Vuelta al Mundo

Italia articula su próximo gobierno en torno a un rostro conocido: Silvio Berlusconi

2022-10-18

De hecho, a pesar de su paso cansino y de los jóvenes con banderas que lo protegen de la...

Jason Horowitz | The New York Times

El apoyo del magnate de los medios de comunicación definirá la posición de Giorgia Meloni como posible primera ministra del país. La salud de la democracia italiana también está en juego.

Durante el último mitin de campaña de la coalición de derecha italiana antes de su victoria en las elecciones del mes pasado, el magnate multimillonario Silvio Berlusconi, con una sonrisa congelada en su rostro de cera, estaba en el centro del escenario, apuntalado, literalmente, por sus aliados de la ultraderecha, Giorgia Meloni y Matteo Salvini, que agitaron la mano de Berlusconi por encima de su cabeza.

El cuadro pudo haber evocado una versión italiana de Weekend at Bernie’s más que un triunvirato moderno. Pero los tres formarán ahora el gobierno italiano más derechista desde Mussolini. Berlusconi, con 86 años y cada vez menos popularidad, es su frágil eje.

Hace casi 30 años, Berlusconi fue quien incorporó a los partidos de sus aliados, antes pequeños y marginales, a uno de sus gobiernos y a la política italiana establecida. Pero ahora es Meloni, líder de los Hermanos de Italia, un partido que desciende de los restos del experimento italiano con el fascismo del siglo pasado, quien casi con seguridad será la próxima primera ministra cuando se forme un gobierno, quizás esta misma semana.

La cuestión ahora, sin embargo, es si el envejecido líder de centroderecha puede cumplir su promesa de fungir como una fuerza moderadora y proeuropea en el próximo gobierno de Italia, o si ha perdido el control de la política que puso en marcha y que ha convertido a Italia, la cuna del fascismo, otra vez en un campo de pruebas para el avance de la extrema derecha en Europa. El lunes, Suecia instaló su propio gobierno de derecha, respaldado por un partido de raíces neonazis.

“Europa espera mucho de nosotros”, escribió la semana pasada en Twitter Berlusconi, que declinó una solicitud de entrevista. “Y nos consideramos el garante del próximo gobierno”.

Incluso antes de que se forme el gobierno, las tensiones ya son evidentes. La semana pasada, cuando Berlusconi ocupaba su nuevo escaño en el Senado, un órgano que hace casi una década lo vetó temporalmente tras una condena por fraude fiscal, los fotógrafos hicieron un acercamiento sobre sus apuntes, quizá colocados a propósito para que fueran visibles, en los que describía a Meloni como “prepotente, arrogante, ofensiva”. Cuando los periodistas le preguntaron al respecto, Meloni espetó que había olvidado algo: “No chantajeable”.

Los dos parecieron hacer las paces durante un encuentro el lunes por la noche en Roma; publicaron una foto sonriendo juntos, y Berlusconi los llamó “unidos”.

La idea de Berlusconi como protector de la democracia italiana es para muchos algo profundamente preocupante.

Sus numerosos críticos recuerdan los abusos del poder gubernamental para proteger sus intereses empresariales, sus escapadas libertinas con mujeres jóvenes y las llamadas fiestas Bunga Bunga realizadas cuando ocupaba el cargo, su humillación a las mujeres y la cultura italianas con su humor, y sus canales de televisión, a menudo burdos, que, junto con sus periódicos y revistas, aprovechó para realizar propaganda política.

Para ellos, es el villano que degradó la democracia italiana, cuyos conflictos de intereses, asociaciones dudosas y aparente ilegalidad desencadenaron un movimiento de oposición de furiosos populistas antisistema y llevaron a la izquierda a una crisis nerviosa de la que aún no se ha recuperado.

En la escena internacional, es un viejo amigo del presidente ruso Vladimir Putin, al que defendió el mes pasado, lo que supuso un dolor de cabeza para Meloni, que apoya firmemente a Ucrania en la guerra con Rusia.

Berlusconi también provocó un motín entre los centristas de su propio partido en julio, cuando hundió al gobierno del primer ministro Mario Draghi, al que admiraba públicamente, en su afán por volver a probar el poder.

“Es muy importante entender inmediatamente que Berlusconi no es amigo de la democracia”, dijo antes de morir Paul Ginsborg, biógrafo de Berlusconi, en una conversación reciente.

Pero dada la composición del nuevo gobierno, algunos analistas creen que Berlusconi puede ser el mejor amigo que tienen los defensores de una Italia proeuropea, centrista y democrática.

“La parte responsable de la centroderecha la encarna el líder que durante mucho tiempo ha sido considerado el más irresponsable del mundo”, dijo Claudio Cerasa, autor de un nuevo libro, Le catene della destra (Las cadenas de la derecha), sobre la aceptación de las teorías de conspiración por parte de nacionalistas y populistas.

Cerasa, que también es director de Il Foglio, un periódico fundado por la familia de Berlusconi pero que ahora es independiente, señaló que solo Berlusconi en la derecha italiana había rechazado el trumpismo, el populismo antielitista y el nacionalismo euroescéptico. También sirvió de contrapeso a la desconfianza que Meloni y Salvini expresaron ante las vacunas, y gobernó en coaliciones con la centroizquierda.

