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‘Los generales nos han robado el futuro’: los rebeldes de Birmania luchan en la selva contra el régimen militar

2022-04-05

Más de un año después de que los militares de Birmania tomaran el control...

Por Hannah Beech | The New York Times

En las cimas de la selva, a un kilómetro y medio de las líneas del frente en el este de Birmania, un hombre que solía trabajar como coordinador de banquetes en un hotel deslizaba su dedo índice en el gatillo de un rifle de asalto. Un dentista recordaba que tuvo que sacar las larvas de una herida de bala infectada de un joven combatiente. Una directora de mercadeo describió los drones comerciales adaptados que maneja para frustrar al enemigo.

Más de un año después de que los militares de Birmania tomaran el control total con un golpe de Estado —encarcelando a los líderes elegidos de la nación, matando a más de 1700 civiles y deteniendo al menos a 13,000 personas más—, el país está en guerra, y algunos combatientes insólitos participan en la contienda.

Por un lado está una junta militar que, aparte de un breve intervalo de gobierno semidemocrático, ha gobernado con una fuerza brutal durante medio siglo. Por otro lado, decenas de miles de jóvenes citadinos que se han alzado en armas, cambiando los cursos universitarios, los videojuegos y el brillante esmalte de uñas por la vida y la muerte en la selva.

Los periodistas de The New York Times visitaron recientemente un campamento en la selva del este de Birmania, donde unos 3000 miembros de una milicia reciente subsisten en toscos refugios de bambú o lona y libran batallas casi a diario.

Aunque su número es una fracción de uno de los mayores ejércitos permanentes del sudeste asiático, estos guerreros de la Generación Z han desequilibrado a un ejército que lleva mucho tiempo haciendo de los crímenes de guerra su carta de presentación. Y el conflicto se está intensificando, aunque la atención del mundo se ha centrado en otras atrocidades como la invasión de Rusia a Ucrania.

En la actualidad, lejos de consolidar su dominio sobre el país, el ejército birmano, conocido como el Tatmadaw, se ve obligado a luchar en decenas de frentes, desde las tierras fronterizas cerca de India, China y Tailandia hasta las aldeas y pueblos del corazón del país. Las escaramuzas suceden casi a diario, y también se registran bajas.

“Estoy luchando porque no acepto el golpe militar y no acepto que nos quieran quitar la democracia”, dijo una partera de una ciudad del sur de Birmania que, como otras personas, no quiso que se utilizara su nombre para proteger a sus familiares.

Conocida con el nombre de guerra de Blancanieves, llegó en mayo a una zona controlada por un grupo étnico armado que lleva décadas luchando por su autonomía. Desde entonces, los rebeldes étnicos y los desertores del ejército la enseñaron a cargar un rifle, montar una granada artesanal y realizar el triaje en el campo de batalla.

“Nuestra generación tiene ideales”, dijo. “Creemos en la libertad”.

Su hijo de tres años sigue en la ciudad y dijo que no sabe adónde se fue su madre. Blancanieves acarició a un cachorro que se abrió paso por el campamento y se subió al regazo de varios combatientes.

“Es algo para querer”, dijo.

Ante los ataques de las milicias civiles, que luchan junto a los grupos étnicos insurgentes, el Tatmadaw ha intensificado la contraofensiva, al lanzar ataques aéreos, quemar pueblos y aterrorizar a quienes se oponen a su toma del poder.

“Todo lo que el Tatmadaw sabe hacer es matar”, dijo Ko Thant, quien afirma que era un capitán antes de desertar de la 77 División de Infantería Ligera del ejército el año pasado y que desde entonces ha entrenado a cientos de civiles en tácticas de campo de batalla. “Nos lavaron el cerebro todo el tiempo, pero algunos hemos despertado”.

La oposición al golpe de Estado que los militares ejecutaron en febrero de 2021 comenzó con una avalancha de millones de personas en las calles de las ciudades y pueblos de Birmania. Con sandalias, tacones altos y, en el caso de los monjes budistas, descalzos, el país se manifestó pacíficamente exigiendo el retorno de sus dirigentes electos. En pocas semanas, el Tatmadaw volvió a su antiguo manual. Los francotiradores del ejército atacaron a los manifestantes con disparos únicos y mortales en la cabeza.

Algunos jóvenes que habían alcanzado la mayoría de edad durante la década de reformas de Birmania vieron que el mensaje de disidencia no violenta de los veteranos activistas por la democracia era de poca utilidad. Ellos querían contratacar.

“Las protestas pacíficas no funcionan si el enemigo quiere matarnos”, dijo Naw Htee, trabajadora social convertida en sargento de la milicia. “Tenemos que defendernos”.

Con pequeñas hebillas en el pelo, señalaba los fragmentos de mortero y los proyectiles de artillería, los restos de la guerra que habían llovido sobre el campamento selvático donde vivía. Un joven se sentó junto a ella, con una cicatriz en el hombro de un tiroteo sucedido el mes pasado.

