Agropecuaria

Puerto Rico y la autosuficiencia alimentaria

2022-11-21

Su sexto hijo, una niña, acababa de nacer una semana antes. Aponte tenía un buen...

Moises Velasquez-Manoff | The New York Times

La lección que los huracanes le enseñaron a Puerto Rico sobre la autosuficiencia alimentaria

Tras años de un clima destructivo que ha afectado el suministro de alimentos en la isla, una nueva visión de la agricultura local está echando raíces.

Alumnos de séptimo grado arando la tierra que luego sembrarán en Ciales.Credit...Maridelis Morales Rosado para The New York Times

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Cuando el huracán María impactó Puerto Rico en septiembre de 2017, Alfredo Aponte Zayas se refugió en la casa de su abuela, construida para soportar tormentas fuertes. Pasó dos días ahí consolando a su hija menor, mientras veía que el agua se filtraba por los orificios de las tomas eléctricas. Cuando por fin se animó a salir, después de que el huracán ya había pasado, se encontró con un paisaje desolador. Los árboles que quedaban en pie tenían los troncos desnudos. Cientos de vacas yacían muertas en los campos; había casas en ruinas por todas partes.

Aponte, agrónomo de profesión, trabajaba para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Se especializaba en el pienso para animales. Pero después de la tormenta, se dedicó a recolectar alimentos, agua y combustible de los depósitos del departamento para entregarlo a otros empleados en todo Puerto Rico, custodiado por guardias armados. Mientras recorría la isla, se angustiaba al ver a tanta gente pidiendo comida y agua. “No tenía suficiente para darles a todos”, me dijo este verano, llorando al recordarlo.

En aquel entonces, Aponte rentaba una parcela en Toa Alta, justo al oeste de San Juan y a una hora y media de donde vivía. Alquilaba la tierra al gobierno de Puerto Rico. Pero no pudo llegar a ella en tres meses debido a la escasez de gasolina y porque el acceso estaba obstaculizado por los árboles caídos. Cuando por fin logró ir, vio que estaba destruida, los platanales estaban aplastados y los campos de ñame inundados. Para ese entonces, ya le habían entregado los papeles de desahucio: debía cerca de 3000 dólares en rentas atrasadas que no podía pagar. Llevaba menos de un año trabajando esa tierra.

Aponte había estado obsesionado con la idea de producir alimentos desde los 1o años, cuando cuidaba de las gallinas y los cerdos y atendía los platanales durante las visitas a la pequeña propiedad de su abuelo materno. Hizo una licenciatura y una maestría en Agricultura en la Universidad de Puerto Rico, en Mayagüez, y un doctorado en Agronomía en la Universidad Estatal de Dakota del Norte. Cuando regresó a Puerto Rico en 2016 con su doctorado, seguía soñando con alimentar a su pueblo. “Llega el momento en que hay que poner en práctica lo que has estudiado durante tanto tiempo”, dice.

Ni el huracán María ni el desahucio acabaron con las ambiciones de Aponte. Pero no es fácil conseguir tierras en Puerto Rico, donde los precios del mercado inmobiliario han aumentado con rapidez en los últimos años. En dos ocasiones, Aponte estuvo a punto de firmar un contrato de arrendamiento, pero luego el propietario cambió de opinión y decidió vender la tierra en vez de rentarla. Por fin, en abril encontró un arrendatario dispuesto a otorgarle un contrato de dos años.

En un día lluvioso de septiembre visité a Aponte en su nueva granja, de 19 hectáreas, en una zona rural del noreste de la isla. La parcela, que al parecer no se había trabajado durante un tiempo, estaba repleta de árboles y hierba que llegaba hasta la cintura y estaba dividida por un arroyo en un barranco. La zona era muy verde y exuberante; el Yunque, que se anuncia como la única selva tropical del sistema de parques nacionales, se encuentra en las colinas del este.

