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Estados Unidos-China, la guerra fría del ‘Big Tech’ 

2022-11-14

Australia, India, Japón han creado una iniciativa trilateral para la resiliencia de las...

Luis Esteban G. Manrique | Política Exterior

Joe Biden ha declarado una guerra fría tecnológica para ‘desacoplar’ las economías china y estadounidense. Aunque ‘el divorcio será caro’ y compañías de ambos países, así como de terceros, se verán afectadas, Washington confía en que tarde o temprano sus aliados seguirán sus pasos.

En octubre, la oficina de Industria y Seguridad (BIS, por sus siglas en inglés), una pequeña agencia federal del departamento de Comercio de Estados Unidos, publicó una serie de regulaciones que obtuvieron una escasa atención mediática en relación al calado y ramificaciones globales de las medidas anunciadas: el veto a las exportaciones a China de semiconductores avanzados –vitales para múltiples sectores estratégicos, desde la inteligencia artificial (AI) a los vehículos autónomos–, incluso a compañías sin lazos con el ejército o los servicios de inteligencia.

Nunca antes Washington había ido tan lejos para frenar el ascenso del gigante asiático. En 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, decía que una China próspera solo podía significar buenas noticias para EU. Por esos años, Thomas Friedman escribió en The New York Times que el Partido Comunista Chino no podría controlar las ansias de libertad y derechos políticos y civiles que supuestamente generaría en la sociedad china la economía de mercado.

Con las listas del BIS, escribe Jon Bateman en Foreign Policy, la administración de Joe Biden ha declarado una guerra fría tecnológica para “desacoplar” sus economías y a la que quiere sumar al G7, la elite dirigente del nuevo “Occidente global”, que en términos geopolíticos se extiende hoy hasta Singapur, Australia, Taiwán, Japón y Corea del Sur.

El precio del divorcio

El divorcio será caro. Los grandes fabricantes de chips de EU dependen del mercado chino para una buena parte de sus ingresos: Applied Materials, 33%; Intel, 27%; y Lam Research, 31%. Lam prevé que en 2023 perderá 2,500 millones de dólares, el 15% de sus ingresos, por los controles a las exportaciones.

Tesla fabrica la mitad de su automóviles en Shanghái. El éxito de Apple –que en 20 años multiplicó por 70 sus ingresos y el valor de sus acciones por 600, hasta los 2,4 billones de dólares–, se debe en buena parte a China, donde fabrica y ensambla el 90% de sus productos. El 25% de sus clientes son chinos. A cambio, la compañía de Cupertino mantiene sus datos en servidores locales.

En 2021, China importó 400,000 millones de dólares de semiconductores debido a que su producción solo cubre el 30% de la demanda interna. La Casa Blanca sabía que tocaba un punto sensible. En su discurso ante el XX Congreso del Partido, el reelegido presidente chino, Xi Jinping, mencionó 40 veces la palabra “tecnología”, subrayando la necesidad de la autosuficiencia (juguo tizhi) tecnológica.

El plan Made in China que en 2015 anunció el primer ministro, Li Keqiang, planteó alcanzar en 2025 el liderazgo mundial en 10 sectores tecnológicos clave, entre ellos el aeroespacial, IA, robótica y vehículos eléctricos. Al día siguiente del anuncio el BIS, Shenzen, el principal nodo tecnológico chino, anunció nuevos incentivos financieros, exenciones fiscales y subsidios a I+D para la industria de semiconductores. El banco central chino ha creado líneas de crédito especiales para el sector.

Cambio de reglamento

Pero ahora las reglas de juego han cambiado. Según Hideki Wakabayashi, profesor de la Universidad de Tokio, las subidas de aranceles, restricciones de visados y sanciones a Huawei y ZTE de la administración de Donald Trump, solo fueron escaramuzas de la nueva guerra tecnológica.

Aunque 19 de los 20 fabricantes mundiales de semiconductores de mayor crecimiento son chinos, el grueso de su producción son chips de baja y media gama. Taiwán produce el 92% de los semiconductores de avanzados y Corea el Sur el resto. EU domina el diseño y la producción inicial, las más complejas y sofisticadas del proceso.

La Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. (TSCM) es el mayor fabricante mundial, pero EU controla los nodos de su cadena de suministro, lo que permite al BIS imponerle condiciones a sus transferencias de tecnologías a través de la norma sobre Productos Directos en el Extranjero (FDP, por sus siglas en inglés). Merece la pena señalar que TSMC, que representa el 15% el PIB de Taiwán, produce el 53,4% de los semiconductores y el 92% de los chips más avanzados del mundo. En 2021, superó a la china Tencent como la empresa asiática de mayor valor en bolsa. En Taipei representa casi un 30% de su capitalización. Pero el llamado “escudo de silicio” de Taiwán tiene un serio hándicap: su consumo intensivo de energía y agua. En 2030 TSMC podría consumir el 10% de la producción de electricidad de la isla, en cuyo mix energético las energías renovables solo suponen el 8%. Entre 2015 y 2019, el consumo de agua de TSMC aumentó en un 70%, hasta las 156,000 toneladas de agua por día en tres parques industriales.

Entre otras cosas, el departamento de Comercio ha prohibido a la surcoreana SK Hynix instalar equipos de litografía ultravioleta en su planta de Wuxi. La japonesa Sony ha limitado sus vínculos con fabricantes chinos de semiconductores. Y dado que los chips suelen ser diseñados en un país, fabricados en otro, probados en un tercero y colocados en dispositivos electrónicos en un cuarto, fabricantes chinos como Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) no podrán producir durante años chips de 14 o 16 nanometros.

