Editorial

¿Claudia Sheinbaum, mujer judía y candidata presidencial mexicana, abrirá su propio camino o seguirá el de alguien más?

2024-03-18

También es probable que la crisis de la inmigración en la frontera entre Estados...

Por Ilan Stavans | NYT

La campaña presidencial mexicana está en marcha y, según las encuestas, Claudia Sheinbaum, física y candidata del partido gobernante de izquierda, Morena, podría ser la próxima presidenta del país. Sheinbaum, de ascendencia judía, tiene una gran ventaja de 30 puntos porcentuales sobre Xóchitl Gálvez, empresaria tecnológica de ascendencia indígena. Sin embargo, las elecciones se celebrarán el 2 de junio y la política, como la vida, está llena de sorpresas.

Que las dos principales candidatas sean mujeres es sísmico en un país lleno de machismo, donde la violencia de género es rampante y la lucha por los derechos de las mujeres ha sido especialmente lenta durante el mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador, conocido como AMLO, que está limitado por la Constitución de México a un periodo de seis años.

Cuando López Obrador llegó a la presidencia en 2018, prometió que los mexicanos más pobres serían su prioridad y criticó a la élite “neoliberal” por ignorar las preocupaciones del “pueblo”. Esa retórica ha funcionado. AMLO ha mantenido altos índices de aprobación a lo largo de su presidencia. Se considera que Sheinbaum, quien carece de su carisma y perspicacia política, va a continuar su proyecto político.

Si resulta electa, Sheinbaum será la primera presidenta judía de México. Rara vez se identifica públicamente como judía y no ha exagerado ni tratado de evitar su identidad. Como mexicano de origen judío, he visto con asombro y optimismo cómo tantos mexicanos, en un país de mayoría católica, apoyan a alguien de su género y origen religioso.

Que sea la favorita dice algo sobre el grado en que la efervescente democracia del país ha transformado el papel de los grupos minoritarios. Aunque está por verse si ganar la presidencia, como está dispuesta a hacer, supondrá un cambio positivo y definitivo, más allá de un proyecto político popular.

Hace siglos, la Iglesia católica en México avivó las llamas del odio hacia los judíos. Sheinbaum legislará desde edificios del centro de Ciudad de México cercanos al Palacio de la Inquisición, donde los criptojudíos —término utilizado para designar a los judíos que fueron obligados a convertirse al cristianismo por la corona española en el siglo XV, pero siguieron practicando el judaísmo en secreto— fueron torturados durante el periodo colonial. Cerca de allí se encuentra la Plaza del Quemadero, donde se les quemaba en la hoguera en autos de fe, ejecuciones públicas destinadas a disuadir a otros de participar en lo que la Iglesia describía como una fe falsa y pervertida.

A fines del siglo XIX, México reforzó la libertad religiosa. Más tarde, en la década de 1920, José Vasconcelos, destacado escritor mexicano, filósofo y rector de la prestigiosa Universidad Nacional Autónoma de México, fue uno de los que impulsó una conspiración centenaria que insiste en que un grupo de judíos pretende controlar el Estado. Cuando era adolescente, recuerdo haberme topado en los quioscos de México D. F. con ejemplares de “Los protocolos de los sabios de Sion”, la infame pieza de propaganda antisemita que pretende revelar un plan secreto judío para dominar el mundo.

Cuando Sheinbaum y yo crecimos en Ciudad de México en la década de 1960, las comunidades judías estaban muy divididas entre askenazíes, procedentes en su mayoría de Europa del Este y partes de Europa Occidental, y sefardíes, cuyas raíces se remontaban a las expulsiones españolas y portuguesas. Sefardí también se utilizaba para describir a los judíos del Imperio Otomano. Los dos bandos se mantenían aislados, con escuelas, sinagogas, cementerios, etc., separados.

