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El Barcelona gastó y entró en crisis. ¿Puede librarse de sus dificultades gastando?

2022-08-05

Ha vendido activo tras activo del club con el propósito de reunir apenas 700 millones de...

Por Tariq Panja | The New York Times

Era casi imposible no ver la sonrisa de Joan Laporta. El mes pasado miraba fijamente hacia abajo desde una enorme valla publicitaria digital, era la imagen sonriente del presidente del FC Barcelona —el gigante del futbol español— que cubría casi un lado entero del Palms Casino Resort en Las Vegas.

La valla mostraba otras imágenes —había una de un grupo de jugadores del Barcelona y otra de su entrenador, Xavi Hernández—, pero casi de inmediato volvía a Laporta. Y esa vista, un presidente radiante al centro de todo en la capital mundial de las apuestas, tal vez fue el mejor simbolismo de los problemas financieros graves en los que el Barcelona se encuentra en la actualidad y la confianza ilimitada del hombre que afirma que tiene un plan para solucionarlos.

El Barcelona, al verdadero estilo de Las Vegas, está doblando la apuesta.

Un equipo que hace menos de un año era incapaz de pagar su enorme nómina; una empresa que, con pérdidas de 487 millones de euros (496 millones de dólares), el año pasado fue descrita por su propio director ejecutivo como en “quiebra contable”; un club que tiene una deuda de más de 1300 millones de dólares ha decidido que la mejor manera de acabar con una crisis causada por errores financieros, salarios millonarios y contratos extravagantes es gastar para salir de ella.

Ha vendido activo tras activo del club con el propósito de reunir apenas 700 millones de dólares para ayudar a balancear sus libros contables. Sin embargo, avanza con un proyecto de 1500 millones de dólares, con financiamiento organizado por Goldman Sachs, con el fin de renovar y modernizar su icónico estadio, el Camp Nou, que, debido a la premura en recaudar fondos, llevará por primera vez el nombre de un patrocinador. Además, este verano, ha pagado más dinero en nuevas contrataciones que casi cualquier otro equipo importante en Europa, con una nueva adquisición impactante anunciada con bombo y platillo casi cada semana.

El gasto desenfrenado ha generado críticas entre los rivales del Barcelona e inquietud entre algunos de sus 150,000 miembros sobre la viabilidad financiera del club si la gran apuesta de Laporta no arroja resultados positivos. Sin embargo, el presidente, en una entrevista en la sede en Manhattan de The New York Times, ofreció varias garantías de que sabe muy bien lo que está haciendo.

Laporta declaró: “No soy un apostador. Tomo riesgos calculados”.

No obstante, el riesgo se ha vuelto algo común en el Barcelona.

Laporta fue elegido como presidente del club para un segundo término el año pasado tras la destitución de su predecesor y el antiguo consejo de administración debido al colapso financiero y deportivo simultáneo de uno de los equipos deportivos más grandes del mundo. Mientras muchos esperan que el Barcelona se reconstruya poco a poco, para vivir dentro de sus posibilidades en un periodo de austeridad aleccionadora, Laporta mejor ha decidido virar el timón del Barcelona hacia un rumbo por completo diferente. Asegura que no tiene otra opción excepto intentar ganar cada año.

“Es una obligación”, dijo.

Más de 700 millones de dólares se han obtenido a través de la venta de partes del negocio del club. El 25 por ciento de los derechos nacionales de transmisión por televisión —durante un cuarto de siglo— están en manos de un fondo de inversión estadounidense. Spotify, el servicio de emisión de música en continuo, firmó un acuerdo de cuatro años para poner su nombre en el Camp Nou y el todavía más valioso espacio en el frente de las camisetas de juego del equipo. El lunes, el Barcelona anunció la venta de un cuarto de su empresa de producción, Barça Studios, a una compañía de servicios de monederos para monedas virtuales, Socios. Además, está en conversaciones para la venta de parte de su negocio de licencias.

No obstante, en lugar de usarse para pagar la deuda del club, el dinero se ha destinado en gran medida a la adquisición de nuevos talentos: 50 millones de dólares por el delantero polaco Robert Lewandowski, 55 millones por el defensa francés Jules Koundé, casi 65 millones por el extremo brasileño Raphinha. Otros jugadores se incorporaron como agentes libres. Y más refuerzos podrían estar en camino.

