Reportajes

China, la dinastía roja ante el cambio climático

2019-12-06

Deng Xiaoping, mensaje de despedida al Partido Comunista Chino.

 

ANTXON OLABE EGAÑA | Política Exterior 

Los líderes chinos saben que no pueden equivocarse en un asunto crucial como el cambio climático. La seguridad alimentaria y el desarrollo del país dependen de ello.

Observar cuidadosamente; asegurar nuestra posición; afrontar los asuntos con calma; esconder nuestras capacidades y esperar nuestro tiempo; mantener un perfil bajo; y no reclamar nunca el liderazgo (…).

Deng Xiaoping, mensaje de despedida al Partido Comunista Chino.

La implicación de la República Popular China en la reconducción del cambio climático en los últimos cinco años tiene un motivo fundamental: la preservación del capital natural. Es un objetivo tanto para el sostenimiento de la producción agraria, para “dar de comer al pueblo” (primera prioridad del Partido Comunista de China (PCCh) desde la fundación de la República Popular, en 1949), como para evitar que la desestabilización climática erosione el progreso y la estabilidad de los últimos 40 años, poniendo fin o dificultando la reemergencia de China en la arena internacional.

Los líderes chinos son conscientes de que su país encara el siglo XXI con un viento favorable. En cuatro décadas, el país asiático ha protagonizado el mayor proceso de desarrollo económico de la historia, sacando de la pobreza extrema a 600 millones de personas. En el ámbito internacional, ha pasado de ocupar los márgenes del sistema a situarse, junto a Estados Unidos, como la gran potencia del siglo XXI. Las reformas promovidas por Deng Xiaoping tras la muerte de Mao Zedong pusieron fin a tres décadas (1949-79) en las que, si bien China consiguió afirmarse internacionalmente, hubo de afrontar en el interior inmensos desastres políticos y económicos como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural que condujeron a la sociedad a la pobreza y la falta de confianza en sí misma. El liderazgo político chino ha aprendido de la historia que no puede permitirse el lujo de equivocarse ante un asunto crucial como el cambio climático, llamado a definir en gran medida el siglo XXI.

Apuntes de historia

China no es solo una nación, es una civilización. Posiblemente la única que puede trazar de forma precisa, sin solución de continuidad, una trayectoria desde el presente hasta un pasado que se remonta, al menos, a 4,000 años atrás, a los tiempos de la dinastía histórica Shang (1766-1122 a.C.). A modo de ejemplo, mientras que EU se dispone a celebrar en 2026 el 250 aniversario de su nacimiento como Estado-nación, China ha conocido 18 grandes dinastías, muchas de las cuales abarcan periodos de tiempo más extensos que la vida total de la nación norteamericana.

Al mismo tiempo, mientras que EU no ha vivido en su suelo continental los resultados de las numerosas guerras en las que ha intervenido y protagonizado, a excepción de su guerra civil, China no sabe lo que es vivir una época extensa sin afrontar invasiones extranjeras. En el siglo XIII (1260) sufrió la invasión de los pueblos mongoles dirigidos por Kublai Khan, quien tras proclamarse Gran Khan estableció en 1279 la dinastía Yuan que gobernó China durante casi 100 años. Posteriormente, en el siglo XVII, las poblaciones manchúes del Norte cruzaron la Gran Muralla y conquistaron el país, dando origen a la dinastía Qing que duraría 267 años. Durante esa dinastía, China conoció en el siglo XIX el zarpazo de las potencias coloniales con el Imperio británico a la cabeza, seguido de Francia y EU. Enfrentada a ejércitos más modernos, China, que se veía a sí misma como el Imperio del Centro, la nación-civilización protegida por el cielo, perdió de forma traumática las dos Guerras del Opio (1839-42) y (1856-57) y hubo de firmar los denominados Tratados Desiguales. Se inició así lo que los chinos denominan “el siglo de la humillación” que tan honda huella ha dejado en la psicología de las élites políticas y culturales del país.

Rusia, por su parte, aprovechó la situación de inestabilidad y debilidad para, a partir de 1870, arrebatar a China amplios territorios en las regiones del noroeste (700,000 kilómetros cuadrados), como un siglo después le recordaría Deng a Mijail Gorbachov con motivo de una visita del líder soviético a Pekín. Por su parte, Japón, que había protagonizado en la segunda mitad del siglo XIX un acelerado proceso de modernización económica, cultural y tecnológica, venció a China en 1895 en la guerra por la disputa de la soberanía de Corea. En 1900 tuvo lugar la Guerra de los Bóxers contra las potencias occidentales, de la que China volvió a salir derrotada.

