Vuelta al Mundo

Francia, donde la raza es un tema tabú, abre los ojos frente al racismo

2020-07-17

Durante su infancia en Francia, Maboula Soumahoro nunca se consideró negra.

Por Norimitsu Onishi, The New York Times

Con la vista puesta en Estados Unidos, los hijos de inmigrantes de África y el Caribe introducen el tema racial en el discurso público, en un evidente desafío al universalismo francés.

Durante su infancia en Francia, Maboula Soumahoro nunca se consideró negra.

En casa, sus padres inmigrantes destacaban la cultura de los diulas, un grupo étnico musulmán de Costa de Marfil, en África occidental. En su vecindario, se identificaba como marfileña frente a otros hijos de inmigrantes africanos.

Apenas de adolescente —años después de que el descubrimiento de Whitney Houston, Michael Jackson, El Show de Bill Cosby y el hiphop la hicieran “soñar con estar en onda como los afroestadounidenses”— comenzó a sentir una afinidad racial con sus amigos, relató.

“Todos éramos hijos de inmigrantes de Guadalupe, Martinica, África, y todos éramos un poco distintos a nuestros padres”, recordó Soumahoro, de 44 años y experta en temas raciales que vivió una década en Estados Unidos. “Éramos franceses a nuestra nueva manera y no éramos franceses blancos. En nuestras casas era diferente, pero a pesar de todo nos encontramos los unos a los otros, y en ese momento te conviertes en negro”.

Además de estimular acalorados debates sobre el racismo, el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Mineápolis ha enfatizado la urgencia de encontrar una nueva forma de pensar sobre la raza en el discurso público de Francia, una nación donde tradicionalmente se han silenciado los temas raciales y la religión para elevar un ideal sin prejuicios raciales en el que toda la gente comparte los mismos derechos universales.

Ese ideal a menudo se ha quedado corto en la realidad, en especial a medida que la sociedad francesa se ha vuelto más diversa y la discriminación sigue arraigada, lo cual genera dudas sobre el posible deterioro del modelo universalista.

En la actualidad, quienes tal vez lo cuestionan más son muchos de los franceses negros que en décadas recientes han abierto los ojos frente al racismo, con la ayuda de la cultura pop de Estados Unidos, sus pensadores e incluso sus diplomáticos radicados en París, quienes hace una década detectaron y alentaron a jóvenes líderes negros en Francia.

Para sus oponentes, negros y blancos, cuestionar la tradición universalista se percibe como parte de la más amplia “estadounización” de la sociedad francesa. Según esa visión, el riesgo de este cuestionamiento es la fragmentación de Francia, y representa una amenaza mucho más crucial para los principios fundacionales de la república moderna que las quejas familiares sobre la invasión de los McDonald’s o las películas taquilleras de Hollywood.

Incluso aquellos franceses negros que se han sentido inspirados por Estados Unidos también consideran que la sociedad estadounidense tiene fallas profundas y es violenta en términos racistas. En Francia, la gente de distinta ascendencia se mezcla con más libertad y, aunque las personas negras ocupan menos puestos de alto perfil que en Estados Unidos, disfrutan de acceso universal a la educación, la atención médica y otros servicios como todos los ciudadanos franceses.

“Cuando pienso en los dos países, no creo que uno sea mejor que el otro”, opinó Soumahoro, quien fue profesora de estudios afroestadounidenses en la Universidad de Columbia y ahora da clases en la Universidad de Tours. “Para mí, son dos sociedades racistas que manejan el racismo a su manera”.

En Francia, la mayoría de quienes están repensando la raza son los hijos de inmigrantes del otrora imperio colonial. Tras crecer en familias con un fuerte conocimiento de sus identidades étnicas independientes, con el tiempo comenzaron a desarrollar un sentimiento compartido de conciencia racial en sus vecindarios y escuelas.

Pap Ndiaye —un historiador que lideró los esfuerzos para introducir los estudios sobre la cultura negra como una disciplina académica en Francia con la publicación de su libro de 2008 La Condition Noire (La condición de ser negro)— dijo que se percató de su raza tan solo después de estudiar en Estados Unidos en la década de 1990.

“Es una experiencia que viven todos los franceses negros cuando van a Estados Unidos”, dijo Ndiaye, de 54 años, quien da clases en el Instituto de Estudios Políticos de París. “Es la experiencia de un país en la que se refleja el color de la piel y no se oculta detrás de un discurso sin prejuicios raciales”.

Ndiaye, de padre senegalés y madre francesa, es un métis en el contexto francés (una persona mestiza), aunque se identifica como negro.

Sus perspectivas del mundo y de sí mismo fueron un desafío radical para el Estado francés. Desde hace tiempo, el universalismo francés, con sus orígenes en la Ilustración y la Revolución Francesa, ha sostenido que todas las personas gozan de derechos fundamentales como la igualdad y la libertad. Como persiste la creencia de que ningún grupo debería tener preferencia sobre otro, sigue siendo ilegal recabar datos sobre la raza en los censos y casi para cualquier otro propósito oficial.

Sin embargo, el trato desigual hacia las mujeres en Francia y hacia la gente de tez distinta a la blanca en todas las colonias contradijo ese ideal universalista.

“La universalidad podría funcionar con bastante facilidad si no hubiera tantos inmigrantes o si fueran católicos blancos”, dijo Gérard Araud, exembajador de Francia en Estados Unidos. “Pero frente al islam por un lado y los africanos negros por el otro, es evidente que este modelo ha llegado a su límite. Así que, por un lado, el debate gira en torno a este universalismo, que es un hermoso ideal, pero por otro lado, también se trata de expresar que, en efecto, no está funcionando”.