Aponte inspeccionó el camino lodoso que conducía desde la carretera principal hasta su terreno. Necesitaba subir un pequeño tractor por una pendiente pronunciada, pero el suelo estaba húmedo y era muy resbaladizo. “Ha llovido más de lo que habíamos contemplado”, comentó. Con la ayuda de su padre, que también se llama Alfredo, desenganchó el tractor de un remolque situado detrás de su camioneta. Mientras trabajaba, repasó algunos de los retos a los que se enfrenta su país. “Estamos viviendo muchas crisis a la vez”, dijo. Desempleo generalizado. Recortes en la educación y los servicios médicos. Una crisis sanitaria agravada por la fuga de cerebros porque los médicos se marcharon a Estados Unidos. También están los altos niveles de delincuencia: por ejemplo, en su granja, Aponte no puede dejar desatendido su tractor ni su camión Ford ni un solo rollo de malla ciclónica (actualmente, están enrollados bajo su cama), porque los ladrones se lo llevan todo en un abrir y cerrar de ojos.

Y, además, está la crisis climática. La isla tiene una alta densidad poblacional —3,26 millones de personas viven en poco más de 9104 kilómetros cuadrados—, y se encuentra ubicada en medio de lo que se conoce como el corredor de los huracanes, la banda tropical de agua tibia que se extiende desde África occidental hasta el golfo de México. Los huracanes se alimentan del calor del océano, por lo que es probable que Puerto Rico experimente el calentamiento global en la forma inusualmente violenta de huracanes más poderosos. María, una tormenta de categoría 4 cuando tocó tierra, fue la más destructiva de la historia moderna de la isla.

Tras catalogar tantos problemas (y luego de haber puesto el tractor en marcha), Aponte cambió el tono. “Soy optimista”, dijo. Y agregó: “Creo en mi pueblo”. Y también cree que la agricultura puede ser una solución a múltiples crisis. Puede proporcionar puestos de trabajo, ayudar a reconstruir la economía, darle a la gente mejores alimentos. Si se hace bien, puede hacer que la isla sea más resistente al cambio climático.

Aponte pensaba que ahora estaba mejor preparado. En su primera finca, cometió el error de plantar cultivos de crecimiento lento. Esta vez, empezaría con hierbas aromáticas de crecimiento rápido que alcanzan precios relativamente altos, como la menta, la albahaca y el recao, una hoja verde utilizada de manera habitual en la gastronomía puertorriqueña como condimento. Más adelante, sembraría plátanos de crecimiento más lento y tubérculos como la yuca y la malanga, también conocida como taro. En año y medio, el tiempo que le quedaba de arrendamiento, esperaba tener suficiente para hacer el pago inicial para comprar la propiedad de 250,000 dólares.

Muchas cosas pueden salir mal, desde las sequías hasta la invasión de plagas o, lo peor de todo, otro huracán devastador. Así que Aponte estaba esperando a que avanzara un poco más la temporada de huracanes para sembrar su primer cultivo. Cuando lo visité, había estado monitoreando con nerviosismo varias tormentas. Una llamada Earl, estacionada al noreste, ya provocaba lluvias en la isla; el huracán Danielle estaba girando en el Atlántico norte. El huracán Fiona, que dos semanas después impactaría a Puerto Rico, aún no se había formado.

Antes de María, los puertorriqueños ya tenían tres veces más probabilidades de sufrir inseguridad alimentaria que los habitantes del territorio continental de Estados Unidos. Después del huracán, el hambre se agudizó aún más. Las carreteras dañadas dificultaron la distribución de los alimentos disponibles. Javier Pérez Lafont, profesor de Economía Agrícola y Agroindustria en la Universidad de Puerto Rico, en Utuado, describe el trauma de María como un punto de inflexión en la conciencia de los jóvenes sobre la vulnerabilidad de su patria. “Eso realmente fue como esa gotita que cayó y derramó el vaso”, recordó.

A fines de la década de 1930, Puerto Rico cultivaba el 65 por ciento de los alimentos que consumía. En fechas más recientes, ha importado más del 80 por ciento de lo que necesita. La mayoría de esos alimentos pasan por un puerto en Jacksonville, Florida, a más de 1931 kilómetros de distancia. Desde hace tiempo, los puertorriqueños saben que un único punto de paso como este hace que la isla sea en extremo vulnerable a los incidentes, pero después de María, muchos de los alumnos de Pérez parecían decididos a hacer algo al respecto. Aunque las secuelas de la tormenta y la continua crisis económica han contribuido a la mayor ola de emigración de una isla que ha visto varias diásporas, estos aspirantes a agricultores están trabajando para arraigarse más a fondo en su tierra natal.

