Reportajes

Los científicos temen otro brote de coronavirus con la reanudación de actividades

2020-05-13

Muchos científicos dicen que es posible que la temida “segunda ola” de contagios...

Por Donald G. McNeil Jr., The New York Times

Ante la presión de reactivar la economía, algunas autoridades podrían actuar demasiado pronto y arriesgar la vida de los ciudadanos, dicen los investigadores.

Millones de trabajadores y propietarios de pequeñas empresas que no pueden recibir ingresos al estar resguardados en sus casas se enfrentan a la ruina económica. Así que, con el fin de atenuar el problema, decenas de estados en Estados Unidos están flexibilizando el confinamiento.

La mayoría ni siquiera ha cumplido con los requisitos mínimos para hacerlo de manera segura, y algunos están reactivándose a pesar de que siguen aumentando los casos de coronavirus, lo cual es una receta para el desastre. Muchos científicos dicen que es posible que la temida “segunda ola” de contagios no espere hasta el otoño, sino que podría convertirse en una tormenta de pequeñas olas que azoten de manera impredecible a todo el país.

No obstante, la reanudación de actividades continuará. Según los científicos, ahora el tema es si el país puede reducir al mínimo el daño con la adopción inteligente de nuevas tácticas.

Los estadounidenses hacen fila para obtener las pruebas de anticuerpos que podrían revelar quiénes tienen cierta inmunidad. Los estudios iniciales (pero aún controvertidos) indican que quizás haya más estadounidenses con anticuerpos de lo que se pensaba al principio.

Pero, aunque todavía sea posible mitigar el impacto de la reanudación de actividades, incluso esa meta es difícil para el país.

Como el clima ya es más cálido, los estadounidenses están teniendo problemas para quedarse en casa o permanecer a una distancia de dos metros en las playas concurridas, las rutas de senderismo y los parques infantiles. Cada multitud puede incluir algunos portadores silenciosos del virus.

Fuera de Nueva York, California y algunos otros estados, muchos estadounidenses se rehúsan a llevar mascarillas, y los gobernadores y alcaldes se han preguntado si deben ordenar que lo hagan. La disputa incluso ha provocado amenazas y un asesinato.

Hay disponibles cincuenta marcas de pruebas de anticuerpos, pero muchas son imprecisas. Muchos estados se están apresurando a hacer que los empleadores y los comerciantes creen un ambiente seguro. Además, los cierres de emergencia se han entrelazado con la política partidista y algunos extremistas libertarios, defensores del derecho a portar armas y activistas antivacunas los califican como una violación a las libertades individuales.

El doctor Anthony S. Fauci, el principal asesor médico del grupo de trabajo, ha dicho que espera que los casos aumenten en entornos cerrados como asilos de ancianos, prisiones y fábricas.

“No estamos reanudando las actividades con bases científicas”, señaló Thomas R. Frieden, quien fue director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) durante el gobierno de Barack Obama. “Estamos reiniciando por cuestiones políticas, ideológicas y por la presión de la población. Y no creo que esto termine bien”.

Todo bien, al principio

Los efectos de la reactivación no se verán de inmediato y, a falta de pruebas generalizadas, será difícil saber cómo está el país en la lucha contra el virus.

Los recién contagiados tardan de dos a tres semanas en enfermarse de gravedad y requerir hospitalización. Una calma inicial puede alentar a más estadounidenses a bajar la guardia o a que más gobernadores flexibilicen las restricciones.

“Me preocupa que en esos estados donde se reanudarán las actividades muy pronto, la gente se quede en casa lo suficiente como para evitar una segunda ola inmediata. Otros estados podrían ver eso y sacar conclusiones equivocadas”, comentó Leana Wen, ex comisionada de salud de Baltimore.

Se ha comprobado la eficacia del distanciamiento social para frenar la transmisión del virus en los lugares donde se adoptó. Pero ahora, incluso los neoyorquinos, que estaban aterrados y que se encuentran en el epicentro del brote, ya se están cansando de esa medida.

Central Park, que estaba tan callado a fines de marzo que el canto de los pájaros era sorprendentemente ruidoso, a menudo está repleto de corredores, paseantes y ciclistas. Las avenidas que eran cañones fantasmales ahora tienen muchos más autos, se quejó el alcalde Bill de Blasio, y el tráfico constante ha regresado a algunas carreteras locales.