En ese tiempo de tribulaciones, el Reino del Medio estuvo a punto de ­desintegrarse. Tras casi un siglo de calamidades, derrotas y penurias, en 1911 se produjo el derrocamiento de la dinastía imperial, poniendo fin a una forma de Estado con 22 siglos de antigüedad y dando pie al nacimiento de la República China. Apenas dos décadas más tarde, en 1930, Japón, convertido en una agresiva potencia imperial militarista, invadió Manchuria y se lanzó a la conquista y ocupación de China. Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y la consiguiente derrota de Japón, se puso fin al frente unido entre nacionalistas y comunistas chinos contra la invasión extranjera y se reactivó la guerra civil. En 1949, Mao, líder indiscutible del PCCh, proclamó desde la Puerta de la Paz Celestial de la Ciudad Prohibida de Pekín, la República Popular de China afirmando “el pueblo de China se ha puesto en pie”.

Estas pinceladas ayudan a entender la singular experiencia del país asiático, que le proporciona una perspectiva propia, difícilmente transferible, sobre los asuntos y procesos contemporáneos. A ese siglo de invasiones extranjeras, hay que añadir que entre 1949 y 1976, bajo el impulso de Mao, China conoció el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, procesos políticos, económicos y culturales que encadenados en el tiempo originaron autodestrucción a raudales, dejando una estela de decenas de millones de muertos, la mayoría como consecuencia de la hambruna desatada o favorecida por los gravísimos errores del Gran Salto Adelante. La Revolución Cultural dejó una huella traumática en el psiquismo de millones de personas. Décadas después, y cuando ya había comenzado la política de apertura económica de China, los dramáticos sucesos del 4 de junio de 1989 en la Plaza de Tiananmen, donde murieron cientos de personas como consecuencia de la represión del ejército de las protestas juveniles, generaron una crisis de legitimidad del PCCh, en un contexto internacional en el que las experiencias de “socialismo real” en el este de Europa y la Unión Soviética colapsaban como un castillo de naipes. Cuando un país tiene tras de sí un pasado tan dramático y turbulento es natural que considere las cuatro últimas décadas como un precioso periodo de paz y prosperidad que es preciso preservar.

Los líderes políticos de China son conscientes de que fue un grave error histórico adormecerse en los laureles de la autocomplacencia y el aislamiento internacional en la primera mitad del siglo XIX, mientras que al otro lado de Eurasia triunfaba la Revolución Industrial que iniciaba una nueva era en el devenir humano. El colapso del Imperio del Centro, en 1911, supuso un dramático despertar para la civilización china. El emperador no era ya el depositario del mandato del cielo y China no era el “centro del mundo”. La antigua y honorable civilización había perdido su posición referencial y con ella su estar en el mundo. El aislamiento y el menosprecio hacia los denominados bárbaros había resultado una pésima estrategia.

La República Popular China ha aprendido la lección. Tras el periodo autárquico y revolucionario de Mao, se ha integrado progresivamente en el sistema internacional, guiada por la determinación de sus élites políticas de no volver a cometer nunca más un error al del siglo XIX. Por ello, no van a equivocarse ante el desafío más complejo y decisivo que afronta la humanidad en el siglo XXI: la reconducción de la crisis del clima de la Tierra.

Impactos climáticos

China es un país muy vulnerable a los impactos derivados de la alteración del clima. La generalizada crisis ambiental a la que le ha abocado su modelo de desarrollismo salvaje durante los últimos 40 años se erige como un formidable obstáculo para el avance de la economía y la prosperidad de la sociedad china en décadas venideras. Los líderes políticos son conscientes de que el progreso económico que ha vivido su país se ha producido al precio de arrasar el medio ambiente y la naturaleza, poniendo en peligro la viabilidad futura del desarrollo. Es significativo, en ese sentido, que en 2012 el PCCh formulara en su estrategia el desiderátum de “construir una civilización ecológica” y lo incorporase a la Constitución de China. El país asiático es consciente de que el despegue económico tendrá los pies de barro si no preserva a largo plazo el capital natural y la calidad del medio ambiente de la nación. Así, en 2014, el cambio climático y la contaminación del aire fueron declarados problemas de seguridad nacional en el primer National Security Blue Book presentado al Consejo Nacional de Seguridad por el presidente Xi Jinping.