Ramón González Beiró, secretario de Agricultura, me dijo que su objetivo es duplicar la cantidad de alimentos que Puerto Rico produce para su propio consumo para el año 2026 y que la isla había logrado algunos avances para lograr ese objetivo antes de la llegada de Fiona. Todavía no tiene cifras actualizadas de cuántos agricultores trabajan actualmente sus tierras. Pero los datos más recientes del censo federal para la isla, de 2018, en realidad muestran una disminución en la cantidad de campos de cultivo desde 2012, parte de un desgaste de décadas que sin duda aceleró el huracán María.

No obstante, se han multiplicado los colectivos agrícolas y las organizaciones sin fines de lucro. Han surgido cultivos urbanos en San Juan y Ponce. La isla ahora tiene más de 70 mercados emergentes de agricultores independientes, un aumento en comparación con el puñado de hace una década. “He visto el auge”, comenta Pamela Morales, quien gestionó el mercado de la Cooperativa Orgánica Madre Tierra, en San Juan, uno de los mercados de agricultores más antiguos de la isla. Según Dayna Rivera, presidenta de la junta directiva de la cooperativa, el interés por los alimentos locales más saludables se ha extendido desde San Juan hasta zonas más pobres y remotas donde hace años este tema no suscitaba mucho interés. “Hemos estado organizando por más de 20 años. Estamos viendo los frutos del trabajo”, afirmó Rivera.

Los nuevos negocios atienden y ayudan a alentar la demanda de alimentos frescos y de producción local. Por ejemplo, PRoduce apareció justo después de María y ahora entrega productos de fincas pequeñas y medianas a unos 70,000 clientes, sobre todo en San Juan. En opinión de Crystal Díaz, una de las fundadoras de PRoduce, los grandes problemas económicos han impulsado a muchos jóvenes a probar la agricultura porque, como me dijo: “¿Qué puedes perder?”.

Al mismo tiempo, se está dando una revaloración del pasado agrícola de Puerto Rico. Mientras que las generaciones anteriores consideraban que la agricultura era un trabajo indigno —trabajo de, como dijo Aponte, “un pobre tonto”— sus paisanos más jóvenes tienen una mayor inclinación a verla con mejores ojos. “Se tiene o se tenía un desdén por la tierra”, dice Katia Avilés-Vázquez, directora de una organización no lucrativa dedicada a la agricultura llamada Instituto para la Agroecología. La rápida industrialización y urbanización de la isla a partir de la década de 1950 coincidió con el declive agrícola. Ahora, algunos se preguntan si las antiguas costumbres se descartaron de manera muy precipitada; los agricultores tradicionales, según Avilés-Vázquez, son cada vez más apreciados “se les está viendo como remanentes de una cultura antigua”. Pérez ha observado un cambio similar en la actitud de los estudiantes. Dice que antes se inscribían en su clase para conseguir una buena calificación fácil, pero hoy se toman mucho más en serio el aprendizaje de cómo cultivar y vender alimentos.

El movimiento agrícola de Puerto Rico comparte similitudes con los esfuerzos que se están realizando en otras partes para dar marcha atrás a la globalización. La pandemia evidenció que las cadenas de suministro que se extienden por largas distancias, y abarcan varios países, pueden hacer que la gente que depende de ellas sea susceptible a los efectos de la guerra, los desastres naturales y otros acontecimientos difíciles de predecir. Tal vez no fue tan buena idea que Estados Unidos dejara que la elaboración de equipo médico de protección como las cubrebocas se fabricaran casi en su totalidad en otros países, en particular en una era de amenazas infecciosas que se multiplican. Al igual que Puerto Rico, islas como Guam (que también es un territorio estadounidense) y Fiji pasan dificultades debido a su dependencia de los alimentos importados.

