Espectáculos

Una guía literaria para conocer los secretos de los Windsor

2020-01-22

Uno de los pocos que bebe de fuentes más que fiables y que no se decanta entre esos extremos...

MARÍA PORCEL | El País

Durante la segunda mitad del siglo XX —sobre todo gracias a la televisión—, la cultura popular se ha bebido sin filtro y sin fin la vida de telenovela de la actual monarca británica, Isabel II, y su familia, los Windsor. En las últimas semanas los devenires de la realeza han vuelto a exponerse más allá de los muros del palacio de Buckingham y el resto de dependencias reales: su nieto Enrique de Inglaterra y la esposa de este, la exactriz estadounidense Meghan Markle, han decidido dar un paso atrás como miembros sénior de la familia real británica y tratan de independizarse (en obligaciones, residencias y hasta ingresos, o eso dicen) de su soberana abuela y del eterno heredero: el padre, el príncipe Carlos. Más allá de los tabloides, son muchas las biografías y recopilaciones sobre eso que se conoce en el Reino Unido como The Firm, la empresa, en mayúsculas. Libros que suelen oscilar entre el panegírico, la crítica despiadada y la teoría conspiranoide.

Uno de los pocos que bebe de fuentes más que fiables y que no se decanta entre esos extremos (aunque, si acaso, más por el lado buenista de la balanza) es Diana: Su verdadera historia. Escrito por el periodista Andrew Morton en 1992, su principal valía es que reproduce las palabras de la propia princesa Diana, fallecida en agosto de 1997. El de Morton fue esperadísimo, se convirtió en el libro del año, una auténtica bomba de relojería y de ventas. Entonces, él afirmaba que no había “ninguna conspiración, ni ella pretende utilizar contra nadie lo que se revela en el libro”. Porque lo que se revelaba era uno de los grandes secretos a voces de los Windsor y que cambiaría el curso de la monarquía: que Carlos de Inglaterra mantenía un romance desde hacía años con Camilla Parker-Bowles, su futura mujer. Algo que había provocado que su todavía esposa (pocos meses le quedaban para dejar de serlo) se hubiera intentado suicidar cinco veces. Morton intentó repetir su éxito con una biografía sobre Meghan Markle en 2018, pero se quedó a medio gas.

A menudo han sido los más cercanos al núcleo de La Empresa quienes han desvelado sus secretos. Algo que a la muy discreta reina Isabel le repatea, aseguran esas fuentes siempre anónimas, secretas e imposibles de comprobar. De ahí que le doliera y mucho que quien fuera su niñera, Marion Crawford, rubricara Las princesas Isabel y Margarita de Inglaterra, una obra con poca maldad y mucho azúcar, de gran gusto para el público británico, al tratar sobre las infancias de la reina y su hermana con los recuerdos de quien las había cuidado 16 años, hasta que Isabel se comprometió con su más tarde esposo, Felipe de Edimburgo. El libro se lanzó en los cincuenta (en España en los sesenta) y aunque está descatalogado aún puede conseguirse. La querida y fiel Crawford, que había sido nombrada Oficial de la Real Orden Victoriana y a quien habían otorgado casa y pensión, perdió todo tras la furia de la reina.

Pero la gran biblia para entender a la familia es Los Windsor (The Royals, en el original), 600 páginas escritas por Kitty Kelley en 1997, uno de los años más duros de la saga, cuando murió Diana de Gales por un accidente de coche en París. Pese a que no recoge, las últimas dos décadas del clan, está cuidadosamente documentado a lo largo de cuatro años con entrevistas a miembros de la familia, así como a empleados, amigos y parientes, además de historiadores, lords y ladies, diputados, periodistas... Más de mil personas, como explica Kelley. En sus primeros meses vendió un millón de copias en EE UU; ni una en el Reino Unido: fue prohibido. Quizá porque tachaba sin tapujos algunos miembros de la saga de antisemitas o racistas y explicaba que les encanta el sexo “en todas partes: en los jardines, en las caballerizas, en el yate Britannia. Quizá tienen poco trabajo y por eso están obsesionados con el sexo”.