Las autoridades chinas han llevado a cabo tres informes exhaustivos acerca de la incidencia del cambio climático en su país. La tercera evaluación, presentada en 2015, contó con la participaron de más de 500 científicos chinos. Según datos del informe, el incremento de la temperatura media entre 1950 y 2009 ha sido de 1,4º C (muy superior al incremento medio global) y se estima que, en un escenario de aumento medio de 2º C (objetivo operativo del Acuerdo de París), China conocerá un aumento de la temperatura de 2,7-2,9º C. El informe señala, asimismo, que en los últimos 50 años las olas de calor extremo han aumentado en el este del país y que las precipitaciones han disminuido en el norte y el noreste, mientras que en el sur han aumentado. La evaluación considera muy probable el agravamiento de las sequías, lo que exacerbará los procesos en curso de degradación del suelo, un problema de gran calado en Mongolia interior y en la región circundante a Pekín. La progresiva contracción de los glaciares, la mayor frecuencia e intensidad de las sequías, la disminución de las precipitaciones y la mayor variabilidad de las mismas generan una gran incertidumbre sobre la disponibilidad de agua en la segunda mitad del siglo XXI, elemento crucial para sostener la agricultura y alimentar a la población.

El incremento del nivel del mar y el consiguiente riesgo de inundación de amplias zonas del litoral es motivo de honda preocupación. Según los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, en inglés), más de 80 millones de personas están expuestas al ascenso del nivel del mar y la penetración de tormentas en China, que encabeza el ranking de países amenazados por ese impacto. El delta del río Yangtzé es una de las regiones que genera mayor inquietud debido a su gran valor económico  y al elevado número de personas que lo habitan. Asimismo, el centro y sureste del litoral, en concreto las grandes urbes en torno a Liaoning, Pekín-Tianjin-Hebei, la península de Shandong y el delta del río de las Perlas. En este delta, los riesgos de inundaciones debido a la convergencia del ascenso del nivel del mar y la mayor frecuencia de tifones son muy elevados. Un informe de la multinacional suiza de seguros Swiss Re (referencia en este tipo de estudios), tras comparar 616 megacentros de todo el mundo, concluyó que la región del delta del río de las Perlas se sitúa a la cabeza de las regiones más vulnerables del mundo, dado el gran número de personas expuestas a la penetración de tormentas (tifones) y la inundación de los ríos.

Finalmente, el cambio climático incidirá en la escasez de tierra cultivable.  China alimenta al 18% de la población mundial, con el 7% de las tierras cultivables totales. Cerca del 60% de las cosechas se recogen en las llanuras cerealistas del norte (trigo y sorgo), una región caracterizada por su relativa escasez de agua, mientras que en el sur y el sureste se cultiva sobre todo arroz. El gobierno ha hecho de la soberanía alimentaria un eje estratégico de su modelo de desarrollo económico, ante el riesgo político y social que supone depender de manera permanente de terceros países para la importación de alimentos. Conscientes de la creciente dificultad para autoabastecerse de forma completa y ante posibles escenarios disruptivos derivados del cambio climático, el gobierno chino lleva años adquiriendo tierras fértiles en África y América Latina. Y es que tras 40 años de intenso crecimiento económico, en el interior del país viven todavía 100 millones de familias campesinas muy pobres que practican una agricultura casi de subsistencia.