Para Laporta, contratar a Lewandowski, quien pronto cumplirá 34 años, y a los otros tiene sentido. Es parte de lo que él asevera que será un “círculo virtuoso” en el que el éxito en el campo apuntalará las finanzas del equipo a través de un aumento en ingresos. La estrategia es una repetición de la receta que usó durante su primera gestión como presidente, un periodo de siete años que comenzó en 2003 y concluyó con un equipo culé considerado como uno de los mejores en la historia del futbol.

Laporta opinó sobre su gestión previa: “En mi época, fijamos las expectativas muy altas y fuimos exitosos. Por lo que los hinchas del Barça en todo el mundo, alrededor de 400 millones de fanáticos en todo el planeta, exigen un nivel de éxito”.

No obstante, los tiempos y los ingresos han cambiado. El club que Laporta heredó en 2003 también estaba empantanado en una crisis financiera, con pérdidas de casi el doble de sus ingresos y deudas cada vez mayores. Sin embargo, las cantidades eran 10 veces más pequeñas en ese entonces y el club todavía no había iniciado el proceso de transformarse en el gigante comercial en el que se ha convertido.

A esos equipos tampoco se les exigía que cumplieran con las estrictas restricciones sobre el gasto en jugadores que desde entonces se han aplicado en la liga española y son esas reglas las que representan el obstáculo más inmediato para el plan de recuperación de Laporta. Debido a que LaLiga ha insistido en que no relajará las reglas ni en un euro para el Barcelona, el club todavía no ha podido registrar a ninguna de sus contrataciones nuevas del verano. Temerosa de que el equipo no cumpla con la fecha límite, la liga todavía no ha empleado a ninguno de esos jugadores (ni siquiera a Lewandowski, el reinante mejor jugador del año) en ninguna de sus iniciativas de marca para la nueva temporada.

Laporta insistió en que la venta de activos más reciente debería allanar el camino para que el Barcelona cumpla con las reglas financieras de LaLiga y registre a su batallón de contrataciones nuevas. Sobre las ventas, comentó: “Esa ha sido una decisión que, para ser honesto, no quería tomar”. Incluso a pesar de que, al menos de manera temporal, llevarán el balance del Barcelona a números negros.

Ese tipo de maniobra —una mezcla de audacia y riesgo— es típico de Laporta, quien se beneficia de un culto a la personalidad como ningún presidente previo en la historia moderna del club.

Es la razón por la que puede ponerse en las vallas publicitarias de Las Vegas, y por la que puede seguir abogando públicamente por la efímera y ampliamente denostada Superliga Europea. (El Barcelona, el Real Madrid y la Juventus —tres de los 12 equipos que se apuntaron al concepto de separación— siguen adelante con el proyecto, que, según Laporta, se concibe ahora como una competición abierta que beneficiará a los equipos más grandes. Recientemente se reunió en Las Vegas con Andrea Agnelli y Florentino Pérez, sus homólogos en la Juventus y el Real Madrid, para discutir los próximos pasos).

La popularidad de Laporta es también la razón por la que puede salirse con la suya con riesgos financieros que muy probablemente habrían sido inaceptables si los hubieran propuesto presidentes anteriores, en particular su predecesor poco popular, Josep Maria Bartomeu.

Marc Duch, un miembro del club que ayudó en la moción de censura al consejo de administración anterior, cuestionó: “¿Qué pasaría si Bartomeu hiciera lo mismo que el presidente actual está haciendo? Todos estaríamos iracundos, señalándolo e intentando despedirlo”.

A Laporta se le otorga un margen más amplio e incluso es respaldado por defensores fanáticos en redes sociales, indicó Duch, con base en sus vínculos con la era dorada anterior.

Duch concluyó: “Hay una historia de éxito detrás de Laporta. Tiene una base de fanáticos enorme. Es como el papa, como Kim Jong-un: el líder supremo”.

El estilo de liderazgo intensamente personal de Laporta también ha aparecido en otros cambios en el club. Para presentarse a la presidencia, Laporta tuvo que reunir primero un aval de 125 millones de euros, un bono que se estableció esencialmente como protección contra la mala gestión. Pero los recientes cambios en la ley significan que ya no tiene ningún riesgo personal, según Víctor Font, un empresario que desafió a Laporta por la presidencia. Por eso, según Font, Laporta —al pedir dinero prestado y vender activos— está arriesgando el futuro del club, no el suyo propio.

“Si las cosas no funcionan”, dijo Font, “nos daremos de bruces contra un muro”.

