Tras Bambalinas

Donald Trump buscaba posar para una fotografía y se desató el caos en un parque

2020-06-03

Durante su tiempo al mando de Estados Unidos, Trump ha generado preocupación debido a lo que...

Por Peter Baker, Maggie Haberman, Katie Rogers, Zolan Kanno-Youngs y Katie Benner

The New York Times

Luego de un fin de semana de protestas que llegaron hasta la puerta misma de la Casa Blanca y que lo forzaron a internarse brevemente en un búnker subterráneo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó el lunes 1 de junio al Despacho Oval perturbado por las imágenes mostradas en televisión. Le molestaba que alguien pudiera pensar que se estaba escondiendo y se encontraba deseoso por actuar.

Trump quería enviar al ejército a algunas ciudades del país, una idea que provocó una discusión acalorada, en la que se elevaron las voces, entre sus asesores. Pero, para el final del día, a instancias de su hija Ivanka, el presidente elaboró una forma más personal de demostrar dureza: caminaría a través de la plaza Lafayette hasta una iglesia que había sido dañada por el fuego la noche anterior.

Había un problema: el plan desarrollado durante el día para ensanchar el perímetro de seguridad alrededor de la Casa Blanca aún no se había llevado a cabo. Cuando el fiscal general William P. Barr salió de la Casa Blanca para una inspección personal a inicios de la tarde del lunes, descubrió que los manifestantes seguían en el extremo norte de la plaza. Para que el presidente pudiera llegar a la iglesia de St. John, tendrían que vaciarla. Barr dio la orden de dispersar a los manifestantes.

El resultado fue un estallido de violencia a la sombra de la Casa Blanca como no se había visto en generaciones. Mientras se preparaba para su caminata sorpresa a la iglesia, Trump primero apareció ante las cámaras en el Jardín de Rosas para autoproclamarse “su presidente de la ley y el orden” y también “un aliado de todos los manifestantes pacíficos”, aun cuando los manifestantes pacíficos a una cuadra de distancia y los clérigos en el patio de la iglesia estaban siendo dispersados por el humo, las granadas cegadoras y alguna forma de aerosol químico utilizado por los oficiales antidisturbios y la policía montada.

Un día después de que reprendió a los gobernadores por ser “débiles” y los sermoneó para que “dominaran” a los manifestantes, el presidente salió de la Casa Blanca, seguido de una falange de asistentes y agentes del servicio secreto en su camino hacia la iglesia, donde posó con el gesto adusto, sosteniendo una Biblia que su hija sacó antes de su bolso MaxMara de 1540 dólares.

Las fotografías resultantes de Trump caminando decidido a través de la plaza satisficieron su arraigado deseo de proyectar fortaleza. Su equipo de campaña empezó rápidamente a circular las imágenes y a fijarlas en sus cuentas de Twitter, una vez que el presidente se encontraba seguro y de regreso en una Casa Blanca fortificada.

La escena de los estragos que precedieron a la caminata —a poco más de 300 metros del símbolo de la democracia estadounidense— evocó imágenes comúnmente asociadas con países autoritarios, pero esto no molestó al presidente, quien tiene un largo historial de coqueteos con autócratas extranjeros y ha expresado envidia por su capacidad de dominación.

Durante su tiempo al mando de Estados Unidos, Trump ha generado preocupación debido a lo que sus críticos ven como instintos autocráticos, que incluyen sus reivindicaciones de poder ilimitado para “hacer lo que quiera”, sus ataques a instituciones semiautónomas del gobierno como el FBI o los inspectores generales y sus esfuerzos por desacreditar fuentes independientes de información que lo enfurecen, como la prensa, a la que llama “enemiga del pueblo”.

Y cuando se escriba la historia de la presidencia Trump, el choque de la plaza Lafayette quizá sea recordado como uno de sus momentos definitorios.

Trump y su círculo íntimo consideraron que se trató de un triunfo y que tendría eco positivo con muchos estadounidense de a pie, disgustados por las escenas de los disturbios y saqueos que han acompañado las protestas pacíficas por la muerte de un hombre afroamericano a manos de la policía en Mineápolis.

Pero algunos críticos, entre ellos algunos republicanos, estaban horrorizados ante el uso de la fuerza contra ciudadanos que no suponían ningún tipo de amenaza en ese momento, todo para organizar lo que consideraron un torpe posado fotográfico que mostró únicamente rostros blancos. Algunos senadores demócratas utilizaron términos como “fascista” y “dictador” para describir las palabras y acciones del presidente.

La obispo Mariann Edgar Budde de la diócesis episcopal de Washington, quien no fue consultada de antemano, dijo que estaba “indignada” por el uso de una sus iglesias como escenario político para alardear de la represión de protestas contra el racismo. Incluso algunos funcionarios de la Casa Blanca expresaron en privado su consternación porque el séquito del presidente no hubiera pensado en incluir a una sola persona de color.