Ahora hay cientos de milicias civiles en toda Birmania, organizadas de forma imprecisa en las llamadas Fuerzas de Defensa del Pueblo. Cada milicia le jura lealtad a un gobierno civil clandestino, el Gobierno de Unidad Nacional, que se formó tras el golpe de Estado, y algunos batallones están dirigidos por legisladores destituidos.

El Gobierno de Unidad Nacional afirma haber recaudado más de 30 millones de dólares para el esfuerzo de guerra, en su mayoría procedentes de donaciones de civiles. La oleada de dinero ha creado curiosos desequilibrios. Mientras que los miembros veteranos de los grupos armados étnicos luchan con viejos rifles atados con cinta adhesiva, algunos efectivos que pertenecen a las Fuerzas de Defensa del Pueblo tienen armamento nuevo con miras telescópicas caras, aunque todos siguen sufriendo la escasez de armas.

Para los chicos citadinos, que suelen tener manos delicadas, soportar una selva infestada de serpientes y plagada de malaria es un logro, y mucho más evitar los francotiradores, los proyectiles de mortero y los ataques aéreos del Tatmadaw.

“Los combatientes en la selva han sacrificado sus vidas por el país, y les tengo un respeto especial”, dijo U Yee Mon, quien antes era poeta y ahora es ministro de Defensa del Gobierno de Unidad Nacional.

Algunos de los jóvenes combatientes escaparon de las órdenes de detención emitidas por su participación en las protestas posteriores al golpe. No tuvieron más remedio que huir.

En un informe sobre derechos humanos publicado el 15 de marzo, Naciones Unidas acusó a la junta militar de desatar crímenes de guerra masivos contra su propio pueblo tras el golpe.

Pero, aparte de algunas sanciones financieras y las palabras de condena, la comunidad mundial ha hecho poco para castigar a la junta de Birmania. El Gobierno de Unidad Nacional no ha obtenido el reconocimiento de ningún país, aunque sus filas están llenas de políticos elegidos por el voto popular. Con pocas esperanzas de ayuda exterior, la autoridad clandestina se ha asociado con los grupos étnicos insurgentes que controlan el territorio en las regiones fronterizas de Birmania. Juntos, han formado un ferrocarril subterráneo para poner a los jóvenes a salvo, y para entrenarlos en los fundamentos de la guerra.

En una mañana de este mes, un pelotón de combatientes de la resistencia, ninguno mayor de 26 años, bajó a las trincheras del frente del este de Birmania, evitando las minas terrestres artesanales que habían plantado para defender su territorio porque las posiciones del ejército estaban muy cerca. Sus respiraciones estaban agitadas. Un combatiente tropezó con una rama y rompió una de sus sandalias. Un par de milicianos llevaban chalecos antibalas, pero sin las placas balísticas duras que podrían salvarles la vida.

“No me gusta ver sangre”, dijo Ko Kyaw, estudiante universitario de 19 años, con una bala en la mano. “Me hace sentir mareado”.

Unas horas más tarde, un par de helicópteros de ataque del Tatmadaw ametrallaron las trincheras rebeldes, aunque la inteligencia de avanzada ya las había despejado. Por la noche, como casi todas las noches, los francotiradores del Tatmadaw apuntaron a cualquier cosa que les llamara la atención: el resplandor de un celular cuyo usuario quizás estaba consultando Facebook, o la brasa roja de un porro de cannabis.

El mismo día, en el norte, un profesor y un estudiante de medicina que se habían unido a la resistencia murieron, uno de ellos de un disparo en la cabeza por un francotirador militar y el otro derribado por un proyectil de mortero.

El Gobierno de Unidad Nacional afirma que las Fuerzas de Defensa del Pueblo, que luchan junto a combatientes más experimentados de las milicias étnicas, mataron a unos 9000 soldados del Tatmadaw desde junio de 2021 hasta febrero de 2022. (Unos 300 milicianos han muerto en combate, según el gobierno clandestino). Un portavoz militar de Birmania dijo que el número real de muertos era menor, y que las cifras de las autoridades rebeldes no podían ser confirmadas. Pero fuentes militares reconocieron que el Tatmadaw estaba preocupado por el aumento de las bajas.

Los heridos de la resistencia son atendidos en una clínica al aire libre en la selva con mesas de operaciones de bambú y un dispensario construido con tiras de bambú. Ko Mon Gyi, miembro de la milicia, descansaba en una plataforma de madera, con la pierna vendada por una herida de bala sufrida en los combates del mes pasado. Otros ocho combatientes fueron heridos ese día.

“Apenas esté sano, volveré a pelear”, dijo. “Es mi deber”.

Un médico que sirvió en el Tatmadaw durante casi una decena de años dirige la clínica. Como médico de campo, el doctor Drid, como se llama a sí mismo, trató a los soldados del Tatmadaw heridos en los combates contra algunos de los mismos rebeldes étnicos que ahora atiende su batallón de las Fuerzas de Defensa del Pueblo.