La normativa sobre conflictos de intereses también se modificó discretamente el año pasado, dando paso a una serie de amigos de Laporta, antiguos socios comerciales e incluso miembros de su familia a puestos ejecutivos. Para Laporta, esos cambios eran esenciales dado el reto que heredó. “Necesito contar con la gente en la que confío”, dijo. Pero el círculo sigue reduciéndose: un director general nombrado por Laporta renunció en pocos meses; en lugar de sustituirlo, Laporta asumió él mismo sus funciones.

Al mismo tiempo, ha tenido que reconstruir la confianza con un grupo de jugadores y convencer a muchos de que acepten recortes salariales, en algunos casos millonarios, al mismo tiempo que el club está derrochando sumas de ocho cifras en nuevos talentos. Laporta calificó de “héroes” a los jugadores que aceptaron recortes salariales, e insistió en que, al reducir la masa salarial y desprenderse de algunos jugadores con grandes ingresos, las nuevas incorporaciones se ajustarían a un marco salarial cuidadosamente elaborado. Pero el camino no siempre ha sido agradable.

Uno de los jugadores que hasta ahora se ha negado a aceptar una rebaja salarial o un traslado a un nuevo club es Frenkie de Jong, un centrocampista holandés de 25 años adquirido en el verano de 2019 a un precio de casi 100 millones de dólares. De Jong ha sido objeto de intensas especulaciones durante todo el verano, ya que el Barcelona ha presionado públicamente para que acepte una reducción salarial —ya había acordado aplazar 17 millones de euros (17,3 millones de dólares)— o acepte un traslado a un nuevo club. (Se dice que el Manchester United ha sido el postor más entusiasta).

Pero de Jong ha dejado claro que quiere quedarse en España, y aunque Laporta declaró su “amor” por el jugador, y dijo que no estaba en venta, añadió que de Jong necesitaba “ayudar al club” reestructurando su salario. Tanto los sindicatos como el presidente de la liga española han advertido al Barcelona de que no ejerza presión sobre De Jong, y en respuesta Laporta ha dicho que su club pagará a De Jong lo que se le debe. “Él tiene un contrato y nosotros lo cumplimos”, dijo Laporta.

Gran parte de la situación actual del Barcelona, irónicamente, se remonta a la época de éxito que disfrutó durante el primer mandato de Laporta. Aquellos equipos jugaban un fútbol inigualable, que producía una serie de trofeos, pero también una plantilla de superestrellas populares que cobraban sueldos cada vez más altos. Ningún jugador personificó mejor esa escalada que Lionel Messi, cuyo último contrato en el Barcelona rondaba los 132 millones de dólares anuales.

Sin embargo, a medida que las deudas del Barcelona crecían, firmar un nuevo contrato con Messi que se ajustara a las normas financieras de la Liga se hizo imposible. Messi se despidió del Barcelona con lágrimas en los ojos y se incorporó al París Saint-Germain, propiedad de Qatar, como agente libre. Laporta, que como candidato a la presidencia se había comprometido a retener a Messi, ha sugerido desde entonces con nostalgia que le gustaría traerlo de vuelta.

“Siento que tengo, como presidente, una deuda moral con él para darle el mejor momento de su carrera, o darle un momento mejor, para el final de su carrera”, dijo Laporta, sin ofrecer ninguna explicación sobre cómo podría hacerse.

La relación, por su parte, se ha deteriorado: Laporta, en perpetua campaña, sigue sugiriendo que intentará traer a Messi a casa. Messi ha expresado anteriormente su frustración por la forma en que Laporta caracterizó su salida, y su padre supuestamente pidió al presidente del Barcelona que deje de hablar de su hijo en público.

La discusión sobre cómo resolver esa situación, sin embargo, puede venir más tarde. Lo mismo ocurre con las preguntas difíciles sobre dónde seguirá encontrando el Barcelona fuentes de ingresos cada vez mayores en una economía pospandémica, o sobre qué hará si no puede registrar todos sus fichajes, o qué pasará el año que viene, o el siguiente, cuando llegue la factura de nueve cifras.

Laporta vive el presente. “Ganar”, dijo, “es una motivación humana universal”.

Pero ahora se le acabó el tiempo. Laporta termina amablemente la entrevista diciendo que tiene que salir corriendo. Tiene una cita en Goldman Sachs, para discutir un nuevo acuerdo de financiación.



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