Comodí­n al Centro

Mientras los derechos al aborto se expanden, Estados Unidos se une a un puñado de notables excepciones

2021-09-10

Los únicos dos países desarrollados que revirtieron derechos al aborto, Estados...

Max Fisher | The New York Times

La historia de los derechos al aborto en el siglo XXI se puede ver en dos acontecimientos que sacudieron al mundo la semana pasada.

En el primero, la Corte Suprema de Estados Unidos respaldó las nuevas y drásticas restricciones al aborto en Texas. Pocos días después, la Suprema Corte de México allanó el camino para su legalización a nivel nacional.

Podría ser tentador percibir el fallo de México como el más sorpresivo, pues catapulta al país con la segunda mayor población católica del mundo hacia un asunto social profundamente polémico.

Pero los expertos afirman que es el de Estados Unidos el que destaca. Desde el año 2000, 31 países, muchos de ellos tan devotos como México, han expandido el acceso al aborto. Solo tres lo han revertido: Nicaragua, Polonia y Estados Unidos.

Los paralelismos entre Estados Unidos y México son vastos. Una opinión pública polarizada. Organizaciones de derechos de la mujer ferozmente comprometidos por un lado y grupos religiosos por el otro. Sistemas federales que permiten un mosaico variado de leyes a nivel estatal. Cortes supremas con antecedentes de intervención.

En todo caso, Estados Unidos parecía el más propenso a ampliar el acceso. Su opinión pública es mucho más solidaria. Ya tenía un precedente con el caso Roe vs. Wade y, como resultado de esa decisión de 1973, una norma cultural de 48 años en torno al aborto.

La divergencia de los dos países ilustra los avances y las reacciones adversas que impulsan en la actualidad la política del aborto en todo el mundo.

Es una historia definida por la colisión de fuerzas más grandes, a menudo vinculada a un tema definitorio de nuestra era: el auge de la democracia y su atrincheramiento.

Según Sonia Corrêa, una destacada investigadora de los derechos de las mujeres, ha surgido una regla imperfecta pero confiable. Donde la democracia se expande, también lo hacen los derechos de las mujeres, entre los cuales se encuentra el aborto. Sin embargo, también podría suceder lo inverso.

Esa tendencia se ha acelerado, dijo Corrêa, pero también lo ha hecho una reacción adversa a menudo vinculada al creciente nacionalismo y al populismo de derecha, los cuales se han intensificado en los últimos 20 años.

Una lucha global

La tendencia liberalizadora, que viene desde la Ley del aborto de Gran Bretaña, aprobada en 1967 hasta el fallo de México de esta semana, por lo general ha seguido un patrón.

En algún lugar suele surgir un movimiento por los derechos de las mujeres, a menudo como parte de la democratización, en la que esos grupos desempeñan un papel destacado. Grupos médicos y agencias de las Naciones Unidas suelen entonces expresar su apoyo. La opinión pública sobre el aborto se suaviza.

Una legalización parcial o a nivel local resulta popular, como sucedió en México, lo que allana el camino para más. Entonces, el órgano legislativo o la corte suprema, quizás cediendo a la presión pública, intervienen.

Y cada avance inspirará a otros. Los activistas de México utilizaron pañuelos verdes, un guiño a los activistas argentinos que presionaron con éxito para lograr la legalización el año pasado.

“Al ver lo que han logrado en América Latina, hace 10 años hubiéramos pensado que era imposible”, dijo Serra Sippel, presidenta del Centro para la Salud y la Equidad de Género.

Pero tras años de perder influencia, los opositores tradicionales al aborto como el Vaticano y los evangélicos han encontrado nuevos aliados.

Los líderes nacionalistas han agitado resentimientos sociales y se han ganado a los grupos religiosos al atacar a los activistas por el derecho al aborto. A menudo eso forma parte de una estrategia de represión más amplia contra la sociedad civil.

La reversión en Estados Unidos, una democracia rica con derechos al aborto de larga data, es una anomalía aún más notoria, dijo Elizabeth Heger Boyle, académica de derechos de género en la Universidad de Minnesota.

