Insólito

Un genocida condena a otro genocida

2007-01-02

Por lo tanto, porque así lo afirman los enemigos políticos de Hussein y el propio...

Editorial
Siempre

El líder del Partido Radical italiano, Marco Pannela, posó junto a un poster del ex presidente iraquí Saddam Hussein, donde se leía: "¿Es asesinato asesinar a un asesino?". La sentencia que condena a la horca al dictador y que en su momento fue festinada por el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, también obliga a preguntar: ¿es válido, política y moralmente hablando, que un genocida condene a otro genocida?

Un tribunal especial iraquí, integrado por magistrados afines a la intervención de Estados Unidos en ese país y calificados por la opinión pública como "encargados de hacerle la tarea sucia a Washington", condenó a la horca a Hussein por ordenar la muerte de 148 civiles chiítas en 1982. Civiles que, según los servicios de inteligencia de ese país, habían conspirado para asesinar a Hussein.

El ex presidente iraquí cuenta, sin duda, con un negro currículum criminal. En 1974 ordenó la ejecución de dignatarios religiosos que se oponían a su gobierno; se le atribuye la matanza del clan kurdo Barzani en 1983; también una campaña de limpieza étnica contra 180 mil kurdos de 1986 a 1988; la represión de rebeliones chiítas y kurdas en 1991, más el asesinato de diversos opositores entre los que sin duda hay que contar a aquellos parientes políticos que se atrevieron a traicionarlo.

El primer ministro británico, Tony Blair, aliado indudable de Estados Unidos en la invasión de Afganistán e Irak, declaró, después de conocer el fallo del tribunal contra Hussein, que el juicio permite recordar que Irak estuvo bajo una tiranía "total y brutal" y que el dictador cometió "crímenes terribles".

Sabemos, por lo tanto, porque así lo afirman los enemigos políticos de Hussein y el propio pueblo iraquí, que el condenado a muerte cometió crímenes horrendos contra la humanidad. Queda, sin embargo, pendiente por precisar qué tribunal va a enjuiciar al presidente de Estados Unidos por crímenes similares. ¿Quién va a procesar a los militares norteamericanos que cometieron las violaciones más perversas contra los prisioneros iraquíes retenidos en las cárceles de Abu Ghraib y Guantánamo? ¿Quién o quiénes van a sancionar a quienes ordenaron arrojar uranio empobrecido contra la población civil de ese país? ¿Qué Corte castigará a Bush por ordenar una guerra con pruebas falsas?

George W. Bush resbaló hasta los sótanos más oscuros de la historia cuando estalló en júbilo por la forma en que iba a morir su enemigo de guerra. "La condena a morir ahorcado —dijo— representa un importante logro hacia la libertad de ese país; representa un hito en los esfuerzos del pueblo iraquí por cambiar el mandato de un tirano por el de la ley".

La cultura islámica ha instituido como pena capital tanto para los asesinos como para los traidores a la religión la muerte en la horca. En el mundo occidental, liderado por un país —Estados Unidos— que se autodefine como adalid en la defensa de la democracia y los derechos humanos, la horca ha sido desterrada del código penal por considerar que atenta contra la dignidad y los derechos humanos del acusado.

Bush, sin embargo, festejó sin prudencia alguna la noticia. Hecho que confirma lo que muchos han dicho: es un fanático. Un fanático que ha caído en una grave contradicción: aplaude prácticas y costumbres que él mismo reprobó cuando acusó al Islam de encabezar el Eje del Mal.

Sólo queda para el análisis un pendiente: la validez política y moral de que un genocida condene a otro genocida.



AAG

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