En Puerto Rico, un lugar que en ocasiones es calificado como la “última” o la “más antigua” colonia del mundo, este movimiento no solo está relacionado con la reconsideración de la globalización. También está vinculado con el orgullo y la identidad nacionales. Pocos puertorriqueños han olvidado la imagen del entonces presidente Donald Trump arrojando con desdén rollos de papel a la multitud después del huracán María, que causó la muerte de casi 3000 personas. O el hecho de que no se liberaron fondos federales para ayudar a reconstruir la isla sino hasta 2020, tres años después de María. “Nos tratan como ciudadanos de tercera”, me dijo el padre de Aponte, quien acababa de jubilarse del Ejército estadounidense en abril y hace énfasis en que fue enviado en tres ocasiones en Irak. “No nos tratan como iguales”.

En parte, lo que motiva a Aponte y a otros es el concepto que se traslapa con la seguridad alimentaria: la soberanía alimentaria, la capacidad de un país para determinar qué produce y consume. A lo largo de los casi 125 años en los que Puerto Rico ha sido territorio de Estados Unidos, los hábitos alimentarios han cambiado. Aponte se queja de que las papas han sustituido a los tubérculos endémicos, como la yautía (pariente de la malanga), en los estofados. “Estamos colonizados gastronómicamente”, me dice Ramón Couto, socio de Aponte. Consumir suficientes calorías no es la única preocupación. Esas calorías deben tener un origen saludable y culturalmente apropiado. Para Aponte y muchos de sus compañeros, la producción de alimentos no solo es un intento de recuperar el patrimonio agrícola y culinario de Puerto Rico, sino además una declaración de autosuficiencia.

El huracán María ocasionó pérdidas de alrededor de 780 millones de dólares en valor agrícola en Puerto Rico. Miles de hectáreas de plantaciones de café, plátano y plátano macho desaparecieron. Pero en las zonas en las que persiste la pequeña agricultura de subsistencia, algunos cultivos sobrevivieron, como los numerosos tubérculos comunes en la cocina tradicional puertorriqueña. Los agricultores que desenterraban la yuca, el ñame y la batata intercambiaban sus cultivos por otros productos o los regalaban. Los plátanos y los plátanos machos caídos se recogían del suelo y se intercambiaban. Según Avilés-Vázquez, antes de que pudieran llegar los suministros de alimentos de emergencia del exterior, en algunos lugares había surgido una economía informal. La gente se reunía para cocinar y complementaba sus comidas con alimentos cultivados localmente.

Algunos agricultores están desarrollando un tipo de agricultura llamado agroecología. La agroecología, como se practica en Puerto Rico, suele consistir en el policultivo; es decir, el cultivo conjunto de diferentes productos, el compostaje, el no uso o el uso limitado de fertilizantes y pesticidas sintéticos, así como el énfasis en la mejora de la vida rural. La filosofía que sustenta esta práctica es gestionar los cultivos como un ecosistema. Avilés-Vázquez señala una renombrada finca agroecológica llamada El Josco Bravo como un ejemplo del mayor interés en esta estrategia. En 2014, la finca comenzó a ofrecer un curso semestral de agroecología y recibió 60 solicitudes. Este año, recibió 748.

Dalma Cartagena, una de las fundadoras de la Organización Boricuá, una organización no lucrativa dedicada a preservar las técnicas agrícolas tradicionales, considera que el creciente atractivo de la agroecología es una señal de que la isla por fin está recuperando el sentido común. Creció en la granja de su abuelo en los años sesenta. Según recuerda, en aquellos días nadie tenía pertenencias caras y la gente trabajaba arduamente, pero todos comían bien, se nutrían de los alimentos que provenían de sus pequeñas parcelas. Los vecinos compartían lo que producían. “Era una forma de ser autosuficiente. Había una cultura de apoyo mutuo que no necesariamente va a dólares y centavos”, recuerda. Cartagena no quiere acabar con la agricultura moderna e industrial, pero sí quiere que se recuperen las virtudes de esa época.

