Tras Bambalinas

Donald Trump, el heredero de Lord Palmerston

2018-11-28

Trump, así pues, tan solo ha verbalizado lo que todos sabían. La única...

PABLO PARDO | El Mundo

Comparar a Donald Trump con Henry John Temple, Tercer Vizconde de Palmerston, primer ministro de Gran Bretaña entre 1859 y 1865 y máximo exponente del imperialismo victoriano puede ser un ejercicio de funambulismo histórico y político de interés, más que para el público general, para los profesionales de la Psiquiatría. Pero esa equivalencia es la que traza Matthias Matthijs, profesor de Economía Política de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Johns Hopkins.

"Bajo su lema 'Estados Unidos primero', está claro que Trump sigue el dictado de Palmerston de que Gran Bretaña 'no tiene amigos permanentes, solo intereses permanentes'", explica Matthijs cuando se le pregunta acerca de la actitud de Washington hacia la Unión Europea y Gran Bretaña tras el Brexit. Es algo que los defensores del Brexit han comprendido claramente esta semana. El prometido tratado de libre comercio que Estados Unidos y el Reino Unido iban a firmar casi automáticamente tras la ruptura por Londres de la Unión Europea se ha ido a garete. Pero las declaraciones de Trump no deberían ser una sorpresa. La semana pasada, en una visita a Washington, el ex secretario del Brexit, y defensor de una salida de la UE 'dura', David Davis, ya dejó claro que, con el acuerdo de ruptura vigente, es imposible alcanzar el acuerdo de libre comercio.

Trump, así pues, tan solo ha verbalizado lo que todos sabían. La única diferencia es que él es el presidente de Estados Unidos y, como tal, sus palabras tienen más peso.

Pero Trump solo es Palmerston hasta un cierto punto. El presidente podrá decir que Estados Unidos no tienen, ni necesita, amigos. Sin embargo, él, como persona, sí personaliza las relaciones con otros líderes. Y ahí entramos en otro terreno. Las relaciones de Trump tienden a ser malas con cualquiera, dentro o fuera de Estados Unidos, que no le diga "sí" a todo. Ningún jefe de Gobierno puede hacer eso. Y menos en una democracia. Eso explica no solo que la relación de Trump con Emmanuel Macron se haya deteriorado espectacularmente tras su sonada luna de miel de 2017, sino, también, que sus vínculos con Theresa May sean ahora mucho peores que cuando llegó a la Casa Blanca hace 22 meses.

Eso amenaza con condenar a Gran Bretaña a la irrelevancia. Lo único que puede ofrecer May a Estados Unidos son bases aéreas y navales, lo que incluye, de forma muy destacada, Gibraltar. Es algo que Washington da ahora mismo, con un Gobierno conservador en Londres, por garantizado. Incluso un laborismo de izquierdas como el que defiende Jeremy Corbyn sería renuente a jugar la baza de las bases porque, precisamente, eso es lo único que le queda al Reino Unido para que Estados Unidos admita su importancia estratégica.

La otra gran cuestión es que Palmerston tenía una estrategia. Y Trump, no. Encima, el triunfo de los demócratas en la Cámara de Representantes complica su postura política en relación a Europa. Para Trump, la UE es un invento de Alemania para mantener una moneda artificialmente baja -el euro es más barato de lo que hubiera sido el marco alemán- y exportar más. Y, de paso, imponer una 'camisa de fuerza' a la industria estadounidense con el control de las emisiones de gases que provocan el cambio climático.

Ahora, con el control de la Cámara por los demócratas, ese enfoque, que Matthijs califica de "mercantilista" se va a complicar. "Los demócratas son mucho más propensos a mantener alianzas con terceros países de lo que lo son los republicanos", explica Tyson Baker, director de Programas del Aspen Institute en Alemania. Eso significa que la indiferencia -cuando no abierta hostilidad- del presidente hacia la OTAN va a encontrar resistencia en Washington. En resumidas cuentas, Trump seguirá la retórica de Palmerston: ignorar a Europa y, de forma creciente, a Gran Bretaña. Pero, a su falta de estrategia, se sumará la confusión creada por una Europa más dividida y por un Washington en el que la oposición controla, por primera vez en dos años, parte del poder.


 



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