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Los aspirantes olímpicos también batallan con la salud mental

2021-07-07

Para muchos aspirantes olímpicos, el último año y medio fue un periodo de una...

Por Scott Cacciola | The New York Times

EUGENE, Oregón — En abril, cuando Sam Parsons se alineó para el inicio de los 5000 metros en Drake Relays, sintió que estaba en el mejor estado físico de su vida. Había aprovechado la postergación de un año de los Juegos Olímpicos para reforzar su entrenamiento con el objetivo de competir por Alemania en las Olimpiadas de Tokio de este verano.

Sin embargo, así como aumentó su kilometraje, también incrementó la presión… la presión de calificar en realidad para los Juegos Olímpicos después de haber invertido tanto tiempo y esfuerzo adicional para lograr esa meta.

“Sentía esta tensión todo el tiempo”, dijo Parsons. “Y conozco a muchos atletas que se presionaron hasta ponerse en peligro tan solo porque todos nos moríamos de ganas de llegar a las Olimpiadas. Mucha gente mantuvo el pie en el acelerador durante mucho tiempo y todos tenemos un límite”.

Para Parsons, el estrés acumulado por fin salió a la superficie después de que quedó en la décima posición, un resultado decepcionante para un corredor con un sueño que de pronto parecía que se le escurría de entre los dedos para siempre. Recordó que, cuando dio los primeros pasos vacilantes de un trote de enfriamiento, el corazón le latía tan rápido que parecía que le iba a explotar.

Parsons mencionó que por fortuna Jordan Gusman, uno de sus compañeros de equipo de Tinman Elite, un club de corredores con sede en Colorado, estaba con él. Cuando sintió que Parsons podía colapsar, Gusman lo mantuvo en pie y lo tranquilizó al decirle que iba a estar bien. Parsons luego se enteró de que había tenido un ataque de pánico.

“Es un lugar en el que nunca quiero volverme a encontrar y por suerte pude conseguir ayuda”, mencionó.

Para muchos aspirantes olímpicos, el último año y medio fue un periodo de una gran incertidumbre y una ansiedad creciente. Mientras los atletas como Parsons se esforzaban durante la pandemia, se enfrentaron con el cierre de instalaciones para entrenar, competencias canceladas y presupuestos ajustados. También existía la gran interrogante: si los Juegos Olímpicos de Tokio en realidad iban a celebrarse.

“Creo que han sido quince meses muy, pero muy difíciles para muchos atletas”, opinó Steven Ungerleider, psicólogo deportivo radicado en Oregón que es parte del consejo ejecutivo del Comité Paralímpico Internacional.

La presión fue en especial notable para los atletas cuyos deportes se exhiben básicamente solo en las Olimpiadas: los nadadores y los clavadistas, los gimnastas y los remeros, los corredores y los saltadores. Muchos son criaturas de hábitos con rutinas estrictas y objetivos enfocados, y la pandemia fue la peor alteración.

“Están obsesionados con levantarse por la mañana, comer ciertas cosas, salir a correr, ver a su preparador físico y platicar con sus entrenadores”, comentó Ungerleider. “Así que, cuando las cosas se ponen un poco inciertas, es lo peor que le puede pasar a un atleta de élite. Los estaba volviendo locos”.

Eso mismo dicen los atletas, en entrevistas muy sinceras y en redes sociales sobre su salud mental, un tema que ya no acarrea el estigma que alguna vez tuvo en los deportes y la sociedad.

Simone Manuel, cuatro veces medallista en natación en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en 2016, puso los reflectores en algunos de esos problemas de salud mental después de quedar en un distante noveno lugar en los 100 metros estilo libre de las pruebas olímpicas estadounidenses que se llevaron a cabo el mes pasado, tras lo cual reveló que en marzo le habían diagnosticado síndrome de sobreentrenamiento. Algunos de sus síntomas fueron dolor muscular, pérdida de peso y fatiga. Más tarde clasificó a los Juegos Olímpicos en los 50 metros estilo libre.

“Durante este proceso, sin duda estuve deprimida”, les comentó a los reporteros. “Me aislé de mi familia”.

Luego de clasificar a su tercer equipo olímpico por Estados Unidos hace unos días, el gimnasta Sam Mikulak contó que había caído en depresión luego de que se pospusieron los Juegos de Tokio. Durante mucho tiempo, dijo, había vinculado su autoestima a sus logros atléticos. Buscó ayuda de profesionales en salud mental para encontrar un mayor equilibrio en su vida.

“Solo estoy contento de estar aquí”, dijo.

En Estados Unidos, una gran cantidad de corredores se retiraron de las recientes pruebas de pista y campo para las Olimpiadas celebradas en Eugene, Oregón, arguyendo lesiones y fatiga. En una publicación en redes sociales, Colleen Quigley, una corredora de carreras de obstáculos, comentó que se hacía a un lado para descansar “tanto mental como físicamente”. Drew Hunter, uno de los coequiperos de Parsons en Tinman Elite, reveló que se había desgarrado el tejido plantar del pie. Y Molly Huddle, una de las corredoras de fondo más condecoradas en la historia de Estados Unidos, canceló su participación debido a dificultades con la pierna izquierda.

