Migración

Centenares de ucranianos llegan a la frontera de Estados Unidos

2022-04-09

Más de 2,000 personas provenientes de Ucrania han llegado a la frontera de México y...

Miriam Jordan, Mark Abramson, The New York Times

Más de 2,000 personas provenientes de Ucrania han llegado a la frontera de México y Estados Unidos, donde también se espera un incremento del flujo migratorio de otros países.

En los últimos diez días, más de 2,000 ucranianos han llegado a la frontera de Estados Unidos desde México, uniéndose a migrantes desesperados de todo el mundo. Las autoridades sospechan que, a medida que se levanten las restricciones por la pandemia y las incesantes repercusiones de la invasión rusa de Ucrania arriben a las fronteras de Estados Unidos, esto terminará por convertirse en una gran oleada migratoria.

Las llegadas repentinas a Tijuana presentan un reto inmediato para las autoridades fronterizas de Estados Unidos, quienes ya se preparan para una oleada de migración no autorizada proveniente de países como Honduras y Haití cuando Estados Unidos flexibilice el próximo mes sus normas fronterizas por la emergencia de la COVID-19. Ahora, Estados Unidos también debe encontrar la manera de acoger a miles de personas que huyen de la invasión mortífera ejecutada por parte de Rusia al otro lado del mundo.

“Estoy preocupada. Estoy cansada. Llevamos aquí más de dos días”, relató Nataly Yankova, de 48 años, quien huyó de Ucrania con sus dos hijas adolescentes, una en silla de ruedas, y dos sobrinos para reunirse con su hermano, que vive en Chicago.

Eran una de las 15 familias ucranianas sentadas en sillas plegables una fría noche de primavera esta semana, junto a la valla de alambre enrollado que separa México de Estados Unidos. La mayoría de ellos había tardado tres días en llegar al frente de la fila desde donde los funcionarios estadounidenses llamaban a los ucranianos para realizarles entrevistas de ingreso.

La oleada de refugiados ucranianos en México ha cobrado impulso a medida que las embajadas y consulados estadounidenses en Europa han tenido dificultades para procesar un aluvión de solicitudes de visa y de refugio.

Hace apenas una semana, solo 50 refugiados ucranianos que habían volado a México se encontraban en la bulliciosa ciudad fronteriza de Tijuana, hacinados en una pequeña parada de autobús con forma de túnel hasta que pudieran entrar a Estados Unidos. Al cabo de cuatro días, la fila había aumentado a 500, y un campamento improvisado había surgido en un terreno baldío. Ya el domingo, después de que varios aviones dejaron a refugiados de guerra en Tijuana, el número se había disparado a casi 1200, y cerca de 400 dormían en un gimnasio.

Después de las angustiosas huidas de su patria y los largos viajes en avión para llegar a México, pronto se dieron cuenta de que el paso a Estados Unidos no era automático. Comenzó a producirse una aglomeración y reinó la confusión.

Con el objeto de evitar una crisis humanitaria, decenas de voluntarios de habla rusa, organizaciones religiosas y grupos privados se apresuraron a organizar alimentos, albergue y apoyo médico y logístico a ambos lados de la frontera.

“Hay un límite a lo que podemos hacer, y hemos hecho mucho al trabajar todo el día todos los días”, expresó Olya Krasnykh, quien pidió permiso en su trabajo de promotora inmobiliaria en San Mateo, California, para organizar un equipo de respuesta integrado por unas 30 personas.

“El sistema en la frontera es increíblemente ineficiente”, afirmó con un radio en la mano. “No sé cuánto tiempo podremos seguir con el trabajo de los voluntarios”.

El gobierno de Joe Biden anunció el mes pasado que Estados Unidos aceptaría a 100,000 ucranianos. Pero no se anunció ningún detalle, lo que ha llevado a quienes tienen familiares y amigos en Estados Unidos a pagar miles de dólares para llegar a México, un país al que pueden entrar sin visa, a diferencia de Estados Unidos.

“Hicieron un anuncio sin tener un programa para llevarlo a cabo”, afirmó Krasnykh.

