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La pobreza arrasa la selva amazónica. ¿Cómo ayudar a salvar lo que queda?

2023-11-17

Todos los días, un trabajador llega a casa de Polinario para recoger bolsas de...

 

TEKOHAW, Brasil (AP) — Al amanecer, en esta pequeña aldea amazónica del estado brasileño de Pará, bandadas de ruidosos loros verdes vuelan mientras los niños corren y juegan entre casas de madera y el suelo arenoso —en algunos lugares tan blanco y abierto como si fuera una playa.

El terreno revela una de las paradojas de la selva.

Reconocida por su belleza y biodiversidad, los nutrientes vitales de la selva se almacenan principalmente en los árboles y otras plantas, no en el suelo.

Cuando se tala —para un rancho ganadero, un campo de soja o incluso para un erigir algunas cuantas casas—, la combinación del sol abrasador de la Amazonía y las lluvias intensas se mezclan para filtrar los escasos nutrientes del suelo en unos pocos años, lo que deja un terreno sorprendentemente árido. El suelo rico en materia orgánica es negro, pero aquí a veces tiene el color de un hueso. Algunos ecologistas lo llaman “desierto húmedo”.

Esta tierra empobrecida dificulta las actividades agrícolas en un solo lugar.

Y en una región con algunos de los niveles de pobreza más altos de Brasil, las personas con pocas opciones a menudo abandonan los campos degradados y talan otras áreas, lo cual acelera el ciclo de deforestación que amenaza el clima del planeta y a las millones de especies únicas de la Amazonía.

“La biodiversidad es rica, pero mucha gente es muy pobre”, dijo Judson Ferreira Valentim, científico del suelo de Embrapa, la agencia de investigación agrícola del gobierno. “No podemos proteger el bosque lluvioso tropical sin atender la pobreza de la Amazonía”.

La única manera de cumplir con ambos objetivos es encontrar otras maneras para que la gente se gane la vida en la Amazonía sin talar más el bosque lluvioso tropical, dicen expertos que han trabajado mucho tiempo en la región. Eso significa utilizar las tierras ya deforestadas de manera más eficiente —para reducir la presión de talar más bosques— y apoyar a las empresas que cosechan de manera sostenible productos nativos como el açaí y el cacao.

Valentim, quien trabaja en el estado norteño de Acre, donde ha vivido durante cuatro décadas, señala desde la ventana de su camión las áreas de tierras de cultivo abandonadas: algunas son parches de tierra desnuda o de arcilla roja; otras están cubiertas de maleza y arbustos oscuros.

La escala de granjas y pastizales abandonados en la Amazonía brasileña es enorme —cubre un área más grande que Portugal, según un análisis de la AP a partir de imágenes satelitales realizadas por la red de investigación brasileña MapBiomas.

Otros investigadores estiman que la ganadería, que representa entre el 60% y el 80% de la deforestación en la Amazonía brasileña, es sólo un tercio de lo productiva que debería ser, y que aumentar la eficiencia de la misma superficie de tierra cubriría por mucho las crecientes demandas de carne hasta 2040. Brasil es un importante exportador de carne de res a los mercados globales, y actualmente el 43% del ganado brasileño se cría en la región de la Amazonía, según un análisis de la AP de datos gubernamentales.

“Tienes que hacer cumplir las leyes contra la deforestación, pero eso es sólo una parte de la solución. También tienes que darle alternativas a la gente” para mejorar sus medios de vida, dijo Rachael Garrett, investigadora de la Universidad de Cambridge, quien ha realizado trabajo de campo en la Amazonía desde 2006.

Hay 28 millones de personas que viven sólo en la porción de la Amazonía de Brasil —incluidos agricultores indígenas, ganaderos que migraron de otras partes del país y colonos reubicados a la fuerza hace décadas cuando el gobierno tomó sus tierras ancestrales para proyectos de infraestructura como la presa de Itaipú.

“No puedes ignorar que millones de personas viven allí”, agregó Garrett. “Entre más se ignoren sus necesidades, más empeoran algunos problemas”.

SUPERCARGAR EL SUELO
Casi todos en la Amazonía empiezan a trabajar temprano para terminar antes de que deban enfrentar el calor extremo del sol del mediodía. Valentim sale al amanecer para visitar a familias que han probado nuevas técnicas para tener una mayor producción del suelo.

El productor lechero Edson Cesar de Oliveira saluda desde su pórtico. Es hijo de un trabajador dedicado a la extracción del caucho en Acre, y su familia vive en una pequeña casa de madera que él mismo construyó.

Las gallinas cacarean en el patio y la ropa se agita en el tendedero. Cleonice Farina de Oliveira, su esposa, ofrece a los visitantes espresso negro y rebanadas de queso casero.

En años recientes, la familia ha experimentado con plantar una leguminosa nativa llamada maní forrajero y pasto en su pastizal. Esta planta atrae a sus raíces algunas bacterias que pueden extraer nitrógeno del aire al suelo, así que esencialmente actúan como un fertilizante natural de bajo costo.