Algunas prácticas agroecológicas pueden ayudar a que el campo puertorriqueño sea más resiliente a los huracanes. A medida que el mundo se calienta, los agricultores de todo el mundo se enfrentan al dilema de cómo resistir las tormentas, las sequías, las olas de calor y las inundaciones, que son cada vez más extremas. Las respuestas serán diferentes según la región. Los desafíos de la agricultura en las llanuras semiáridas de Kansas no son los mismos que los de los agricultores del interior montañoso y tropical de Puerto Rico. Pero, según John Reganold, profesor de Ciencias del Suelo y Agroecología de la Universidad Estatal de Washington, hay una recomendación que aplica en todos los casos: aumentar la materia orgánica en el suelo. Esta materia orgánica, los residuos que los seres vivos dejan en la tierra, puede provenir de plantas muertas, exudados de raíces, microbios, hongos, estiércol, incluso animales e insectos en descomposición. Según Reganold, es importante porque proporciona una “estructura” que ayuda a que el agua se infiltre en el suelo (en lugar de que siga su paso) y actúa como una esponja, que retiene nutrientes esenciales para las plantas y almacena agua para las sequías. En general, cuanta más materia orgánica haya en el suelo, menor será la necesidad de fertilizantes.

Reganold afirma que la agricultura convencional se ha desarrollado durante el último siglo sin considerar la materia orgánica del suelo. En general, la materia orgánica se ha agotado a causa del arado y la no aplicación de prácticas de restitución. En el Caribe, la capa superior del suelo corre constantemente el riesgo de ser arrastrada por el agua o el viento. Pero, desde principios de la década de los 2000, los científicos saben que ciertas prácticas agroecológicas pueden ayudar a reducir los efectos destructivos de las tormentas. Tras el paso del huracán Mitch por Nicaragua en 1998, un amplio estudio reveló que a las fincas con cultivos de cobertura y terrazas les fue mejor que a las convencionales que carecían de estas características. Los cultivos de cobertura no se plantan para cosecharse, sino para enriquecer el suelo y mantenerlo en su sitio; las terrazas frenan el flujo de agua cuesta abajo. En Nicaragua, las explotaciones agroecológicas conservaron, en promedio, un 40 por ciento más de tierra vegetal que las convencionales. Y perdieron un 18 por ciento menos de tierra cultivable por los deslaves.

En los años transcurridos desde este estudio, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por su sigla en inglés) ha promovido tanto la agroecología como lo que denomina “agricultura climáticamente inteligente” como forma de mejorar la seguridad alimentaria en el mundo menos desarrollado. En Uganda, los científicos han llevado a cabo experimentos que demuestran que cuando los agricultores cambian a una variedad de plátano de crecimiento más rápido, aplican una capa gruesa de aserrín a sus platanales y usan zanjas, una técnica que consiste en cavar canaletas a lo largo de la pendiente para reducir la erosión, la producción de plátano aumentó diez veces. La mayor parte de esa mejora se deriva del aumento de la resistencia a la sequía.

En Haití —que como Puerto Rico y Nicaragua, es montañosa y vulnerable a los huracanes—, científicos de la FAO han puesto a prueba barreras vivas contra el viento. Junto con los cultivos de cobertura, plantar árboles que ayudan a reducir la embestida del viento aumentó la cosecha del guandú en un 50 por ciento y esto sucedió a pesar de que un huracán de categoría 5 golpeó la isla durante el periodo del estudio.

William Gould, quien lidera el Centro Climático del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, afirma que pruebas anecdóticas sugieren que los campos agrícolas en Puerto Rico que emplean estrategias específicas se recuperaron más rápido después de María que los que no lo hacen. Los campos donde se usa el cultivo de cobertura o la siembra en hileras perpendiculares a la pendiente de la montaña parecieron sufrir menos deslaves; los cortavientos de árboles o setos redujeron ligeramente la destrucción de los cultivos. Estas observaciones han despertado el interés por estas técnicas incluso entre quienes utilizan métodos agrícolas convencionales, pero quieren que sus fincas sean más resistentes a las condiciones meteorológicas extremas. “Se trata de crear un terreno más resistente, que pueda ajustarse a cualquier condición que tengamos, ya sea sequía o exceso de agua”, comenta Luis Cruz-Arroyo, director del Servicio de Conservación de Recursos Naturales del Departamento de Agricultura en el Caribe.

