Panorama Norteamericano

Kamala Harris está estancada

2022-07-28

Que Harris se haya quedado estancada en un rol político es inquietante para cualquier...

Por Jeffrey Frank | The New York Times

Apenas unos meses después de asumir la presidencia en 1953, Dwight D. Eisenhower encomendó una tarea inusual a su vicepresidente, Richard Nixon.

Años antes, cuando Eisenhower era comandante supremo de las fuerzas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, le angustiaba la falta de preparación del vicepresidente Harry Truman ante la repentina muerte del presidente Franklin Roosevelt. Eisenhower, quien llegó a la presidencia a los 62 años con un pasado como fumador de cuatro cajetillas al día y una afección que se volvería una grave enfermedad cardiaca, comprendía la importancia de preparar a un vicepresidente para la presidencia; Nixon solo tenía seis años de experiencia como congresista y senador por el estado de California antes de convertirse en compañero de fórmula de Eisenhower.

El presidente no sentía gran simpatía por Nixon, a quien apenas conocía, pero le dio mucho que hacer, como enviarlo a él y a su esposa, Pat, al que sería un viaje de 68 días por Asia y Medio Oriente. En el otoño de 1953, los Nixon visitaron Japón, Corea, Filipinas, Tailandia, India, Pakistán, Irán y Libia, lo que representó la primera de las muchas oportunidades que tuvo el vicepresidente de establecer vínculos personales con líderes extranjeros.

Fue una experiencia que le enseñó mucho a Nixon sobre diplomacia y estadismo. Además, las críticas fueron buenas: un artículo entusiasta de la revista Life decía que Nixon se había consolidado como “impulsor y agitador de los asuntos nacionales y mundiales”.

La vicepresidenta Kamala Harris, quien estaba en su primer periodo como senadora por el estado de California antes de llegar a la Casa Blanca, no ha tenido el tipo de experiencias de inmersión o tareas continuas de alto perfil que profundizarían y ampliarían sus habilidades de manera que los estadounidenses pudieran verlas y apreciarlas. En la era moderna, es evidente que un viaje de 68 días para un vicepresidente sería ridículo. Pero en los últimos dieciocho meses, su capacitación en gobernanza en el trabajo ha incluido en general temas intratables como la migración y el derecho al voto, en los que no ha mostrado un crecimiento comprobable en liderazgo, y viajes mal planeados al extranjero como la incursión accidentada en Centroamérica hace un año y la empresa más exitosa de reunirse con el nuevo presidente de los Emiratos Árabes Unidos, en la que encabezó a un equipo que incluyó al secretario de Estado, Antony Blinken, y al secretario de Defensa, Lloyd Austin.

Si otros presidentes han formado verdaderas alianzas en el cargo con sus vicepresidentes y se han esforzado por profundizar su experiencia, el presidente Biden y Harris no han podido hacerlo o no les ha interesado llevar a cabo una transformación similar. Desde afuera, se ven pocos indicios de que la Casa Blanca de Biden tenga la misma urgencia del general Eisenhower por realzar el papel y mejorar la preparación de la persona que podría heredar la presidencia en cualquier momento.

El anuncio de Biden la semana pasada de que dio positivo al coronavirus subraya la necesidad clara y presente de que el líder de 79 años, sus asesores y Harris encuentren formas para que ella se vuelva una verdadera socia gobernante, en lugar de ser solo la compañera de fórmula que lo ayudó a ganar la elección. No se trata simplemente de ser justo con Harris o elevarla como se ha elevado a otros vicepresidentes; los estadounidenses merecen saber y ver que tienen una vicepresidenta a quien la Casa Blanca y los funcionarios del gobierno consideran capaz para asumir el cargo en caso de que algo le suceda al presidente.