Tania de Montaigne, una autora francesa que ha escrito sobre asuntos raciales, señaló que los franceses negros solo lograrán integrarse por completo a través del Estado de derecho y la ciudadanía. Según ella, enfatizar la identidad racial haría que los franceses negros fueran siempre marginados en una sociedad en la que la abrumadora mayoría aspira a un universalismo sin prejuicios raciales.

“Dicen, sin importar el lugar del mundo donde estés, la lengua que hables, tu historia, que hay algo en la naturaleza de la raza negra que perdura”, comentó De Montaigne, de 44 años, cuyos padres emigraron de Martinica y la República Democrática del Congo. “Pero esto es precisamente lo que imposibilita la obtención de la ciudadanía, porque siempre habrá algo en mí que nunca será incluido en la sociedad”.

En Estados Unidos, muchos inmigrantes de África, el Caribe o Asia desarrollan un sentido compartido de raza y se vuelven muy conscientes del papel de lo racial en Estados Unidos, un país donde esto forma parte de la conversación diaria.

Rokhaya Diallo, de 42 años, una periodista que también es una de las activistas antirracismo más prominentes de Francia, dijo que se dio cuenta del sentido compartido de raza solo al ser adulta y encontrarse a menudo a sí misma como la única persona negra en un entorno académico o profesional. Ella creció en La Courneuve, un suburbio de París conocido como banlieue, en un edificio con una mayoría de inmigrantes procedentes de las antiguas colonias de Francia en el sudeste asiático.

Nunca se habló de raza. Pero las imágenes fugaces de personas negras en la televisión francesa tocaron una fibra sensible en Diallo, cuyos padres vinieron de Senegal y Gambia. Al igual que muchas personas de su generación, amaba una serie de televisión para niños llamada Club Dorothée. Pero nunca podrá olvidar un episodio —un tropo colonial— en que la presentadora, una mujer blanca, era hervida viva en un caldero por tres hombres negros.

“Lo hablé con mi hermano”, dijo Diallo. “No pudimos ponerlo en palabras, pero recuerdo cómo nos molestó: caníbales, negros estúpidos, cosas así”.

Por el contrario, los programas estadounidenses que se transmitieron más tarde en Francia, como El príncipe de Bel-Air o el Show de Bill Cosby, mostraban a personas negras “cómodas en su piel”, dijo Diallo, y agregó: “Las únicas imágenes positivas de personas negras que vi vinieron de Estados Unidos”.

Gracias a un programa del gobierno estadounidense, Diallo, que en 2007 fundó una organización antirracismo llamada Les Indivisibles, visitó Estados Unidos en 2010 para aprender sobre “la gestión de la diversidad étnica en Estados Unidos”.

Diallo es una de varias personas de alto perfil que participaron en el programa de Estados Unidos, un hecho que ha contribuido al temor, especialmente entre los conservadores franceses, de una “americanización” de la sociedad francesa.

La Embajada de Estados Unidos en París comenzó a acercarse a las minorías étnicas y raciales en Francia después de los ataques del 11 de septiembre, como parte de un impulso global para “ganar corazones y mentes”.

La embajada organizó programas educativos sobre temas como la acción afirmativa, un concepto tabú en Francia, que atrajo al público francés no blanco por primera vez, dijo Randianina Peccoud, quien supervisó los programas de divulgación y se jubiló de la embajada el año pasado.

Peccoud, que es de Madagascar, una ex colonia francesa, también identificó a líderes de base como Diallo en los banlieues, lo que a menudo provocó reacciones enojadas de los funcionarios franceses y alimentó sospechas que persisten.

“Temían que las personas en los banlieues comenzaran a ser un poco conscientes de su propia situación en la sociedad francesa”, dijo Peccoud.

Las visitas a Estados Unidos, organizadas alrededor de temas como organización comunitaria en Chicago y diversidad, también dieron a los participantes una introducción a una visión alternativa de la sociedad.

Almamy Kanouté, actor, activista y líder de las protestas contra la violencia policial en Francia, visitó Estados Unidos en 2011 para aprender sobre políticas hacia los nuevos inmigrantes. En Mineápolis, conoció a un hombre francófono de Laos cuyas raíces fueron reconocidas a pesar de haberse convertido en ciudadano estadounidense, en contraste con las políticas asimilacionistas de Francia.

“Aquí quieren que nos fusionemos en un solo cuerpo y que dejemos de lado nuestra diversidad cultural”, dijo Kanouté, de 40 años, cuyos padres son de Mali y quien apareció en Les Misérables, la película nominada al Oscar. “Con nosotros, eso no es posible. Somos franceses, pero no olvidamos lo que nos completa”.

Para los jóvenes negros en Francia, la conciencia sobre la raza en parte surgió a partir del trabajo de la vieja generación. Binetou Sylla, de 31 años y coautora de Le Dérangeur, un libro sobre la raza en Francia, mencionó que recuerda con claridad cuando compró la primera edición de La Condition Noire de Ndiaye, una obra que sirvió para fundar los estudios sobre la cultura negra en Francia, y “lo devoré”.

Otra autora, Rhoda Tchokokam, de 29 años, creció en Camerún antes de migrar a Francia a la edad de 17 años. Aunque su conciencia racial surgió en Francia, evolucionó en Estados Unidos, donde estudió dos años, vio todas las películas de Spike Lee y descubrió las obras de Toni Morrison y las feministas negras como Angela Davis y Audre Lorde.

“Cuando comencé a conocer gente negra en Francia, empecé a ampliar un poco mi visión”, admitió Tchokokam. “Todavía no me consideraba negra porque es un proceso largo, gracias al cual ahora me defino como negra en términos políticos. En ese entonces, comencé a concientizarme y, cuando llegué a Estados Unidos, fue cuando pude expresarlo en palabras”.


 



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