón para que le concedieran el permiso médico.

Lamentablemente, el cambio en la Casa Blanca no nos trajo ningún alivio. El gobierno de Trump también alcanzó acuerdos para liberar a algunos detenidos estadounidenses mientras nos dejaba atrás a nosotros.

Presidente Biden: le imploro que anteponga las vidas de unos detenidos estadounidenses inocentes a la política de Washington y que tome las difíciles decisiones necesarias para liberarnos a todos de inmediato. Si bien es inevitable la reacción negativa política, no lo son el sufrimiento prolongado ni la posible muerte de los rehenes. Es difícil pensar cómo podría sobrevivir mi padre de 85 años a la espera de otra oportunidad.

Acabe con esta pesadilla.



Jamileth


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