Editorial

Nuestra mejor defensa contra el terrorismo

2016-08-11

Cada nuevo ataque, cada nueva conmoción de miedo, horror, pena e ira es una prueba cada vez...

Comité Editorial, The New York Times

La manera en que reaccionamos ante el terrorismo se ha convertido en una medida de quiénes somos como individuos y como sociedad. Aún no está claro si la cruel masacre en Niza, Francia, fue obra de un hombre que actuó por cuenta propia o de una red terrorista, pero en cierta forma eso no importa. Cada nuevo ataque, cada nueva conmoción de miedo, horror, pena e ira es una prueba cada vez más grande del compromiso de la civilización moderna con sus valores esenciales.

Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el tunecino de 31 años que arrolló con un camión a la multitud que celebraba el Día de la Bastilla en el paseo costero, bien pudo haberse vengado de algún agravio personal con el arma que tenía a mano. También pudo haber sido que el Estado Islámico o alguna otra organización terrorista lo haya empujado a cometer esa atrocidad usando a Francia como blanco —el país que tiene a la población musulmana más grande de Europa y el que más fuertemente ha abrazado el laicismo— por tercera vez en 19 meses.

Sin importar quién haya provocado el golpe, sin importar su perverso propósito o los daños que provocó, la respuesta no puede ser abandonar el respeto a los derechos humanos, la igualdad, la razón y la tolerancia, que es la aspiración de todas las culturas democráticas. Aunque se ha convertido casi en un lugar común argumentar que el objetivo de los terroristas es provocar que sus víctimas se rebajen al nivel moral de ellos, también es una verdad, y debe reafirmarse después de cada ataque.

Eso es lo que hizo el primer ministro francés, Manuel Valls, después del ataque. Le advirtió a Francia que debía aprender a vivir con el terrorismo y declaró que la única respuesta digna era que los franceses siguieran siendo fieles al espíritu del 14 de julio, y “eso significa una Francia hermanada y unida en torno a sus valores”.

Eso no quiere decir que los líderes políticos no deban actuar. Valls y el presidente François Hollande no pueden ser criticados por suponer de inmediato que un ataque tan cruel en un día de tanta exaltación era un acto de terrorismo ni tampoco por extender el estado de emergencia —una medida que le da a la policía poderes extraordinarios para buscar y detener a sospechosos de ser terroristas— durante tres meses más. Tan solo horas antes de la masacre, Hollande había dejado claro que el estado de emergencia no se convertiría en el estado habitual de las cosas: “Eso sería igual a decir que ya no somos una república con leyes que se aplican en todas circunstancias”, declaró.

No es sorprendente que el Frente Nacional, el partido de derecha que se alimenta del odio a los inmigrantes musulmanes, haya reaccionado con desdén a esas declaraciones: “Ahórrennos la indignación de los buitres de los principales partidos que dejan que los lobos entren para llevar a cabo esta matanza”, declaró Eric Domard, un asesor de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen.

Sin embargo, fue mucho más vergonzosa y aterradora la reacción de Newt Gingrich, el exvocero republicano de la Cámara de Representantes y probable jefe de gabinete en caso de que Donald Trump se convierta en presidente. Propuso que cada persona “que tenga ascendencia musulmana” sea examinada para comprobar su adherencia a la ley islámica, y que quienes la sigan sean deportados. También sugirió que las mezquitas en Estados Unidos sean vigiladas.

Además de dejar en evidencia la ignorancia lamentable de Gringrich respecto a la sharía, sus propuestas indignantes violarían varias resoluciones de la Suprema Corte, enmiendas constitucionales y leyes que impiden la discriminación basada en la religión o restringirían la libertad de expresión y de culto. Al hacer eso, sus ideas ilustraron la amenaza más grande que plantea el terrorismo: un descenso a la anarquía, a la demagogia infame de quienes menosprecian el mundo occidental y sus valores.

Como lo han advertido Valls y muchos otros: habrá más ataques terroristas. Más vidas inocentes se perderán. No hay forma de que la policía pueda rastrear a cada asesino potencial que busca venganza ni que llegue a neutralizar armas tan comunes como un camión. Lo que pueden hacer los países y los líderes amenazados es inculcar con firmeza la idea de que la única defensa segura es apegarse a lo que las sociedades democráticas de verdad representan.



JMRS