En cambio, hemos visto prácticamente lo contrario. Sin duda se ve obstaculizada por la falta de popularidad de Biden, pero tampoco se ha convertido en la cara pública exitosa de ningún tema importante. Hace poco emprendió con ímpetu su gira “How Dare They”, como describió un titular de Politico sus viajes para atacar a los republicanos por su postura respecto al derecho al aborto después de que la Corte Suprema anuló el fallo de Roe contra Wade, pero este trabajo solo subraya lo limitado de su papel político. Tiene como objetivo entusiasmar a las bases demócratas, un trabajo básico de los vicepresidentes. No es algo que demuestre que es capaz de asumir la presidencia o les dé razones a los estadounidenses para verla como una líder viable para un país que necesita liderazgo con urgencia.

La historia de las relaciones entre presidentes y vicepresidentes —por lo regular inestable, ya se trate de Roosevelt y Henry Wallace o, más recientemente, de George H. W. Bush y Dan Quayle— ilustra no solo respecto a los modelos para una gobernanza exitosa, sino también respecto a la importancia crítica de tener a una segunda persona al mando hábil y bien preparada.

Que Harris se haya quedado estancada en un rol político es inquietante para cualquier persona preocupada por la estabilidad y la continuidad del poder ejecutivo. Ningún presidente estadounidense ha celebrado su cumpleaños número 80 en el cargo, como lo hará Biden el 20 de noviembre. Por fortuna, experimentó “síntomas muy leves” del coronavirus, pero aun así es difícil ignorar la realidad estadística y el simple hecho de que parece más frágil que un hombre o una mujer de 60 años (o, para el caso, que su vicepresidenta de 57 años).

De los 15 vicepresidentes que se convirtieron en presidentes, ocho llegaron al cargo después de la muerte de un presidente (cuatro fueron elegidos más tarde por sí mismos). Eso le da a la vicepresidencia un peso sobrio, aun cuando el candidato presidencial y su compañero de fórmula son modelos de la vitalidad de la mediana edad, como lo fueron Jimmy Carter y Walter Mondale en 1976 o Bill Clinton y Al Gore en 1992.

Una penumbra de fragilidad ha ensombrecido la presidencia moderna. Cayó sobre Roosevelt al final de su tercer mandato, aunque, debido a que eran tiempos de guerra, casi no se habló de ello públicamente. Tocó a Ronald Reagan, de 70 años, quien fue herido de bala por un hombre que intentó asesinarlo en marzo de 1981, y a Eisenhower, en septiembre de 1955, cuando el presidente de 64 años sufrió un grave ataque cardiaco. La mortalidad a menudo rondaba los pensamientos de Eisenhower. En 1954, cuando pensaba si debía postularse para un segundo mandato, se refirió en su diario a “la mayor probabilidad de que un hombre de 70 años se derrumbe bajo una carga que un hombre de 50”, y, sobre todo, a la “creciente gravedad y complejidad de los problemas que recaen en el presidente para que este los solucione”.

Harris no tiene la culpa de su relativa escasez de experiencia nacional e internacional: llevaba menos de cuatro años en el Senado cuando Biden la seleccionó, y lo hizo sabiendo que nunca había ocupado un cargo ejecutivo. No obstante, en los casi dos años desde que Biden nombró a Harris su compañera de fórmula en agosto de 2020, nos hemos dado cuenta de que sus vínculos con Biden y los funcionarios clave del gobierno son relativamente frágiles. No es poca cosa que solo haya tenido un puñado de almuerzos privados este año con Biden. Y después de su primer almuerzo con Blinken, en febrero de 2021, se dijo que ella esperaba que sus almuerzos continuaran, como habían continuado los del entonces vicepresidente Biden con la secretaria de Estado de ese momento, Hillary Clinton. Este tipo de interacciones habían sido costumbre. Por ejemplo, a finales de la década de 1950, el vicepresidente Nixon formó una relación casi filial con el secretario de Estado, John Foster Dulles. Sin embargo, no ha habido almuerzos regulares de Harris y Blinken (aunque los dos se conocieron, han hablado por teléfono y tienen lo que un funcionario del Departamento de Estado llama “compromisos habituales” e “interacción regular”).