La alcaldesa Muriel E. Bowser de Washington objetó la acción tajantemente el martes y dijo que el gobierno federal había incluso abordado en privado la idea de hacerse cargo de la policía de la ciudad, algo a lo que ella prometió oponerse. “No creo que el ejército deba usarse en las calles de ciudades estadounidenses contra estadounidenses”, dijo, “y definitivamente no creo que deba hacerse para un espectáculo”.

El condado de Arlington, en los suburbios de Virginia, retiró a sus agentes de policía del grupo reunido para proteger la Casa Blanca y otros edificios federales luego del choque de la plaza Lafayette. E incluso antes de esto, los gobernadores demócratas de Virginia, Nueva York y Delaware se negaron a enviar las tropas de la Guardia Nacional que el gobierno de Trump había solicitado.

El espectáculo organizado por la Casa Blanca también colocó a los líderes militares en una difícil posición a la hora de explicar por qué, según las críticas de oficiales retirados, habían permitido que los utilizaran como utilería política. El secretario de Defensa, Mark T. Esper, y el general Mark A. Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto, hicieron saber a través de oficiales militares que ellos no supieron con antelación de la dispersión de manifestantes ni los planes del presidente para un posado fotográfico. E insistieron en que ellos pensaban que iban a acompañarlo a pasar revista a las tropas.

La acción policial allanó el camino para el posado fotográfico pero a duras penas calmó la ira en las calles. Para la tarde del martes, los manifestantes habían vuelto a los límites de la plaza Lafayette —donde durante la noche se habían levantado nuevas vallas— y gritaron su descontento frente a la fila de oficiales vestidos de negro.

“Sáquense el equipo antidisturbios, aquí no hay disturbios”, cantaron.

El martes sus asistentes defendieron la caminata de Trump a la iglesia, dado que se había suscitado un pequeño incendio en su sótano durante las protestas de fin de semana. “El presidente sintió al ver esas imágenes la noche del domingo, que se había cruzado una línea terrible que va mucho más allá de la protesta pacífica”, le dijo a los reporteros Kellyanne Conway, su consejera.

Pero Conway lo distanció de las decisiones que se tomaron para dispersar a la multitud. “Claramente, el presidente no sabe cómo manejan sus movimientos los cuerpos de seguridad”, dijo.

Este recuento del choque está basado en las descripciones de los reporteros en el lugar de los hechos, entrevistas con decenas de manifestantes, ayudantes de la Casa Blanca, agentes de los cuerpos de seguridad, líderes de la ciudad y otros involucrados en un día tenso, así como en un análisis de los videos del equipo de investigaciones visuales de The New York Times.

La mañana en la Casa Blanca

Trump estaba inquieto la mañana del lunes al reunirse con los asesores de seguridad nacional y cuerpos de seguridad para discutir lo que podía hacerse respecto a la agitación callejera. Los asesores le dijeron que no podía dejar que la capital de la nación se desbordara, que el simbolismo era demasiado importante y que tenía que controlar la situación esa noche.

Entre las ideas que se barajaron estaba invocar la Ley de Insurrección, una ley del siglo XIX que permitiría al presidente enviar personal militar en activo a apagar los disturbios por encima de las objeciones de los gobernadores. La ley ha sido controversial desde hace mucho tiempo. El presidente George Bush la invocó en 1992 para responder a los disturbios de Rodney King solo a pedido de California. Pero en la era de los derechos civiles, los presidentes enviaban a las tropas para hacer valer el fin de la segregación a pesar de la resistencia de los gobernadores racistas.

Su uso es tan controversial que el presidente George W. Bush dudó de invocarla para responder al huracán Katrina por temor a que pareciera que intentaba desautorizar a los líderes locales y estatales.

El vicepresidente, Mike Pence, estaba a favor de la idea, bajo el razonamiento de que permitiría actuar con mayor rapidez que llamar a las unidades de la Guardia Nacional, y Esper lo apoyó. Pero Barr y el general Milley le aseguraron al presidente que tenía ya suficiente fuerza en la capital del país para asegurar la ciudad y expresó preocupación de llamar a soldados en activo para desempeñar un papel como ese.

Varios funcionarios tuvieron distintas impresiones de la posición de Mark Meadows, el jefe de Gabinete, respecto al tema pero la discusión se acaloró cuando empezaron a alzarse las voces y aumentar la tensión.

Trump y Pence entonces llevaron a cabo una llamada en conferencia con los gobernadores del país en la que el presidente los reprendió por ser “débiles” y “tontos” y les aconsejó “dominar” a los manifestantes. Esper habló de controlar “el espacio de batalla”.