Y van varios días en los que las autoridades fronterizas estadounidenses solo procesan la entrada de unos 200 refugiados, la mitad de los que llegan en los vuelos.

Según los cálculos del gobierno, tras el levantamiento de la orden de salud pública relativa al coronavirus, conocida como Título 42, podrían llegar cada día unos 18,000 inmigrantes de diversos países, el triple del volumen actual. Las dificultades económicas ya han hecho que los cubanos lleguen a Estados Unidos en un número que no se había visto en casi tres décadas. Los agentes fronterizos se encontraron con más de 50,000 nicaragüenses en 2021, frente a los 2291 de 2020, debido a la persecución de la disidencia por parte del presidente Daniel Ortega.

A principios de esta semana, Chris Magnus, el comisionado de Aduanas y Protección Fronteriza, dijo en un comunicado que la agencia estaba redoblando los recursos y el personal en la frontera.

“La decisión del presidente Biden de acoger a los refugiados ucranianos que buscan seguridad en Estados Unidos es lo correcto”, opinó Blaine Bookey, directora jurídica del Centro de Estudios sobre Género y Refugiados de la Universidad de California en Hastings. Pero añadió que había dudas sobre si los migrantes ucranianos tenían prioridad sobre los de América Central y otros lugares.

“No hay otra forma de ver lo que está ocurriendo en la frontera sur que no sea a través de lineamientos raciales”, dijo.

Cinco migrantes centroamericanos, entre ellos una joven pareja guatemalteca con un niño de 3 años, se presentaron esta semana en el perímetro del campamento donde esperaban los ucranianos.

Acababan de llegar a Tijuana colgados de la Bestia, el tren famoso por su peligrosidad que atraviesa México, y esperaban poder descansar en un rincón de hierba cerca de una tienda de campaña. Uno de ellos preguntó si podían hacerlo. Su objetivo era cruzar la frontera.

“Salió en las noticias que Estados Unidos está ofreciendo asilo”, contó Marvin Francisco, hondureño de 29 años, que se enteró del inminente vencimiento del Título 42. “Mi país está infestado de mafiosos”.

A los hondureños se les permitió sentarse en la hierba, pero no se les ofreció ninguno de los pasteles, jugos y café que se les reparten a los ucranianos.

Recientemente, Tijuana abrió a los refugiados ucranianos un complejo deportivo, el Benito Juárez, que en 2018 había servido para alojar a miles de migrantes centroamericanos que habían llegado en caravana con la esperanza de entrar a Estados Unidos.

Krasnykh y su equipo negociaron el refugio en las instalaciones con funcionarios del estado de Baja California, que en pocas horas les proporcionaron colchonetas, conexión a una red wifi y seguridad. Los voluntarios que se encontraban afuera preparaban menús calientes, como sopa de remolacha, y distribuían ropa y juguetes donados.

Los voluntarios comenzaron una lista numerada, inicialmente en un bloc de notas amarillo y que ya fue trasladada a una versión en internet gracias a la ayuda de ingenieros de software, para organizar a los solicitantes de ingreso a Estados Unidos.

“Empezamos a ver el caos. La gente se enojaba entre sí”, señaló Roman Dubchak, un voluntario de Westfield, Massachusetts, que se encarga del proceso de registro. “Pronto quedó claro que teníamos que crear algún tipo de orden”, dijo Dubchak, que al igual que otros voluntarios vestía un chaleco reflectante y una insignia azul y amarilla, los colores de Ucrania.

El martes por la tarde, el número de familias en la lista había superado las 2000. A los refugiados se les indicó que estuvieran atentos a un grupo de mensajería, en el que se les avisaría cuando fuera el momento de recoger sus pertenencias y presentarse en una de las tres tiendas de campaña cercanas al puerto de entrada.

La familia de Anastasiia y Sergii Derezenko tenía el número 1767. Ellos habían viajado con sus dos hijos, Denys, de 10, y Yeva, de 8, así como con su peludo mini maltés, Luka. Habían abandonado su apartamento en los suburbios de Kiev bajo los bombardeos rusos y finalmente cruzaron Europa en tren para abordar un vuelo de Madrid a la Ciudad de México, donde conectaron con Tijuana. Sus amigos los esperan en Portland, Oregón.