“Era más difícil hacer cualquier cosa atlética pues no había acceso a las instalaciones y a tratamientos, y terminamos poniendo en riesgo todo aquello en lo que nos estábamos enfocando al máximo”, mencionó Huddle en una entrevista antes de las pruebas. “Al mismo tiempo, nunca sentimos que podíamos descansar de verdad”.

Incluso quienes perseveraron dijeron que fue una época única. En una entrevista reciente, Emily Sisson, ganadora de los 10,000 metros femeniles en las pruebas, comentó que el hecho de no haber podido correr mucho en el punto más alto de la pandemia produjo su propio conjunto de desafíos.

“Durante un tiempo, entrenamos sin tener un objetivo final”, señaló. “Esto también afecta tus ingresos del año. No hay premios monetarios, cuotas de aparición… nada de eso”.

Antes de su ataque de pánico, Parsons nunca consideró que iba a ser tan susceptible al estrés de su profesión. Meditaba a diario. Estudiaba conciencia plena. Pensaba que hacía todo lo correcto para mantenerse en equilibrio, comentó. Sin embargo, el aplazamiento de las Olimpiadas, de una extraña manera, creó un sentido de urgencia que absorbía todo.

“Te presionas y presionas cada vez más porque existe este nivel agregado en el que piensas: ‘Tengo que hacer esto ahora’”, mencionó.

Parsons también sufría de una lesión crónica del tendón de Aquiles —“Imagina que quieres botar un balón desinflado de baloncesto”, comentó— mientras mantenía su alto kilometraje. Con cinco años en el ciclo olímpico, no podía permitirse descansar mucho, incluso después de haberse distendido la pantorrilla en febrero y haberse retirado de las competencias de la temporada bajo techo.

“Tenía toda esta energía acumulada cuando se pospusieron las Olimpiadas y sentía que debía seguirla cargando y seguir adelante otro año”, comentó Parsons. “En definitiva, me pasó factura y creo que eso le pasó a mucha gente y provocó que terminaran en lugares oscuros”.

Parsons, quien fue uno de los mejores atletas de Estados Unidos en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, cayó en ese lugar oscuro en Drake Relays en Iowa, una junta deportiva con la que se inaugura la temporada y que Parsons había elegido como una oportunidad para calibrar su estado físico. Cuando su carrera no salió como la había planeado y terminó con una lesión, supo que necesitaba hacer algunos cambios.

Comenzó a ver a Mareike Dottschadis, una psicóloga deportiva que le ayudó a replantear su enfoque. Parsons terminó por aceptar la belleza de simplemente hacer el intento.

“Es un privilegio tan solo llegar tan lejos y tener el personal de apoyo y el talento que me colocaron dentro de este uno por ciento, que me brinda la posibilidad de representar a mi país”, dijo Parsons.

En mayo, Parsons se recuperó con una buena carrera, luego viajó a Europa antes de los campeonatos alemanes a inicios de junio para pelear por su oportunidad de asegurar un lugar en las Olimpiadas (Parsons creció en Delaware, pero su madre es alemana, por lo que tiene doble nacionalidad).

La mañana de la carrera, Parsons admitió a Dottschadis que todavía le molestaba el talón de Aquiles. No obstante, había entrenado meses con dolor y pensó que la adrenalina de la carrera le iba a ayudar a superarlo. Dottschadis le pidió que visualizara el peor escenario posible.

“Tan solo me retiraré”, le respondió Parsons “si mi cuerpo no me deja terminar”.

Después de llegar a la cabeza con otro corredor, Parsons intentó acelerar para un esprint final a falta de tan solo una vuelta… y sintió una descarga de dolor en la pantorrilla. Salió cojeando de la pista con un desgarre muscular.

“Todos los que vieron la carrera dijeron como ‘¿Por qué no trotaste otra vuelta para conseguir plata al menos’?”, dijo Parsons. “Bueno, no podía trotar”.

Pero debido a que esa misma mañana había procesado el peor resultado posible, Parsons fue capaz de lidiar con la realidad de que su sueño olímpico había terminado.

“Soy capaz de decirme a mí mismo que literalmente le di todo lo que pude hasta que mi cuerpo se rompió”, dijo. “Hay consuelo en eso”.

Recientemente, Parsons estuvo en Eugene para alentar a algunos de sus compañeros de equipo en las pruebas de Estados Unidos después de que un amigo lo persuadió a salir.

“Seguía regodeándome un poco en mi dolor y él solo me dijo: ‘De verdad, Sam, a nadie le importa tu lesión porque hay mucha gente que está pasando por exactamente lo mismo’. Tal vez era algo que necesitaba escuchar”, comentó Parsons.

Parsons, relegado al papel de espectador, estuvo sin muletas pues comenzaba a poner la mira en los campeonatos mundiales del próximo año. Tiene meses para reconstruir su cuerpo de la manera adecuada, dijo. Planea poner en práctica todas las lecciones difíciles que ha aprendido.



Jamileth