Muchos en la clase política creen que Berlusconi evitará que Meloni ponga en peligro la unidad europea al gravitar de nuevo hacia sus viejos aliados, entre ellos el primer ministro euroescéptico y de extrema derecha Viktor Orbán de Hungría y Marine Le Pen en Francia. “Él es como una brújula”, dijo Cerasa.

No está claro que Meloni lo siga. Este mes, ella participó en un mitin del partido español de extrema derecha Vox, junto con el expresidente Donald Trump y Orbán. “No somos monstruos”, dijo en un mensaje de video. “El pueblo lo entiende”.

Meloni, consciente de las preocupaciones que genera su pasado ideológico, desea calmar a los mercados internacionales al nombrar a tecnócratas reconocidos para los ministerios económicos clave. Pero estos siguen rechazándola.

Algunos sostienen que el legado más duradero de Berlusconi en la política italiana —más que el debate que forzó sobre los impuestos onerosos o la extralimitación judicial— puede ser su creación de una coalición europea moderna de derecha, formada por partidos antes marginados cuyas versiones actuales lideran Meloni y Salvini.

De este modo, Berlusconi eliminó la noción, según John Foot, un historiador del fascismo, de que “un fascista no debería hablar, no debería existir, no debería tener un lugar en la sociedad italiana”.

En 2019 Berlusconi dijo durante un mitin político que, en lo que respecta al partido de la Liga de Salvini y a los “fascistas”, “los dejamos entrar en el 94 y los legitimamos”. Insistió, sin embargo, en que “somos el cerebro, el corazón, la columna vertebral”.

“Sin nosotros”, dijo, “la centroderecha no existiría ni existirá nunca”.

Algunos de los antiguos partidarios de Berlusconi consideran que esa alianza fue un golpe maestro democrático, por obligar a la franja a normalizarse y comprometerse con la realidad transaccional de la capital.

“Transformó estos dos movimientos que eran, digamos, balas perdidas, o variables fuera de control, y los llevó al puerto constitucional”, dijo Renato Brunetta, que ayudó a fundar el partido Forza Italia de Berlusconi. “Esto fue un elemento estabilizador”.

Pero después de que Forza Italia ayudó a desencadenar nuevas elecciones, Brunetta, que fue ministro en el gobierno de Draghi, abandonó el partido y dijo que Meloni era “realmente regresiva en lo que respecta a la cultura de la derecha en Italia”.

Meloni, por su parte, agradeció la obra de Berlusconi. En una reciente entrevista, reconoció que “hizo algo inesperado” cuando en 1993 apoyó la candidatura a la alcaldía del entonces líder de su partido Alianza Nacional, que luego fue Ministro de Relaciones Exteriores de Berlusconi.

“Eso seguramente hizo que muchos que quizás no tenían el valor de decirlo, y lo creían de corazón, salieran a la luz”, dijo Meloni. “En este sentido, es el tema de la legitimación”.

Pero, añadió Meloni, “creo que el momento de la derecha había llegado”.

Ahora claramente llegó. El partido de Meloni obtuvo el 26 por ciento de los votos, más que ningún otro. Insistió en que no se limitaba a andar con Berlusconi porque necesitara el pequeño porcentaje de su partido para gobernar, como él necesitó en su día al partido de ella.

“No necesitamos llevarlo con nosotros”, dijo Meloni. Y añadió: “Puede que sea la persona que más se ha impuesto en la historia italiana, en la historia republicana italiana, más que cualquier otro en los últimos 20 años”.

De hecho, a pesar de su paso cansino y de los jóvenes con banderas que lo protegen de la vista del público al salir del escenario, las cosas parecen ir a favor de Berlusconi.

La semana pasada, con el pelo lacado, fue el centro de atención en la sesión de apertura del Senado recién elegido.

Todas las contradicciones de la historia y la política actual de Italia estaban a la vista. También las tensiones entre los aliados de la derecha.

La sesión la abrió un sobreviviente del Holocausto y senador vitalicio que recordó que el fascismo de Mussolini tomó el poder hace 100 años. Los senadores eligieron como presidente a Ignazio La Russa, líder del partido de Meloni, que lleva el segundo nombre de Benito y guarda en su casa recuerdos de Mussolini.

Berlusconi, que recibió apretones de manos y peticiones de selfis por parte de los senadores, tiró el bolígrafo y maldijo furiosamente a La Russa, cuya presidencia intentó bloquear como represalia por la negativa de Meloni a nombrar ministra a su propia lugarteniente, Licia Ronzulli, una antigua enfermera que se sienta a su lado y solía ayudar a organizar sus veladas nocturnas con mujeres jóvenes.

La novia de Berlusconi, Marta Fascina, de 32 años, obtuvo un escaño en el Parlamento en representación de una ciudad siciliana en la que nunca hizo campaña. El 29 de septiembre, el día del cumpleaños de Berlusconi, hizo que un globo aerostático soltara miles de globos con forma de corazones rojos sobre el jardín de su villa.

Al día siguiente, Berlusconi publicó un video de su cena de cumpleaños en el que meseros con guantes blancos sacaban un pastel de varios pisos: uno por su equipo de fútbol, otro por su partido político y otro por su imperio mediático.

Encima de todo estaba la imagen de un Berlusconi mucho más joven y con su traje característico, sonriendo junto a una tierra comestible.



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