A nivel nacional, todos los días se siguen confirmando unos 25,000 casos nuevos de COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus. La mayoría probablemente dentro de las familias, dicen los expertos, o entre trabajadores de la salud y personal de emergencia expuestos en el trabajo.

Para evitar que el número de víctimas aumente, algunas fábricas que manufacturan productos esenciales, como los ventiladores, han colocado las estaciones de trabajo a unos dos metros de distancia y han hecho que los controles de temperatura y el uso de mascarillas sean obligatorios.

Las plantas de alimentos ahora instalan barreras de plástico entre los trabajadores y en las mesas de las cafeterías, piden el uso de mascarilla, controlan los síntomas a las entradas y limpian más. La mayoría de los asilos de ancianos ya no aceptan visitas.

Por bienintencionadas que puedan ser estas medidas provisionales, son parte de una carrera precipitada hacia la “vida normal”, que pocos expertos justifican.

La mayoría de los requisitos para reanudar las actividades, incluyendo las pautas relativamente vagas de la Casa Blanca, establece que en un estado debe presentarse una disminución de casos al menos durante catorce días, antes de siquiera considerar la reactivación. Casi ninguno de los estados que ahora están reiniciando actividades ha cumplido con ese criterio básico.

Prácticamente todas las pautas enfatizan las pruebas integrales y el rastreo sistemático de contactos.

Las pruebas son un tema delicado. Prácticamente todos, excepto el presidente Trump, dicen que hay muy pocas pruebas, pero no todos están de acuerdo sobre cuántas se necesitan.

Como mínimo, el estado debe hacer suficientes pruebas aleatorias para detectar un aumento de casos en cualquier lugar dentro de sus fronteras. De otra manera, la primera señal inequívoca de que algo está mal será el ulular de las sirenas cuando los pacientes que necesiten oxígeno sean trasladados a la sala de urgencias.

Para entonces, puede ser muy tarde para detener una avalancha de pacientes que va a atestar al hospital durante la siguiente semana.

En la parte rural de Estados Unidos incluso en estados relativamente ricos como Texas, los hospitales con problemas financieros tienen pocos ventiladores, y las ambulancias deben conducir largas distancias.

Cuando los hospitales se quedan sin suministros o las ambulancias no llegan rápidamente a las víctimas de neumonía, ataques cardíacos, accidentes cerebrovasculares o accidentes automovilísticos, se pueden perder muchas vidas, como ocurrió en Nueva York.

Nueva York ahora evalúa a muchos más ciudadanos que cualquier otro estado: el doble per cápita que California, y cinco veces más que Texas. Un modelo de la Universidad de Harvard propone aumentar las pruebas a 20 millones por día a nivel nacional, con el fin de detectar los brotes de manera oportuna.

El almirante Brett P. Giroir, director de la estrategia de las pruebas del equipo encargado del coronavirus, dijo recientemente que “no había forma alguna” de alcanzar esa meta, y que, para junio, podría ser posible hacer ocho millones de pruebas al mes, o cerca de 270,000 al día.

A 10 dólares por prueba, admitió, tal proyecto costaría por lo menos 1,5 mil millones por semana, pero incluso eso es mucho más barato, argumentó, que el daño que ahora se está haciendo al mantener al país en confinamiento.

Por ahora, es inconcebible la ambiciosa meta de rastrear los contactos de todas las personas infectadas. Los modelos epidemiológicos en Estados Unidos y los datos de China indican que cada caso genera aproximadamente 50 contactos, así que los 25,000 casos nuevos diarios en Estados Unidos generan 1,3 millones de contactos que hay que encontrar cada día.

Incluso en circunstancias ideales, a un equipo de cinco rastreadores le toma tres días para encontrar a 50 contactos. Por lo tanto, si el número de rastreadores de contactos capacitados se incrementase a 100,000 —de 3000, el recuento más reciente— el recuento diario de casos tendría que caer por debajo de 5000 solo para mantenerse, asumiendo que los rastreadores trabajan cinco días a la semana.

Pero la carga diaria apenas cae por debajo de 25,000.