Este tipo de prácticas también puede reducir costos. Los fertilizantes importados pueden costar un 25 por ciento más en Puerto Rico que en el Estados Unidos continental. “Hay un gran incentivo para minimizar los insumos”, dice Cruz-Arroyo. Por ejemplo, ahora más agricultores prefieren no arar el suelo; un suelo sin arar implica una menor erosión y la conservación de su materia orgánica. Se trata de una especie de paradoja: es probable que un suelo sin arar y otras técnicas centradas en el suelo reduzcan el rendimiento de las cosechas, pero también disminuyen los costos al reducir la necesidad de fertilizantes y combustible, dice Cruz-Arroyo, los agricultores pueden seguir ganando más de lo que ganarían con la agricultura industrial.

Gould dice que la agricultura puertorriqueña se encuentra en un “punto de inflexión”. En la década de 1960, la isla estaba en su mayoría deforestada, debido a la agricultura intensiva. Hoy entre el 50 y el 60 por ciento de su superficie está cubierta por bosques tropicales. En la medida en que la agricultura intensiva, sobre todo de cultivos básicos como el azúcar, fue sustituida por otras industrias, la industrialización puede haber ayudado a la recuperación de los bosques en Puerto Rico. Eso es bueno para el clima (los árboles capturan carbono), la biodiversidad y los suelos.

Ahora que Puerto Rico contempla la expansión de su sector agrícola, tiene una oportunidad única de hacerlo de una manera más sustentable desde el punto de vista ambiental. “Hay interés, recursos y mucha experiencia científica en la isla”, dice Gould. “Es un momento emocionante”.

Casi cinco años después de que el huracán María arrasó Puerto Rico, el huracán Fiona tocó tierra en la isla en septiembre. Fiona no fue tan potente como María, pero descargó enormes cantidades de lluvia, lo que provocó inundaciones, deslaves y un apagón en toda la isla que tardó semanas en revertirse en su totalidad. Al menos 25 personas murieron. Y todos los agricultores con los que me puse en contacto tuvieron que enfrentar importantes daños. Uno de ellos perdió campos enteros de plátanos y las casas de sus trabajadores se quedaron sin agua ni electricidad. En otra zona, las aguas torrenciales crearon un nuevo lecho fluvial, ahora seco. Sin embargo, Aponte, preparado por su experiencia con María, salió más o menos ileso. Las estructuras metálicas que había construido permanecieron intactas y solo tuvo que lidiar con algunos árboles caídos. A finales de octubre, estaba plantando recao justo en el momento previsto.

Fiona puso de manifiesto, una vez más, hasta qué punto las catástrofes climáticas suponen un reto para los agricultores de Puerto Rico. La escasez de mano de obra agrava sus dificultades: desde 2010, el territorio ha perdido casi el 12 por ciento de su población, según el censo de 2020. Pero muchos de los pequeños agricultores con los que hablé también tienen problemas con su propio gobierno. Se quejan de que no han recibido fondos de un programa llamado Renacer Agrícola, creado para ayudar a los agricultores a recuperarse del huracán María (un agricultor que ya recibió ayuda gubernamental me dijo que tuvo que contratar a alguien cuyo único trabajo era ocuparse del papeleo y la burocracia necesarios para obtenerla). Quizás la queja que escuché con más frecuencia fue que no existe un plan claro para apoyar al sector agrícola de Puerto Rico. Ya sea de manera intencional o por negligencia, por momentos pareciera que el gobierno quiere alejar a la gente de la agricultura.

El momento en que Aponte recibió los papeles de desalojo de su primera parcela quedó plasmado en Serán las dueñas de la tierra, un documental de 2022 sobre tres agricultores agroecológicos. Aponte lee los papeles con incredulidad. Otro joven agricultor que aparece en el documental, Ian Pagán Roig, también recibió papeles de desahucio por no pagar el alquiler (Pagán Roig logró conservar su tierra).

‘Estamos aquí para gestionar la tierra, no para controlarla’.

El cineasta JuanMa Pagán Teitelbaum se retiró hace años a su finca familiar en Puerto Rico tras cansarse de su trabajo en una empresa de producción cinematográfica y se sintió interesado en lo que parecía un resurgimiento de la agricultura en la zona rural. Pero mientras seguía a los jóvenes agricultores, se quedó atónito al ver el trato inflexible que el gobierno daba a sus ciudadanos mientras la cámara grababa. Se supone que Puerto Rico busca la seguridad alimentaria. Entonces, ¿por qué el gobierno echaba de la tierra a estos agricultores educados y motivados? “No tiene sentido”, me dijo.