Denys, un inversionista en criptomonedas de 33 años que tenía el número 1170, dijo que le había pagado a un contrabandista 5500 euros para que lo guiara por montañas y bosques para cruzar a Rumania. “Yo no quería pelear. No sé cómo pelear”, dijo Denys, quien se negó a dar su apellido porque había huido en violación de la orden de Ucrania que prohíbe a los hombres en edad militar abandonar el país.

Dijo que un amigo suyo que estaba en Polonia planeaba llevar a su amado American Staffordshire Terrier en un vuelo a Chicago, cuando él y su novia llegaran allí.

Como muchos de los que esperan en la frontera, dijo que nunca había pensado en emigrar a Estados Unidos antes de la guerra. “Tenía un departamento, un coche, un perro. Estaba feliz”, dijo, parado afuera de la tienda que compartía con su novia, Rina, y otras dos personas. Un letrero en cirílico colocado al costado decía: “No dejes comida en el suelo. Mantén a las ratas fuera”.

La familia de Daria y Sonia Speranska, dos hermanas, quedó aislada del mundo cuando el fuego de un cohete golpeó una aldea en las afueras de Kiev donde habían buscado refugio. Sin electricidad, dijeron las hermanas, hervían agua en la chimenea y racionaban la comida. Al décimo día, lograron escapar en un convoy y, finalmente, sus padres los convencieron de que debían partir hacia los Estados Unidos, donde tenían amigos.

“No queríamos irnos a otro país. Teníamos una gran vida, viajábamos”, dijo Daria, de 24 años, que trabaja en tecnología de la información.

Sonia, de 16 años, dijo que había aceptado venir “solo porque sabía que mi hermana no podía irse sin mí. Yo soy la fuerte”.

Varias personas comentaron que inicialmente habían planeado entrar a Estados Unidos por los canales oficiales, tras la oferta del presidente Joe Biden de aceptar a los ucranianos que huyen de la guerra. Sin embargo, como no hubo ningún plan concreto, solicitaron visas de turista, pero fueron rechazadas.

Lena Dorosh, de 24 años, psicóloga que huyó de Chernivtsi con su hijo Danyil, de 3 años, dijo que su familia en Oregón la ayudó a organizar un viaje de 40 horas desde Bucarest a Tijuana después de que les negaran la visa. En sus vuelos, se encontró con familias a las que también se las habían negado.

Madre e hijo pasaron tres noches en una tienda de campaña en Tijuana hasta que llegó el momento de que su número, el 920, se dirigiera a la marquesina junto al puesto de control de Estados Unidos. Los voluntarios distribuyeron sándwiches y galletas a los refugiados, que parecían resignados a la espera.

Eran casi las 11 de la noche cuando el grupo de 15 fue escoltado a través de la valla hasta el centro de procesamiento de Estados Unidos, donde los agentes recogieron sus pasaportes y luego les tomaron las huellas dactilares y los fotografiaron. Les devolvieron los pasaportes con el sello de “libertad condicional”, con la fecha de caducidad escrita a mano del 3 de abril de 2023.

Cuando salieron, cerca de la medianoche, los refugiados fueron recibidos por camionetas del Calvario de San Diego, una iglesia de la cercana Chula Vista, California, que se ha movilizado para ayudar a los ucranianos.

Los hombres se estiraron para dormir en los bancos del templo, mientras que la mayoría de las mujeres y los niños descansaban en colchones inflables en el suelo. Por la mañana, los voluntarios ayudaron a las familias a organizar el viaje a sus destinos finales.

A primera hora de la tarde, algunos de ellos ya estaban en camino, incluida la familia de Nataly Yankova, quien subió, sonriendo y saludando, a una camioneta con destino a Chicago.

Al salir del estacionamiento, otras camionetas se acercaban con personas recién llegadas de la frontera.



JMRS