El objetivo de Washington es congelar el desarrollo tecnológico chino en sus actuales niveles. El último informe de estrategia de seguridad nacional considera a China como el único rival con la intención y los medios –económicos, militares, diplomáticos…– para reconfigurar el orden mundial. En junio, el Senado aprobó la Ley de Innovación y Competencia que dio luz verde a una política industrial sin precedentes desde el New Deal de Franklin Roosevelt.

En una comparecencia en junio ante el Congreso, Gilman Louie, director de Américas’ Frontier Fund, propuso que la “mano visible” del Estado corrigiera las distorsiones del mercado, sobre todo en materia de seguridad nacional. Según The Washington Post, los contribuyentes subsidian compañías tecnológicas que exportan software que ayuda al ejército chino a fabricar misiles hipersónicos y simular explosiones nucleares. Los superordenadores y la IA se pueden usar para el diseño aerodinámico de ese tipo de misiles, capaces de volar a cinco veces la velocidad del sonido y de cambiar de trayectoria en pleno vuelo.

¿Neutralidad europea?

La Unión Europea no lo tiene tan claro. El documento “UE-China. Una perspectiva estratégica” de 2019 calificó en diferentes pasajes a Pekín de socio, competidor económico y rival sistémico. En 2021, por sexto año consecutivo, China fue el mayor socio comercial de Alemania. Angela Merkel visitó China 12 veces a lo largo de 16 años, la mayor parte de las veces acompañada de nutridas delegaciones empresariales.

Volkswagen vende el 40% de sus automóviles en el mercado chino. China supone el 13% de los ingresos de Siemens y el 15% de los de BASF, que en julio anunció que construirá una planta de 10,000 millones de dólares en Zhanjiang y reducirá su presencia en Europa por los altos costes de la energía.

Sin marcha atrás

Washington confía en que, tarde o temprano, sus aliados seguirán sus pasos. La Ley de Chips y Ciencia, patrocinada por el senador republicano por Indiana, Todd Young y el senador demócrata por Nueva York, Chuck Schumer, aprobada por el Congreso en agosto, asigna 280,000 millones de dólares, a revitalizar, entre otras cosas, la industria de semiconductores. Unos 52,000 millones son incentivos para crear nuevas plantas, que ya están haciendo sentir su efecto multiplicador, como indican los anuncios de Intel de que construirá una planta de 10,000 millones de dólares en Ohio y Micron y IBM otras similares en Nueva York.

No hay marcha atrás. En su apogeo, la Unión Soviética tuvo un PIB equivalente al 60% del de EU. El actual de China es del 70%, con un per cápita de 12,500 dólares, un 20% del de EU. Si en 2050, China alcanza el 50% –la cifra actual de Corea del Sur– será 1,8 veces más rica que EU y si llega al 60%, como Japón, 2,3 veces más. Pero nada está dicho aún. Si EU crece un 1,5% anual con tasas similares de inflación y tipos de cambio estables, China no superará a EU como primera economía mundial hasta 2060. Y eso si lo logra.

Washington quiere recuperar el tiempo perdido después de patrocinar en 2000 el ingreso chino en la OMC, creyendo que el desarrollo económico y la mayor integración en los mercados mundiales democratizaría su sistema político. En 2021 John Mearsheimer escribió en Foreign Affairs que no existe en la historia un caso similar en el que una gran potencia ayudara tanto al ascenso de una potencia rival.

En 2008, firmas de capital riesgo invirtieron 2,400 millones de dólares en China. Una década después, 100,000 millones, haciendo florecer a 206 unicornios (start-ups valoradas en más de 1,000 millones de dólares), tres veces más que EU. Apple ya comenzado a replegarse hacia países como India y Vietnam, donde en 2017 tenía 18 suministradores y el año pasado ya eran 37. En septiembre la compañía de la manzana comenzó a fabricar sus iPhone 14 en India y sus MacBooks y iPods en Vietnam.

Fronteras reales y virtuales

Desde 2019, agencias gubernamentales tienen prohibido usar equipos de Huawei, ZTE y otras tres compañías chinas designadas como amenazas a la seguridad nacional por sus antecedentes de espionaje y robo de datos. En 2021, Huawei tuvo su mayor caída de ingresos.

Entre 2018 y 2022, el número de compañías chinas de la lista de entidades del BIS, a las que se prohíbe importar productos Made in USA, se cuadruplicó, de 130 a 532. En agosto, ya había 600 en la lista, 110 de ellas añadidas por la actual administración.

Australia, India, Japón han creado una iniciativa trilateral para la resiliencia de las cadenas de suministros, con el objetivo de ayudar a sus compañías a salir de China. El Consejo de Comercio y Tecnología (TTC) entre la UE y EU, por su parte, fija estándares transatlánticos para supervisar las inversiones y exportaciones tecnológicas a China. Pekín, a su vez, puede tomar represalias, contra Apple, Microsoft o Tesla y compañías surcoreanas, japonesas y taiwanesas que acaten los controles a la exportación del BIS.

Bateman cree que el resultado será un mundo dividido en bloques con ecosistemas tecnológicos incompatibles entre sí. Internet se fragmentará. Cuando alguien viaje de un bloque a otro –si obtiene los visados–, se encontrará con que sus teléfonos no funcionan, que no podrá acceder a sus web favoritas, ni a sus cuentas de correo o a las aplicaciones de sus redes sociales.  Así, las fronteras en el ciberespacio serán tan reales como las del mundo físico.
 



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