Cuando le pregunté al secretario de Agricultura, González, sobre las quejas, pidió paciencia. Recién llegó al cargo en 2021. La secretaría estaba haciendo un censo de agricultores y preparando tierras gubernamentales desatendidas desde hace mucho tiempo para arrendarlas. “Estamos haciendo el trabajo, pero no es un trabajo tan rápido”, dijo (sobre los desalojos que aparecen en el documental, que ocurrieron antes de que fuera secretario, comentó a modo de justificación: “Tenemos que tener claro también que la agricultura es un negocio, el que arrienda tiene que pagar un arrendamiento”).

González dijo que estaba tratando de incluir a las fincas pequeñas. Después de Fiona, anunció subvenciones de hasta 5000 dólares para ayudar a los agricultores agroecológicos, entre otros negocios agrícolas. Luego, convocó a una reunión virtual con representantes de la comunidad de agricultores agroecológicos. Reconoció que en el pasado, algunos funcionarios del gobierno podrían haber descuidado a estos agricultores, pero también le preocupaba que, por falta de conocimiento, no solicitaran las ayudas a las que tenían derecho. En la reunión, los exhortó a organizar sus operaciones para poder recibir más fácilmente la ayuda del gobierno. Ese acercamiento, me dijo Aponte, “no tiene precedentes”. Lo ve como un reconocimiento tácito, y largamente esperado, del creciente interés por la agroecología. “Sabe que el movimiento está creciendo”, dice Aponte. “Hay que darle el lugar que se merece”.

Durante mi visita a Aponte en septiembre, me dijo que aspiraba a tener una granja agroecológica, pero que para poder poner en marcha su operación con rapidez, había tomado algunos atajos. Admitió, casi con vergüenza, que había utilizado un herbicida para matar algunas malas hierbas.

Mientras caminábamos hacia un mirador, nos explicó que tenía previsto prescindir de esas prácticas agrícolas modernas. Una vez allí, pudimos contemplar el terreno montañoso que esperaba poseer algún día. Señaló un hermoso árbol de flores rojas, llamado tulipán africano. Crece rápido y no tarda en crecer si no se controla, dijo. Él lo cortaría. Pero pensaba dejar la mayoría de los demás árboles, incluidos los enormes bambúes, en parte para proteger sus cultivos y su suelo del viento y de los huracanes. Con el tiempo, plantaría árboles frutales: cítricos, quizás mangos. Tal vez llevaría vacas para que se coman la hierba alta y fertilicen el suelo con estiércol.

“Estamos aquí para gestionar la tierra, no para controlarla”, dice Aponte. Su filosofía consiste en trabajar con lo que la naturaleza proporciona y no contra ella, utilizando los espacios abiertos ya disponibles y manteniendo las zonas boscosas que han crecido a lo largo de los años. Sonaba maravilloso, pero mientras caminábamos hacia la hilera de invernaderos que estaba construyendo, volvimos a comentar un tema preocupante que había estado rondando nuestra conversación desde el principio.

Su sexto hijo, una niña, acababa de nacer una semana antes. Aponte tenía un buen trabajo en el servicio de extensión agrícola de la Universidad de Puerto Rico. La agricultura seguía siendo una actividad secundaria. Dados los obstáculos a los que se enfrentaba, ¿alguna vez tuvo ganas de renunciar a sus sueños agrícolas? “Nunca”, dijo. Su familia disfruta ir con él a la granja, donde a Alfonso, de 5 años, le gusta montar el tractor y jugar con las semillas y la tierra. Se alegraría, de hecho, si Alfonso (o cualquiera de sus hijos) decidiera ser agricultor algún día.

Moises Velasquez-Manoff es columnista de la revista. Su último artículo fue sobre la ola de padres radicalizados por la desinformación antivacunas. Maridelis Morales Rosado es fotógrafa y editora de fotografía puertorriqueña que reside en Nueva York y centra su trabajo en la manera en que la moda revela aspectos de la identidad y la cultura.

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