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Después de la fiebre del oro, los pueblos fantasma

2014-11-27

La gente las abandonó hace mucho tiempo. Muchas de ellas se construyeron hace unos 150...

San Francisco (dpa) - La ventana está rota. Una cortina ondea con el viento. Alguna vez vivía gente en la casa. Pero ahora está abandonada. Junto a ella hay otras viviendas igualmente vacías. En Estados Unidos hay calles enteras de casas deshabitadas en medio de regiones absolutamente despobladas. Son las llamadas ciudades fantasma.

La gente las abandonó hace mucho tiempo. Muchas de ellas se construyeron hace unos 150 años durante la fiebre del oro. Llegaban los buscadores del oro, construían sus viviendas y en torno a ellas se formaban rápidamente pueblos con bares, negocios, escuelas e iglesias.

Pero cuando dejaban de hallar oro o plata en la región, la gente se iba y cerraban los negocios. Al final ya no quedaba nadie. Sólo quedaban las casas, vacías. En Estados Unidos hay cientos de estos pueblos fantasma. Algunos de ellos se transformaron en atracciones para turistas.

La fiebre del oro también hizo crecer grandes ciudades

Al trasladarse miles de personas a las regiones en California en las que se encontraba oro, hace unos 150 años, hubo pequeños pueblos que se transformaron rápidamente en grandes ciudades. San Francisco era en 1848, antes del estallido de la fiebre del oro, un poblado de unos mil habitantes.

Pero llegaron los buscadores de oro y en apenas dos años San Francisco ya contaba 20.000 personas. Habían llegado de otras regiones de Estados Unidos, pero también de Asia, Sudamérica y Europa. Es el caso contrario de los pueblos fantasma. Hoy, el área metropolitana de San Francisco tiene casi 4,5 millones de habitantes.

Nadar en oro como el Tío Rico

¿Cuál es el pato más rico del mundo? Seguramente el Tío Patilludo, conocido también como Rico McPato o Tío Rico. En la tira cómica se cuenta que el tío del Pato Donald se bañaba en sus monedas de oro. Había comenzado a acumular su fortuna al encontrar oro en Alaska.

No todos los buscadores de oro tuvieron la misma suerte del Tío Patilludo. La mayoría de los que fueron hace 150 años a California para buscar oro no encontraron nada o muy poco del mineral dorado.

Algunos de ellos sí que se hicieron ricos, aunque sin encontrar siquiera una pepita de oro. Eran hábiles hombres de negocios, como el mismo Tío Patilludo, y se aprovecharon de la fiebre del oro de otros para hacerse ricos.

Los buscadores de oro necesitaban alimento, herramientas y medios de transporte. Quien se los vendía podía pedir mucho dinero, porque por un lado no había muchos negocios y por el otro, los buscadores exitosos pagaban directamente en oro.

También los propietarios de bares, los célebres «saloons», solían hacer buenos negocios. Después de las duras jornadas de trabajo en las minas de oro, los buscadores encontraban en los bares distracción en medio de su soledad. Y gastaban allí mucho dinero. Era el único lugar en que podían gastar en diversión la riqueza que habían obtenido.

La fiebre del oro sigue contagiándose y destruye la naturaleza

La fiebre del oro no sólo existió hace 150 años. Ni fue exclusiva de Estados Unidos. Actualmente hay unos 300.000 buscadores de oro en Perú que no cuentan con el permiso legal correspondiente.

Para poder excavar destruyen decenas de miles de hectáreas de bosques. Contaminan los ríos con los productos tóxicos como mercurio y cianuro, que utilizan para ganar el oro.

Y expulsan a los habitantes originales de las zonas en que trabajan. Se estima que extraen unas 24 toneladas de oro por año, valoradas en unos 500 millones de dólares. También en Colombia y en Brasil existen buscadores de oro ilegales.

Ollas de oro para esconder el tesoro

¿Sabías que los antiguos buscadores de oro chinos hacían ollas de cocina de oro? Fundían el oro hallado y moldeaban ollas u otros utensilios hogareños del metal precioso. Lo hacían para protegerse contra los ladrones. Para que nadie se enterara de que eran de oro, tiznaban las ollas de negro con carbón.

Los buscadores disimulaban así la presencia de oro en sus hogares y sobre todo en el largo viaje de retorno a sus lugares de origen. El oro escondido en las negras sartenes y ollas no llamaba la atención de los ladrones que frecuentemente los asaltaban.



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