Internacional - Política

Mugabe dejó a Zimbabue desgarrada, pero muchos lo extrañaban

2019-09-06

A la comunidad internacional le tomó años darse cuenta de que la promesa de Zimbabue...

Por FARAI MUTSAKA y CARA ANNA | AP

HARARE, Zimbabue (AP) — Robert Mugabe asumió el control de un país resplandeciente por la promesa de la independencia y lo dejó sumido en una atroz crisis económica, en las garras de un sistema represivo. Pero Zimbabue siguió cuesta abajo tras su caída y al final algunos añoraban las cuatro décadas en que gobernó.

La antigua Rodesia, rebautizada Zimbabue, fue el orgullo de toda África tras su independencia de 1980, el granero de la región y un nuevo símbolo de la victoria del continente en su lucha contra el colonialismo. Mugabe fue un líder del proceso liberador que tranquilizó a muchos con gestos reconciliatorios hacia los residentes blancos.

Pero pronto surgieron problemas. Una lucha por el poder con otro líder del movimiento de liberación tras la independencia dio paso a una espantosa campaña militar contra la minoría étnica ndebele en la región de Matabeleland, en la que miles de personas murieron. Nunca hubo una rendición de cuentas.

A la comunidad internacional le tomó años darse cuenta de que la promesa de Zimbabue se estaba diluyendo bajo el gobierno de Mugabe, que como presidente se hizo intolerante y a menudo recurrió a la violencia. Activistas de los derechos humanos, figuras de la oposición y miembros de la sociedad civil fueron agredidos y encarcelados, o desaparecieron, según denuncias.

El desencanto de Occidente dio paso a sanciones que el gobierno condena aún hoy y a las que atribuye en parte el calamitoso estado de la economía. Otros dicen que los problemas son producto de años de mala gestión y de corrupción.

La economía es el mejor indicio del estado de cosas en el país.

Los propios residentes de la capital Harare se sorprenden al ver sus condiciones de vida: Deben hacer cola en medio de la noche para sacar agua de pozos porque la infraestructura se vino abajo. Hacen cola para comprar artículos básicos como pan, cuyos precios subieron varias veces este año. Sacar un pasaporte con la esperanza de escaparle a la miseria del país implica hacer colas durante semanas. Millones de personas emigraron en años recientes.

“Nos prometieron Canaán”, dijo a la Associated Press el residente de la capital Dadirai Tsvakai en una entrevista telefónica, aludiendo a una región de la antigüedad asociada con la fertilidad. “Pero esto es un infierno”.

La desesperación generó varias manifestaciones de protesta este año, reprimidas violentamente por las fuerzas de seguridad. Circularon denuncias de asesinatos indiscriminados y violaciones de civiles.

Cuando Mugabe se enfermó a fines del 2017, miles de personas salieron a las calles a festejar. Fue reemplazado por el ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa, quien generó expectativas de que con él la nación se recuperaría.

El nuevo presidente habló de reformas y de reincorporarse a la comunidad internacional, pero lo persiguió la sombra de Mugabe.

Un año después de asumir el poder, la respuesta de su gobierno a protestas tras una elección presidencial pacífica --la primera sin Mugabe como candidato-- reveló que la maquinaria represiva de su predecesor permanecía intacta.

Los militares salieron a las calles y mataron a seis personas a tiros. La desazón cundió nuevamente en el país y los tribunales rechazaron denuncias de la oposición sobre las elecciones.

“La partida de Mugabe en el 2017 marcó el fin de una era y de un error, pero dio nacimiento a otro error”, expresó el analista político de Harare Alexander Rusero el viernes. “Se suponía que el gobierno de Mnangagwa representaba un nuevo amanecer, pero tanto en el terreno de los derechos humanos como en el de la economía, es como si Mugabe nunca se hubiese ido. Lo único que cambió es que las cosas empeoraron”.

Al menos Mugabe no sacó a los soldados a la calle, dicen algunos zimbabuenses. Otros que ven desaparecer su dinero añoran los viejos tiempos, en que, a pesar de los horrores, el país al menos tenía una divisa, por débil que fuese, sin importar cuántos ceros sumase en medio de una hiperinflación.

“La vida no era buena, pero no llegó a ser tan mala” como ahora, dijo el residente de Harare Silas Marongo el viernes, en que el país digería la muerte de un anciano de 95 años que muchos pensaron jamás dejaría las riendas del poder.



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