La nueva estrategia sobre energía y clima

La posición de China a lo largo de las dos décadas transcurridas entre 1994 –entrada en vigor de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático– y 2014 –cumbre en Pekín entre Barack Obama, y Xi Jinping– se basó en el concepto “ganar tiempo”. Durante ese periodo su posición hacia las energías fósiles formaba parte de su estrategia más amplia, en la que las prioridades indiscutibles eran el desarrollo económico, la eliminación de la pobreza, la estabilidad social, la consolidación de la posición internacional de China y la conservación de la legitimidad del partido único. Se trataba de crecer económicamente al menor coste posible. Dado que China cuenta con grandes yacimientos de carbón, basó en él el despliegue de su sistema energético-eléctrico. Como consecuencia de esa apuesta masiva por el carbón, a partir de 2007 se convirtió en el primer emisor mundial de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, en años recientes el gobierno chino ha modificado su estrategia como consecuencia de varios factores interrelacionados. En primer lugar, la presión de la opinión pública ante el grave problema de la calidad del aire de las ciudades, ya que el consumo masivo de carbón ha generado un grave problema de salud ambiental. En segundo lugar, la proyección internacional de China, que ya no puede basarse solo en aspectos comerciales y económicos. El país asiático precisa mostrarse como un actor comprometido ante una crisis que preocupa, y mucho, a la comunidad internacional y en la que su país tiene una gran responsabilidad por ser desde hace una década el mayor emisor en cifras absolutas. Finalmente, China está inmersa en un importante cambio de modelo macroeconómico hacia una economía menos intensiva en carbono. Como señala Eugenio Bregolat, el nuevo modelo se orienta hacia una mayor preponderancia del consumo interno, con mayor juego a los mercados en detrimento de los monopolios estatales. Del éxito de esa profunda reorientación macroeconómica depende que China no se quede atrapada en la denominada trampa de las rentas medias y pueda avanzar hacia una economía plenamente desarrollada hacia mediados del presente siglo XXI.

La reconducción de la crisis climática global requiere la implicación de China no solo porque es responsable de la cuarta parte de las emisiones totales globales, sino porque es la segunda economía mundial y el país más poblado. Es, asimismo, una referencia para buena parte de los países en desarrollo, ya que su músculo financiero le permite hoy ser el inversor principal de las costosas infraestructuras que se están construyendo en numerosos países del Sur global. En ese contexto, el XIII Plan Quinquenal, 2016-20, aprobado por la Asamblea Popular Nacional, que abrió sus sesiones el 5 de marzo de 2016, consolidó la orientación de la economía china hacia un modelo energético progresivamente descarbonizado. Algunos datos que reflejan el reposicionamiento de China en el ámbito de la energía y el clima son los siguientes:

â- Desde 2013 hasta 2016, sus emisiones de CO2 procedentes de los combustibles fósiles y procesos industriales se han estabilizado, si bien en 2017 han repuntado un 2%.

â- A finales de 2016, el gobierno retiró 300,000 megavatios en proyectos de centrales de carbón, incluyendo 55,000 cuya construcción ya se había iniciado.

â- El sector de las energías renovables ya ha generado en China tres millones y medio de puestos de trabajo, según datos recientes de la Agencia Internacional de las Energías Renovables (Irena).

â- En 2017, ha puesto en marcha su sistema nacional de compraventa de permisos de emisión. Ideado según el modelo europeo, es el mayor del mundo de este tipo.

â- Según las previsiones oficiales, el carbón pasará de representar el 64% del mix energético en 2015, al 58% en 2020.

â- La Administración Nacional de Energía ha anunciado que va a invertir 360,000 millones de dólares en energías renovables entre 2017 y 2020. La participación de las renovables en su mix energético pasará del 8,6% en 2010 hasta el 15% en 2020 y el 20% en 2030.

â- Asimismo, se ha comprometido a alcanzar el máximo de sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2030, si bien a la vista de la evolución de los últimos años es probable que lo logre hacia 2020.

Desde una perspectiva geopolítica amplia, el siglo XXI está llamado a conocer el ascenso de China como potencia mundial. Tras el paréntesis de un siglo y medio en el que perdió su centralidad en el tablero mundial, China se dispone a regresar al lugar de referencia que ha desempeñado desde que se constituyó como Estado unificado hace 23 siglos. Las principales instituciones económicas internacionales coinciden en que en unos años su economía habrá sobrepasado en magnitud a la de EU.

Los responsables políticos chinos continuarán volcados en la eliminación de las bolsas de pobreza que perviven en las zonas agrícolas del interior y buscarán fortalecer la legitimidad del actual sistema político. Por todo ello, existen poderosas razones históricas, sociales, económicas y geopolíticas para considerar que, en las actuales circunstancias, los líderes chinos mantendrán una actitud responsable hacia el cambio climático. La Unión Europea debe comprender la importancia estratégica de ese hecho y forjar los acuerdos necesarios para colaborar y coliderar a la comunidad internacional hacia una salida positiva a la crisis del clima. Los depositarios actuales de dos antiguas e importantes civilizaciones tienen la responsabilidad histórica de reconducir la crisis climática.


 



regina

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