Se ha propuesto automatizar digitalmente esa labor. Pero para que las aplicaciones Bluetooth y GPS como las que se usan en Corea del Sur funcionen en Estados Unidos y encuentren un porcentaje útil de los contactos de una víctima, cerca del 80 por ciento, calculó Tomas Pueyo, autor de un artículo titulado Coronavirus: How to Do Testing and Contact Tracing, Apple y Google tendrían que actualizar sus sistemas operativos de teléfonos inteligentes con aplicaciones de rastreo incorporadas que todos los propietarios de celulares deberían usar por ley. Además, ni los datos de ubicación ni el Bluetooth se podrían desactivar.

Es poco probable que los estadounidenses lo acepten, admitió Pueyo.

“Le tenemos miedo a ‘1984’”, escribió. “Queremos evitar un mundo guiado por inteligencia artificial, donde el gobierno conoce cada uno de nuestros movimientos, nos califica de acuerdo con nuestro comportamiento y pronto nos dice qué pensar”.

Según el grupo de defensoría Masks4All, hacer obligatorio el uso de mascarillas tiene muchas posibilidades de reducir la transmisión, según las nuevas evidencias no solo de Asia, donde el uso de mascarillas ha sido común desde hace mucho tiempo, sino de la República Checa, Alemania, Israel y otros países.

El error más grande cometido en Estados Unidos y en algunos países europeos que ha hecho que fracase su control de la epidemia “es que la gente no usa mascarillas”, sostuvo George F. Gao, el director del Centro de Control de Enfermedades de China, quien estudió en las universidades de Oxford y Harvard.

Fuera de Nueva York, California y algunos otros estados, muchos estadounidenses se resisten a utilizarlos.

El gobernador Mike DeWine de Ohio rescindió una orden de usar mascarillas después de que los residentes del estado “se sintieron ofendidos”, dijo. Funcionarios de Stillwater, Oklahoma, retiraron una orden municipal después de fueron amenazados los empleados de una tienda que había pedido a los clientes que no iban cubiertos que se quedasen afuera.

Requisitos que no se cumplen

A falta de reglas claras a nivel nacional para la reanudación de actividades, los gobernadores están estableciendo las propias, y algunos permiten que haya contacto personal mucho más cercano que otros.

Por ejemplo, en diecinueve estados ya es o será posible pronto ir a cortarse el cabello o teñirse las raíces. Muchos estados están permitiendo que vuelvan a abrir los restaurantes con algunas restricciones.

En cambio, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, se ha negado a dar una fecha para relajar las restricciones en todo el estado, aunque se autorizará que tres regiones reinicien sus actividades el viernes. A pesar de que las hospitalizaciones y las muertes están disminuyendo constantemente, dijo, todavía están cayendo muy lentamente.

“Toda esta molestia, toda esta agitación, ¿para qué?”, preguntó este mes. “Para mantener a 100,000 personas fuera de nuestros hospitales, para eso es”. Cuando se levanten las restricciones, dijo, los condados menos afectados del estado irán primero y cada sector económico se irá incorporando lentamente: primero los trabajos de construcción y fábricas, y los establecimientos minoristas pueden entregar sus bienes en la acera. A continuación: bancos, seguros, bufetes de abogados y otras profesiones. Luego restaurantes y hoteles, y, finalmente, entretenimiento, deportes y escuelas.

Una de las decisiones más difíciles es cuándo abrir las escuelas primarias. Hacerlo es crucial para que los padres jóvenes vuelvan al trabajo, pero los científicos aún no saben con seguridad cuánto transmiten los niños a sus familias la enfermedad. Francia está reabriendo sus escuelas esta semana, al igual que algunas regiones de Australia y gran parte de Europa, por lo que pronto puede haber algunos datos sobre la cuestión.

Si eso sucediera, una ola de muertes inesperadas podría generar algunos choques políticos agudos, predicen los investigadores.

“El exceso de víctimas mortales puede significar algunas serias consecuencias para los gobernadores”, dijo Irwin Redlener, director del centro de preparación para desastres de Columbia.

Los frustrados estadounidenses casi no se dan cuenta de lo laxas que son las restricciones en el país comparadas con las que se han impuesto en otros lugares.

En China, durante meses solo permitían salir de casa a pequeños grupos de trabajadores esenciales. Prácticamente no había viajes entre ciudades.