Un nuevo libro de dos reporteros del Times, Jonathan Martin y Alexander Burns, This Will Not Pass: Trump, Biden, and the Battle for America’s Future, hace una descripción definitiva de la relación entre Biden y Harris, o de su inexistencia. Explica que los asesores de Biden estuvieron dispuestos a pasar por alto las debilidades de Harris para favorecer los intereses políticos inmediatos de Biden, y vieron que su principal valor consistía en su ayuda para ganar las elecciones de 2020. Fue una elección histórica, destinada a convertirse en la primera mujer, la primera afroestadounidense y la primera estadounidense con herencia de sur de Asia en ocupar el cargo de vicepresidenta. En cuanto a la preparación presidencial, Biden se concentró más en formar una coalición multirracial para reflejar la diversidad de la nación en su gobierno.

Harris ha sido blanco habitual de reportajes negativos sobre el desorden y la rotación de su personal, su molestia porque el personal de la Casa Blanca no se puso de pie cuando ella entró en una habitación o incluso su malestar en algunas entrevistas con los medios. También se ha enfrentado a los dobles estándares respecto a cómo la ven y la juzgan, como les ocurre a muchas mujeres y personas de color, incluso cuando son las “primeras” en algún puesto.

Sin embargo, tampoco es la primera vicepresidenta en recibir críticas y sentirse frustrada por un trabajo cuyos deberes constitucionales son presidir el Senado y contar los votos electorales. Lyndon Johnson, quien alguna vez fue un líder de la mayoría poderoso e intimidante, se sentía como una figura al margen cuando fue vicepresidente de John F. Kennedy. Hasta Biden, a pesar de su supuesta cercanía con el presidente Barack Obama, se resistió a lo que percibió como intentos de la Casa Blanca de controlarlo durante los ocho años que se desempeñó como vicepresidente. Pero los vicepresidentes Johnson y Biden eran veteranos de Washington, al igual que George H. W. Bush, el vicepresidente de Reagan. Harris era una novata en lo que respecta a la política exterior o las luchas internas de Washington.

Hoy, no solo son temas de discusión la edad y la salud de Biden, más después de que se enfermara de COVID-19, sino también si se postulará para un segundo mandato. En los últimos seis meses, con el índice de aprobación de Biden en caída libre, decenas de estrategas y funcionarios demócratas han expresado dudas sobre sus deficiencias como líder y su viabilidad como candidato; algunos quieren que Biden se retire, y cuanto antes mejor. En una época de inflación que no se había visto en décadas, tiroteos masivos y una pandemia persistente, muchos demócratas ven con temor las elecciones intermedias de noviembre.

Esas también son malas noticias para Harris, cuyo desempeño deficiente como candidata presidencial en 2019 la llevó a retirarse antes de las asambleas electorales de Iowa. Las declaraciones de Biden de que volverá a postularse solo parecen alentar a sus oponentes. La ausencia de Harris en el poder ejecutivo, como gestora de crisis y formuladora de políticas, la deja como una heredera natural muy débil. Los demócratas, si no es que otros estadounidenses, se beneficiarían si Harris pudiera aportar un conjunto convincente y variado de experiencias e ideas de su tiempo en la Casa Blanca a la competitiva contienda presidencial primaria demócrata para brindar opciones más sólidas a los votantes y añadir sustancia al debate.

En cualquier caso, es probable que la campaña presidencial de 2024 sea inusualmente desagradable, no solo con peleas sobre los temas polémicos de siempre, sino con muchos republicanos dispuestos a repetir sin vergüenza ni pudor las mentiras de Donald Trump sobre la validez de las elecciones de 2020 y, por ende, sobre la legitimidad de la democracia estadounidense. Con el gobierno bajo el asedio de una nueva clase de enemigos internos y con más de dos años antes de las próximas elecciones presidenciales, Biden no solo debe encontrar la manera de infundir entusiasmo y un nuevo propósito a su partido, sino también cumplir con la obligación urgente que tiene con su partido y la nación de acelerar y promover la preparación y la autoridad de su vicepresidenta.



Jamileth