“Creo en los derechos humanos y en la democracia”, dijo el doctor Drid. “El Tatmadaw debería luchar por esas cosas, protegerlas”.

Al antiguo médico del ejército le temblaba la voz y las manos cuando describía el día del año pasado en que dejó su casa y desertó. No le dijo a su familia adónde había ido por miedo a que el Tatmadaw tomara represalias contra ellos; algunos familiares de soldados que desertaron han sido encarcelados y torturados. Por lo que su hijo sabe, dijo, podría haber muerto en combate.

“Son unos cobardes”, dijo, de las fuerzas armadas a las que se unió a los 15 años. “Son robots que no pueden pensar”.

Para los miembros de la joven generación de Birmania, el golpe de Estado supuso el regreso a un pasado casi inimaginable, sin Facebook ni inversiones extranjeras. Bajo el antiguo régimen del ejército, Birmania había sido uno de los países más aislados del mundo. Desde el golpe, la nueva junta, liderada por el general en jefe Min Aung Hlaing, prohibió las redes sociales, destruyó la economía y volvió a atrincherar a toda una nación.

“Los generales nos han robado el futuro”, afirma Ko Arkar, que hasta el golpe trabajaba como chef en un hotel de Rangún, la mayor ciudad de Birmania.

Solía pasarse el día clarificando el consomé de carne y asando perfectos filetes término medio. Ahora patrulla el frente con un ingeniero de redes, un trabajador de una fábrica de ropa y un medallista de vela en los Juegos del Sudeste Asiático.

Otras generaciones de jóvenes birmanos han intentado desbancar a los militares de la selva. Sucedió en 1962, tras el primer golpe de Estado del ejército, y sucedió en 1988, después de que el Tatmadaw aplastara las protestas masivas en la versión birmana de la masacre de la Plaza de Tiananmén. Hace casi 35 años, estudiantes e intelectuales huyeron a los mismos bosques donde ahora se refugian las Fuerzas de Defensa del Pueblo.

Ellos también se alinearon con los rebeldes étnicos que llevan décadas luchando por su derecho a gobernarse. Al cabo de unos años, ese movimiento armado liderado por los estudiantes se desvaneció. Los grupos étnicos que les dieron refugio descubrieron que los estudiantes y sus compatriotas no estaban tan dedicados a las nociones de igualdad étnica como esperaban. Y los militares siguieron en el poder.

Esta vez, la resistencia está mejor organizada y financiada. Ha aprovechado las energías de los jóvenes de todo el país, que luchan tanto en entornos urbanos como rurales. Y se está asociando de forma más amistosa con grupos armados étnicos, como los que representan a la minoría karen, que ha estado luchando en uno de los conflictos civiles más largos del mundo.

“Sabemos lo malvado que es el Tatmadaw porque ha estado matando a nuestra gente y violando a nuestras mujeres”, dijo Saw Bu Paw, comandante de un batallón del Ejército de Liberación Nacional Karen, uno de las docenas de grupos étnicos rebeldes. “Con el golpe, todo el mundo en todo el país conoce su naturaleza malvada”.

Los investigadores de las Naciones Unidas han afirmado que el trato que el ejército de Birmania da a algunas de las minorías étnicas del país tiene las características de un genocidio. Este mes, Estados Unidos también calificó como un genocidio a la campaña del Tatmadaw contra la minoría musulmana rohinyá.

Aunque no existen datos sólidos, el número de deserciones del Tatmadaw parece estar aumentando. Incluso antes del golpe, los soldados estaban sobrecargados y mal pagados.

“¿Quién quiere ser soldado ahora?”, se pregunta el doctor Wai, otro médico del Tatmadaw que desertó y que ahora atiende a las Fuerzas de Defensa del Pueblo en el bosque. “Es una carrera vergonzosa”.

La guerra es fea, y los rebeldes han sido acusados de cometer abusos. En las ciudades, los miembros de las Fuerzas de Defensa del Pueblo han implementado una campaña de asesinatos y bombardeos que suscita dudas sobre si, a veces, las rencillas personales se llevan a cabo con el pretexto de luchar por la democracia.

Sin embargo, la resistencia sigue creciendo y atrae a reclutas inverosímiles.

Hasta el año pasado, John Henry Newman, como se le conoce por su nombre de bautismo, estudiaba para ser sacerdote en un seminario católico romano de Rangún. Sus dedos, que antes tenían práctica en acariciar las cuentas del rosario, han apretado una y otra vez el gatillo de un rifle. En los combates de diciembre en el este de Birmania, el enemigo estaba tan cerca, dijo, que disparó, pero no sabe si sus balas hicieron contacto.

“Matar es un pecado”, dijo. “Pero no cuando se trata de una guerra buena”.



Jamileth
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