Mientras que los pastizales dedicados exclusivamente al pasto pueden degradarse en apenas dos o tres años, agregar leguminosas puede extender la fertilidad del suelo a 10 años o más. También tiene un mayor contenido de proteínas que el pasto solo, lo que ayuda al ganado a crecer más rápido. Y es más amable que el pasto solo para el sistema digestivo del ganado, lo que reduce sus emisiones de metano.

De Oliveria, quien dijo que no puede darse el lujo de utilizar fertilizantes químicos, ha notado que los pastos con maní forrajero no se vuelven tan amarillos durante la estación seca. Y las vacas que pastan allí durante al menos dos noches, producen alrededor de un 20% más de leche, dijo.

Eso aumenta la cantidad de queso que la familia puede elaborar para vender en los mercados locales.

“Siempre vendemos todo nuestro queso”, dijo Cleonice, mientras se calzaba botas de goma para ir a ordeñar las vacas.

Después de convencer a los tres primeros animales a entrar en corrales de madera, ella, su esposo y su hijo Thalisson, de 22 años, tomaron cada uno una estación de ordeña. La familia proporciona toda la mano de obra en su pequeña granja.

Otro día, Valentim visita un rancho familiar más grande, propiedad de Luiz Augusto Ribeiro do Valle. Do Valle refirió que la última vez que taló más bosque para expandir el rancho fue en 2007. Ahora se enfoca en mejorar la productividad. Además de plantar maní forrajero en sus pastizales, ha cambiado la manera en que pasta su ganado.

Mientras sostenía un mapa detallado de su rancho, explicó: “Tomas un pastizal grande, lo divides en áreas más pequeñas y rotas dónde pasta el ganado”. El objetivo es que el ganado siempre se alimente de pasto nuevo, mientras en otras áreas vuelve a crecer, con lo cual las nuevas matas son más nutritivas y más fácil de digerir.

Las vacas mugen a lo lejos y las libélulas zumban a sus pies mientras camina cuesta arriba, inclinándose periódicamente para inspeccionar el pasto. “Tienes que seguir revisando el plan frente a la realidad sobre el terreno”, dijo. Al combinar el pastoreo rotativo y maní forrajero, aseguró que puede mantener entre un 20% y un 40% más de ganado en la misma área de tierra.

DURAS REALIDADES DE LA SELVA
Pero incluso estas innovaciones sencillas pueden resultar difíciles de implementar para algunos ganaderos pobres de la Amazonía.

En una región con caminos en mal estado y servicios deficientes de Internet y telefonía celular, es difícil difundir información sobre mejores prácticas agrícolas.

Muchos ganaderos pequeños no pueden darse el lujo de fertilizantes, tractores y otros suministros agrícolas modernos. Y el narcotráfico, la minería ilegal y la violencia también dificultan el trabajo en la frontera amazónica.

De las casi 1 millón de granjas en la región de la Amazonía de Brasil, el 83% son pequeñas y ranchos familiares, según cifras del gobierno. Muchos operan con presupuestos reducidos.

Mientras el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva intensifica la aplicación de las leyes ambientales —ha revocado las políticas del expresidente Jair Bolsonaro y hasta ahora frenado la deforestación general en un 22%, según la agencia espacial nacional de Brasil—, algunos expertos dicen que los pequeños ganaderos y agricultores son quienes son más propensos a deforestar el bosque lluvioso tropical.

“Cuando tienes menos opciones, asumes mayores riesgos”, dijo René Poccard-Chapuis, agrónomo de CIRAD, la agencia francesa de investigación agrícola, quien ha trabajado en la región durante tres décadas.

Al igual que Valentim, se centra en ayudar a los agricultores y ganaderos —especialmente a los pequeños— a encontrar soluciones de bajo costo para mejorar sus medios de vida.

En el estado de Pará, en el este de la Amazonía, Lucas dos Santos tiene un rancho muy modesto. No puede permitirse un caballo para montar ni contratar mano de obra, pero él mismo traslada al ganado entre los pastizales con una picana en una mano.

Dijo que no podía pagar el precio de nuevas cercas para iniciar el pastoreo rotativo para su pequeño rebaño de 22 cabezas de ganado. Luego, los investigadores del CIRAD le mostraron cómo utilizar ramas cortadas de árboles nativos en lugar de postes comerciales para fabricar las cercas.

Las ramas —tomadas de los árboles de su propiedad— echaron raíces rápidamente, así que sólo tuvo que pagar por el alambre y ahora puede rotar su ganado.

SABORES DE LA SELVA: AÇAÍ Y CACAO

César De Mendes intenta hacer crecer un negocio en el bosque lluvioso tropical sin talar ningún árbol.

Caminando por el bosque a lo largo de un afluente del Amazonas en Pará, señala frutos de color amarillo brillante que brotan, a veces en pares, del centro de los troncos de los árboles.

Es cacao, la planta detrás de uno de los grandes placeres del mundo: el chocolate.

