Salud

Llegar a Pekín ya es una victoria: las dificultades de los ‘Juegos Logísticos’

2022-02-03

La pandemia del coronavirus ha hecho que complicadas medidas de salud sean parte del proceso de...

Por Andrew Keh | The New York Times

Celulares desechables y computadoras portátiles prestadas. Centros de entrenamiento aislados y una burbuja pandémica del tamaño de una pequeña ciudad. Pruebas al salir, pruebas al llegar y pruebas diarias. Pruebas. Pruebas por todas partes.

Todos los Juegos Olímpicos presentan dificultades que van desde la distancia hasta el idioma y la política. Pero rara vez los encargados de transportar a las delegaciones, los entrenadores, los atletas y los equipos se han enfrentado a una carrera de obstáculos como la que en la actualidad está poniendo a prueba su paciencia, recursos y habilidades organizativas.

Llamémoslos los “Juegos Logísticos”, porque en ninguna Olimpiada de la historia ha sido tan difícil la organización, el acceso o la participación.

Por supuesto, las razones son penosamente evidentes. La pandemia del coronavirus ha hecho que complicadas medidas de salud sean parte del proceso de cualquier evento deportivo y estén presentes en casi todas las fronteras nacionales. Pero estas reglas son aún más estrictas en China, donde el gobierno que albergará los Juegos Olímpicos de Invierno que comienzan el viernes ha adoptado una postura de “erradicación total del COVID-19” en su gestión del virus.

Incluso antes de la pandemia, China no era precisamente un lugar fácil de transitar para los viajeros internacionales. A eso hay que añadir el hecho de que la competencia comenzará apenas seis meses después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Verano en Tokio, que fueron pospuestos un año casi al inicio de la pandemia y el resultado es un dolor de cabeza insoportable para todo el mundo deportivo.

La planificación se ha convertido en un deporte olímpico en sí mismo. Por ejemplo, los funcionarios estadounidenses optaron por enviar directamente a Pekín contenedores repletos de equipo deportivo, artículos de oficina e incluso alimentos de los recientes Juegos Olímpicos de Verano en Tokio. Esto sin duda es un viraje en la planificación acostumbrada debido a la llegada inusualmente rápida de otras olimpiadas tras las últimas. Los administradores de todos los países han pasado noches en vela explorando bases de datos de sitios aprobados para realizar pruebas y los entrenadores se han esforzado para calmar a los atletas que intentan controlar su nerviosismo.

Todo eso lo han hecho mientras se vuelven especialistas en pruebas PCR, códigos QR y, en varios casos, la distribución precisa de los asientos en aviones comerciales modernos.

La situación entera es “una pesadilla”, dijo Luc Tardif, presidente de la Federación Internacional de Hockey sobre Hielo.

Tomemos como ejemplo el mero hecho de transportar por aire a una delegación a Pekín. En los Juegos Olímpicos anteriores —incluso en los realizados en Tokio el verano pasado— los participantes simplemente reservaban un vuelo en una ruta comercial existente con destino a la ciudad anfitriona.

Para estos Juegos Olímpicos, los visitantes internacionales tuvieron que reservar asientos a un costo, por lo general, considerable en un número limitado de los denominados “vuelos temporales”: rutas olímpicas especiales establecidas por el comité organizador que hacen escala en lugares aprobados como Hong Kong, París, Singapur y Tokio, porque decenas de países no tienen vuelos directos a Pekín.

Por seguridad y conveniencia logística, el Comité Olímpico y Paralímpico de Estados Unidos (USOPC, por su sigla en inglés), como muchos de los comités olímpicos nacionales más grandes, optó por contratar su propio avión chárter. La aeronave, un Delta Airbus SE A350, salió de Los Ángeles hacia Pekín el 27 de enero. Pero para Rick Adams, el funcionario olímpico estadounidense cuyo trabajo incluye la supervisión de las operaciones, organizar la contratación del avión privado fue solo el comienzo.

Adams y su equipo tuvieron que dedicar horas a organizar y reorganizar la disposición de asientos pasajero por pasajero, con una configuración que al mismo tiempo ubicara a los atletas (su carga más preciada) en las zonas menos transitadas del avión y dispersara a los deportistas de cada disciplina de manera uniforme en toda la cabina para evitar que una gran porción de cualquier equipo quedara fuera de los protocolos de contacto cercano.

“Puedo decirles que ya estoy muy familiarizado con el fuselaje de un jet Delta grande”, dijo Adams.

Mientras tanto, otros miembros del personal del USOPC trabajaban junto con federaciones deportivas individuales para ir a recoger a los atletas estadounidenses en los distintos rincones del mundo donde estaban compitiendo y entrenando y reunirlos de manera segura en Los Ángeles varios días antes del vuelo. Entonces tuvieron que lidiar con otro desafío logístico: todas las personas que ingresan a China para los Juegos Olímpicos deben mostrar dos pruebas PCR negativas emitidas por alguno de una reducida lista de laboratorios aprobados a menos de 96 horas de la salida.

Estos obstáculos se resintieron en particular en el hockey sobre hielo, cuyo equipo de atletas se sumió en el caos cuando, en diciembre, la NHL anunció que sus jugadores no acudirían a Pekín.