La familia de Sheinbaum es una de las excepciones poco habituales en las que los dos grupos sí se mezclaron. Sus abuelos maternos eran judíos sefardíes que llegaron a México en la década de 1940 procedentes de Sofía, Bulgaria, huyendo del Holocausto. Sus abuelos paternos, que eran litvaks, o judíos lituanos, emigraron a México en la década de 1920. Sus padres, científicos, son laicos, pero de niña celebraba las fiestas judías con sus abuelos.

Se calcula que en la actualidad viven en México cerca de 40,000 judíos. Es un número bastante pequeño en un país de casi 130 millones de habitantes. Aunque las cosas han cambiado en las últimas décadas, las divisiones persisten, al igual que en Israel y en otros lugares. La herencia judía de Sheinbaum la ha convertido en blanco de una campaña de desprestigio. Han circulado rumores falsos de que no es ciudadana mexicana y que “nació en Bulgaria”.

En septiembre, la vieron usando un crucifijo en un acto de campaña. Más tarde explicó que le regalaron el rosario en un momento del acto y se lo dejó puesto. Un expresidente mexicano, Vicente Fox, católico acérrimo, la acusó de ser “judía y extranjera al mismo tiempo”.

Sin embargo, la fe de los antepasados de Sheinbaum no ha tenido mucho impacto en su vida política. Fue secretaria de medioambiente antes de convertirse en jefa de gobierno de Ciudad de México, cargo que en su momento ocupó AMLO. Incluso después de tantos años en el ojo público, durante la campaña es difícil discernir quién es y qué defiende Sheinbaum. Sus críticos más severos la acusan de ser una marioneta de AMLO.

Varios analistas describen al presidente como populista. Ha apostado por una economía basada en los combustibles fósiles, la militarización y grandes proyectos de infraestructura que han suscitado preocupación por los posibles daños a ecosistemas frágiles. AMLO también tiene fama de ser intolerante con las críticas y con la prensa. Sheinbaum apoya la despenalización del aborto y, como jefa de gobierno, ha dado prioridad a las cuestiones medioambientales y se ha mostrado partidaria de las energías renovables.

Si es elegida, aunque hace tiempo que se alejó de sus raíces religiosas, el catastrófico conflicto entre Israel y Hamás podría convertirse en un tema especialmente espinoso para ella. Los gobiernos de izquierda de la región, como los de Venezuela, Brasil, Nicaragua e incluso México, tienen una fuerte inclinación antiisraelí y, les guste o no, los judíos de América se asocian a menudo con Israel.

En México viven cerca de 30,000 palestinos. En los días posteriores al ataque de Hamás contra Israel, AMLO se retractó de la condena del ataque por parte de la Secretaría de Relaciones Exteriores y expresó la neutralidad mexicana en el conflicto. Que Sheinbaum se alineara con él en este asunto es particularmente revelador. Nos dice que su neutralidad quizá sea un factor definitorio de su política exterior.

También es probable que la crisis de la inmigración en la frontera entre Estados Unidos y México marque su presidencia, sin importar quién vuelva a la Casa Blanca. El país es conocido como el corredor hacia Estados Unidos de emigrantes desesperados procedentes de lugares tan lejanos como China, África y Rusia, quienes vuelan a México como parte de su odisea hacia el sueño americano.

Sobra decir que no le resultará fácil. Los cárteles de la droga de México han desplegado sus alas bajo el mandato de AMLO. El caso de la masacre de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa en 2014, que el gobierno anterior encubrió, y sobre el que AMLO prometió llevar a los responsables ante la justicia, no solo sigue sin resolverse, sino que es la punta del iceberg en una nación donde un número alarmante de personas están reportadas como desaparecidas.

La identidad nunca es un asunto sencillo, y el progreso rara vez es lineal. Queda por ver si Sheinbaum, en caso de ser elegida, romperá con su mentor y llevará al país hacia la energía limpia, la libertad de prensa y una seguridad nacional que evite el militarismo.

Tal vez llegue a redefinir la política progresista en América Latina. Pero es increíble que no solo una mujer, sino una judía, esté preparada para dirigir el país. En cualquier caso, su ascenso indica cómo el pluralismo ha redefinido la textura de México.



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