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Las personas ‘invisibles’ que limpian el metro quieren que los pasajeros se enteren de esto

2021-03-26

La limpieza del metro de Nueva York siempre ha sido un trabajo sucio. Pero al surgir la pandemia en...

Por Annie Correal | The New York Times

Yaneth Ochoa, una mujer colombiana que vive en Queens, se alegró de conseguir un trabajo para limpiar el metro el verano pasado porque los proyectos de demolición se habían acabado durante la pandemia.

Pero cuando los trenes llegaban a la estación Jamaica-Calle 179 en Queens, se enteró de que no se limitaría a limpiar los vagones para eliminar los rastros del coronavirus. Al igual que los trabajadores de las estaciones de final de línea de toda la ciudad de Nueva York, Ochoa, de 30 años, tenía que limpiar suciedad, esputos e incluso excrementos humanos, dijo, sin recibir la capacitación adecuada ni equipo especial.

En vez de eso, los equipos de limpieza recibían unos cuantos trapos, un cubo de solución limpiadora y, según varios trabajadores, una instrucción simple: “Límpialo como si fuera tu casa”.

La limpieza del metro de Nueva York siempre ha sido un trabajo sucio. Pero al surgir la pandemia en la primavera del año pasado, se convirtió en un reto aún mayor. Cuando el gobernador Andrew Cuomo ordenó que se apagaran los trenes durante la noche para limpiarlos, la Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA, por su sigla en inglés) recurrió a contratistas para que ayudaran a realizar la monumental tarea de limpiar los trenes del mayor sistema de transporte del país.

Los miles de trabajadores que emplearon los contratistas —en su mayoría inmigrantes de bajos ingresos procedentes de América Latina— se consideraban parte de una medida provisional, ya que los trabajadores de la MTA estaban enfermando y muriendo por el virus. Al mismo tiempo, el número de pasajeros y los ingresos habían caído en picada y la agencia se encontraba en una intensa crisis presupuestaria.

Pero casi un año después, los trabajadores siguen laborando en las estaciones de toda la ciudad, algunos con un salario tan bajo como la mitad que recibían los empleados de la MTA que hacían el mismo trabajo antes de que comenzara la pandemia, y muchos no cuentan con un seguro médico.

Ahora que la MTA se prepara para acoger a más pasajeros, los trabajadores se resisten, y plantean sus preocupaciones por su seguridad, salarios y condiciones de trabajo que, según dicen, parecen de explotación.

Sus quejas evidencian los retos que conlleva mantener el extenso sistema de metro más limpio que nunca debido a la preocupación por la salud pública durante la pandemia. También parecen mostrar cómo los contratistas de la MTA se han apoyado en una mano de obra desesperada por encontrar trabajo en un momento en el que cientos de miles de personas han perdido sus empleos en la limpieza, la construcción y los restaurantes.

Ochoa, que ganaba alrededor de 15 dólares por hora, el salario mínimo del Estado de Nueva York, finalmente renunció después de negarse a limpiar un tren manchado de excrementos con solo unos trapos, dijo. Explica que, para ese entonces, había trabajado durante casi tres meses sin tener un lugar para almorzar o acceso al baño de la estación.

“Por el temor de quedarse sin trabajo, uno acepta casi cualquier cosa”, dijo.

Abbey Collins, portavoz de la MTA, dijo que la agencia desinfectaba el metro con la ayuda de “empresas externas autorizadas y de buena reputación cuyo desempeño se supervisa de manera regular”.

El programa de limpieza, que la MTA planea continuar indefinidamente, este año costará alrededor de 300 millones de dólares. La autoridad dijo que proyectaba solicitar un reembolso por parte de la Agencia Federal de Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés).

Los funcionarios de tránsito dijeron que todos los trabajadores tenían acceso a los baños de la estación, pero no a las salas de descanso, por cuestiones de capacidad relacionadas con el distanciamiento social. Los contratistas están obligados a suministrar a sus empleados el equipo de protección personal (EPP) adecuado, y materiales de limpieza, señalaron los funcionarios.

Dijeron que la MTA había contratado a una empresa externa para realizar inspecciones diarias de los contratistas que trabajan en las estaciones de final de línea y que ha investigado las denuncias de los trabajadores y no ha encontrado ninguna infracción desde junio, cuando abordó los problemas relacionados con el equipo de protección personal.

Sin embargo, los dirigentes del Sindicato de Trabajadores del Transporte Público se mostraron alarmados por los relatos de los trabajadores. Preferirían que los trabajadores de tránsito, que han limpiado las estaciones durante la pandemia, también reanudaran la limpieza de los vagones, dijeron, pero mientras los trabajadores contratados estén en funciones, deberían tener protecciones similares a las que se dan a los empleados de la agencia.