Aunque la mayoría de los estadounidenses apoyan el aborto legal, sigue habiendo una arraigada minoría en contra.

El partidismo en un factor que ha sedimentado la oposición entre perfiles demográficos que en otros países han flexibilizado sus puntos de vista.

Sin embargo, en la mayoría de los países, fuerzas como el partidismo o el nacionalismo solo llegan a ralentizar la expansión de los derechos al aborto. Se necesita de algo más drástico para revertirlos.

El gobierno de la minoría

En general, se piensa que las cortes supremas incluyen a la opinión pública en asuntos sociales polémicos. La de México es un ejemplo: se adelantó a la opinión pública sobre el aborto, pero hacia una dirección a la que los mexicanos ya se estaban dirigiendo lentamente.

Sin embargo, algunos politólogos argumentan que el fallo estadounidense de la semana pasada puede ser un síntoma de un cambio significativo en la democracia allí y en otros lugares. Sus principales instituciones están cada vez más empoderando el mandato de la minoría.

Según Steven Levitsky, un académico sobre democracia de la Universidad de Harvard, “ahora el 35 o el 40 por ciento de los votantes puede ser suficiente, dado el sistema electoral”, para obtener el poder.

En las democracias, una tendencia hacia el mandato de la minoría puede alimentar la sensación de que el poder no fluye de la voluntad del pueblo en su conjunto. Este tipo de líderes e instituciones por lo general se vuelven más propensos a invalidar a la mayoría en los temas que son importantes para la minoría que los puso en el poder.

Al mismo tiempo, el combate partidista se ha vuelto más intenso. Existen estudios que revelan que los republicanos son más propensos a violar las normas democráticas, como cuando impidieron que el entonces presidente Barack Obama nombrara a un juez para una vacante en la Corte Suprema en 2016.

“Hay muchas jugadas rudas involucradas en la creación de esta mayoría conservadora de seis de nueve”, dijo Levitsky.

Levitsky ha descubierto que en los países con alta polarización los partidos suelen luchar de manera encarnizada por el control de las cortes supremas. Esta batalla tiende a enviar un mensaje, intencional o no, de que los tribunales supremos existen para atender los intereses partidistas en lugar de brindar protección contra ellos.

Los fallos que van en contra de la opinión pública, dice Levitsky, pueden llegar a ser “muy probables en un periodo de polarización y política dura”.

Esto podría ayudar a explicar por qué los tres países que revirtieron derechos al aborto este siglo —Nicaragua, Polonia y Estados Unidos— lo hicieron en medio de luchas sin cuartel por el control de su corte suprema.

Valores atípicos

Los únicos dos países desarrollados que revirtieron derechos al aborto, Estados Unidos y Polonia, comparten una trayectoria similar reveladora.

En ambos países, las cortes supremas revirtieron derechos al aborto que eran apoyados por la mayoría nacional.

Además, ambos fallos fueron precedidos por la llegada de líderes populistas que agravaron las divisiones sociales y prometieron aplastar o apropiarse de las instituciones independientes.

Los grupos conservadores han buscado por mucho tiempo revocar las leyes a favor del aborto. Pero según Levitsky, han sido “radicalizados” por la oleada populista de votantes que se ven a sí mismos como minorías sitiadas que luchan por la supervivencia de su estilo de vida.

Aunque la restricción del aborto en Texas se produjo mediante un procedimiento normal —aunque algunos críticos lo consideran legalmente dudoso debido a su descarado esfuerzo por eludir la supervisión judicial—, deja entrever un fenómeno más amplio.

Las limitaciones a los derechos de las mujeres tienden a incrementarse durante las democracias en declive, una categoría que incluye a Estados Unidos de acuerdo a prácticamente todas las métricas y organismos de control independientes.

A pesar de todas las complejidades que rodean los altibajos de los derechos al aborto, existe una fórmula sencilla que sigue siendo sorprendentemente válida. El mayoritarismo y los derechos de las mujeres, la única mayoría universal, están íntimamente ligados. Cuando uno se incrementa o se reduce, el otro le sigue.



aranza