Deportes

El mercado de la esperanza

2020-06-29

La economía del fútbol trasvasa la pasión en dinero. Al patear la pelota en...

Por Juan Villoro | The New York Times

Una estafa globalizada

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) fue diseñada para garantizar la convivencia pacífica, pero rara vez impide una guerra. La FIFA se concibió para promover el fútbol en forma desinteresada, pero favorece negocios clandestinos. ¿Qué institución pesa más? Un dato revela el estado del mundo: la ONU tiene menos afiliados que la FIFA.

Numerosas formas del comercio prosperan en la ilegalidad, de la piratería al narcotráfico, pasando por las bolsas de valores donde se filtra información privilegiada. Ninguna de esas variantes del abuso depende de la ilusión. En cambio, la economía del fútbol trasvasa la pasión en dinero. Al patear la pelota en nombre de los suyos, los jugadores activan una cadena productiva que va de los derechos de televisión a la venta de refrescos. Miles de intermediarios se benefician del sudor de los héroes, pero algunos se benefician más.

En la oscuridad de un palco, un hombre fuma un puro y hace cálculos. Su relación con el juego es especulativa. Podría dedicarse al tráfico de esclavos o la trata de mujeres, pero desempeña una tarea que llega a prestigiar la venta de personas. Es un directivo. Como miembro de una especie depredadora, no es el único que abusa de los demás. Lo singular es que abusa de sus sueños.

La serie chilena El presidente, estrenada en 2020, aborda el caso de Sergio Jadue, directivo de un modesto club de provincia que llegó a presidir el fútbol chileno y se convirtió en cómplice de Julio Grondona, patriarca del fútbol argentino y vicepresidente de la FIFA. En 2015, la red de estafas y sobornos de la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) dio lugar al “FIFA Gate” investigado por el FBI. La serie recrea el backstage del oprobio, los pasillos donde se decide la millonaria feria del balompié.

Conocí a Grondona durante el Mundial de 2006 en Alemania. En el espacio informativo del que yo formaba parte, descollaba Carlos Bianchi, el entrenador que le dio todos los títulos posibles a Boca Juniors y se negó a dirigir la selección albiceleste por discrepancias con el atrabiliario presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Grondona visitó nuestro estudio de televisión, vio el asiento vacío de Bianchi y dijo: “Sé que tienen un equipo pesado, en todos los sentidos de la palabra”. El directivo parecía calcado de Los Soprano. Su voz densa, donde se trababan las “erres”, transmitía afecto para los leales y desprecio para los adversarios; soltaba frases discriminatorias (“a los judíos les gustan las cosas difíciles”) y respondía al cargo de mafioso con taimada serenidad: “La indiferencia es la que hace vivir tranquilo”.

En un casting de directivos corruptos, Grondona hubiera sido rechazado por obvio. Otros piratas de las gradas son menos evidentes. El carismático Bernard Tapie fue cantante en los sesenta, participó en política con propuestas progresistas y presidió al Olympique de Marsella. Se conducía con la misma soltura a bordo de un yate, en un restaurante con estrellas Michelin o en un barrio de inmigrantes argelinos. En 1996, el juez Pierre Philipon le dictó orden de aprehensión por cometer un fraude millonario en el traspaso de jugadores.

Dos años después, Francia fue sede del Mundial y Jean-François Nys, profesor de la Universidad de Limoges, escribió: “La masa financiera drenada por el fútbol en el conjunto del planeta, está estimada en 1,5 billones de francos, equivalente al presupuesto de Francia. Esta masa financiera, por sus orígenes múltiples y sus flujos complejos, no siempre es transparente y atrae capitales dudosos, siendo posible que se blanquee dinero ‘negro’”.

No solo las dictaduras aprovechan los beneficios discrecionales del fútbol. Las democracias más desarrolladas han reservado una zona para ejercer la impunidad sin que parezca ilegal. Lo que no se aceptaría en un proceso electoral, se acepta en el deporte organizado, paraíso de la longevidad donde João Havelange gobernó la FIFA durante 24 años, Juan Antonio Samaranch, el Comité Olímpico Internacional por 21 años, y José Sulaimán, el Consejo Mundial de Boxeo durante más de tres décadas.

Aunque no escasean los directivos honestos, los incentivos para la corrupción son difíciles de vencer. El fútbol produce negocios que no lo parecen. La FIFA es una asociación “no lucrativa” que dispone del presupuesto anual de Francia.

El Caso del Cruz Azul o La eterna historia del “ya merito”

En 1964, el Cruz Azul subió a la primera división del fútbol mexicano. El equipo provenía de una cooperativa cementera. Hombre de izquierda, mi padre se entusiasmó con un proyecto donde el proletariado podía anotar goles. Los Cementeros jugaban en Jasso, Hidalgo, a casi noventa kilómetros de la Ciudad de México. Un domingo fuimos a verlos enfrentar al Guadalajara, único equipo sin extranjeros. Para mi padre, ese partido representaba el nacionalismo en la hierba. El pequeño estadio solo tenía una tribuna; más allá del campo, podían verse las casas de los obreros y las instalaciones de la fábrica.