El presidente habló con reverencia sobre la represión en Mineápolis una vez que la Guardia Nacional había llegado. “Es algo hermoso de ver”, dijo. “Simplemente no puede ser mejor. No se necesita experimento. No tienen que hacerse pruebas”.

Planeación de mediodía

En Washington, Barr estaba a cargo de la respuesta federal. Contaba con oficiales de tantas agencias como pueden deletrearse con una sopa de letras, agentes y tropas para defender la Casa Blanca y otras instalaciones federales, entre ellos el Servicio Secreto, la Policía de Parques de Estados Unidos, la Guardia Nacional, la Policía del Capitolio, la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos, el Servicio de Alguaciles, la Oficina de Prisiones, Aduanas y Protección Fronteriza e Inmigración y Control de Aduanas.

A Barr le preocupaban las manifestaciones cercanas a la Casa Blanca que durante el fin de semana habían resultado en un pequeño incendio en el sótano de la iglesia de St. John y el grafiti en la sede del Departamento del Tesoro, así que decidió extender el perímetro de seguridad más lejos de la mansión.

Se convocaron refuerzos. Justo antes del mediodía, se envió una alerta a todos los agentes del área de Washington pertenecientes a la Oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional, una división de ICE, diciéndoles que se preparen para ayudar con cualquier manifestación, según un correo electrónico etiquetado de gravedad “alta”. El FBI desplegó su equipo de rescate de rehenes de élite, agentes altamente armados y entrenados más acostumbrados a arrestar a sospechosos peligrosos que a enfrentarse a disturbios. Por su parte ICE desplegó sus “equipos especiales de respuesta” para proteger las instalaciones de la agencia y se quedó de guardia.

Pero otros eran reacios a ayudar. Trump fue tan agresivo en la llamada con los gobernadores que cuando el gobernador Ralph Northam de Virginia recibió una solicitud para enviar hasta 5000 de las tropas de la Guardia Nacional de su estado, se preocupó. Su personal contactó a la oficina de Bowser y descubrió que la alcaldesa ni siquiera había sido notificada de la solicitud. En ese momento, Northam rechazó a la Casa Blanca. Del mismo modo, el gobernador Andrew Cuomo de Nueva York canceló los autobuses de las tropas de la Guardia Nacional que iban a Washington.

Hacia la media tarde del lunes, los manifestantes se habían reunido una vez más en la calle H y en la parte norte de la plaza Lafayette, esta vez de manera pacífica. La reverenda Gini Gerbasi, rectora de la iglesia de St. John en Georgetown y quien había sido rectora asistente en St. John, llegó cerca de las 4 de la tarde con cajas de agua para los manifestantes. En el patio de la iglesia se le unieron unos 20 clérigos que repartieron bocadillos.

Junto a ellos, en el patio, un grupo afiliado a Black Lives Matter mezclaba agua y jabón en botellas exprimibles para usar como enjuague de ojos de emergencia si los manifestantes eran rociados con gases lacrimógenos por parte de la policía.

Si bien ocasionalmente hubo algunos encuentros agresivos con la policía, dijo Gerbasi, en gran parte había tranquilidad. “Hubo algunos momentos tensos”, dijo. “Pero fue pacífico”.

Cerca, en la Casa Blanca, Trump estaba ideando su plan de caminar a la iglesia. Varios funcionarios del gobierno dijeron que fue idea suya; dos funcionarios dijeron que Meadows se la atribuyó a Ivanka Trump durante una reunión de personal de alto nivel el martes. El plan fue diseñado durante una reunión del Despacho Oval en la que participaron Ivanka Trump, Meadows, Jared Kushner, yerno y asesor principal del presidente, y Hope Hicks, otra asesora principal.

En algún momento, Anthony Ornato, un veterano del Servicio Secreto que se desempeña como subdirector de personal para operaciones, fue requerido para coordinar la logística de la visita. A Hicks se le ocurrió cómo luciría. Pero los funcionarios admitieron en privado que se pensó poco en lo que haría Trump una vez que llegara a la iglesia. Se discutió la posibilidad de entrar, pero estaba cerrado.

El presidente y su equipo decidieron que primero haría una declaración en el Jardín de las Rosas en la que expresaría condolencias hacia la familia de George Floyd, el hombre negro que murió en Mineápolis cuando un oficial de policía se arrodilló en su cuello durante casi nueve minutos. Luego Trump mostraría una postura firme a favor de recuperar las calles. Amenazaría con invocar la Ley de Insurrección en caso de que los gobernadores y alcaldes no hicieran un mejor trabajo de seguridad. A los periodistas se les dijo que habría una declaración, pero la marcha a la iglesia se mantuvo en secreto. Barr salió de la Casa Blanca y entró en la plaza Lafayette solo para descubrir que el plan de extender el perímetro de seguridad no se había llevado a cabo. Ordenó a los agentes sobre el terreno que completaran la expansión, lo que implicaba dispersar a los manifestantes, pero no hubo tiempo suficiente para hacerlo antes de la declaración planificada del presidente.