Quienes gozan del privilegio de vivir en complejos de departamentos con jardines interiores podían caminar ahí, mientras que otros debían quedarse dentro sin posibilidad de comprar ni comida ni medicina. Las juntas vecinales reunían las órdenes de provisiones y las distribuían internamente.

No se autorizó que ninguna ciudad de China se reactivara hasta que pasaran catorce días sin registrar ningún caso nuevo, un requisito que no se espera que cumpla ninguna ciudad de Estados Unidos.

En Italia muchos ciudadanos no tienen permitido alejarse más de 182 metros de sus hogares sin una autorización por escrito del gobierno. Los retenes policiales vigilan que la regla se cumpla en todos lados.

Si aumentaran las muertes en Estados Unidos podrían imponerse, en teoría, medidas estrictas como esas.

La influenza española de 1918 nos deja algunas lecciones.

En un nuevo análisis de la epidemia, desarrollado por la Oficina Nacional de Investigación Económica en Cambridge, Massachusetts, se concluyó que diversas medidas de confinamiento tuvieron un “éxito evidente” para reducir las tasas de fallecimientos. Pero al final no lograron frenar la mortalidad global en la mayoría de las ciudades, debido a que las restricciones se levantaron de manera prematura.

El cierre de escuelas y prohibición de reuniones públicas solían durar solo 36 días, señaló el reporte, y los estadounidenses por lo general toleran la cuarentena solo por 18 días.

Denver, por ejemplo, cerró sus escuelas y prohibió las reuniones públicas durante un mes después del pico de muertes. La reanudación de actividades causó un segundo pico más alto de muertes.

“La lección para la pandemia en curso en 2020 es que, a fin de reducir los decesos globales, esas intervenciones tienen que mantenerse por un tiempo bastante más prolongado que unas cuantas semanas”, escribió el destacado economista Robert J. Barro.

“Lo más seguro”, agregó, “es que 12 semanas funcionan mucho mejor que cuatro a seis semanas”.

Experimentos sin control

Frieden, el ex director de los CDC, ahora encabeza el grupo de defensoría de la salud pública Resolve to Save Lives que ha publicado lineamientos concretos para la reactivación.

“Todos los días veo los dos modelos que abordan el asunto”, comentó. “El modelo de China, que significa usar el método más autoritario del mundo y el mejor sistema digital de rastreo para perseguir y frenar todos los casos y luego esperar a que haya una vacuna. Hasta ahora, está funcionando”.

Por el contrario, Suecia está intentando lograr la “inmunidad colectiva” al permitir que las personas jóvenes y sanas se contagien a ritmos que esperan sean lentos y constantes. Las escuelas primarias están abiertas, las de educación superior están cerradas, a todos les piden que sean cautelosos en lugares públicos, y a los adultos mayores los invitan a que permanezcan en su casa.

Israel sigue de manera general el modelo de Suecia, dijo el doctor Frieden, del mismo modo que los países asiáticos siguen a grandes rasgos el de China.

“Y luego”, añadió, “está el enfoque estadounidense, que es: ‘Al diablo… escuché algo en Fox News. ¡Vamos a probarlo!’”.

El modelo de Suecia sí parece atractivo. Los noticieros televisivos han mostrado a los suecos tomando café al aire libre, comprando ropa o yendo a la peluquería y disfrutando de otros pequeños placeres que ahora se le han negado a los estadounidenses por muchas semanas.

Sin embargo, Suecia está pagando un precio alto, y Frieden considera su éxito como algo que “aún está por determinarse”.

Hasta el domingo, la tasa de mortalidad per cápita era de 319 por cada millón de suecos, que es más alta que la cifra de Estados Unidos, la cual es de 242 por cada millón de habitantes.

Otros países escandinavos, con distintos grados de aislamiento,tienen cifras mucho más reducidas de mortalidad: 91 por millón en Dinamarca, 40 en Noruega, 48 en Finlandia y 29 en Islandia.

Permitir que 50 estados y más territorios hagan experimentos contradictorios y descoordinados con respecto a la reanudación de actividades es “desafiar a la Madre Naturaleza a que te mate a ti o a algún ser querido”, señaló Frieden. “La Madre Naturaleza golpea al último, y golpea bien”.



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