Tiempo después, el Cruz Azul se trasladó a la capital, contrató a cracks indiscutibles (el portero argentino Miguel Marín, el defensa chileno Alberto Quintano, el entrenador mexicano Raúl Cárdenas) y dominó los años setenta con suficiente poderío para merecer otro apodo: La Máquina Celeste. Millones de niños delegaron sus ilusiones en ese club.

Pero al compás de esa historia de éxito, ocurría otra. Desde diciembre de 1953 y hasta 1976, el principal directivo era Guillermo Álvarez Macías, quien promovió el tránsito del ámbito amateur al profesionalismo. En los años setenta, su hijo “Billy” comenzó a despuntar como directivo. Desde entonces, los intereses deportivos de la cooperativa han estado en manos de una familia: los hermanos Guillermo y José Alfredo Álvarez Cuevas y su cuñado, Víctor Garcés Rojo. Lo que mi padre veía como la arcadia del socialismo deportivo se convirtió en el botín de unos cuantos.

Hace unos días fueron bloqueadas las cuentas de “Billy” Álvarez. La Unidad de Inteligencia Financiera pide que aclare transacciones por cerca de 40 millones de dólares y más de 300 millones de pesos, y ha levantado cargos por lavado de dinero y delincuencia organizada.

El Cruz Azul no obtiene un título desde 1997. Es el “ya merito” de nuestro fútbol; califica a la Liguilla, lo cual garantiza ganancias televisivas, pero pierde de último momento, lo cual justifica la compraventa de jugadores. Por ahí han pasado internacionales como Federico Lussenhoff, el Chelito Delgado, Emanuel Villa y Mauro Camoranesi (campeón mundial con Italia en 2006). Entre los costosos fichajes nacionales se cuentan los de Jared Borgetti, Kikín Fonseca y Paco Palencia. No faltan las contrataciones enigmáticas, como la de Youssouf Fofana, de Costa de Marfil, que llegó al club a los 30 años, en una suerte de prejubilación. Desde que alzó su último trofeo, el club ha contratado a más de cien jugadores y 17 técnicos.

Todo eso se logró con dinero ajeno. Consumado diplomático, “Billy” Álvarez se ha servido de sus impecables modales para especular con los recursos de los cooperativistas sin obtener campeonatos y ha contado con el apoyo otros directivos. Que haya permanecido más de cuatro décadas al frente del club confirma la ausencia de democracia en un deporte donde los atletas tienen fecha de caducidad, pero los presidentes envejecen en un palco.

En 2010, Víctor Garcés fue separado de su cargo como director jurídico del Cruz Azul porque se le vinculó con un desfalco de 400 millones de dólares. Garcés llevaba 22 años en la institución; su proceder no podía ser ignorado en esas oficinas. La cooperativa presentó tres demandas contra la directiva por “robos”, “disposiciones de dineros”, “contratos para favorecer a determinadas personas” y “contrataciones abusivas”. Ese año, tres juzgados fallaron a favor de la cooperativa, pero la Procuraduría de Justicia de la Ciudad de México impidió que las sentencias tuvieran efecto. Esto apunta a una red de sobornos y amenazas, según han denunciado experimentados analistas; entre ellos, Ignacio “el Fantasma” Suárez y Carlos Albert, exjugador del Necaxa. En días recientes, la plataforma Soy Fútbol lanzó una encuesta con la siguiente pregunta: “¿Crees que oculte algo Billy Álvarez?”. El 91 por ciento de los participantes contestaron afirmativamente.

Aunque el Cruz Azul podría desaparecer del fútbol mexicano, lo más probable es que sea rescatado por la Liga Mexicana, refugio de especuladores donde abundan las decisiones cuestionables. Aprovechando la crisis del coronavirus se suspendió el ascenso a primera división para los próximos cinco años. La esperanza de los equipos pobres fue aniquilada en favor de clubes que medran en primera división. En el fútbol mexicano la identidad es una franquicia: los dueños de Monarcas han dado la espalda a la afición de Morelia, que los apoyó durante décadas, y buscan una nueva sede en Mazatlán.

En la última página de En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, el filósofo inglés Simon Critchley, comenta: “Ver un partido de fútbol es contemplar la cara más nauseabunda y aterradora de nuestro mundo. La belleza no es más que el punto de partida del terror”. La frase proviene de un aficionado de hierro que, sin embargo, experimenta una sensación de asco.

De 1996 a 2018, el Cruz Azul jugó en la cancha de la antigua Ciudad de los Deportes. En las taquillas del Estadio Azul prosperaba una peculiar picardía. Mendigos ataviados con la camiseta del equipo pedían limosna para “completar” su boleto. Los hinchas los apoyaban por solidaridad. Pero los pedigüeños no entraban al estadio. Eran aprendices de directivos: recibían dinero sin tener que ver con el deporte.

El fútbol debería dirimirse en las canchas. Por desgracia, los héroes que ejercen la magia en la hierba también son las piezas de otro juego, el especulativo ajedrez que vende y compra sus destinos.



Jamileth