Antes del choque

A las 5:07 de la tarde, camiones de la Guardia Nacional cargados de tropas se dirigieron al norte por la avenida West Executive, un carril en el complejo de la Casa Blanca entre el ala oeste y el Edificio de Oficinas Ejecutivas Eisenhower, y pasaron por la entrada de visitantes, salieron por las puertas y giraron a la derecha en la avenida Pennsylvania.

Poco después, dos miembros del equipo de contraataque del Servicio Secreto aparecieron en el techo del ala oeste con armas y binoculares, mirando hacia el norte hacia la plaza Lafayette. Si bien los francotiradores se instalan en el techo principal de la Casa Blanca de cuando en cuando, generalmente no son destacados a la parte superior del ala oeste, y la imagen era chocante para quienes acuden regularmente al edificio.

El cuerpo de prensa de la Casa Blanca fue convocado al Jardín de las Rosas a las 6:03 de la tarde. Afuera de las puertas y al otro lado de la plaza Lafayette, varios de los oficiales con equipo antidisturbios se arrodillaron y algunos manifestantes pensaron que estaban expresando solidaridad como lo ha hecho la policía en otras ciudades, pero, de hecho, se estaban poniendo sus máscaras antigás.

A las 6:17 de la tarde, una gran falange de agentes que vestían uniformes del Servicio Secreto comenzó a avanzar hacia los manifestantes, trepando o saltando barreras en el borde de la plaza en la calle H y Madison Place. Las autoridades dijeron más tarde que la policía advirtió tres veces a los manifestantes, pero si lo hicieron, los reporteros en el lugar y muchos manifestantes no lo escucharon.

Se disparó algún tipo de agente químico a los manifestantes, se lanzaron granadas cegadoras y la policía montada se dirigió hacia la multitud. “La gente estaba cayendo al piso” al sonido de golpes y estallidos que sonaban como disparos, dijo Gerbasi. “Comenzamos a ver y a oler gases lacrimógenos, y la gente corría hacia nosotros”.

A eso de las 6:30 de la tarde, dijo, “de repente la policía estaba en una fila, en el patio de la iglesia de St. John, literalmente presionando y empujando a la gente fuera del patio”.

Julia Dominick, seminarista del Seminario Teológico de Virginia, en Alexandría, Virginia, y enfermera de emergencias retirada, estaba atendiendo a un manifestante cuando una línea de policía avanzó.

“No hubo una advertencia”, dijo. “Nunca he estado en una guerra. Nunca me han disparado. Nunca he sentido miedo de esa manera. Esos sonidos y el gas, se quedarán conmigo”. (Ninguna agencia policial reconoció el uso de gases lacrimógenos, pero los periodistas y manifestantes en el lugar dijeron que claramente había un irritante químico de algún tipo).

A las 6:43 de la tarde, Trump hizo su declaración en el Jardín de las Rosas y concluyó siete minutos después. Después volvió a entrar a la Casa Blanca y salió por el lado norte, atravesó el portón camino al parque. Barr, Esper, el general Milley, Meadows, Ivanka Trump, Kushner y otros lo siguieron, pero Pence y su personal se quedaron mientras el edificio se vaciaba y lo vieron por televisión.

El movimiento del presidente sorprendió a casi todos, como pretendía, incluidas a las fuerzas del orden. El jefe de policía de Washington dijo que fue notificado solo unos momentos antes. Los comandantes de la Policía de Parques estaban tan sorprendidos como todos los demás al ver al presidente en el parque.

Al llegar a St. John, Trump no fingió otra intención que no fuera el posado para las fotografías: levantó la Biblia que llevaba su hija y luego reunió a algunos de los altos asesores junto a él en una fila. No hizo comentarios y luego, una vez cumplido su propósito, regresó a la Casa Blanca, pasando en el camino frente a una pared con un nuevo grafiti que decía: “Fuck Trump” (A la mierda Trump).

La policía y otras fuerzas persiguieron a los manifestantes alrededor de la capital el resto de la noche, con helicópteros militares que incluso se lanzaron a baja altura como demostraciones de fuerza. Barr y el general Milley recorrieron las calles en diferentes puntos.

La mañana del martes Trump se jactó de haber triunfado. “D.C. no tuvo problemas anoche”, escribió en Twitter. “Muchos arrestos. Todos hicieron un gran trabajo. Fuerza abrumadora. Dominación. Igualmente, Mineápolis estuvo grandiosa (¡gracias, presidente Trump!).”

Para la tarde del martes, las multitudes habían vuelto y eran incluso más numerosas.



Jamileth