Luego de llenar sus listados de jugadores con atletas de reemplazo y adiestrar a sus flamantes competidores en el tema de los rigurosos protocolos de Pekín, los funcionarios del hockey internacional tuvieron dificultades para agendar pruebas de coronavirus de los pocos sitios aprobados por las autoridades chinas para llevar a cabo el despistaje.

“Cuando tienes un jugador letón que compite en Suiza, un suizo que juega en Suecia, ya te imaginarás”, dijo Tardif y observó que algunos jugadores tuvieron que viajar más de 300 kilómetros para llegar a algún centro aprobado para realizarse la prueba.

Y esos eran solo los asuntos relacionados con la salud. El temor a la vigilancia y los delitos cibernéticos en China motivaron a muchos equipos nacionales a crear planes de seguridad digital para sus delegaciones. Varios, entre ellos el Reino Unido, los Países Bajos y Estados Unidos, al final instaron a sus atletas a obtener teléfonos y computadoras de alquiler antes de los Juegos y a dejar sus dispositivos personales —sus únicas líneas directas a amigos y familiares durante los viajes— en casa.

“Al igual que las computadoras, los datos y las aplicaciones de teléfonos celulares están sujetos a intrusiones maliciosas, infecciones y datos comprometidos”, decía un aviso reciente que el USOPC envió a sus atletas.

Y concluía: “a pesar de todas y cada una de las previsiones implementadas para proteger los sistemas y datos que se ingresan a China, se debe asumir que todos los datos y comunicaciones en China pueden ser monitoreados, intervenidos o bloqueados”.

La poco envidiable tarea de organizar todas estas cosas —el viaje, las pruebas, los dispositivos y todo lo demás— ha recaído en un grupo de almas desafortunadas en cada delegación, con una de las denominaciones de cargo más duras de los Juegos Olímpicos: funcionario de enlace de COVID-19. Cada nación, medio de comunicación, patrocinador y cualquier otra delegación que vaya a los Juegos Olímpicos tiene a alguien con este cargo. Estas personas han dedicado cientos de horas a comprender las reglas complejas y los procedimientos —que a menudo evolucionan con suma rapidez— creados para estos Juegos Olímpicos.

Por ejemplo, la responsabilidad de los equipos de Eslovaquia recayó en Zuzana Tomcikova, quien fue portera del equipo femenino de hockey sobre hielo de su país en los Juegos de Vancouver de 2010. Tomcikova ha estado supervisando las coordinaciones de viaje y prueba del equipo actual y repasa sin cesar una maraña de formularios y archivos de Excel para que todo esté organizado, o lo más organizado posible.

Que todos llegaran sin contratiempos a los Juegos, reconoció, se sentirá como un pequeño milagro.

“Una vez que tengamos a todos los atletas en China”, dijo, “creo que seré la más feliz”.

Sin embargo, las cosas no son más simples ya en Pekín. La pieza central del protocolo olímpico para el COVID-19 es algo denominado “circuito cerrado”: un entorno burbuja que ninguno de los participantes puede abandonar en ningún momento de su estadía. El circuito cerrado consiste en más de una decena de sedes de competencia, tres centros de medios, tres villas deportivas y decenas de hoteles, cada uno de ellos aislado del público, protegido por la policía y conectado a una red de transporte privado creada para los Juegos Olímpicos.

Otros eventos deportivos —como los organizados por la NBA y la Liga de Campeones— ya han implementado burbujas. Pero ninguna de ellas a esta escala.

Por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Tokio, a los trabajadores, voluntarios y periodistas ubicados en Tokio se les permitía regresar a sus hogares cuando terminaban su trabajo del día. Y a los visitantes internacionales, que al principio estuvieron confinados en gran medida a sus hoteles, se les permitió pasear por la ciudad tras un periodo de semicuarentena de dos semanas.

Pero en Pekín, todos —atletas, funcionarios, periodistas, decenas de miles de cocineros, limpiadores y voluntarios, que de alguna manera son el alma logística de los Juegos Olímpicos— trabajarán y residirán en la burbuja. A todos se les realizarán pruebas diarias de COVID-19.

Los organizadores de Pekín no han proporcionado números exactos de la población que estará dentro del sistema de circuito cerrado, pero el recuento oficial de las pruebas diarias administradas a principios de la semana pasada, cuando apenas había llegado una pequeña cantidad de visitantes internacionales, ofreció una idea de cuántos miembros del personal estarán involucrados: 38.441 pruebas el domingo, 41.810 el lunes.

Con “algo más de 30,000” participantes extranjeros, según Pierre Ducrey, director de operaciones del Comité Olímpico Internacional, la tarea de realizar pruebas se convertirá más o menos en el equivalente a administrar hisopados de garganta a toda la población de una ciudad pequeña —como Santa Fe, Nuevo México— todos los días durante un mes.

Ducrey lo sabe mejor que nadie. Ha estado en la burbuja desde principios de enero.

“Las cosas son mucho más complejas en un entorno pandémico”, afirmó.



Jamileth