Su empresa, De Mendes Chocolates, utiliza cacao cosechado en bosques tropicales lluviosos vírgenes.

Espera que los clientes aprecien cómo los diferentes microclimas y condiciones del suelo en la región impactan sutilmente el sabor del chocolate.

“Puedes saborear los diferentes ambientes”, dijo.

Su pequeña empresa vende principalmente a tiendas de comestibles de lujo y para turistas. Neilanny Maia, una de los seis empleados de este lugar, prepara a mano los pedidos en línea y dedica una habitación de su casa a almacenar bolsas de semillas y barras de chocolate.

La idea de cosechar frutos del bosque lluvioso tropical es sencilla, pero hacer crecer un negocio sostenible no siempre es fácil.

Solamente llevar la fruta al mercado antes de que se eche a perder puede ser un desafío enorme. El año pasado, durante la temporada de lluvias, un camino estuvo cerrado durante 90 días. Una solución es construir pequeñas fábricas de procesamiento cerca del bosque, como ha hecho el colectivo agrícola Projeto RECA en el estado de Rondônia, en el norte de Brasil.

Una tarde, la luz atraviesa las copas del bosque lluvioso tropical virgen mientras Edson Polinario, de 37 años y recolector de açaí, reclina la cabeza hacia atrás y entrecierra los ojos para encontrar palmas prometedoras.

Una vez que ha elegido su objetivo, se impulsa hacia arriba por el estrecho tronco de la palma, usando bandas para agarrar el tronco de manera segura.

Con un golpe de machete, corta un racimo de açaís que parecen cuentas oscuras en un candelabro.

Luego se desliza por el tronco como si fuera un poste de estación de bomberos.

Todos los días, un trabajador llega a casa de Polinario para recoger bolsas de açaí y las lleva en la parte trasera de una motocicleta a las instalaciones del Projeto RECA .

Las bayas de açaí se echan a perder muy rápido y prácticamente no tienen valor si no se procesan y congelan en dos días.

En la fábrica, se transforman en mermeladas, almíbares y pulpas de frutas congeladas, listas para ser enviadas a los supermercados.

Pero existen otros desafíos para posicionar al negocio en la frontera de la Amazonía. Si el equipo de la fábrica se descompone, el personal debe desmontarlo y conducir con las piezas durante varias horas para repararlo. “Estamos demasiado lejos de las grandes ciudades” para el mantenimiento en el lugar, afirmó Hamilton Condack de Oliveira, presidente del proyecto colectivo que reúne a unas 200 familias.

No obstante, han logrado sobrevivir desde que el colectivo fue fundado en 1989.

Cosechan tanto en bosques tropicales lluviosos vírgenes como en agrobosques plantados en pastizales abandonados. Plantar un agrobosque —esencialmente un gran huerto de especies mixtas de árboles nativos— no ayuda tanto a la biodiversidad y al clima como mantener el bosque original, pero es mucho mejor que cuidar pastizales o los monocultivos en hileras.

“La gente nos visita y dice: ‘Oh, esto es hermoso’. Pero es mucho trabajo”, dijo.

“EL BOSQUE NOS MANTIENE”
Los impactos del cambio climático ya se sienten en la región de la Amazonía, lo que obliga a adaptarse.

Desde sus orígenes, el pueblo indígena tembé de la aldea Tekohaw ha utilizado el fuego para limpiar pequeñas parcelas de tierra y sembrar yuca, frijoles y otros cultivos de subsistencia. Después de cultivar durante tres años, despejaban nuevas tierras.

Como sus parcelas eran pequeñas, el impacto general sobre el bosque fue mínimo. Pero ahora el jefe de la aldea quiere encontrar otras formas de hacerlo.

“Ya no queremos utilizar el fuego en el bosque porque podemos perder el control del fuego y puede quemar el bosque”, dijo Kaparaí Tembé. Esto no siempre fue un gran riesgo, agregó. Pero la deforestación provocada por la ganadería y el cultivo de soja para la alimentación animal en todo el estado de Pará ha eliminado la humedad del aire, y ahora la estación seca se ha vuelto más larga y más seca —lo que aumenta el riesgo de incendios forestales descontrolados.

“Queremos mejorar la agricultura aquí, en un lugar específico, no seguir quemando campos y haciendo retroceder a la naturaleza”, declaró al dejar su azadón en el suelo y secarse el sudor de la frente. “Necesitamos nutrir el suelo”.

A principios de este año, los aldeanos trataron el campo con un polvo obtenido de moler piedra caliza. Es una técnica para reducir la acidez natural del suelo de la Amazonía. Hoy, Tembé y otros dos hombres plantan una leguminosa diferente llamada frijol gandú o guandul, para agregar nitrógeno al suelo.

Más tarde, mientras caminaba de regreso a la aldea, Tembé escuchó el estridente chillido de una guacamaya escarlata.

“Es un recordatorio de dónde estoy”, dijo. “El bosque nos mantiene a nosotros, a los animales, a las plantas. Queremos protegerlo”.

 



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