Quienes quieran una biografía precisa y concreta de Isabel II la pueden tener en las menos de 300 palabras de A Brief History of The Private Life of Elizabeth II (solo en inglés) de Michael Patterson, que explica de forma austera pero clara pasado y presente de la soberana, y da pistas del futuro sin ella. Pero quienes quieran fabular con la reina, el principal personaje de los Windsor, al fin y al cabo, pueden hacerlo gracias a Una lectora voraz, de Alan Bennett. En esta novela de 2007, el dramaturgo de Leeds se plantea qué ocurriría si Isabel II se enganchara a la lectura, a una lectura cada vez más alta, más fina, tanto que le hiciera plantearse su propia posición en el mundo. La ironía está presente desde el principio, cuando la monarca se da de bruces con una biblioteca móvil a las puertas de las cocinas de palacio, así como la sátira, la caricatura y la capacidad de cambio que tienen las letras. Como escribe la propia Isabel: “No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos”.

Películas reales
Pero nada como el audiovisual para expandir una imagen, de calidez o de frialdad. Los documentales han ayudado, especialmente cuando contienen voces autorizadas al respecto. El primero fue el emitido por la BBC plagado de testimonios: los de los propios miembros de la familia real. Era el más cotilla, el realizado desde más dentro, y por ello los Windsor se echaron atrás y decidieron retirarlo. No ha vuelto a ver la luz.

Una buena tanda de documentales llegó con el aniversario de la muerte de Diana de Gales. En 2017 se estrenó The Royal House of Windsor (disponible en Netflix), con seis capítulos que tratan a fondo el recorrido de esta familia desde la abdicación de Eduardo VIII hasta el actual papel del príncipe Carlos. El recorrido vital de la princesa también estuvo presente en Diana: In her own words (National Geographic, ahora en Netflix), pero sobre todo destacó el creado por la cadena ITV emitió Diana, nuestra madre: su vida y legado, cuyo principal valor era que en él se recogían los testimonios de Enrique y Guillermo, sus hijos. En él, los jóvenes explican con entereza cómo fue la infancia con lady Di o cómo recordaban la última llamada de teléfono que les hizo su madre. Ambos (así como sus tíos por parte de madre, el conde Spencer y lady Sarah McCorquodale) también charlaron entonces con la BBC para Diana, 7 días (ahora en Amazon). En la ficción, una algo lánguida Naomi Watts trató de insuflar vida a la princesa en Diana (2013, Oliver Hirschbiegel) retratándola en su última época, pero solo lo consiguió a medias.

Quien sí supo reflejar ese momento clave de los Windsor fue La reina (The Queen) en 2006. Casi una década después del acontecimiento que conmocionó al país, la muerte de la Princesa del Pueblo, una película se atrevía a reflejar cómo se vivió por dentro. La soberbia interpretación de Helen Mirren como una fría abuela y soberana le valió una retahíla de premios: Globo de Oro, Bafta, Copa Volpi, Emmy..., y el ansiado Oscar.

La película fue dirigida por Stephen Frears, pero el guion, la clave de la historia, era de Peter Morgan. Él no se llevó el Oscar, pero sí el reconocimiento y el aprendizaje sobre esa especialísima familia, que le llevaría a triunfar otra década después al crear una de las series más ansiadas (y caras) de Netflix: The Crown. Sus hasta ahora 30 episodios se han convertido en uno de los retratos más fieles jamás hechos de la casa Windsor. Por varios factores. Sus actores y sobre todo actrices: Claire Foy en la 1ª y 2ª temporada y Olivia Colman en la 3ª y próxima 4ª —supuestamente serán seis en total— son unas más que fieles soberanas, en todas sus facetas. Su cuidadísima producción y caracterizaciones, tras las que se nota la mano abierta de la plataforma de pago. Sus tiempos, perfectamente calculados.

Pero sobre todo, lo que le da el triunfo a la serie son sus guiones, jugando entre realidad y ficción. Hacen dudar al espectador, plantean que nada es blanco o negro, dotan a una monarquía de papel de tres dimensiones. No queda claro si Isabel II es una mujer perfectamente preparada para el cargo y dispuesta a asumirlo o alguien no tan brillante que preferiría haber sido anónima entre perros y caballos. O si ni sus miembros tienen claro qué son o qué quieren ser. La serie no es ni monárquica ni republicana. O quizá sea las dos cosas. Como ya piden con ironía sus muchos seguidores en las redes sociales, habrá que hacer ampliaciones: tanto drama no cabe en solo seis temporadas.



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