“Si tienes trabajadores en el lugar durante un año, es una cuestión de igualdad básica”, dijo Zachary Arcidiacono, presidente de la División de Operadores de Trenes del sindicato.

The New York Times entrevistó a una docena de empleados contratados, entre ellos tres que a finales de febrero se habían reunido con Patrick J. Foye, presidente y director ejecutivo de la MTA para describir su trabajo y compartir una lista de “necesidades” con la dirección de la agencia de transporte.

Sus relatos describen las pésimas condiciones de trabajo y ponen de manifiesto la desigualdad de trato que reciben en comparación con los limpiadores de tránsito, que cobran hasta 30 dólares la hora y disfrutan de seguro médico y otras prestaciones, uniformes y MetroCards para acceder al sistema.

A diferencia de los trabajadores del transporte público, los trabajadores contratados aún no tienen derecho a recibir la vacuna para la COVID-19, aunque dicen que su trabajo les expone habitualmente a entrar en contacto con pasajeros sin mascarilla y con residuos peligrosos. Buscan mejores condiciones de trabajo y una vía para acceder a puestos de trabajo en la MTA.

Beatriz Muñoz, de 38 años, limpió trenes durante seis meses del año pasado en la terminal de la línea Q en la calle 96 de Manhattan. Cuando llegaban los vagones sucios que estaban cerrados para que los pasajeros no entraran, “teníamos que entrar nosotros”, dijo. “Le pedíamos a Diosito que no nos contagiáramos”.

Un trabajador llamado Juan dijo que tuvo que perseguir a ladrones de bolsos y correr para ayudar a compañeros de trabajo que eran amenazados por indigentes que les habían quitado sus escobas y fregonas. “Y somos invisibles”, dijo. El Times solo usa su nombre de pila porque aún trabaja como limpiador y teme sufrir represalias.

Las autoridades de tránsito dijeron que le pidieron al Ayuntamiento que enviara más agentes de policía y trabajadores de salud mental al metro para garantizar la seguridad de todos los trabajadores y pasajeros.

LN Pro Services, la empresa contratista que empleó a Ochoa en Queens, rebatió las afirmaciones de varios trabajadores. Lily Sierra, directora ejecutiva de la compañía, dijo que nunca carecieron de acceso a los baños y que los gerentes estaban disponibles para conseguir los materiales de limpieza y los suministros de protección que faltaban. Dijo que a los nuevos contratados se les pagaban 18 dólares por hora, y después ganaban más.

Los trabajadores empleados por otros contratistas han expresado quejas similares, según Francisco Tecaxco, organizador de New Immigrant Community Empowerment, o NICE, una organización de derechos de los trabajadores en Queens que reunió los relatos de dos docenas de personas empleadas por unos cinco contratistas y ayudó a organizar la reunión con la MTA en febrero.

“Mucha gente cobraba el salario mínimo o apenas un dólar o dos más”, dijo Tecaxco. “Las condiciones eran terribles”.

Muñoz, la trabajadora que aseaba los trenes de la línea Q, ganaba 20 dólares la hora. Dijo que llevaba su propia mascarilla, guantes y jabón para limpiar sus trapos porque su empleador, NV Maintenance Services, solo les daba a los trabajadores una mascarilla de tela sin filtro, y guantes que se rompían fácilmente.

Muñoz, que limpiaba las oficinas de una empresa de arquitectura antes de la pandemia, dijo que el trabajo era agotador y las normas eran estrictas. Los trabajadores eran despedidos por llegar unos minutos tarde o por llamar para decir que estaban enfermos, incluso de COVID-19, dijo.

En algún momento se les dijo que no tomaran bebidas en el trabajo para que no tuvieran que ir al baño y porque las botellas desordenaban el espacio de trabajo. “Era un horno en verano”, dijo. “Teníamos que beber sorbos de agua a escondidas”.

Afirma que, cuando vinieron los inspectores, nadie decía nada. “Realmente teníamos mucho miedo”.

Victor Noce, de NV Maintenance Services, dijo que los trabajadores tenían acceso ilimitado a los baños, a los equipos de protección personal y a los materiales, y que la empresa había recibido calificaciones perfectas en las inspecciones, tanto programadas como encubiertas. Dijo en un correo electrónico que las descripciones ofrecidas por Muñoz y otros trabajadores, “me parecen inventadas”.

Muñoz dijo que fue despedida en noviembre sin ninguna explicación. Como era la única proveedora de sus cuatro hijos y de sus padres que viven en Puebla, México, suplicó para conservar su trabajo.

Desde entonces, no ha encontrado un trabajo estable; cada dos semanas limpia alguna casa. Sobre sus antiguos colegas de la línea Q, dijo: “Mis compañeros siguen allí”. Y agregó: “Nada ha cambiado”.



Jamileth